(Entrevista y perfil de Diego Latorre, publicado en revista Brando, marzo de 2013)
Antes
de ser un jugador pop, de salir con la hija de un presidente, de quebrar la
cintura –y la paciencia- de los defensores con sus gambetas, de ser ídolo de
Boca e iluminar la primera resaca maradoniana con algo de futuro, a Diego
Latorre ya le habían inventado –embellecido- un pasado. El fútbol, como
cualquier criatura sofisticada y rentable, hace un culto de sus tradiciones y
de sus costumbres, y en ese ambiente tan conservador y previsible, cuyo camino
está asfaltado de transpiración y ambiciones millonarias y cuya banquina está
atestada de sueños truncos y dolor, Latorre era una rara avis. La leyenda
cuenta –o contaba- que Diego no había hecho divisiones inferiores, que había
sido descubierto a los 17 años en un country por Mario Zanabria –ex 10 de Boca-
y que éste, convencido de que había encontrado a una versión moderna de Angel
Clemente Rojas con secundario completo y vida holgada, lo había llevado a Boca
para que, casi sin proponérselo, casi por accidente, debutara y triunfara en primera. Era una historia
invencible: un poco de glamour y azar entre tanto esfuerzo proletario.
Bueno,
era mentira.
“Es
cierto, alrededor mío hay un mito”. Sentado en un salón de su amplia casa en un
country en Pilar, cebando mate y vestido de runner –se prepara para correr una
maratón en Francia-, Latorre derrumba aquella verdad. “Yo hice inferiores.
Todas las inferiores. Tenía ciertos privilegios sí, porque estudiaba, pero las
hice como cualquier otro chico. Lo que pasaba es que mis viejos no querían que
deje de estudiar. Además, cuando tenía 13 o 14 años no estaba seguro de poder
llegara a ser futbolista. Después sí, vislumbré que podía serlo y largué la
facultad. Hice hasta segundo año de Ciencias Económicas”.
Observando
el escritorio de Latorre, el fútbol parece haber sido una distracción, hermosa,
larga y redituable, entre él y su relación con la lectura: el escritorio está
ocupado por varias obras de distintos autores. “En los últimos años –explica el
actual comentarista de Fox Sports y radio del Plata y ex delantero de Boca,
Racing, Fiorentina, Tenerife y Crus Azul, entre otros clubes- me fui preparando
para la vida social. Allí empecé a redescubrir la lectura”. A diferencia de
quienes descubren las bondades de la literatura de repente y se excitan con la
posibilidad de saberse iluminados por sobre el resto -esa clase de personas
que, cuando llueve, citan a Heidegger en Twitter porque creen que comer una
milanesa en un día gris interpela a la condición humana-, Latorre no actúa como
un nuevo rico del conocimiento. En todo caso, su búsqueda actual tiene que ver
con acercar al mundo del fútbol –un mundo conservador y pacato, como ya se ha
dicho- algo que parece natural pero que allí resulta inoportuno, inconveniente
o directamente revolucionario: el pensamiento. Pero no el pensamiento elevado
sino simplemente el hecho de discutir e intercambiar ideas o tesis
establecidas, el ejercicio de colocar en un lugar de interrogación a esa
disciplina tan fascinante.
En un ambiente
acolchado por frases hechas que no hacen más que perpetuar una puesta en escena
grotesca y pueril que nadie se atreve a desmantelar –por temor, porque
conviene-, Latorre se viene ganando un lugar a golpes de sentido común y
lucidez. Con una mirada aguda, un vocabulario rico pero no apabullante y cierto
desapego por los lugares comunes más repetidos, el ex delantero, que conformó
una dupla inolvidable con Gabriel Batistuta en Boca a comienzos de los 90, va
consolidándose como una voz distintiva dentro de la comunicación deportiva. Sus
comentarios de los partidos –tanto del fútbol local como internacional- suelen
ser atinados, equilibrados, necesarios. Hay, en él, una búsqueda por explicar e
ilustrar con nuevos colores este juego hermoso. Y también por señalar aquello
que lo pervierte.
Brando:
Hoy como comentarista, ¿cuáles son tus intereses, qué cosas son las que te
movilizan de un mundo que vos ya conocías como jugador?
Latorre:
El aprendizaje, el mundo del conocimiento. Hoy estoy predispuesto para
aprender. De todas formas, me da una profunda tristeza darme cuenta que la
mayoría de los conceptos con los que uno se puede nutrir ya no están acá. Se
nos han llevado los jugadores y los conceptos. Y eso tiene una parte trágica.
No quiero ser un tipo que está siempre mirando para afuera y criticando, sobre
todo porque quiero mucho al fútbol argentino, donde jugué 10 años y es parte de
mi patrimonio emocional. Soy parte del fútbol argentino. Pero creo que estamos
en un momento crítico, a tal punto que desconocemos nuestra tradición. El otro
día leí una frase de (Santiago) Segurola –notable periodista español- que dice
“la tradición no es una elección”.
Brando:
¿Te referís a cierto desdén por la tradición del fútbol argentino?
Latorre:
Sí, es que llegamos hasta un punto con este mareo cultural que desconocemos
cuáles son nuestras fuentes de alimentación, nuestros bienes culturales. A
veces el mundo del deporte es tan chato que a muchas veces rechaza el
pensamiento. Justamente, porque el tipo que piensa es peligroso.
Brando:
Cuestiona el status quo.
Latorre:
Claro. El futbol repite las 6 o 7 frases de cabecera con las que todos más o
menos están conformes, pero en realidad, parece que dicen algo pero no dicen
nada. Mucho menos arreglan. Conmigo había cierto prejuicio, porque como la
palabra futbolista y la palabra pensamiento parecen antagónicas, cuando alguien
piensa enseguida aparece la palabra filósofo, pero dicha como algo despectivo,
no como un elogio.
Brando:
Se estigmatiza.
Latorre:
Sí, es peyorativo. Yo, cuando comento, trato de no ser equilibrista, pero sí de
ser equilibrado. Trato de ser fiel a lo que pienso. Lo que me interesa es
ponerme en un punto en el que pueda tener la capacidad para analizar desde la
experiencia sin creer que esa experiencia es todo. Fundamentar lo que digo, no
dañar, no ser agresivo. Trato de ser contundente, pero a su vez mi lema es ser
respetuoso con el otro.
Brando:
Vayamos al principio. Da la impresión de que tu desplazamiento desde el lugar
del jugador al del comentarista fue bastante rápido y natural…
Latorre:
Empezó porque tenía la necesidad de ocupar un vacío, el vacío que te da la
rutina. La rutina del entrenamiento, las costumbres, estar con tus compañeros,
todo un modo de vida adaptado a tu oficio. Eso, de un día para el otro
desaparece. Entonces pasé a formar parte de otro mundo. Y la adaptación fue
brillante, porque me puse otro chip. No fue nada pautado, se dio así y punto.
Fue de forma natural, paulatina.
Brando:
Era algo que tenías que resolver.
Latorre:
Sabía que tenía que asumir otro rol, pero solo tenía dos cosas claras: que
comunicar y jugar son dos cosas muy distintas. Que debía tratar de capitalizar
toda la experiencia que tenía y ponerla en juego pero sin egocentrismo, dejando
de lado todo tipo de personalismo. Tenía que tratar de ser lo más ecuánime
posible, lo más objetivo, no recurrir a las anécdotas que no suman. Esto lo
escuchaba en otros, y en lugar de enriquecer una determinada charla o
comentario lo que hacían era siempre estar apelando a anécdotas que estaban
relacionados con ellos. Eso me producía
rechazo.
Además
de un juego fantástico, el fútbol, entre muchas otras cosas, también es una
fabulosa máquina potenciadora de egos. Es lógico que así ocurra: en esa jungla
despiadada en la que se practica un darwinismo social feroz, aquellos que
triunfan son, sin duda, los mejores de su especie, y al tiempo que ocupan un
espacio de deseo social, pasan a ser tratados como estrellas, o sea, dejan de
ser personas. “Cuando sos jugador de fútbol estás minusválido”, dice Latorre. “Como
futbolista tenés un delegado que te hace todo, y después hasta te cuesta ir a hacer
la cola en el banco. Cuando viajás ni siquiera hacés el check-in. Vas del hotel
a los aeropuertos. Y del aeropuerto al hotel. Esa es tu vida”.
Tras el
retiro, el futbolista no solo debe reinsertarse socialmente, si no que, en el
caso de haber sido crack o ídolo, también debe aprender a educar su narcisismo;
entender, sin que se lo advierta nadie, que los motivos que lo llevaron hasta
allí y que justificaron su tratamiento especial, se perdieron en la noche de
los tiempos. El deporte argentino es pródigo en ídolos –sobre todo los de la
década del 70- que no han sabido tener una sobrevida armónica, que cada vez que
aparecen en los medios parecen estar insatisfechos con el mundo posterior a sus
reinados, frustrados y doloridos porque el deporte no se acabó cuando acabaron
sus carrera, como si todo lo que vino después fuera de una calidad inferior -o
de una brillantez inmerecida- a la de su tiempo. Latorre, en cambio, parece no
haber perdido su capacidad de asombro y de admiración, de igual modo que parece
no haber culminado su educación futbolística. “Yo siento pasión por el juego, y
mientras jugaba iba admirando a otros compañeros, a rivales. Para mí el fútbol
es algo que me inspira un montón de cosas. Es tanto lo que siento por el fútbol
que veo jugar a Iniesta y me quiero meter adentro del televisor y jugar con él”.
Brando:
Equipos como el Barcelona o el Manchester United podrían hacernos inferir que,
al menos en cuanto a la calidad del juego, estamos viviendo tiempos
interesantes. Pero muchas veces esto no es coincidente con una buena época del
fútbol en sí, ¿Coincidís?
Latorre:
Si hablamos en términos de fútbol como negocio/espectáculo sin duda se ha
convertido en una industria tremenda. A mí lo que me asusta un poco es que el
fútbol se ha visto invadido por gente que no es del fútbol, que se acerca por
notoriedad, por ambiciones, por poder, y se han acercado algunos capitales que
son de dudosa procedencia y que en el fútbol descargan. Entonces hay una
confusión: porque se compara –o se iguala- el éxito que es conseguido con un
método serio y de calidad con el éxito que es conseguido con un plan
transitorio, respaldado solamente por un tipo que compró 25 jugadores y nada
más. Pero muchas veces la gente no discrimina el éxito, todo va a la misma bolsa.
Latorre
parece dispuesto a combatir el relativismo cultural que se ha adueñado del
fútbol, una suerte de pensamiento único que borra las fronteras entre lo bello
y lo no tan bello, como si todo diera lo mismo, como si jugar como el Barcelona
o como el Chelsea fuera lo mismo, total ambos ganaron la Champions League. “Yo lo combato. Es común escuchar: ‘El Real
Madrid no es menos que el Barcelona, son diferentes’. No, no es así. Me
preocupa el hecho de que el éxito tape todo. ¿Qué es el fútbol si uno no la
pasa bien? ¿Qué es el fútbol si no te emociona? Sacando el fanatismo, como
espectador le tenés que extraer las propiedades al juego. Haciendo una
proyección, de acá a 10 años el producto fútbol no va a ser muy tentador y muy
seductor para el tipo que va a la cancha. El fútbol nuestro te aleja de los
lugares que se ejecuta”.
*********************************
¿Qué
quedó del Latorre futbolista? ¿Qué mecanismos se guardaron para siempre en su
ser y perviven hoy en este hombre que entrena para correr, que comenta para
vivir? De entrada, pareciera que al Latorre persona todavía lo alberga parte
del sentimiento de sospecha –hacia el otro- que atenazaba al Latorre jugador.
La desconfianza, en un hábitat que suele vivir en palpitante amenaza por los
altos niveles de interés que genera, suele ser una reacción natural. “El
ambiente del fútbol es muy hostil”, admite el ex crack. “Eso hizo que yo me
fuera encerrando en mí. Era una barrera, un mecanismo de defensa ante ese
ambiente. Claro que uno también es cómplice”.
Brando:
Un representante una vez me dijo que lo único limpio en el fútbol es la pelota.
Latorre:
Ja. Bueno, no sé si es tan así, siempre hay gente rescatable. En mi caso me
armé un mecanismo de defensa para poder sobrevivir. Traté de protegerme y me fui alejando del contacto con la realidad.
Brando:
En tu caso, además, vos habías sido ídolo, que es un lugar de mayor riesgo,
supongo.
Latorre:
Sí, seguro. Pasar de héroe a villano con tanta facilidad no es nada fácil. Más
cuando tenés un poco de cabeza o cierto nivel intelectual. Esas cosas te hacen
muy mal. El tipo que no lo tiene le resbala. Pero el tipo que es un poco
sensible, que es como un observador, todo lo que le va pasando le va pegando.
Entonces te tenés que poner barreras, te aislás. En los últimos años todo me
afectaba un poco menos –uno aprende, claro- y empecé a prepararme para un
montón de cosas.
Así
descripto, el fútbol parece un animal monstruoso, de enormes tentáculos, con
una boca enorme por la que engulle ilusiones y trayectorias, y con otra boca
debajo –más bien una cloaca- por la que escupe cuerpos y mentes destrozados. No
parece una imagen muy alentadora, pero para Latorre pareciera asemejarse a la
realidad. “La decencia y la honestidad es lo que escasean. Argentina tiene
desparramados jugadores por el mundo, sin embargo los clubes no tienen un peso.
Eso es increíble. Son temas que no están en la agenda. Lo que pasa es que como
las noticias se van pisando, entonces nadie para la bocha. ¿Por qué los clubes
no tienen para comprar una cafetera? La realidad es que los jugadores no
quieren jugar en el fútbol argentino. Lo digo con dolor. Muchos dicen que el
jugador argentino cobra un buen sueldo acá, y eso es mentira, porque una cosa
es lo que se firma y otra cosa es lo que se paga. Hay ciertos mecanismos que
hacen que el jugador se vaya “endeudando” de alguna manera, y que hacen que el
jugador, cuando es vendido, de 5 termine cobrando 1. Es un mecanismo perverso.
Si no aceptás ese 1 los dirigentes, de cierta forma, te empiezan a extorsionar.
Viene el dirigente, viene el papá…”
El tema
de la injustica es un tema que parece obsesionar a Latorre. No ya dentro del
ambiente del deporte sino dentro de la condición humana: ¿Cómo es que el hombre
se convierte en lobo del hombre? ¿Cómo es que puede llegar a la monstruosidad?
Días atrás, Latorre colgó en su cuenta de twitter un link que contenía un libro
paradigmático, un opus fundamental que intenta desentrañar las razones del mal:
“Eichmann en Jerusalén”, el ensayo de la filósofa alemana Hannah Arendt que
ausculta en las razones que llevaron al jerarca nazi a convertirse en un
engranaje esencial de esa maquinara de muerte y dolor. El libro también indaga
sobre la necesidad de justicia del ser humano –Eichmann fue trasladado para ser
juzgado y condenado en la tierra santa-, sobre los conceptos de moralidad y
poder. El abuso de poder y la falta de moral parecieran estar muy presentes en
el fútbol argentino, un paisaje decorado por dirigentes ricos, clubes pobres,
cracks vendidos y partidos deleznables. Todo cocinado bajo la atenta y promiscua
mirada de una sociedad, la futbolera, incapaz de repensarse, sin la audacia ni
la voluntad necesaria para reconocerse en crisis y actuar en consecuencia. “Hay
un punto de demagogia que tienen los dirigentes que hace que todo siga su
curso, todo es poner parches para que el negocio siga funcionando para ellos”.
Brando:
También hay más fanatismo, que de algún modo es la única manera de explicar la
pasión. O sea, si el hincha no fuera tan ciegamente pasional, se sentiría
demasiado decepcionado por la pobre realidad del fútbol actual.
Latorre:
Totalmente. El fanatismo es lo que puede soportar esto. La pasión tolera todo.
Encima con los rituales de ahora: la gente se ha enamorado de su propia
hinchada. Eso se convierte en un quiste. Están compitiendo a ver quién es más
fiel.
*************************************
“Mandale
un mensaje a Yanina, que se apure”. La charla en su casa quedó atrás y ahora
con Latorre estamos en la puerta del gimnasio en el que entrena en Palermo. El
ex crack y actual comentarista de Fox viste short, remera y zapatillas de
runner. La indumentaria es el uniforme de la actividad que acapara todos sus
esfuerzos por estos días: el atletismo. Junto a su mujer Yanina, se prepara
para correr la maratón de París, el 7 de abril. La carrera arranca en Champs
Elysee, da toda una vuelta por la ciudad de las luces y culmina en el Arco del
triunfo. Hacia allí apunta su entrenamiento actual, que realiza bajo las
órdenes de su personal trainer, Michel. Latorre espera a su esposa para salir a
correr por las calles de Buenos Aires. Yanina está algo atrasada y eso lo
impacienta un poco. Mientras tanto, charlamos con su preparador físico sobre la
clase de entrenamiento que debe realizar un maratonista. “Lo ideal es que hasta
el día de la competencia vaya entrenando todos los días con distancias siempre
inferiores a los 42 k”, cuenta Michel en la puerta del gym. “Antes -agrega- se
creía que para correr una maratón había que correr esa misma distancia previamente.
Ahora se demostró que no, que el cuerpo tarda no menos de seis meses en
recuperar los valores que tenía antes de competir en una prueba de esa
envergadura”. Estamos parados en la calle Migueletes, y mientras Latorre se
prepara para encarar 15 kilómetros de asfalto, algunos socios del gimnasio
pasan y le comentan a Latorre sobre la pésima actuación que tuvo Boca el día
anterior. Latorre ajusta su reloj, que controla el ritmo cardíaco, las calorías
gastadas y el tiempo. Michel, su PT, le preparó un plan para arrancar haciendo
6’ por kilómetro para luego bajar a 5 y medio y después a 5. “Es importante”,
agrega Michel, “que no sólo se prepare físicamente sino mentalmente. Y es muy
importante saber regular los esfuerzos y tomar todas las precauciones. Por
ejemplo ingerir glucosa. Hay que hacerlo antes de la carrera y a los 40 minutos
de iniciada”, agrega. Está claro que la ciencia aplicada al deporte -y no sólo
para la alta competencia- se desarrolló de tal manera en los últimos años que
achicó al mínimo los riesgos y potenció al máximo las posibilidades de cada
atleta. Así parece ratificarlo el cuerpo de Latorre, fino y sólido como en sus
mejores tardes de la Bombonera. “Estoy mejor físicamente ahora que cuando
jugaba”, asegura. Entre los deberes que cumple el ex crack está el de recuperar
su cuerpo al día siguiente de someterlo a un esfuerzo supremo. “Es para
terminar de expulsar el ácido láctico que se acumuló en la sangre. Es necesario
hacerlo”, dice el entrenador. En eso
llega Yanina –extrovertida, histriónica, intensa- y el matrimonio Latorre se
lanza a las calles a trotar. Toman Libertador y encaran por Olleros para correr
alrededor del Golf y del Lawn Tennis. El ritmo de Latorre es intenso. Deja
atrás a su mujer y se pierde en las calles internas y arboladas de esa zona de
la Ciudad. Cuando trota, Latorre tiene el mismo lenguaje corporal de su época
de gloria: un poquito encorvado, con su cabeza levemente hundida entre los
hombros, dando pasos que son saltitos, simpático. El comienzo no parece ser un
problema. Es escollo, el verdadero escollo, aparece –o aparecerá en París,
quién sabe- alrededor del kilómetro 30. “Es el instante crítico de todo
corredor –explica Michel-, cuando comienza a preguntarse qué hace ahí o por qué
se metió en eso. Lo llamamos ‘el muro’, porque adelante suyo aparece una pared
enorme, que tiene que romper o trepar”. Es el momento de mayores claudicaciones
y el gran desafío del maratonista: seguir encontrándole un sentido a ese
ejercicio solitario y fatigante, una tarea hercúlea solo reservada para quienes
consideran que el desafío de llevar al límite sus cuerpos y sus mentes es lo
suficientemente excitante como para creer que en ese esfuerzo está su cielo. Correr,
de acuerdo a quién lo haga, puede ser escapar o perseguir: dependerá si hay
atrás un dolor o adelante un sueño. Mientras Latorre se sumerge en los bosques
de Palermo en busca de su paraíso personal, mientras corre en busca de su muro,
de su necesidad y de su sueño, recuerdo una frase de Luis Alberto Spinetta, tan
luminosa como esclarecedora, tan aplicable a la maratón como a la vida misma:
“Después de todo –cantaba el flaco- tú eres la única muralla, si no te saltas
nunca darás un solo paso”.

No hay comentarios:
Publicar un comentario