Para contar la primera me tengo que remontar doce años atrás, justo cuando me bajé de un tren en la estación central de Amsterdam. Eran las nueve de la mañana de un sábado de julio de 2000 y, en el aire, flotaba un inconfundible aroma a resaca: Amsterdam se despertaba de una larga noche de verano.
Bajo un sol enorme y de primer mundo, caminé por una avenida hasta llegar a la plaza central, un lugar majestuoso, rodeado de edificios históricos, milagros de la arquitectura.
Algo pasaba, porque una multitud informe de tipos con banderas y remeras blancas desbordaba la plaza: cantaban a los gritos canciones de rock que salían de unos parlantes enormes. Era miles, y conformaban, en parte, un espectáculo conmovedor, por la pasión con la que lo hacían.
Pregunté quiénes eran. Me dijeron que eran eslovenos que habían llegado hasta allí porque ese día, a la tarde, Eslovenia jugaría su primer partido de fútbol oficial en una competición internacional. Su equipo enfrentaba a España por la primera fecha de la Eurocopa de Naciones que empezaba ahí.
Yo no tenía ni idea del asunto, pero a juzgar por los litros de cerveza que corrían por las gargantas de esos eslavos altos de gesto fiero y voz gutural, el debut era un motivo más que suficiente para la celebración y el desenfreno.
Amsterdam era una fiesta y ahí estaba yo, algo aturdido, pero también embelesado por semejante despliegue de excitación colectiva.
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