domingo, 21 de julio de 2013

El año que salimos del peligro

Buenos Aires, agosto de 1983, es el mejor invierno en años. En el aire palpita una promesa y en los sótanos, un estallido: debajo del empedrado, la cultura está gestando futuro. Comulgan algunas razones para esa combustión –la democracia sonríe y extiende sus brazos–, pero sobre todo lo que prevalece es una inapelable necesidad de libertad y goce. Hay una nueva sensibilidad, expresada por la música y el teatro. Agazapado por años, el rock cambia de piel y se prepara para asaltar el cielo. Las radios, como coletazo de la guerra de Malvinas, pasan rock nacional las 24 horas. Los estudios de grabación –no son muchos, no son muy buenos– llenan sus horas. A grabar –y tocar– que amanece el mundo.
Con su antena para captar los “nuevos” sonidos de Occidente (new wave, reggae, punk), Buenos Aires se convierte en la capital iberoamericana del rock’n’roll. En apenas seis meses, un grupo de bandas y discos transforman la escena musical vernácula. Al calor de ese cambio, el rock dibuja su gran pirueta estética: se deja seducir por el glamour, los sintetizadores y el humor. Toda una generación quiere bailar y, de ser posible, vivir en estado de rock.
Hay nombres y lugares puntuales para esa revolución. Se cruzan, confluyen, se potencian. Uno de ellos es el Café Einstein, en Córdoba y Pueyrredón. Allí, cada semana, Los Twist y Sumo, dos bandas inéditas, comparten acordes y ambiciones. No ganan un mango, tocan por los tragos. Una noche de septiembre, Charly García escucha cantar a Fabiana Cantilo, voz de Los Twist. Recién llegado de Nueva York, donde produce y graba Clics modernos, García arde de nuevas ideas y entusiasmo. Apenas las escucha, García vislumbra en las canciones de esa ingeniosa e hilarante banda creada por Pipo Cipolatti y Daniel Melingo el germen de otra placa grandiosa. Los mete a grabar en los estudios Panda. En tres días cocinan La dicha en movimiento.
En ese mismo estudio de la calle Segurola, dos meses antes Los Abuelos de la Nada graban su gran opus, Vasos y Besos. Comparten con Los Twist, además de un puñado de hits bailables, un mismo saxofonista y –ocasional– letrista, el mismo Melingo. Además de la consolidación de la banda, Vasos... consagra a Miguel Abuelo y eleva la reputación de un tecladista de apenas 22 años, flaco y de voz dulce, Andrés Calamaro.
No muy lejos de allí, otro grupo humano comienza a escribir su gran historia. En los estudios Moebio, Virus, la banda de los hermanos Moura, graba Agujero interior, el disco que le da masividad y que convierte sus shows en discotecas. Originaria de La Plata –al igual que otra banda que fatiga el underground: Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota–, Virus ya había sonado en las radios gracias a Wadu Wadu, pero ahora aporta un tracklist llano y contagioso. La placa es producida por Michel Peyronel, que viene de mezclar el primer LP de un cuarteto que sacude los escombros de la ciudad: Los Violadores. Es la primera estampida punk.
Todo eso sucede en unos pocos meses de un año, 1983, que refunda a la sociedad argentina y tiende sus puentes hacia el siglo XXI.

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