martes, 12 de noviembre de 2013

Conservar la infancia



Desde hace cuatro años juego un torneo de ex alumnos del Santa Isabel, colegio al que fui. De una revista me preguntaron por qué todavía me empecino en perseguir una pelota. Salió esto, tal vez ilustrador para aquellos/as que se preguntan qué coño hay detrás de esa obsesión masculina.


"Hay un desafío en eso de demostrarme que todavía conservo la pulsión por jugar y por competir intactas, con el aditivo de saberme "veterano", lo cual lejos de vivirlo como una debilidad o desventaja lo vivo como un guiño de complicidad y de lealtad hacia aquello que nos determina y nos marca para siempre: la infancia, esa porción de la vida que debemos conservar y defender como un tesoro vivo y, en lo posible, no como un museo de fotos viejas.
Y no hay nada más estrechamente relacionado con eso que el hecho de seguir jugando en el lugar donde jugaste siempre. Aún sin ser un gran frecuentador de viejos compañeros, disfruto mucho el hecho de haber armado un buen grupo, con gente de mi generación que sigue conservando el deseo y el instinto de búsqueda. Tampoco hay que despreciar las virtudes colaterales: nos mantenemos en forma, nos sirve como un espacio catártico y, cada tanto, nos regala un mimo al ego, como alguna que otra gambeta o algún que otro gol que nos indica, al menos durante ese rato, que la pasión, la energía y el amor por el deporte no merman con el paso del tiempo sino que, por el contrario, se saborean con más calma, como los buenos vinos.
Es obvio que, al tiempo que asoman las primeras canas también se va diluyendo la velocidad o el poder de reacción, pero también es cierto que prevalece, o incluso aumenta, el oficio y la simpleza para jugar. En mi caso también lo tomo como un espacio para poner en juego el temple e incluso mi tolerancia a la derrota, un ejercicio que, aún a mi pesar, tengo que poner en práctica más de lo que me gustaría.
Si bien juego el torneo desde sus comienzos -hace unos cuatro años-, nunca tuve una percepción acabada de la diferencia generacional, quizás porque a la hora de jugar no es un factor que para mí resulte notable (tal vez sí para los rivales). Sin embargo,hace muy poco, hubo un episodio que sí me dio la pauta del salto temporal. Fue cuando después de un primer tiempo intenso y parejo, fui a tomar agua y se me acercó un viejo compañero -en rigor, más chico que yo- para saludarme. Cuando lo reconocí, le pregunté qué andaba haciendo. Su respuesta fue como un disparo de emociones: "Vine a ver a mi hijo, es el flaquito de pelo largo que te marcó todo el tiempo".

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