martes, 31 de diciembre de 2013

Wishes para el 14

Frases sueltas, preguntas o palabras escuchadas en el 2013 que deseo que aparezcan más seguido entre nosotros este año.

- "¿Jugás?"
- "Me equivoqué, perdón..."
- "Traé un vino, voy prendiendo el fuego"
- Messi, balón de oro.
- "Te quiero amigo".
- "Olvidate, va a estar buenísimo"
- "No me gustó tanto, vos podés hacerlo mucho mejor".
- "Te llamo para hablar, porque por mail es un embole"
- Bob Dylan, Morrissey, Leonardo Cohen, Arcade Fire, Artics Monkeys, Roger Federer.


Frases sueltas, preguntas o palabras escuchadas en el 2013 que deseo no escuchar a partir de mañana. Unas por feas, otras por anacrónicas o indeseables.

- "Apareció en twitter, ¿cómo no lo viste?"
- Plan de adecuación
- "¿Empezaste a escribir el libro?"
- "La posta, ¿por qué cerró Orsai?"
- Metástasis
- "Con esa defensa no podemos ni pensar en salir campeones del mundo"
- Los Ricardos, Fort y Arjona.




miércoles, 20 de noviembre de 2013

Ojos pardos


Hace dos años, Leo Vaca y Fernando de la Orden comenzaron a ir una vez por semana a un hogar para chicos adictos en Bajo Flores a enseñarles a armar sus propias cámaras (con cajitas de fósforos) y a hacer fotos. De aquellos encuentros surgieron un puñado de imágenes que acaban de ser publicadas por la revista Dulce Equis Negra. Acompañando las fotos, van algunas impresiones que me quedaron de aquella experiencia. 



Ojos como lápidas que sucumbieron al desdén y al arrebato.
Cocidos a disparos y a poxirrán, a televisión y zozobra. 
Cuerpos sin ternura, ni dentadura,
que ardieron años, que son siglos, en un caldo hostil.
Ojos pardos de negro futuro, de tersa tez que es estigma.
Lloran secos, sin postales
Ahogados en espeso alquitrán, veneno caliente que quemó sus lunas.
Los sueños truncos, disueltos cuando eran rumor.
Un dolor que es huella en pieles de piedra malogradas,
terreno arrasado por Atilas en Nike.
No conocen los ascensores o las amapolas. Ni la palabra amapola.
Y reptan por los zócalos buscando la revancha
Arrodillados, consagrados al daño en un ignoto rincón
Haciendo metástasis de su angustia.
Acechados por perros feroces
Anónimos y gigantes, marchitos.

 

Arco iris

De pronto, al zócalo de sus vidas
lo visitan unos reyes magos en jean.
En sus bolsas hay cajitas, hay rollos y un pequeño plan.
Los jóvenes fantasmas se atisban
Su niño interior, herido de muerte,
apenas se conmueve, desconfía.
Pero juegan, arman un barrilete para viajar por el barrio
A retratar sus costuras y sus desdichas.
Mamá, te saco una foto
Mamá, este es nuestro arco iris
Esta es tu casa, tu calle, tu sórdida cruz
Mirá mamá, no somos invisibles.
Esta foto es mía, esa sos vos, aquellos los chacales.
Los reyes magos se van
pero les dejan una idea:
“Durante el atardecer, cuando los perros feroces reaparezcan,
Aprieten la cámara contra sus pechos,
Hasta quedarse dormidos”.


martes, 12 de noviembre de 2013

Conservar la infancia



Desde hace cuatro años juego un torneo de ex alumnos del Santa Isabel, colegio al que fui. De una revista me preguntaron por qué todavía me empecino en perseguir una pelota. Salió esto, tal vez ilustrador para aquellos/as que se preguntan qué coño hay detrás de esa obsesión masculina.


"Hay un desafío en eso de demostrarme que todavía conservo la pulsión por jugar y por competir intactas, con el aditivo de saberme "veterano", lo cual lejos de vivirlo como una debilidad o desventaja lo vivo como un guiño de complicidad y de lealtad hacia aquello que nos determina y nos marca para siempre: la infancia, esa porción de la vida que debemos conservar y defender como un tesoro vivo y, en lo posible, no como un museo de fotos viejas.
Y no hay nada más estrechamente relacionado con eso que el hecho de seguir jugando en el lugar donde jugaste siempre. Aún sin ser un gran frecuentador de viejos compañeros, disfruto mucho el hecho de haber armado un buen grupo, con gente de mi generación que sigue conservando el deseo y el instinto de búsqueda. Tampoco hay que despreciar las virtudes colaterales: nos mantenemos en forma, nos sirve como un espacio catártico y, cada tanto, nos regala un mimo al ego, como alguna que otra gambeta o algún que otro gol que nos indica, al menos durante ese rato, que la pasión, la energía y el amor por el deporte no merman con el paso del tiempo sino que, por el contrario, se saborean con más calma, como los buenos vinos.
Es obvio que, al tiempo que asoman las primeras canas también se va diluyendo la velocidad o el poder de reacción, pero también es cierto que prevalece, o incluso aumenta, el oficio y la simpleza para jugar. En mi caso también lo tomo como un espacio para poner en juego el temple e incluso mi tolerancia a la derrota, un ejercicio que, aún a mi pesar, tengo que poner en práctica más de lo que me gustaría.
Si bien juego el torneo desde sus comienzos -hace unos cuatro años-, nunca tuve una percepción acabada de la diferencia generacional, quizás porque a la hora de jugar no es un factor que para mí resulte notable (tal vez sí para los rivales). Sin embargo,hace muy poco, hubo un episodio que sí me dio la pauta del salto temporal. Fue cuando después de un primer tiempo intenso y parejo, fui a tomar agua y se me acercó un viejo compañero -en rigor, más chico que yo- para saludarme. Cuando lo reconocí, le pregunté qué andaba haciendo. Su respuesta fue como un disparo de emociones: "Vine a ver a mi hijo, es el flaquito de pelo largo que te marcó todo el tiempo".

lunes, 28 de octubre de 2013

Lauda, Hunt, Plant y el violinista del Titanic

Era un tiempo fabuloso: el swinging London se había convertido en plaga. A mediados de los ’70, la Costa Azul europea era la medialuna fértil del placer, la dicha en movimiento. El jet-set regía los patrones estéticos de Occidente: solapas voladoras, patillas insolentes, Benson & Hedges y champán. Hedonista sin culpa –el rasgo de época–, buena parte de la nueva aristocracia se había dejado embriagar por el combo de pecado, glamour y vértigo que, como nadie, la Fórmula 1 interpretaba.
Aquellas carreras eran, todavía, una excitante batalla entre pilotos talentosos y salvajes que parecían gozar con el hecho de poner en riesgo sus vidas. Uncirco romano itinerante patrocinado y celebrado por el establishment de su tiempo.
Ese espíritu es el que recrea de forma magnífica Rush (se estrena aquí con el subtítulo “Pasión y gloria”), el nuevo film de Ron Howard (Una mente brillante, Frost/Nixon) que sitúa su narrativa en un año (1976) y en dos héroes antitéticos: los inolvidables Niki Lauda y James Hunt.
“Al menos dos de nosotros morirán este año”, dispara la voz en off de Lauda al comienzo de la película, mientras la cámara va reptando por los rincones de un pelotón de autos encendidos. Podrían ser los prolegómenos de una batalla medieval donde sólo un milagro podrá evitar la tragedia. Pero no, es apenas una competencia en la que se ponen en juego millones de dólares y en la que la muerte es una presencia acechante debido a las precarias condiciones de seguridad que nadie –o pocos– se animaban a interpelar. “A 170 kilómetros por hora, esta cosa es una especie de bomba con ruedas”, dirá, sonriente, Hunt más adelante. Son jinetes que montan máquinas infames.
Ambos produjeron una de las mejores rivalidades de la historia de la F1, el duelo entre dos antagonistas perfectos. Seductor serial y carismático, Hunt –interpretado por Chris Hemsworth– era un héroe primitivo atravesado –invadido– por las pulsiones de sexo y de muerte cuyo genio para el manejo parecía ser un mandato del alma. Era pura pasión: una suerte de Robert Plant precipitado, sin esperanza de un mañana.

Sigue acá

miércoles, 2 de octubre de 2013

Nalbandian y la proyección en lo perfecto

Ayer se retiró David Nalbandian, probablemente uno de los tenistas más talentosos de la historia de este deporte. Sin exagerar, el cordobés poseía -posee- una habilidad y una facilidad poco frecuentes en un deporte en el que la precisión y la calidad resultan esenciales, casi excluyentes. Nalbandian poseía ambos atributos en dosis espeluznantes, lo que no hacía más que subrayar el enorme contraste que había entre su capacidad para jugar grandes partidos y su dificultad para obtener grandes torneos. Ese déficit no solo era observado por nosotros, los fans argentinos que vivimos en estado de demanda permanente, sino también por los especialistas y los aficionados extranjeros, que lo veían como un jugador tremendo, pero que por una u otra razón -a veces inescrutable- no terminaba de concretar aquello que sus golpes prometían. Recuerdo una vez que, luego de obtener un torneo ATP en Estocolmo, dominando por completo en la final al local Robin Soderling, el notero de la TV sueca, un ex top ten, fue al hueso: "David, ¿Cómo puede ser que jugando así no hayas ganado un Grand Slam aún?" Era 2008, Nalbandian tenía 26 años y aquella sería su última temporada en la elite. Al cordobés se le transformó la cara con la pregunta. El ex top ten sueco había pulsado una cuerda demasiado sensible en un deportista que, además destacarse por su revés y su técnica, siempre sobresalió por su ego. Su respuesta fue una evasiva.
Podrá decirse que Nalbandian le entregó mucho al tenis argentino. Es cierto. Pero asegurar eso es en parte alimentar un malentendido, como decir que un cineasta talentoso, por hacer buenas películas, le dio mucho al cine nacional. Lo cierto es que no hizo más que desarrollar aquello que la genética le dio, el talento. Lo hizo por él, más que por nadie. Más de una década en la elite de un deporte de alta competencia no es poco, es cierto, más aún cuando esa década es una de las más fabulosas de la historia del tenis y se consigue desde un país periférico, con tradición pero presupuestos escasos. Pero también es cierto que a la sensación de vacío por el fin de una era –Nalbandian era el último exponente de una generación dorada- se añade la insistente impresión de que, aún cuando se trate de una trayectoria envidiable para cientos o miles de jugadores en el mundo, en algún recodo de su pensamiento el cordobés tal vez crea que quedó en deuda consigo mismo.
Flotando quedan las palabras con que el español José Ortega y Gasset describió a los jóvenes argentinos de su tiempo: “Un joven argentino –casi todo joven argentino- se ve a sí mismo como un posible gran escritor. El no lo es aún, pero su persona imaginaria lo es desde luego, y lo que ve de sí mismo no es aquella su realidad, aún insuficiente, sino esta proyección en lo perfecto. Como es natural, está encantado con ese sí mismo que se ha encontrado y ya no se preocupará en serio para hacer efectiva esa posibilidad. Sólo se hará solidario de lo único que está en su poder: el gesto”.  

viernes, 23 de agosto de 2013

La gran bestia pop

Aquel viernes el calor prendía fuego Nueva York, pero Jean-Michel Basquiat no se dio por enterado. Ya era la tarde del 12 de agosto y él dormía en su cuarto: por entonces trabajaba de noche y se quedaba pintando hasta la mañana. Sonó el teléfono y su novia, Kelle Inman, que se encontraba en la planta baja del piso que compartían en el 57 de Great Jones Street, lo atendió. Era Kevin Bray, un amigo de Basquiat con quien el artista pensaba ir a un recital de Run DMC a la noche. Kelle creyó que era buena idea despertarlo. Cuando entró al cuarto lo primero que le impresionó fue el calor: el aire acondicionado se había roto. Buscó a Basquiat en la cama pero no lo encontró: estaba en el piso, acurrucado. Un vómito blanco acompañaba su cuerpo. Kelle lo llamó pero su novio no reaccionó. La joven intuyó que algo andaba mal. Bajó corriendo y llamó a la ambulancia. Antes de llegar al hospital, Jean-Michel Basquiat, el tipo que revolucionó el arte en los ’80, el hombre que gracias a su genio conquistó los sentidos y los bolsillos de esa ciudad, el artista ardiente que interpretó con sus pinceladas y su estilo el pulso urgente de una época colosal y desquiciada, estaba muerto. Se había inyectado heroína –las jeringas con sangre se desparramaban en su cuarto–, pero finalmente lo terminó matando, según la autopsia, un cóctel de opio y cocaína. Fue hace un cuarto de siglo. Tenía 27 años. Era el Rimbaud de la pintura.

Sigue acá

domingo, 21 de julio de 2013

El año que salimos del peligro

Buenos Aires, agosto de 1983, es el mejor invierno en años. En el aire palpita una promesa y en los sótanos, un estallido: debajo del empedrado, la cultura está gestando futuro. Comulgan algunas razones para esa combustión –la democracia sonríe y extiende sus brazos–, pero sobre todo lo que prevalece es una inapelable necesidad de libertad y goce. Hay una nueva sensibilidad, expresada por la música y el teatro. Agazapado por años, el rock cambia de piel y se prepara para asaltar el cielo. Las radios, como coletazo de la guerra de Malvinas, pasan rock nacional las 24 horas. Los estudios de grabación –no son muchos, no son muy buenos– llenan sus horas. A grabar –y tocar– que amanece el mundo.
Con su antena para captar los “nuevos” sonidos de Occidente (new wave, reggae, punk), Buenos Aires se convierte en la capital iberoamericana del rock’n’roll. En apenas seis meses, un grupo de bandas y discos transforman la escena musical vernácula. Al calor de ese cambio, el rock dibuja su gran pirueta estética: se deja seducir por el glamour, los sintetizadores y el humor. Toda una generación quiere bailar y, de ser posible, vivir en estado de rock.
Hay nombres y lugares puntuales para esa revolución. Se cruzan, confluyen, se potencian. Uno de ellos es el Café Einstein, en Córdoba y Pueyrredón. Allí, cada semana, Los Twist y Sumo, dos bandas inéditas, comparten acordes y ambiciones. No ganan un mango, tocan por los tragos. Una noche de septiembre, Charly García escucha cantar a Fabiana Cantilo, voz de Los Twist. Recién llegado de Nueva York, donde produce y graba Clics modernos, García arde de nuevas ideas y entusiasmo. Apenas las escucha, García vislumbra en las canciones de esa ingeniosa e hilarante banda creada por Pipo Cipolatti y Daniel Melingo el germen de otra placa grandiosa. Los mete a grabar en los estudios Panda. En tres días cocinan La dicha en movimiento.
En ese mismo estudio de la calle Segurola, dos meses antes Los Abuelos de la Nada graban su gran opus, Vasos y Besos. Comparten con Los Twist, además de un puñado de hits bailables, un mismo saxofonista y –ocasional– letrista, el mismo Melingo. Además de la consolidación de la banda, Vasos... consagra a Miguel Abuelo y eleva la reputación de un tecladista de apenas 22 años, flaco y de voz dulce, Andrés Calamaro.
No muy lejos de allí, otro grupo humano comienza a escribir su gran historia. En los estudios Moebio, Virus, la banda de los hermanos Moura, graba Agujero interior, el disco que le da masividad y que convierte sus shows en discotecas. Originaria de La Plata –al igual que otra banda que fatiga el underground: Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota–, Virus ya había sonado en las radios gracias a Wadu Wadu, pero ahora aporta un tracklist llano y contagioso. La placa es producida por Michel Peyronel, que viene de mezclar el primer LP de un cuarteto que sacude los escombros de la ciudad: Los Violadores. Es la primera estampida punk.
Todo eso sucede en unos pocos meses de un año, 1983, que refunda a la sociedad argentina y tiende sus puentes hacia el siglo XXI.

martes, 25 de junio de 2013

Alquimistas de la nueva ola

Illya Kuryaki & The Valderramas

Publicado en revista Brando en mayo de 2013


“Cuando nos separamos no éramos tan populares como somos ahora”, dice Dante Spinetta, inclinado sobre un plato de pollo con arroz y abundante queso. Escuchándolo, no queda otra que aceptar aquello de que la muerte coloca a las personas en una categoría superior. En el caso de Illya Kuryaki & The Valderramas, la banda que Spinetta hijo y Emmanuel Horvilleur formaron a comienzos de los años 90 unos minutos después de dejar de ser púberes, los más de 10 años que transcurrieron de separación (2001-2011) sirvieron para legitimar y resignificar su lugar y su obra. El futuro les tenía preparado el reconocimiento.  
Esa década en solitario tuvo de todo: rupturas sentimentales, hijos, muertes, piruetas, trabajo, la vida misma. Como las moléculas de metal líquido del cyborg de Terminator 2, que cuando están disueltas rápida y desesperadamente se buscan entre sí para fusionarse y volver a ser, pareciera que entre ellos hay un mandato atávico que los antecede o los trasciende y los empuja a unirse y producir. Ahora, juntos, parecen más completos.
También en el medio, la industria discográfica se transformó por completo. Una industria que conoció su pináculo en los 90 (nunca se vendieron tantos discos en el mundo) y que 10 años más tarde se había convertido en una maquinaria balbuceante con necesidad de cambio para no morir. Hoy lo que mantiene el negocio es, justamente, “el vivo”. Y si el negocio pasa por ahí, IKV está de parabienes: en el escenario producen un sonido colosal, una cabalgata de cuerdas y sintetizadores conducida por dos tipos que, se nota en el show, tienen el carisma intacto. Lo demostraron durante todo el verano y lo dicen los especialistas: son la banda que mejor suena en directo en la Argentina.

Sentados en un bar de Colegiales, charlamos un poco de todo eso, de las transformaciones del negocio, de lo que dejaron a sus espaldas, de la niñez y la amistad sempiternas, de lo que esperan, de estos treintaypico largos que transitan sin que se les note.
Brando: En estos diez años, más que el público o ustedes, lo que más cambió fue el rubro en el que están insertos. ¿Cómo ven el futuro de eso?
E.H: Creo que las bandas que tienen un presente grande funcionan como Pymes. No hay otra posibilidad, no puede funcionar de otra manera. El show pasa a ser el bien ganancial más grande que tiene una banda. Después todo lo demás son negocios importantes pero adyacentes de lo que es el show en vivo.
D.S: En los 90 el disco era un negocio groso. Hoy ya no.
Brando: Pensemos solamente que en un solo año, entre el 91 y el 92, Nirvana saca Nevermind, Pearl Jam, Ten, Metallica el Black Album, Guns N’ Roses Use Your Illusion y Red Hot Chili Peppers editó Blood Sugar Sex Magik. Eso sin contar a Michael Jackson. Millones y millones de discos vendidos. Diez años después la industria colapsa.
D.S: Sí, increíble. Pero es así: hoy los discos son la plataforma para expresarse y mover todo el material nuevo, pero no es el negocio que era antes.
Brando ¿Se acuerdan cuando Radiohead colgó In Rainbows para que el público lo descargara pagando lo que consideraran adecuado? Hace muy poco en un reportaje en The Guardian Tom Yhorke dijo que no estaba del todo convencidode  que eso haya sido una buena decisión, habida cuenta de que si bien habían evitado que la industria discográfica se quedara con la parte del león de la ganancia de la música, también habían favorecido la consolidación de otros monstruos como Apple o incluso Google.
D.S.: Es que el cambio es muy grande, pero creo que Internet se va ordenar de otra manera. Pienso que en algún momento vamos a decir: “Che, boludo, ¿te acordás cuando te podías bajar todo?”. Cuando realmente esté elaborado el concepto de identidad digital, pero de una manera más precisa, toda cagada que te mandes va a ser una acción legal, que en realidad es lo que corresponde. Digamos: todos nos bajamos música, ok, pero la verdad es que se va a regular de otra manera.
Brando: ¿Y a ustedes en qué los afecta todas esas transformaciones?
D.S: Nosotros seguimos preocupados en seguir haciendo discos como podemos. Cuando tenemos más guita, hacemos un video más grande. Cuando tenemos menos, más chico. Así fue siempre. Esa es la verdad. Nos fuimos adaptando. Los años solistas nos hicimos muy de abajo. Y sí. Recién con mi último disco me fue bien. A Ema le había ido mejor antes, pero yo me tuve que bancar todo yo. Y me imagino que si para mí, que venía de vender 600 mil disco con IKV, fue difícil, qué queda para un pibe nuevo. Pero bueno, todo eso me sirvió para meter la cabeza en otros aspectos del negocio que a mí nunca me habían interesado mucho.  No te queda otra que estar metido. Eso sí, el día que decís que tenés que hacer un tema para hacer guita, ahí te tenés que poner un lindo traje, subirse a un 10 piso de un edificio del centro, y tirarse de cabeza.
Brando: Cuando se separaron no hubo conflictos, por ende, pareciera que casi se dio naturalmente volver a estar juntos. ¿Es así?
D.S. Pasaron 10 años y cada uno quería hacer su camino y experimentar. Se vio también en la carrera. Ema fue más para el rock y el pop, yo fui por lo urbano. En un momento el desafío fue armar la banda. Se dio que nos empezamos a juntar, a tocar un poco más en la casa de un amigo. Y lo del funk siempre nos gustó a los dos y sabíamos que si nos juntábamos podíamos ir por ahí. Y también creo que nos tenía que ir bien a los dos como solistas para no sentir que nos juntamos habiendo perdido. Nos fue bien y teníamos la sensación de haber cumplido y hacer de nuevo Illya Kuryaki.
Brando: No era un salvavidas sino un objetivo.
E.H: Y un desafío también. Volver a hacer un disco después de tanto tiempo. Volver a recrear esa química.
D.S.: Podía no suceder. Tal vez alguno podía no estar dispuesto a ceder ciertos aspectos artísticos. Pero la verdad que nos encontramos sin egos, de nuevo con la sensación de experimentar y jugar. Antes de anunciar que volvíamos, nos metimos en el estudio y una de las primeras cosas que hicimos, el tema Los Helicópteros, salió con la misma esencia. Estaba todo ahí. Ya con esta canción dijimos “podemos juntarnos”.
 Brando En relación al público. La música de ustedes hoy es más aceptada.
E.H Es que el mundo se acostumbró al mestizaje.
D.S. Igual, nos sigue pasando que seguimos chocando con un montón de partes de la industria, con cosas que nosotros no lo podemos creer todavía.
E.H. De todas maneras, en cada escenario que nos subimos la respuesta es buena. Hay canciones que tienen más de 10 años pero tienen una forma renovada.
Brando Hubo resignificación de su música por un lado, y por otro, el humor que utilizaban, eso de jugar con el sonido de algunas palabras, se volvió más masivo.
D.S. Creo que nuestro concepto maduró. Estamos parados en un lugar muy favorable, porque gozamos de un respeto muy grande. Igual, cuando salimos al escenario salimos a conquistar cabezas. Los shows hoy son lo más importante. La parte más divertida de todo esto es cuando te entregan el disco y lo ves por primera vez, y después empezar a tocarlo en vivo. En Cosquín dijeron que nuestro show había sido el más importante del Festival. Eso nos llena de orgullo.
E.H: Los shows son como batallas por la gloria. Y somos 11, como un equipo de fútbol. Fuimos haciendo algunos cambios y ahora es un team bastante cerrado. Se armó.

*****************
Siempre hubo un malentendido con relación a IKV. Porque mientras una parte de la opinión pública musical los saludada como los nuevos Mesías, otra, más grande y más gritona, los denostaba por frívolos o snobs. A fin de 1995 por caso, en plena época de efervescencia del rock barrial, con Los Redondos en estado de gracia y Divididos o La Renga llegando al cenit de sus carreras, IKV fue elegida la mejor banda del año por el suplemento Sí! de Clarín. Aún cuando no era una banda de estadios –si bien su disco Chaco había vendido muy bien-, aún cuando una parte importante del público los miraba de reojo y con desdén, ellos eran consagrados por muchos de sus pares. El hip hop sudaca pulsaba la cuerda del mundo. A los pocos meses, el documental “Mejor hablar de ciertas cosas” (MTV) ponía esa bipolaridad en la palestra: en una escena, Luis Alberto Spinetta aseguraba que lo que hacían Dante y Emanuel tenía un “aspecto transformador” que no se veía desde la irrupción de Lito Nebbia en el rock. Es cierto, L.A.S. no dejaba de ser un padre nublado por el cariño, pero también la frase no hacía más que subrayar un aspecto del gen Spinetteano, eso de que “mañana es mejor”. A los pocos minutos en ese mismo documental, Germán Daffunchio, epítome de  la ortodoxia rockera, cantante de Las Pelotas y ex guitarrista de Sumo, resumía, desencantado, la vacuidad de los tiempos con una frase lapidaria: “Por algo el hijo de Spinetta no es como él”. Conservador y fatalista, el rock se resistía a que lo “abarajen”.  
Para colmo, en vivo, ellos desplegaban una estética que oscilaba entre la ambigüedad, el glamour y la transgresión módica: apretujados en cuero, peluche rosa, plataformas y delineador, derrochaban libertad, humor y desenfado por todos sus poros. Había llegado la posmodernidad a la música: la hilaridad y el absurdo viajaban sobre un par de negros compases trepidantes. Todo un imaginario y una iconografía ligada al comic, la mala televisión y el cine bizarro se mezclaban con la música negra americana para pergeñar esa criatura deforme, sensual y urbana llamada IKV. Las chicas aullaban y el rock chabón les gritaba putos. Bienvenidos a la jungla.
Brando: Pareciera que desde el comienzo pagaron un precio por hacer, y por ende intentar imponer, una música incómoda para cierto sector del público. ¿Lo ven así?
Spinetta: Pero para nosotros fue algo natural. Cuando empezamos éramos muy chiquitos como para darnos cuenta de qué era lo que estábamos haciendo. Es más, no sabíamos que lo que hacíamos era rap. Vino mi viejo y un día nos dijo: “Che, esto que están haciendo se llama rap”. Somos una banda que siempre estuvo influenciada por lo que pasaba afuera, pero también por lo que pasaba adentro. Veníamos de casas donde había mucha información. Cine, libros, música. Y sin una ley. La música se hacía porque te permitía volar. El mundo era nuestro escenario para ello. Más que buscar encajar en una movida local, buscamos encajar con lo que realmente sentíamos, esa especie de mestizaje musical que ahora es clave en la banda.
Horvilleur: A la vez, creo que somos una banda que arrancó musicalmente haciendo algo que sí, era nuevo, pero también es cierto que con el paso de los discos fuimos haciendo un revisionismo, que tal vez hasta ese momento en la música no se había dado de una manera tan marcada. Los 90 revisaron un montón de estilos, pero a la vez tratamos de crear algo nuevo. IKV también se hizo fuerte con todo lo que nos había influenciado. El soul o el funk fueron importantes.
Spinetta: Del mismo modo, gracias al rap nosotros empezamos a descubrir un montón de bandas de soul. Cuando arrancamos a escuchar Dr Dre también descubrimos a Roger Troutman y empezamos a descubrir ese tipo de música, junto con la música de Michael Jackson o Stevie Wonder, que era música que ya veníamos escuchando, a pesar de que no lo sabíamos. A mí me pasó que cuando empezaron a salir todos los CD’s de Wonder los empecé a comprar y, cuando los empecé a poner, me di cuenta de que los sabía enteros, porque desde chiquitito que los escuchaba y no me acordaba. Toda esa data te queda, y después le ponés tu impronta.
Brando: Al ser el rock un territorio plagado de prejuicios, parecía que tu viejo escuchaba Manal o Credence y vos escuchabas toda música negra, cuando en realidad había muchos más lugares de encuentros. ¿Es así?
D.S: (Riéndose) Mi viejo creo que nunca escuchó esa música. Mi viejo nunca escuchó Pink Floyd. Que se yó, escuchaba Mint Condition (banda de R&B de Minnesota), ponele. Steve Wonder, también, y mucho más. El era una usina de música y de data.
E.H.: Y también de libertad.
D.S: También había cosas que nos criticaba, claro. Al principio teníamos letras muy violentas, y nos criticaba. A nosotros nos chupaba un huevo, como cualquier hijo con su padre cuando el padre dice “no”.
E. H: Ellos ya habían tenido sus hijos, ya se habían sensibilizado con algunas cosas. Nosotros todavía no teníamos nada y bueno… Por eso hacíamos letras violentas. Igual… Poscrucifixión no es una letra muy blanda (Risas).
D.S: Claro. Nosotros sabíamos que era nuestra movida, siempre. Nos criaron también con esa fuerza de creer en nosotros y darle para adelante. Había cosas que hicimos mejor que otras, claro, pero creo que fuimos una banda que aprendió en el camino. La evolución está en cada disco y creo que es bastante notable. No fuimos una banda que estuvo años para sacar un disco, sino que arrancamos primero que nada sacando un disco. Casi no sabíamos de instrumentos.
Brando: Recuerdo una tapa del Sí! de Clarín en la que ustedes aparecen con 14 y 16 años y por primera vez la prensa se adueña de una frase ricotera: “El futuro ya llegó”. Es que era evidente que eso, al fin, había pasado. Los hijos habían tomado el centro de la escena.
E.H: Es cierto: somos la generación de “hijos de”, pero bueno, tuvimos que hacer algo con todo eso y por suerte lo hicimos. Hay un montón de contemporáneos a nosotros que también son hijos de. Con nosotros toca Matías Rada, por ejemplo, que es hijo del Negro Rada, guitarrista y un talento muy groso. Y también Francisco Fattoruso, hijo de Hugo, que es otro groso.
*************************
Castelar, fines de los años 80. Es el reinado de las caseteras y de los videoclubes. Dos adolescentes, hijos de artistas, gastan las tardes de verano en la quinta de Emanuel, el más grande de ellos, viendo películas clase Z. Lo disfuncional, lo extraño, lo vulgar y lo extravagante genera en ellos una excitación particular: les divierte el mundo teñido por lo desperfecto y lo anómalo. La cultura oriental, las artes marciales y el sexo implícito humedeciendo los relatos y las tardes suburbanas. Todo eso batido con dosis de Prince y James Brown.
D.S.: Cuando éramos chicos íbamos al videoclub y terminábamos alquilando siempre la más trucha. Y así hemos desarrollado un humor muy particular. De mirar ese mercado de segundamano que hoy en día se hace mucho, desde Tarantino en adelante. Nos sigue pasando que nos enganchamos con algunos programas así en la tele y nos llamamos para decirnos: “Che, boludo, poné Crónica TV y mirá la bizarreada que están pasando”.
Brando: Como que no había manera que fueran una banda de rock clásica.
D.S: Capaz que hubiese sido más fácil para nosotros ser una banda de rock clásico. Nos encontramos muchas veces con el prejuicio por la música que hacemos. Y lo seguimos enfrentando hoy en día, cuando hacemos un tema y sabemos que en la radio no te lo pasan “porque sos muy alternativo”. Seguimos teniendo fuerza: cuando entramos al estudio seguimos siendo los dos niños que éramos en Castelar cuando dijimos “Che, vamos a armar una banda y vamos a llenar Obras”. Tenemos esa misma fuerza de tirarnos de cabeza a lo que queremos.
Brando: ¿Les pasó de hablar con productores o gente de la industria que intentaron imponerle un registro más hitero a sabiendas de que funcionaría más masivamente?
D.S: Me acuerdo de un tipo de la compañía del primer disco que nos dijo: “Chicos, uds van a sacar este disco y ya está. Aprovechen el momento”. Nosotros nos cagamos de risa, porque unos años más tarde salió Chaco, nos lo volvimos a encontrar y habíamos vendido 250 mil discos, con la banda arriba y llenando en todos lados. Nosotros éramos tan chiquitos que tuvimos mucho tiempo para crecer en el camino.
Brando: Pero por otro lado también hay muchos ejemplos de gente que tiene éxito muy joven y que, por eso mismo,  sus vidas se arruinan…
E.H.: Pero nosotros no nos podemos permitir creérnosla demasiado. El ejemplo de Spinetta fue muy fuerte.
Brando: Había una ética ahí.
D.S: Claro, la cultura del trabajo.
E.H: Cultura del trabajo y un montón de valores que mamamos. El arte, para nosotros, paga. Es un alimento muy grande. Una manera de descargar un montón de cosas. La posibilidad de expresarnos a través de la música es bendita. Yo sería una persona mucho más nerviosa. Si no tuviera la posibilidad de agarrar una guitarra y tocar no sé…
Brando: Placer y terapia en un trabajo.

E.H.: Total. 

martes, 30 de abril de 2013

El rubio del JB


San Telmo y el bar languidecían, y el tipo entró sin ver, ajeno a lo que pudiera encontrarse. Un detalle lo revelaba: entró fumando. Era una noche de jueves de febrero y ya estábamos por cerrar. Yo revisaba unas cuentas, Comequechu terminaba de ordenar, Sol acomodaba unas sillas.
El tipo se paró frente a mí, del otro lado de la barra. Llevaba una camisa arrugada pero de buena calidad y unos lentes pequeños de marco negro. Era flaco, y además de la tímida barba, una sombra de tristeza atravesaba su cara.
—Hola, quiero una habitación—, dijo.

martes, 19 de marzo de 2013

Personal Jesus

Anoche en Tampa asistí a un concierto conmovedor. 
Allí, en un teatro repleto de gringos de 60 (algunos ex hippies con look "generación Woodstock"), copa de vino en mano y acompañado por mi querida hermana, vi como Leonard Cohen ratificaba su condición de Sumo Sacerdote de la música. 
Fueron tres horas en las que el pequeño y enorme canadiense repasó todos sus grandes temas, además de tocar canciones de su último disco. Un show hermoso en todo sentido: su candidez, su voz -un arrullo grave que no decae nunca-, su intensidad (más de tres horas), su estampa de gentilhombre y, en especial, la excepcional banda que lo acompaña, compuesta, entre otros, por un guitarrista español colosal (un Paco de Lucía morocho y panzón), un violinista tremendo nacido en Moldavia y un batero mexicano también genial, quienes conforman un grupo que consigue que algunas versiones de sus temas más viejos suenan mejor que las originales. 
El, por momentos, es un patriarca zen que flota en el escenario hasta volverse evanescente. Por otros, se arrodilla y se queda casi a ras del suelo, haciéndose un ovillo, acaso mostrándonos, con ese gesto de contención, todos los sentimientos que atraviesan, y atravesaron, su cuerpo al ofrecernos su arte. 
Gracias Mr. Cohen, nunca lo olvidaremos. Si es verdad que todo el mundo sabe que la pelea está arreglada, que los dados están cargados y que el barco se hunde, es un alivio, al menos, que sea usted el que nos lo susurre.

http://www.youtube.com/watch?v=PgcPpbVS-ck

lunes, 4 de marzo de 2013

Iluminado por el juego


(Entrevista y perfil de Diego Latorre, publicado en revista Brando, marzo de 2013)

Antes de ser un jugador pop, de salir con la hija de un presidente, de quebrar la cintura –y la paciencia- de los defensores con sus gambetas, de ser ídolo de Boca e iluminar la primera resaca maradoniana con algo de futuro, a Diego Latorre ya le habían inventado –embellecido- un pasado. El fútbol, como cualquier criatura sofisticada y rentable, hace un culto de sus tradiciones y de sus costumbres, y en ese ambiente tan conservador y previsible, cuyo camino está asfaltado de transpiración y ambiciones millonarias y cuya banquina está atestada de sueños truncos y dolor, Latorre era una rara avis. La leyenda cuenta –o contaba- que Diego no había hecho divisiones inferiores, que había sido descubierto a los 17 años en un country por Mario Zanabria –ex 10 de Boca- y que éste, convencido de que había encontrado a una versión moderna de Angel Clemente Rojas con secundario completo y vida holgada, lo había llevado a Boca para que, casi sin proponérselo, casi por accidente, debutara y  triunfara en primera. Era una historia invencible: un poco de glamour y azar entre tanto esfuerzo proletario.
Bueno, era mentira. 

“Es cierto, alrededor mío hay un mito”. Sentado en un salón de su amplia casa en un country en Pilar, cebando mate y vestido de runner –se prepara para correr una maratón en Francia-, Latorre derrumba aquella verdad. “Yo hice inferiores. Todas las inferiores. Tenía ciertos privilegios sí, porque estudiaba, pero las hice como cualquier otro chico. Lo que pasaba es que mis viejos no querían que deje de estudiar. Además, cuando tenía 13 o 14 años no estaba seguro de poder llegara a ser futbolista. Después sí, vislumbré que podía serlo y largué la facultad. Hice hasta segundo año de Ciencias Económicas”.
Observando el escritorio de Latorre, el fútbol parece haber sido una distracción, hermosa, larga y redituable, entre él y su relación con la lectura: el escritorio está ocupado por varias obras de distintos autores. “En los últimos años –explica el actual comentarista de Fox Sports y radio del Plata y ex delantero de Boca, Racing, Fiorentina, Tenerife y Crus Azul, entre otros clubes- me fui preparando para la vida social. Allí empecé a redescubrir la lectura”. A diferencia de quienes descubren las bondades de la literatura de repente y se excitan con la posibilidad de saberse iluminados por sobre el resto -esa clase de personas que, cuando llueve, citan a Heidegger en Twitter porque creen que comer una milanesa en un día gris interpela a la condición humana-, Latorre no actúa como un nuevo rico del conocimiento. En todo caso, su búsqueda actual tiene que ver con acercar al mundo del fútbol –un mundo conservador y pacato, como ya se ha dicho- algo que parece natural pero que allí resulta inoportuno, inconveniente o directamente revolucionario: el pensamiento. Pero no el pensamiento elevado sino simplemente el hecho de discutir e intercambiar ideas o tesis establecidas, el ejercicio de colocar en un lugar de interrogación a esa disciplina tan fascinante.
En un ambiente acolchado por frases hechas que no hacen más que perpetuar una puesta en escena grotesca y pueril que nadie se atreve a desmantelar –por temor, porque conviene-, Latorre se viene ganando un lugar a golpes de sentido común y lucidez. Con una mirada aguda, un vocabulario rico pero no apabullante y cierto desapego por los lugares comunes más repetidos, el ex delantero, que conformó una dupla inolvidable con Gabriel Batistuta en Boca a comienzos de los 90, va consolidándose como una voz distintiva dentro de la comunicación deportiva. Sus comentarios de los partidos –tanto del fútbol local como internacional- suelen ser atinados, equilibrados, necesarios. Hay, en él, una búsqueda por explicar e ilustrar con nuevos colores este juego hermoso. Y también por señalar aquello que lo pervierte.
Brando: Hoy como comentarista, ¿cuáles son tus intereses, qué cosas son las que te movilizan de un mundo que vos ya conocías como jugador?
Latorre: El aprendizaje, el mundo del conocimiento. Hoy estoy predispuesto para aprender. De todas formas, me da una profunda tristeza darme cuenta que la mayoría de los conceptos con los que uno se puede nutrir ya no están acá. Se nos han llevado los jugadores y los conceptos. Y eso tiene una parte trágica. No quiero ser un tipo que está siempre mirando para afuera y criticando, sobre todo porque quiero mucho al fútbol argentino, donde jugué 10 años y es parte de mi patrimonio emocional. Soy parte del fútbol argentino. Pero creo que estamos en un momento crítico, a tal punto que desconocemos nuestra tradición. El otro día leí una frase de (Santiago) Segurola –notable periodista español- que dice “la tradición no es una elección”.
Brando: ¿Te referís a cierto desdén por la tradición del fútbol argentino?
Latorre: Sí, es que llegamos hasta un punto con este mareo cultural que desconocemos cuáles son nuestras fuentes de alimentación, nuestros bienes culturales. A veces el mundo del deporte es tan chato que a muchas veces rechaza el pensamiento. Justamente, porque el tipo que piensa es peligroso.
Brando: Cuestiona el status quo.
Latorre: Claro. El futbol repite las 6 o 7 frases de cabecera con las que todos más o menos están conformes, pero en realidad, parece que dicen algo pero no dicen nada. Mucho menos arreglan. Conmigo había cierto prejuicio, porque como la palabra futbolista y la palabra pensamiento parecen antagónicas, cuando alguien piensa enseguida aparece la palabra filósofo, pero dicha como algo despectivo, no como un elogio.
Brando: Se estigmatiza.
Latorre: Sí, es peyorativo. Yo, cuando comento, trato de no ser equilibrista, pero sí de ser equilibrado. Trato de ser fiel a lo que pienso. Lo que me interesa es ponerme en un punto en el que pueda tener la capacidad para analizar desde la experiencia sin creer que esa experiencia es todo. Fundamentar lo que digo, no dañar, no ser agresivo. Trato de ser contundente, pero a su vez mi lema es ser respetuoso con el otro.
Brando: Vayamos al principio. Da la impresión de que tu desplazamiento desde el lugar del jugador al del comentarista fue bastante rápido y natural…
Latorre: Empezó porque tenía la necesidad de ocupar un vacío, el vacío que te da la rutina. La rutina del entrenamiento, las costumbres, estar con tus compañeros, todo un modo de vida adaptado a tu oficio. Eso, de un día para el otro desaparece. Entonces pasé a formar parte de otro mundo. Y la adaptación fue brillante, porque me puse otro chip. No fue nada pautado, se dio así y punto. Fue de forma natural, paulatina.
Brando: Era algo que tenías que resolver.
Latorre: Sabía que tenía que asumir otro rol, pero solo tenía dos cosas claras: que comunicar y jugar son dos cosas muy distintas. Que debía tratar de capitalizar toda la experiencia que tenía y ponerla en juego pero sin egocentrismo, dejando de lado todo tipo de personalismo. Tenía que tratar de ser lo más ecuánime posible, lo más objetivo, no recurrir a las anécdotas que no suman. Esto lo escuchaba en otros, y en lugar de enriquecer una determinada charla o comentario lo que hacían era siempre estar apelando a anécdotas que estaban relacionados con ellos.  Eso me producía rechazo.
Además de un juego fantástico, el fútbol, entre muchas otras cosas, también es una fabulosa máquina potenciadora de egos. Es lógico que así ocurra: en esa jungla despiadada en la que se practica un darwinismo social feroz, aquellos que triunfan son, sin duda, los mejores de su especie, y al tiempo que ocupan un espacio de deseo social, pasan a ser tratados como estrellas, o sea, dejan de ser personas. “Cuando sos jugador de fútbol estás minusválido”, dice Latorre. “Como futbolista tenés un delegado que te hace todo, y después hasta te cuesta ir a hacer la cola en el banco. Cuando viajás ni siquiera hacés el check-in. Vas del hotel a los aeropuertos. Y del aeropuerto al hotel. Esa es tu vida”.
Tras el retiro, el futbolista no solo debe reinsertarse socialmente, si no que, en el caso de haber sido crack o ídolo, también debe aprender a educar su narcisismo; entender, sin que se lo advierta nadie, que los motivos que lo llevaron hasta allí y que justificaron su tratamiento especial, se perdieron en la noche de los tiempos. El deporte argentino es pródigo en ídolos –sobre todo los de la década del 70- que no han sabido tener una sobrevida armónica, que cada vez que aparecen en los medios parecen estar insatisfechos con el mundo posterior a sus reinados, frustrados y doloridos porque el deporte no se acabó cuando acabaron sus carrera, como si todo lo que vino después fuera de una calidad inferior -o de una brillantez inmerecida- a la de su tiempo. Latorre, en cambio, parece no haber perdido su capacidad de asombro y de admiración, de igual modo que parece no haber culminado su educación futbolística. “Yo siento pasión por el juego, y mientras jugaba iba admirando a otros compañeros, a rivales. Para mí el fútbol es algo que me inspira un montón de cosas. Es tanto lo que siento por el fútbol que veo jugar a Iniesta y me quiero meter adentro del televisor y jugar con él”.
Brando: Equipos como el Barcelona o el Manchester United podrían hacernos inferir que, al menos en cuanto a la calidad del juego, estamos viviendo tiempos interesantes. Pero muchas veces esto no es coincidente con una buena época del fútbol en sí, ¿Coincidís?
Latorre: Si hablamos en términos de fútbol como negocio/espectáculo sin duda se ha convertido en una industria tremenda. A mí lo que me asusta un poco es que el fútbol se ha visto invadido por gente que no es del fútbol, que se acerca por notoriedad, por ambiciones, por poder, y se han acercado algunos capitales que son de dudosa procedencia y que en el fútbol descargan. Entonces hay una confusión: porque se compara –o se iguala- el éxito que es conseguido con un método serio y de calidad con el éxito que es conseguido con un plan transitorio, respaldado solamente por un tipo que compró 25 jugadores y nada más. Pero muchas veces la gente no discrimina el éxito, todo va a la misma bolsa.
Latorre parece dispuesto a combatir el relativismo cultural que se ha adueñado del fútbol, una suerte de pensamiento único que borra las fronteras entre lo bello y lo no tan bello, como si todo diera lo mismo, como si jugar como el Barcelona o como el Chelsea fuera lo mismo, total ambos ganaron la Champions League.  “Yo lo combato. Es común escuchar: ‘El Real Madrid no es menos que el Barcelona, son diferentes’. No, no es así. Me preocupa el hecho de que el éxito tape todo. ¿Qué es el fútbol si uno no la pasa bien? ¿Qué es el fútbol si no te emociona? Sacando el fanatismo, como espectador le tenés que extraer las propiedades al juego. Haciendo una proyección, de acá a 10 años el producto fútbol no va a ser muy tentador y muy seductor para el tipo que va a la cancha. El fútbol nuestro te aleja de los lugares que se ejecuta”.

*********************************
¿Qué quedó del Latorre futbolista? ¿Qué mecanismos se guardaron para siempre en su ser y perviven hoy en este hombre que entrena para correr, que comenta para vivir? De entrada, pareciera que al Latorre persona todavía lo alberga parte del sentimiento de sospecha –hacia el otro- que atenazaba al Latorre jugador. La desconfianza, en un hábitat que suele vivir en palpitante amenaza por los altos niveles de interés que genera, suele ser una reacción natural. “El ambiente del fútbol es muy hostil”, admite el ex crack. “Eso hizo que yo me fuera encerrando en mí. Era una barrera, un mecanismo de defensa ante ese ambiente. Claro que uno también es cómplice”.
Brando: Un representante una vez me dijo que lo único limpio en el fútbol es la pelota.
Latorre: Ja. Bueno, no sé si es tan así, siempre hay gente rescatable. En mi caso me armé un mecanismo de defensa para poder sobrevivir. Traté de protegerme y  me fui alejando del contacto con la realidad.
Brando: En tu caso, además, vos habías sido ídolo, que es un lugar de mayor riesgo, supongo.
Latorre: Sí, seguro. Pasar de héroe a villano con tanta facilidad no es nada fácil. Más cuando tenés un poco de cabeza o cierto nivel intelectual. Esas cosas te hacen muy mal. El tipo que no lo tiene le resbala. Pero el tipo que es un poco sensible, que es como un observador, todo lo que le va pasando le va pegando. Entonces te tenés que poner barreras, te aislás. En los últimos años todo me afectaba un poco menos –uno aprende, claro- y empecé a prepararme para un montón de cosas.
Así descripto, el fútbol parece un animal monstruoso, de enormes tentáculos, con una boca enorme por la que engulle ilusiones y trayectorias, y con otra boca debajo –más bien una cloaca- por la que escupe cuerpos y mentes destrozados. No parece una imagen muy alentadora, pero para Latorre pareciera asemejarse a la realidad. “La decencia y la honestidad es lo que escasean. Argentina tiene desparramados jugadores por el mundo, sin embargo los clubes no tienen un peso. Eso es increíble. Son temas que no están en la agenda. Lo que pasa es que como las noticias se van pisando, entonces nadie para la bocha. ¿Por qué los clubes no tienen para comprar una cafetera? La realidad es que los jugadores no quieren jugar en el fútbol argentino. Lo digo con dolor. Muchos dicen que el jugador argentino cobra un buen sueldo acá, y eso es mentira, porque una cosa es lo que se firma y otra cosa es lo que se paga. Hay ciertos mecanismos que hacen que el jugador se vaya “endeudando” de alguna manera, y que hacen que el jugador, cuando es vendido, de 5 termine cobrando 1. Es un mecanismo perverso. Si no aceptás ese 1 los dirigentes, de cierta forma, te empiezan a extorsionar. Viene el dirigente, viene el papá…”
El tema de la injustica es un tema que parece obsesionar a Latorre. No ya dentro del ambiente del deporte sino dentro de la condición humana: ¿Cómo es que el hombre se convierte en lobo del hombre? ¿Cómo es que puede llegar a la monstruosidad? Días atrás, Latorre colgó en su cuenta de twitter un link que contenía un libro paradigmático, un opus fundamental que intenta desentrañar las razones del mal: “Eichmann en Jerusalén”, el ensayo de la filósofa alemana Hannah Arendt que ausculta en las razones que llevaron al jerarca nazi a convertirse en un engranaje esencial de esa maquinara de muerte y dolor. El libro también indaga sobre la necesidad de justicia del ser humano –Eichmann fue trasladado para ser juzgado y condenado en la tierra santa-, sobre los conceptos de moralidad y poder. El abuso de poder y la falta de moral parecieran estar muy presentes en el fútbol argentino, un paisaje decorado por dirigentes ricos, clubes pobres, cracks vendidos y partidos deleznables. Todo cocinado bajo la atenta y promiscua mirada de una sociedad, la futbolera, incapaz de repensarse, sin la audacia ni la voluntad necesaria para reconocerse en crisis y actuar en consecuencia. “Hay un punto de demagogia que tienen los dirigentes que hace que todo siga su curso, todo es poner parches para que el negocio siga funcionando para ellos”.
Brando: También hay más fanatismo, que de algún modo es la única manera de explicar la pasión. O sea, si el hincha no fuera tan ciegamente pasional, se sentiría demasiado decepcionado por la pobre realidad del fútbol actual.
Latorre: Totalmente. El fanatismo es lo que puede soportar esto. La pasión tolera todo. Encima con los rituales de ahora: la gente se ha enamorado de su propia hinchada. Eso se convierte en un quiste. Están compitiendo a ver quién es más fiel.

*************************************
“Mandale un mensaje a Yanina, que se apure”. La charla en su casa quedó atrás y ahora con Latorre estamos en la puerta del gimnasio en el que entrena en Palermo. El ex crack y actual comentarista de Fox viste short, remera y zapatillas de runner. La indumentaria es el uniforme de la actividad que acapara todos sus esfuerzos por estos días: el atletismo. Junto a su mujer Yanina, se prepara para correr la maratón de París, el 7 de abril. La carrera arranca en Champs Elysee, da toda una vuelta por la ciudad de las luces y culmina en el Arco del triunfo. Hacia allí apunta su entrenamiento actual, que realiza bajo las órdenes de su personal trainer, Michel. Latorre espera a su esposa para salir a correr por las calles de Buenos Aires. Yanina está algo atrasada y eso lo impacienta un poco. Mientras tanto, charlamos con su preparador físico sobre la clase de entrenamiento que debe realizar un maratonista. “Lo ideal es que hasta el día de la competencia vaya entrenando todos los días con distancias siempre inferiores a los 42 k”, cuenta Michel en la puerta del gym. “Antes -agrega- se creía que para correr una maratón había que correr esa misma distancia previamente. Ahora se demostró que no, que el cuerpo tarda no menos de seis meses en recuperar los valores que tenía antes de competir en una prueba de esa envergadura”. Estamos parados en la calle Migueletes, y mientras Latorre se prepara para encarar 15 kilómetros de asfalto, algunos socios del gimnasio pasan y le comentan a Latorre sobre la pésima actuación que tuvo Boca el día anterior. Latorre ajusta su reloj, que controla el ritmo cardíaco, las calorías gastadas y el tiempo. Michel, su PT, le preparó un plan para arrancar haciendo 6’ por kilómetro para luego bajar a 5 y medio y después a 5. “Es importante”, agrega Michel, “que no sólo se prepare físicamente sino mentalmente. Y es muy importante saber regular los esfuerzos y tomar todas las precauciones. Por ejemplo ingerir glucosa. Hay que hacerlo antes de la carrera y a los 40 minutos de iniciada”, agrega. Está claro que la ciencia aplicada al deporte -y no sólo para la alta competencia- se desarrolló de tal manera en los últimos años que achicó al mínimo los riesgos y potenció al máximo las posibilidades de cada atleta. Así parece ratificarlo el cuerpo de Latorre, fino y sólido como en sus mejores tardes de la Bombonera. “Estoy mejor físicamente ahora que cuando jugaba”, asegura. Entre los deberes que cumple el ex crack está el de recuperar su cuerpo al día siguiente de someterlo a un esfuerzo supremo. “Es para terminar de expulsar el ácido láctico que se acumuló en la sangre. Es necesario hacerlo”, dice el entrenador.  En eso llega Yanina –extrovertida, histriónica, intensa- y el matrimonio Latorre se lanza a las calles a trotar. Toman Libertador y encaran por Olleros para correr alrededor del Golf y del Lawn Tennis. El ritmo de Latorre es intenso. Deja atrás a su mujer y se pierde en las calles internas y arboladas de esa zona de la Ciudad. Cuando trota, Latorre tiene el mismo lenguaje corporal de su época de gloria: un poquito encorvado, con su cabeza levemente hundida entre los hombros, dando pasos que son saltitos, simpático. El comienzo no parece ser un problema. Es escollo, el verdadero escollo, aparece –o aparecerá en París, quién sabe- alrededor del kilómetro 30. “Es el instante crítico de todo corredor –explica Michel-, cuando comienza a preguntarse qué hace ahí o por qué se metió en eso. Lo llamamos ‘el muro’, porque adelante suyo aparece una pared enorme, que tiene que romper o trepar”. Es el momento de mayores claudicaciones y el gran desafío del maratonista: seguir encontrándole un sentido a ese ejercicio solitario y fatigante, una tarea hercúlea solo reservada para quienes consideran que el desafío de llevar al límite sus cuerpos y sus mentes es lo suficientemente excitante como para creer que en ese esfuerzo está su cielo. Correr, de acuerdo a quién lo haga, puede ser escapar o perseguir: dependerá si hay atrás un dolor o adelante un sueño. Mientras Latorre se sumerge en los bosques de Palermo en busca de su paraíso personal, mientras corre en busca de su muro, de su necesidad y de su sueño, recuerdo una frase de Luis Alberto Spinetta, tan luminosa como esclarecedora, tan aplicable a la maratón como a la vida misma: “Después de todo –cantaba el flaco- tú eres la única muralla, si no te saltas nunca darás un solo paso”. 

Volvió Caniggia


Para contar la primera me tengo que remontar doce años atrás, justo cuando me bajé de un tren en la estación central de Amsterdam. Eran las nueve de la mañana de un sábado de julio de 2000 y, en el aire, flotaba un inconfundible aroma a resaca: Amsterdam se despertaba de una larga noche de verano.
Bajo un sol enorme y de primer mundo, caminé por una avenida hasta llegar a la plaza central, un lugar majestuoso, rodeado de edificios históricos, milagros de la arquitectura.
Algo pasaba, porque una multitud informe de tipos con banderas y remeras blancas desbordaba la plaza: cantaban a los gritos canciones de rock que salían de unos parlantes enormes. Era miles, y conformaban, en parte, un espectáculo conmovedor, por la pasión con la que lo hacían.
Pregunté quiénes eran. Me dijeron que eran eslovenos que habían llegado hasta allí porque ese día, a la tarde, Eslovenia jugaría su primer partido de fútbol oficial en una competición internacional. Su equipo enfrentaba a España por la primera fecha de la Eurocopa de Naciones que empezaba ahí.
Yo no tenía ni idea del asunto, pero a juzgar por los litros de cerveza que corrían por las gargantas de esos eslavos altos de gesto fiero y voz gutural, el debut era un motivo más que suficiente para la celebración y el desenfreno.
Amsterdam era una fiesta y ahí estaba yo, algo aturdido, pero también embelesado por semejante despliegue de excitación colectiva.

domingo, 17 de febrero de 2013

Elvis está vivo

Muchos años después de pisar un escenario por última vez, de ser un asalariado de la industria de la construcción, de licenciarse en filosofía, de aspirar a varios cargos representativos en su ciudad, Detroit, y jamás ser elegido para alguno; treinta años después de tocar en la calle, de ser comparado con Bob Dylan, de grabar dos discos que, creía, a nadie le importaron, de casarse, tener hijas, después separarse y vivir en la misma casa que compró por 50 dólares a mediados de los ’70, Sixto Díaz Rodriguez (70), sexto hijo de una familia de origen mexicano, se convirtió en una estrella planetaria. Su vida, su aventura, tiene los colores de las mejores fábulas.
Sigue acá

viernes, 18 de enero de 2013

Mario Vargas Llosa: “Los fanáticos escriben mal”



(Publicado en Revista C en abril de 2008)
 “Quince minutos”. Parece una cargada pero no lo es: ese es el tiempo que, según la encargada de prensa, está dispuesto a darnos Mario Vargas Llosa (Arequipa, Perú, 1936) para esta entrevista. Como un Hollywood star, Vargas Llosa atiende a los periodistas con turnos de un cuarto de hora, lo mismo que tardamos en ir de Retiro a Constitución en subte. Se supone que ese período nos tiene que alcanzar para conversar en profundidad y generar que Mario, el mítico don Mario, se desajuste un poco la corbata, se arremangue la camisa y se anime a desovillar un rato su abigarrada biografía. Parece imposible, pero si Andy Warhol dijo que hay quince minutos de gloria reservados para todos, no es descabellado pensar que serán los que vienen ahora. Aquí vamos a la aventura entonces. “Mario está un poco engripado, por eso los 15 minutos”, se disculpa la chica de prensa. “Está bien. Igual, no hay mucho de qué hablar con él”. La ironía, claro, tiene que ver con el personaje, su obra y su vida: 18 novelas y libros de relatos –algunos de los mejores de los últimos 40 años en habla hispana–, 17 ensayos, siete obras de teatro, casi presidente del Perú, candidato al Nobel y, además, uno de los más emblemáticos intelectuales del pensamiento liberal de Occidente, tanto que por esa condición es que, por un cuarto de hora, lo tenemos sentado enfrente. El escritor peruano fue el invitado de honor de la Fundación Libertad, un think tank de derecha que festejó 20 años de existencia con un gran seminario enRosario a fines de marzo .
Atildado y sonriente, con un semblante sin rasgos de gripe y una figura que refuta el calendario (72 años que cumpliría al día siguiente del encuentro), don Mario estrecha la mano e invita a sentarse y preguntar.

Cinco días antes del encuentro, Vargas Llosa había publicado en el diario El País de Madrid, en su habitual espacio Piedra de toque –que escribe desde 1990–, una columna en la que se refería a Louis Ferdinand Céline (1894-1961) como uno de los grandes escritores franceses de la historia, capaz de producir “dos obras maestras, Viaje al fin de la noche (1932) y Muerte a crédito (1936), que significaron una verdadera revolución en la narrativa de su tiempo”. La referencia a Céline venía a cuento porque el peruano está trabajando en un ensayo sobre Juan Carlos Onetti, el autor uruguayo, muy influenciado por el francés. Es por eso que creemos atinado comenzar a hablar de su columna. Hay que apurarse: entre el saludo y otras cortesías de rigor, quedan 14 minutos.
–¿Por qué volver a Céline, un escritor tachado de nazi, cuya obra fue opacada por su conducta racista y xenófoba?
–En primer lugar, nunca lo había leído en su lenguaje original y la diferencia es notable. Las obras de Céline parecen destinadas a ser escuchadas más que leídas. La utilización que tiene del lenguaje oral es genial, pero eso sólo puede ser apreciado si se lo lee en francés. En segundo lugar era uno de los autores preferidos de Onetti –quien hizo un ensayo sobre Céline–, y como estoy preparando un trabajo sobre él, me dio curiosidad.
–¿Onetti tomó cosas de Céline?
–Bueno, releyendo a Céline me di cuenta de que sí, de que ese tratamiento del lenguaje oral, esa riqueza que sólo se obtiene cuando se conoce en profundidad y se consigue recrear el lenguaje de la calle, también está presente en los dos.
–Usted siempre tuvo una gran admiración por los escritores franceses, pero siempre reconoció una mayor influencia en Faulkner. ¿Esto sigue siendo así?
- Faulkner ha sido una gran influencia para mí, sin lugar a dudas. Tuve la suerte de leerlo muy temprano, lo que me hizo descubrir un mundo literario maravilloso que fue fundamental para mi formación. Lo leí por primera vez estando en la Universidad de San Marcos, en Lima. En aquellos días leía a Faulkner en español y en francés. Las traducciones al francés de Maurice Coindreau son maravillosas. Era un gran traductor. Leí su excelente versión de Santuario, con prefacio de André Malraux.
–¿Qué fue lo que lo impresionó de él?
–Su genio. Con él descubrí la importancia de la forma en la literatura. Fue el primer escritor a quien leí con una pluma en la mano y un papel al lado del libro. Una vez, hace más de 20 años, fui a visitar la casa de Faulkner en Mississippi. Estando en la cola, se me acercó una pareja de holandeses. Me dijeron que estaban ahí por mí, que habían leído varios artículos míos en los que mencionaba mi amor por Faulkner y que eso los había llevado a descubrirlo. “Me convertí en un especialista en Faulkner por usted”, me dijo el hombre. Fue uno de los episodios que más satisfacción me dieron en toda mi vida.
La entrevista con Vargas Llosa se realiza en una oficina con un ventanal enorme por el que entra un poco de sol y de río Paraná. En lo que parece ser el escritorio principal, un hombre sentado anota cosas. Van siete minutos de charla, pero ese hombre interrumpe la entrevista para decirnos que no queda mucho tiempo. “¡Pero si van siete minutos!”, respondemos. En seco, Vargas Llosa intercede: “No, si estamos trabajando. Además, una vez que podemos hablar de literatura no vamos a dejar de hacerlo”. Ese día Vargas Llosa ya había dado cuatro entrevistas. En todas ellas –de quince minutos–, el tema de conversación central había sido la política y su participación en el seminario sobre desafíos para el liberalismo.
Seguimos hablando, ahora que el hombre que anota dejó de escudriñar su reloj. Quedan ocho minutos.
–Usted siempre dijo que Conversación en La Catedral había sido su libro preferido...
–Bueno, fue el libro que más me costó. Estuve tres años escribiéndolo.
–¿Por qué cree que es una novela tan moderna, aun cuando fue escrita en los años 60?
–Porque nuestra sociedad sigue jodida, y es una novela que muestra eso: el envilecimiento y la corrupción de las sociedades  latinoamericanas.
–Después de su experiencia política, después de haber atravesado una campaña política y de haber vivido tanto tiempo en Europa, ¿cree que si tuviera que volver a escribir Conversación..., la escribiría igual?
–Sin duda que no escribiría la misma novela. Porque si bien no es una novela política, el tema de la novela sí lo es. Es una novela que habla de la putrefacción que experimenta una sociedad luego de vivir una dictadura (la de Odría en el Perú de los años 50), violenta y corrompida. Muestra los aspectos perniciosos que desató. Mi experiencia posterior me haría ver las cosas de otro modo, seguramente.
–¿Por qué le costó tanto escribirla?
–Porque tenía un montón de elementos y situaciones dispersos, pero me costaba encontrar el esqueleto de la obra. Finalmente, lo que consiguió aunar todos esos elementos fue un episodio que viví el día en que perdí a mi perro y lo fui a buscar a la perrera. Lo que vi allí fue la imagen que mejor definía al Perú de aquellos tiempos y fue la que me sirvió para comenzar la novela. Era un lugar fétido en el que mataban a los animales como si fueran moscas.
–¿Leyó a Roberto Bolaño?
–Sí, y me gusta mucho. Leí Los detectives salvajes y me encantó.
–Hay quienes dicen que no sería posible entender a Bolaño sin Conversación en La Catedral.
–Bueno, ojalá fuera cierto, porque Bolaño me parece un autor mayor.
Van 12 minutos y el hombre que anota no nos mira y ni siquiera mira su reloj. Escucha de fondo a dos tipos hablando de literatura. Vargas Llosa tampoco parece con ganas de interrumpir la charla.
–En su último libro de ensayos, un escritor argentino, Fabián Casas, menciona una frase que generó cierta irritación. Casas dice que los mejores escritores son de derecha. ¿Está de acuerdo?
–Ja, ja (Vargas Llosa se ríe como si fuera una ocurrencia pueril más que una posibilidad para analizar). Ojalá fuera cierto que los escritores de derecha somos los que mejor escribimos. Pero no lo sé.
–¿Pero qué opina de la frase?
–De lo que estoy seguro es que los fanáticos escriben mal. La visión estrecha te deshumaniza, por eso me parece imposible que un fanático escriba bien. Volviendo a Céline, por algo sus mejores obras son sus dos primeras novelas. ¿Cómo se explica que alguien capaz de hacer una obra maestra como Viaje al fin de la noche después sólo sea capaz de producir panfletos sin ningún talento? Fue un autor ganado por el odio.
–¿La ideología empeora las cosas?
–Es que tú escribes no sólo con tus ideas, sino con tu instinto, tu sensibilidad. Es
imposible escribir sólo con la inteligencia. En especial una novela, porque la novela, por definición, es imperfecta.
–¿Algo de eso tiene que ver con el hecho de que Borges no haya escrito ninguna?
–Pero claro, por eso mismo Borges odiaba la novela, porque no es perfecta, como lo puede ser el cuento o la poesía. El exceso de inteligencia es nocivo para la novela.
Van 20 minutos de charla. El hombre del escritorio abandonó el escritorio. Ya superamos el tiempo pactado: todo lo que viene es ganancia.
–Usted también es un gran admirador de Flaubert. ¿Qué es lo que más rescata de él?
–Lo más admirable de Flaubert es que inventó su talento.
–¿Flaubert no tenía talento?
–Lo inventó. Fue un escritor que construyó su talento con disciplina. Es la muestra cabal de que se puede conseguir una gran obra no sólo con el genio, sino con la obstinación. En un sentido, Flaubert le dio esperanza a un montón de escritores.
–¿Qué está leyendo ahora?
–Volví a Onetti, por supuesto. Y gracias a él descubrí a Roberto Arlt, a quien conocía de nombre por referencias de Borges, pero a quien los intelectuales argentinos parecía que despreciaban. Me parece un autor maravilloso, un autor que, al igual que Céline, tiene un manejo del lenguaje callejero excepcional. Los 7 locos me parece un libro extraordinario.
Antes de ser un apóstol del liberalismo, antes de sentarse en primera fila para convertirse en el elegante ventrílocuo de la democracia de mercado, Vargas Llosa, el mismo Vargas Llosa que llenó de elogios a Margaret Thatcher en la primera columna que escribió en El País (diciembrede 1990), fue un militante de izquierdas. Es famosa –y vieja– esa pirueta ideológica, tanto como la sorda inquina que mantiene con García Márquez. Vargas habla de aquellos días como si hubiera sido parte de un engaño colectivo.
“Cuando yo era joven creía que al poder se podía llegar con un fusil, que la revolución iba a cambiar la política. Ustedes vieron lo que pasó: lo único que generó fue una proliferación de dictaduras. Hoy sabemos que la modernidad y el desarrollo llega con el trabajo cotidiano, constante, abnegado. En 1958, cuando llegué a España, me encontré con un país subdesarrollado, atrasado, viejo, y, en poco tiempo, se transformó en un país moderno, donde surgió una clase media poderosísima. España es el ejemplo de que es posible”.
Es tiempo de descuento: la chica de prensa ya entró en la oficina y el hombre que anotaba ha dejado de anotar y nos mira de frente con los brazos cruzados. La señal es clara: hay que redondear. Como ocurre con las estrellas, el final de la entrevista no lo decreta el entrevistado sino su cohorte de asesores que velan por él y llevan su agenda. Vargas Llosa tiene tiempo para decirnos que “el director de tu periódico trabaja con mi hijo”. El hijo de Vargas Llosa, Álvaro, participa junto a Jorge Lanata en un programa radial que emite Cadena Ser en España. Del ciclo también participa, entre otros, el peruano Santiago Roncagliolo (33), escritor talentoso, acaso el heredero más firme para ocupar un lugar en el cielo literario de su país, en donde reina, solo y colosal, Vargas Llosa. Es el mismo Roncagliolo el que intenta definir, en términos argentinos, la intensidad de esa luz tan potente, ese tótem nacido en Arequipa: “Ustedes tienen a Borges, es cierto, pero también tienen una gran tradición literaria en la que brillan los Cortázar, los Puig, los Saer. Y, como si fuera poco, cuentan con Charlies y Diegos. Tienen tango, rock y fútbol. Nosotros sólo lo tenemos a él”.
Bonus track. Volvemos a ver a Vargas Llosa a la tarde-noche. Ya no hablará de literatura, sino de política, ideologías y populismos. Como parte del seminario que lo trajo a Rosario, participa en una mesa redonda con el título “Cultura y libertad”. El nombre de la charla no invita al entusiasmo. Sus compañeros menos: Marcos Aguinis y Juan José Sebreli.
Vargas Llosa está a la derecha de ellos. En el escenario, claro. El peruano cierra la onírica charla con un alegato contundente, un rayo verbal que logra sacudir la abulia de la sala: “A la democracia se la valora cuando no se la tiene”, sentencia. De inmediato relata una anécdota relacionada con uno de sus tantísimos viajes. Allí aparece el hombre de cultura universal encantado de sí mismo, el intelectual itinerante que comparte su experiencia vital como quien convida caramelos de optimismo.
“Una de las mayores impresiones políticas de mi vida la tuve en Nueva Zelanda. Recuerdo estar caminando por el centro de Auckland y ver largas colas de gente parada. Pregunté de qué se trataba y me respondieron que estaban esperando comprar el informe presupuestario nacional. Me pareció algo excepcional, porque significaba no sólo que el presupuesto era leído, sino que se cumplía. Eso garantiza la calidad de vida contra cualquier exceso. Nosotros, aquí, lamentablemente, estamos lejos de eso, porque despreciamos la vida política. La política aquí es una actividad que no atrae a los mejores, sino a los peores. Ese rechazo a la actividad política es un suicidio para una nación, porque nunca va a alcanzar los niveles de decencia que merece. Lo paradójico es que estoy convencido de que vivimos en una época extraordinaria. Hemos visto hechos que parecían inconcebibles hace 30 años. Vimos cómo se desmoronaban grandes regímenes totalitarios. Los ejemplos para no equivocarse están ahí. Es mentira que los enemigos están afuera. La solución sólo depende de nosotros”.

Pablo Perantuono