Hace dos años, Leo Vaca y Fernando de la Orden comenzaron a ir una vez por semana a un hogar para chicos adictos en Bajo Flores a enseñarles a armar sus propias cámaras (con cajitas de fósforos) y a hacer fotos. De aquellos encuentros surgieron un puñado de imágenes que acaban de ser publicadas por la revista Dulce Equis Negra. Acompañando las fotos, van algunas impresiones que me quedaron de aquella experiencia.
Ojos como lápidas que sucumbieron al desdén y al arrebato.
Cocidos
a disparos y a poxirrán, a televisión y zozobra.
Cuerpos
sin ternura, ni dentadura,
que ardieron
años, que son siglos, en un caldo hostil.
Ojos pardos
de negro futuro, de tersa tez que es estigma.
Lloran secos,
sin postales
Ahogados
en espeso alquitrán, veneno caliente que quemó sus lunas.
Los sueños
truncos, disueltos cuando eran rumor.
Un dolor
que es huella en pieles de piedra malogradas,
terreno
arrasado por Atilas en Nike.
No conocen
los ascensores o las amapolas. Ni la palabra amapola.
Y reptan
por los zócalos buscando la revancha
Arrodillados,
consagrados al daño en un ignoto rincón
Haciendo
metástasis de su angustia.
Acechados
por perros feroces
Anónimos
y gigantes, marchitos.
Arco
iris
De
pronto, al zócalo de sus vidas
lo visitan
unos reyes magos en jean.
En sus
bolsas hay cajitas, hay rollos y un pequeño plan.
Los jóvenes
fantasmas se atisban
Su niño
interior, herido de muerte,
apenas
se conmueve, desconfía.
Pero juegan,
arman un barrilete para viajar por el barrio
A
retratar sus costuras y sus desdichas.
Mamá,
te saco una foto
Mamá,
este es nuestro arco iris
Esta es
tu casa, tu calle, tu sórdida cruz
Mirá mamá, no somos invisibles.
Esta foto es mía, esa sos vos,
aquellos los chacales.
Los reyes magos se van
pero les dejan una idea:
“Durante el atardecer, cuando los
perros feroces reaparezcan,
Aprieten la cámara contra sus
pechos,
Hasta quedarse dormidos”.

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