viernes, 18 de enero de 2013

Mario Vargas Llosa: “Los fanáticos escriben mal”



(Publicado en Revista C en abril de 2008)
 “Quince minutos”. Parece una cargada pero no lo es: ese es el tiempo que, según la encargada de prensa, está dispuesto a darnos Mario Vargas Llosa (Arequipa, Perú, 1936) para esta entrevista. Como un Hollywood star, Vargas Llosa atiende a los periodistas con turnos de un cuarto de hora, lo mismo que tardamos en ir de Retiro a Constitución en subte. Se supone que ese período nos tiene que alcanzar para conversar en profundidad y generar que Mario, el mítico don Mario, se desajuste un poco la corbata, se arremangue la camisa y se anime a desovillar un rato su abigarrada biografía. Parece imposible, pero si Andy Warhol dijo que hay quince minutos de gloria reservados para todos, no es descabellado pensar que serán los que vienen ahora. Aquí vamos a la aventura entonces. “Mario está un poco engripado, por eso los 15 minutos”, se disculpa la chica de prensa. “Está bien. Igual, no hay mucho de qué hablar con él”. La ironía, claro, tiene que ver con el personaje, su obra y su vida: 18 novelas y libros de relatos –algunos de los mejores de los últimos 40 años en habla hispana–, 17 ensayos, siete obras de teatro, casi presidente del Perú, candidato al Nobel y, además, uno de los más emblemáticos intelectuales del pensamiento liberal de Occidente, tanto que por esa condición es que, por un cuarto de hora, lo tenemos sentado enfrente. El escritor peruano fue el invitado de honor de la Fundación Libertad, un think tank de derecha que festejó 20 años de existencia con un gran seminario enRosario a fines de marzo .
Atildado y sonriente, con un semblante sin rasgos de gripe y una figura que refuta el calendario (72 años que cumpliría al día siguiente del encuentro), don Mario estrecha la mano e invita a sentarse y preguntar.

Cinco días antes del encuentro, Vargas Llosa había publicado en el diario El País de Madrid, en su habitual espacio Piedra de toque –que escribe desde 1990–, una columna en la que se refería a Louis Ferdinand Céline (1894-1961) como uno de los grandes escritores franceses de la historia, capaz de producir “dos obras maestras, Viaje al fin de la noche (1932) y Muerte a crédito (1936), que significaron una verdadera revolución en la narrativa de su tiempo”. La referencia a Céline venía a cuento porque el peruano está trabajando en un ensayo sobre Juan Carlos Onetti, el autor uruguayo, muy influenciado por el francés. Es por eso que creemos atinado comenzar a hablar de su columna. Hay que apurarse: entre el saludo y otras cortesías de rigor, quedan 14 minutos.
–¿Por qué volver a Céline, un escritor tachado de nazi, cuya obra fue opacada por su conducta racista y xenófoba?
–En primer lugar, nunca lo había leído en su lenguaje original y la diferencia es notable. Las obras de Céline parecen destinadas a ser escuchadas más que leídas. La utilización que tiene del lenguaje oral es genial, pero eso sólo puede ser apreciado si se lo lee en francés. En segundo lugar era uno de los autores preferidos de Onetti –quien hizo un ensayo sobre Céline–, y como estoy preparando un trabajo sobre él, me dio curiosidad.
–¿Onetti tomó cosas de Céline?
–Bueno, releyendo a Céline me di cuenta de que sí, de que ese tratamiento del lenguaje oral, esa riqueza que sólo se obtiene cuando se conoce en profundidad y se consigue recrear el lenguaje de la calle, también está presente en los dos.
–Usted siempre tuvo una gran admiración por los escritores franceses, pero siempre reconoció una mayor influencia en Faulkner. ¿Esto sigue siendo así?
- Faulkner ha sido una gran influencia para mí, sin lugar a dudas. Tuve la suerte de leerlo muy temprano, lo que me hizo descubrir un mundo literario maravilloso que fue fundamental para mi formación. Lo leí por primera vez estando en la Universidad de San Marcos, en Lima. En aquellos días leía a Faulkner en español y en francés. Las traducciones al francés de Maurice Coindreau son maravillosas. Era un gran traductor. Leí su excelente versión de Santuario, con prefacio de André Malraux.
–¿Qué fue lo que lo impresionó de él?
–Su genio. Con él descubrí la importancia de la forma en la literatura. Fue el primer escritor a quien leí con una pluma en la mano y un papel al lado del libro. Una vez, hace más de 20 años, fui a visitar la casa de Faulkner en Mississippi. Estando en la cola, se me acercó una pareja de holandeses. Me dijeron que estaban ahí por mí, que habían leído varios artículos míos en los que mencionaba mi amor por Faulkner y que eso los había llevado a descubrirlo. “Me convertí en un especialista en Faulkner por usted”, me dijo el hombre. Fue uno de los episodios que más satisfacción me dieron en toda mi vida.
La entrevista con Vargas Llosa se realiza en una oficina con un ventanal enorme por el que entra un poco de sol y de río Paraná. En lo que parece ser el escritorio principal, un hombre sentado anota cosas. Van siete minutos de charla, pero ese hombre interrumpe la entrevista para decirnos que no queda mucho tiempo. “¡Pero si van siete minutos!”, respondemos. En seco, Vargas Llosa intercede: “No, si estamos trabajando. Además, una vez que podemos hablar de literatura no vamos a dejar de hacerlo”. Ese día Vargas Llosa ya había dado cuatro entrevistas. En todas ellas –de quince minutos–, el tema de conversación central había sido la política y su participación en el seminario sobre desafíos para el liberalismo.
Seguimos hablando, ahora que el hombre que anota dejó de escudriñar su reloj. Quedan ocho minutos.
–Usted siempre dijo que Conversación en La Catedral había sido su libro preferido...
–Bueno, fue el libro que más me costó. Estuve tres años escribiéndolo.
–¿Por qué cree que es una novela tan moderna, aun cuando fue escrita en los años 60?
–Porque nuestra sociedad sigue jodida, y es una novela que muestra eso: el envilecimiento y la corrupción de las sociedades  latinoamericanas.
–Después de su experiencia política, después de haber atravesado una campaña política y de haber vivido tanto tiempo en Europa, ¿cree que si tuviera que volver a escribir Conversación..., la escribiría igual?
–Sin duda que no escribiría la misma novela. Porque si bien no es una novela política, el tema de la novela sí lo es. Es una novela que habla de la putrefacción que experimenta una sociedad luego de vivir una dictadura (la de Odría en el Perú de los años 50), violenta y corrompida. Muestra los aspectos perniciosos que desató. Mi experiencia posterior me haría ver las cosas de otro modo, seguramente.
–¿Por qué le costó tanto escribirla?
–Porque tenía un montón de elementos y situaciones dispersos, pero me costaba encontrar el esqueleto de la obra. Finalmente, lo que consiguió aunar todos esos elementos fue un episodio que viví el día en que perdí a mi perro y lo fui a buscar a la perrera. Lo que vi allí fue la imagen que mejor definía al Perú de aquellos tiempos y fue la que me sirvió para comenzar la novela. Era un lugar fétido en el que mataban a los animales como si fueran moscas.
–¿Leyó a Roberto Bolaño?
–Sí, y me gusta mucho. Leí Los detectives salvajes y me encantó.
–Hay quienes dicen que no sería posible entender a Bolaño sin Conversación en La Catedral.
–Bueno, ojalá fuera cierto, porque Bolaño me parece un autor mayor.
Van 12 minutos y el hombre que anota no nos mira y ni siquiera mira su reloj. Escucha de fondo a dos tipos hablando de literatura. Vargas Llosa tampoco parece con ganas de interrumpir la charla.
–En su último libro de ensayos, un escritor argentino, Fabián Casas, menciona una frase que generó cierta irritación. Casas dice que los mejores escritores son de derecha. ¿Está de acuerdo?
–Ja, ja (Vargas Llosa se ríe como si fuera una ocurrencia pueril más que una posibilidad para analizar). Ojalá fuera cierto que los escritores de derecha somos los que mejor escribimos. Pero no lo sé.
–¿Pero qué opina de la frase?
–De lo que estoy seguro es que los fanáticos escriben mal. La visión estrecha te deshumaniza, por eso me parece imposible que un fanático escriba bien. Volviendo a Céline, por algo sus mejores obras son sus dos primeras novelas. ¿Cómo se explica que alguien capaz de hacer una obra maestra como Viaje al fin de la noche después sólo sea capaz de producir panfletos sin ningún talento? Fue un autor ganado por el odio.
–¿La ideología empeora las cosas?
–Es que tú escribes no sólo con tus ideas, sino con tu instinto, tu sensibilidad. Es
imposible escribir sólo con la inteligencia. En especial una novela, porque la novela, por definición, es imperfecta.
–¿Algo de eso tiene que ver con el hecho de que Borges no haya escrito ninguna?
–Pero claro, por eso mismo Borges odiaba la novela, porque no es perfecta, como lo puede ser el cuento o la poesía. El exceso de inteligencia es nocivo para la novela.
Van 20 minutos de charla. El hombre del escritorio abandonó el escritorio. Ya superamos el tiempo pactado: todo lo que viene es ganancia.
–Usted también es un gran admirador de Flaubert. ¿Qué es lo que más rescata de él?
–Lo más admirable de Flaubert es que inventó su talento.
–¿Flaubert no tenía talento?
–Lo inventó. Fue un escritor que construyó su talento con disciplina. Es la muestra cabal de que se puede conseguir una gran obra no sólo con el genio, sino con la obstinación. En un sentido, Flaubert le dio esperanza a un montón de escritores.
–¿Qué está leyendo ahora?
–Volví a Onetti, por supuesto. Y gracias a él descubrí a Roberto Arlt, a quien conocía de nombre por referencias de Borges, pero a quien los intelectuales argentinos parecía que despreciaban. Me parece un autor maravilloso, un autor que, al igual que Céline, tiene un manejo del lenguaje callejero excepcional. Los 7 locos me parece un libro extraordinario.
Antes de ser un apóstol del liberalismo, antes de sentarse en primera fila para convertirse en el elegante ventrílocuo de la democracia de mercado, Vargas Llosa, el mismo Vargas Llosa que llenó de elogios a Margaret Thatcher en la primera columna que escribió en El País (diciembrede 1990), fue un militante de izquierdas. Es famosa –y vieja– esa pirueta ideológica, tanto como la sorda inquina que mantiene con García Márquez. Vargas habla de aquellos días como si hubiera sido parte de un engaño colectivo.
“Cuando yo era joven creía que al poder se podía llegar con un fusil, que la revolución iba a cambiar la política. Ustedes vieron lo que pasó: lo único que generó fue una proliferación de dictaduras. Hoy sabemos que la modernidad y el desarrollo llega con el trabajo cotidiano, constante, abnegado. En 1958, cuando llegué a España, me encontré con un país subdesarrollado, atrasado, viejo, y, en poco tiempo, se transformó en un país moderno, donde surgió una clase media poderosísima. España es el ejemplo de que es posible”.
Es tiempo de descuento: la chica de prensa ya entró en la oficina y el hombre que anotaba ha dejado de anotar y nos mira de frente con los brazos cruzados. La señal es clara: hay que redondear. Como ocurre con las estrellas, el final de la entrevista no lo decreta el entrevistado sino su cohorte de asesores que velan por él y llevan su agenda. Vargas Llosa tiene tiempo para decirnos que “el director de tu periódico trabaja con mi hijo”. El hijo de Vargas Llosa, Álvaro, participa junto a Jorge Lanata en un programa radial que emite Cadena Ser en España. Del ciclo también participa, entre otros, el peruano Santiago Roncagliolo (33), escritor talentoso, acaso el heredero más firme para ocupar un lugar en el cielo literario de su país, en donde reina, solo y colosal, Vargas Llosa. Es el mismo Roncagliolo el que intenta definir, en términos argentinos, la intensidad de esa luz tan potente, ese tótem nacido en Arequipa: “Ustedes tienen a Borges, es cierto, pero también tienen una gran tradición literaria en la que brillan los Cortázar, los Puig, los Saer. Y, como si fuera poco, cuentan con Charlies y Diegos. Tienen tango, rock y fútbol. Nosotros sólo lo tenemos a él”.
Bonus track. Volvemos a ver a Vargas Llosa a la tarde-noche. Ya no hablará de literatura, sino de política, ideologías y populismos. Como parte del seminario que lo trajo a Rosario, participa en una mesa redonda con el título “Cultura y libertad”. El nombre de la charla no invita al entusiasmo. Sus compañeros menos: Marcos Aguinis y Juan José Sebreli.
Vargas Llosa está a la derecha de ellos. En el escenario, claro. El peruano cierra la onírica charla con un alegato contundente, un rayo verbal que logra sacudir la abulia de la sala: “A la democracia se la valora cuando no se la tiene”, sentencia. De inmediato relata una anécdota relacionada con uno de sus tantísimos viajes. Allí aparece el hombre de cultura universal encantado de sí mismo, el intelectual itinerante que comparte su experiencia vital como quien convida caramelos de optimismo.
“Una de las mayores impresiones políticas de mi vida la tuve en Nueva Zelanda. Recuerdo estar caminando por el centro de Auckland y ver largas colas de gente parada. Pregunté de qué se trataba y me respondieron que estaban esperando comprar el informe presupuestario nacional. Me pareció algo excepcional, porque significaba no sólo que el presupuesto era leído, sino que se cumplía. Eso garantiza la calidad de vida contra cualquier exceso. Nosotros, aquí, lamentablemente, estamos lejos de eso, porque despreciamos la vida política. La política aquí es una actividad que no atrae a los mejores, sino a los peores. Ese rechazo a la actividad política es un suicidio para una nación, porque nunca va a alcanzar los niveles de decencia que merece. Lo paradójico es que estoy convencido de que vivimos en una época extraordinaria. Hemos visto hechos que parecían inconcebibles hace 30 años. Vimos cómo se desmoronaban grandes regímenes totalitarios. Los ejemplos para no equivocarse están ahí. Es mentira que los enemigos están afuera. La solución sólo depende de nosotros”.

Pablo Perantuono

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