lunes, 28 de octubre de 2013

Lauda, Hunt, Plant y el violinista del Titanic

Era un tiempo fabuloso: el swinging London se había convertido en plaga. A mediados de los ’70, la Costa Azul europea era la medialuna fértil del placer, la dicha en movimiento. El jet-set regía los patrones estéticos de Occidente: solapas voladoras, patillas insolentes, Benson & Hedges y champán. Hedonista sin culpa –el rasgo de época–, buena parte de la nueva aristocracia se había dejado embriagar por el combo de pecado, glamour y vértigo que, como nadie, la Fórmula 1 interpretaba.
Aquellas carreras eran, todavía, una excitante batalla entre pilotos talentosos y salvajes que parecían gozar con el hecho de poner en riesgo sus vidas. Uncirco romano itinerante patrocinado y celebrado por el establishment de su tiempo.
Ese espíritu es el que recrea de forma magnífica Rush (se estrena aquí con el subtítulo “Pasión y gloria”), el nuevo film de Ron Howard (Una mente brillante, Frost/Nixon) que sitúa su narrativa en un año (1976) y en dos héroes antitéticos: los inolvidables Niki Lauda y James Hunt.
“Al menos dos de nosotros morirán este año”, dispara la voz en off de Lauda al comienzo de la película, mientras la cámara va reptando por los rincones de un pelotón de autos encendidos. Podrían ser los prolegómenos de una batalla medieval donde sólo un milagro podrá evitar la tragedia. Pero no, es apenas una competencia en la que se ponen en juego millones de dólares y en la que la muerte es una presencia acechante debido a las precarias condiciones de seguridad que nadie –o pocos– se animaban a interpelar. “A 170 kilómetros por hora, esta cosa es una especie de bomba con ruedas”, dirá, sonriente, Hunt más adelante. Son jinetes que montan máquinas infames.
Ambos produjeron una de las mejores rivalidades de la historia de la F1, el duelo entre dos antagonistas perfectos. Seductor serial y carismático, Hunt –interpretado por Chris Hemsworth– era un héroe primitivo atravesado –invadido– por las pulsiones de sexo y de muerte cuyo genio para el manejo parecía ser un mandato del alma. Era pura pasión: una suerte de Robert Plant precipitado, sin esperanza de un mañana.

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