Hace unos cuatro años, entrevisté a Guillermo Cóppola para la revista C. Por momentos, la nota se convirtió en un experimento delirante. En el segundo encuentro, fuimos a comer y él cayó con cinco amigos. La cuenta tenía que pagarla yo y ellos empezaron a escabiar como cosacos. Mientras yo sacaba cuentas mentales y escuchaba confesiones y frases increíbles, apareció un ángel de la guarda para salvarme el pellejo y hacer todavía más apasionante el relato.
Perdí el rastro de la nota, porque en su momento no fue subida a Internet y porque no conservé ningún ejemplar de la revista. Ahora pude recuperarla.
Guillermo
Cóppola, ex representante de Maradona
“A Diego lo extraño,
cómo no”
A los 60 años, va
a ser padre de su cuarta hija, todas con mujeres distintas. Dice que nunca estuvo
con una chica de más de 40 años y que le dolió que el flamante DT de la
selección dudara de él. Sus negocios en Dubai y el rincón del amor propio en la
cárcel.
Caiga quien caiga, lunes, horario
central, sección "CQ test".
–Guillote, a una ex
novia, ¿se le hace un service cada tanto?
–Depende del año... Si ya no paga patente
no.
La cita con Guillermo Cóppola es en el
gimnasio del Paseo Alcorta, 11 de la mañana de un jueves. Cuando llegamos, está
sentado debajo de su pelo de siempre: aros de algodón que acompañan la sonrisa
de costumbre. Habla por celular con un amigo, a quien invita a su cumpleaños
número 60 que celebrará a los pocos días. “Algo tranquilo, por el tema de las
bolsas, 110 personas en la Parolaccia, venite, no me falles, quiero que
estés", le dice. Alrededor de él hay electricidad: el lugar es una
romería, polo muscular del establishment en la era K.
La elite argentina cultiva su físico con
el mismo cuidado con el que teje sus relaciones sociales. Y en este lugar, en
el que se exalta el fetichismo y la vista, Guillote cumple un rol medular. No
está claro cuál es exactamente, pero podríamos definirlo como el capitán
simpatía, el ingeniero psíquico de la estructura emocional del lugar. "Me
lo dice la gente: cuando yo no estoy, esto no es lo mismo". Cóppola saluda
a todos. Los conoce, le gusta saber qué hacen, quiénes son, dónde viven. Todos
allí tienen las necesidades de la opulencia básica satisfechas, pero pareciera
que sus corazones necesitan un poco de alegría. ¿Y quién sino Guillote para
alegrar a ese círculo? Cóppola, está claro, sabe dónde moverse.
"Mirá, mirá: ese es abogado, vas a
ver que cuando pasa por al lado de ese rubio que está ahí que es empresario ni
se miran... Es que tienen cuestiones pendientes...". En efecto, cuando el hombre
de ley pasa por al lado lo hace mandando un mensaje por su blackberry.
"Hola, ¿cómo estás? ¿Bien?"
Ahora la sonrisa de Guillote es la de un guasón blanco. Saluda a Jazmín de
Gracia, una de las tantas modelitos que enriquecen su talento en este lugar.
Jazmín se va y Guillote cambia el objetivo de su mira: pelo castaño, 39,
separada. "Qué bien que estás, sos la más linda del gimnasio". Se va.
"Nunca hay que dejar de tirar…", nos dice. Es John Wayne con rayo
láser.
"Siempre fui así. Y Corina, mi mujer,
me conoce y me acepta", comenta. Corina tiene 36 y está embarazada de una
nena que nacerá en enero. Cóppola ya tiene tres hijas: "No sé hacer otra cosa",
se ríe. Natalia, la más grande, se casó con un amigo suyo
y vive en Miami; Bárbara, de 21, hija de Yuyito González; y Camila, la
menor, que fue reconocida por Cóppola tras un ADN. "Soy así, mentiría si
dijera que no voy a seguir seduciendo".
–¿Cómo hacías en la
cárcel?
–Fueron momentos duros. Mirá, te cuento
una...
Entonces el hombre de las mil mujeres, el
ex representante de Maradona, el depredador sexual que se ufana de nunca haberse
acostado con una chica de más de 40, comienza un relato que bien podría formar
parte de una antología definitiva del onanismo carcelario.
"Resulta que en la cárcel había un poronga que era el único –¡el
único!– más obsesivo de la limpieza que yo. Era un morocho alto y grandote que
tenía, solo para él, un sector del baño. Lo mantenía impecable y todo decorado
con pósters de chicas, todas chicas del ambiente, ¿no? Como yo soy muy limpio
también, el tipo, a cambio de dos tarjetas telefónicas, me prestaba todos los
días su rincón un rato para mí solo.
–Era un lugar con mucho
amor propio, ¿no?
–Claro (risas). Bueno, la cuestión es que yo ahí me
quedaba un tiempito ¿no?... Amor propio, ja, ja, está bueno. Bueno, la cuestión
es que me prestaba quince minutos el lugar y yo iba. Un día miraba un póster,
otro día apuntaba a otro. Después, eso
sí, dejaba todo impecable.
–La higiene ante todo.
–Por supuesto. Bueno, ¿qué hice cuando
salí de la cárcel?
–¿Seguiste yendo al
rinconcito ese?
–No, boludo. Busqué una por una a todas
las de los pósters y me las fui bajando. Un loco…
–¿En serio? Como Kill Bill, pero del sexo.
–Claro.
El atorrantismo, la noche, la gira eterna
con el Diego, la sonrisa, el eco de la merca retumbando, los bucles de algodón:
Cóppola avanza por la vida convertido en mitología. Podría decirse que con él
sucede lo mismo que con Chiche Gelblung o con el Bambino Veira: personajes
polémicos pero simpáticos, que completan pocos casilleros del formulario de la
ética (Veira, por razones obvias, es la máxima expresión de ese olvido), pero que
el pos–menemismo ha convertido en casi ídolos. Un tipo de personajes con poco
octanaje moral, que no poseen un saber trascendental, pero que encarnan, en
algún sentido, un estereotipo social de la época. "No sabés lo que me
pasa... voy caminando por la calle y los chicos se paran y me abrazan. Me
gritan 'capo'. Es tremendo... yo no lo puedo entender. Me dicen que tengo cuatro
mil entradas por día en el Google, es increíble".
Cóppola no termina de entender las razones
que construyeron su leyenda. No ha tenido, qué duda cabe, una vida sosegada: no
hay forma de tenerla si durante más de 20 años se vive al lado del personaje
más famoso del mundo. Cada día era una aventura en la montaña rusa, en un palacio
dionisíaco, en la cima del planeta.
Pero la fiesta se suspendió de golpe. La
noche le pasó un par de facturas. Reality show, Viale, Samantha, Diego
retirado, caravana, Diego desbocado, todos desbocados.
A los sultanes del ritmo se les acabó la
joda. De pasear por Montecarlo en un convertible a Dolores, preso. Un estilo de
vida se desmoronaba. Los días en la cárcel fueron los más aciagos para el
representante. Y las secuelas todavía se hacen sentir. "De vivir en 300 metros
cuadrados pasé a 60", grafica. Y así con todo. Perdió
autos, amigos, plata, prestigio, poder.
"Tuve Lamborghini, Rolls Royce, Ferraris... hoy, no tengo nada".
Cóppola se mueve en taxi, dice que es mejor, que así no tiene problemas para
tomarse una copa de más cuando sale a la noche. Igual, lo más doloroso dice que
no fueron las pérdidas materiales. "Lo peor, lo que más me molestó fue
perder el tiempo". El reloj no corre cuando alguien está encerrado. La
vida se transforma en una trampa kafkiana.
Cóppola recuerda que después de un tiempo
consiguió que le asignaran una habitación para él solo. Todos los días la
limpiaba con obsesión de orfebre y la dejaba impecable, como si fuera a recibir
visitas. Lo hacía mientras escuchaba música: eran dos horas en las que su mente
se escurría por entre las rejas. Cada día también, entraba Frazia, el zumbo que
lo controlaba, gigante como el jefe policial de El Expreso de Medianoche, con las botas llenas
de barro y le manchaba a propósito el piso. Lo hacía siempre, como si fuera
parte de una broma macabra, inapelable. Cóppola no decía nada y volvía a
limpiar su pieza. Lo hizo hasta el último día que estuvo allí. Un día, sin
razón aparente, a Cóppola lo engomaron, que en la jerga carcelaria significa
que lo encerraron sin dejarlo salir ni a mirar las estrellas. En la celda no
tenía baño, y el guiso de la cena comenzó a hacer su trabajo intestinal.
Cóppola golpeaba la puerta, pedía ir al baño, pero Frazia no le abría. "No
tuve más remedio que garcar en una
bolsa y dormir con eso al lado toda la
noche". Al día siguiente, Cóppola se levantó, limpió todo, tiró la bolsa y
enceró su pieza como todos los días. Cuando Frazia entró y manchó con barro el
piso, Cóppola se le tiró al cuello. La pelea duró menos de un round: en un
pestañeo, Frazia lo aplastó como a un insecto. Pasaron los días y nadie dijo
nada. Hasta que lo trasladaron a Caseros. Antes de dejar Dolores, Frazia lo
llamó para hablarle.
"¿No te das cuenta, otario –dijo,
acentuando la "ta"–, que cada vez que te ensuciaba el piso lo que
lograba era que durante dos horas, las dos horas que vos volvías a limpiar, te
fueras con tu mente de este lugar?” Frazia, el vigilante existencial, le dio
una lección inolvidable. Al tiempo, Cóppola, ya en libertad, regresó al lugar
acompañado por María Fernanda Callejón y le hizo un regalo.
Pero la cárcel también es un castigo
metafísico. En el enrosque mental en el que se puede caer tras un drama como
ese, Cóppola comenzó a pensar que estaba pagando por algún pecado. "Me preguntaba:
'¿Por qué me pasa esto? ¿Por algo de mi vida anterior? ¿Porque había tocado a
la mujer equivocada?' No entendía. Pero lo superé por suerte. La prensa que me
había condenado luego se resarció. Se armó el primer reality show de la
televisión... Mauro Viale se fue a vivir a Le Parc, con eso te digo todo".
–¿Sufriste más ahí o
cuando te peleaste con Diego y él puso en duda tu honestidad?
–La duda de Diego fue algo fuerte.
Interiormente lo sentí. Me dolió. Pero tengo toda la tranquilidad interior. Hoy
por hoy, cada uno está haciendo su vida. Lo veo bárbaro, lo veo en peso. Tiene una
capacidad para revertir las situaciones increíbles. Extrañar, extraño, cómo no.
Lo que más me preocupaba era la diferencia que él creía que existía; eso se
solucionó. No cometí ninguna equivocación mayúscula.
Seductor serial
La charla, de repente, se interrumpe.
Cóppola deja de prestar atención, como si hubiese ingresado un fax en su
cerebro. La comunicación se corta. El representante desvía la mirada y la clava
en un objetivo móvil: dos botas negras y un jean inolvidable que avanzan.
Tac, tac, tac: las botas le dan
contundencia a las mujeres. Está entrando a un local de cama solar en el Paseo Alcorta.
Cóppola la había divisado cuando ella bajó de su cuatro
por cuatro y la fue siguiendo con la
mirada: sus ojos eran el teleobjetivo de un rifle. La dama (la presa) avanza y
Guillote (el cazador) la desnuda con la mirada. "Ahí vengo", dice y
sale disparado, el cuello adelantado, las fauces preparadas. Irrumpe en el
solarium. Se presenta ante la dama, que sonríe y asiente, halagada por la
locuacidad de Guillermo, campeón mundial del chamuyo porteño. Durante el
diálogo, Cóppola la mira con una sonrisa estampada en la cara, con los ojos
jugueteando por sus labios y la imaginación recorriendo el
escote. Esos minutos que anteceden al zarpazo, ese instante en el que la presa
comienza a enredarse en la telaraña de la seducción coppoliana y en el que él
se da cuenta de que ya es suya, de que una mancha más está por pintarse en su
lomo de tigre, es un momento apasionante: la celebración del ego del macho, el
orgasmo que antecede al orgasmo. Cóppola es el rey de la selva, su pelo se
eriza más, el pecho le explota de narcisismo.
"¿En qué estábamos?", pregunta
Cóppola cuando vuelve.
–¿Qué pasó con la mujer?
–No, nada, cuatro–dos.
–¿...?
–Cuatro–dos, cuarenta y dos... yo nunca
más de 40... ¡Amor propio! ¡Amor propio! Me gustó esa, la voy a usar.
Excitado, Cóppola grita esas dos palabras
disfrutando de su alarido. Cuando las enuncia, lo hace con rapidez: un
latiguillo convertido en latigazo. Hay silencio. Más silencio. Y de repente:
"¡Amor propio! ¡Amor propio!"
La gente lo mira. Nos reímos, un poco por la
vergüenza, otro poco por las reminiscencias onanistas de su referencia. Por
suerte suena el celular. Cóppola se pone a ajustar los detalles de su viaje a
los Emiratos Árabes. Tiene grandes proyectos en ese territorio, virgen en varios
sentidos. Más que vender, Cóppola quiere traer el dinero del petróleo. Tiene
ideas megalómanas, como construir un estadio ("Los tipos le hicieron la
cancha al Arsenal en Londres") o remodelar el Luna Park. "Dubai es el
máximo desarrollo del mundo. Mirá que yo viajé y nada me sorprende, pero lo que
pasa ahí es tremendo. Hay hoteles nueve estrellas".
Ahora el celular le suena, pero por un
asunto más festivo: su cumpleaños 60. "Algo tranquilo –repite–. 110
personas, nada más. A fin de año, cuando la cosa se calme, la hacemos más grande".
En el universo coppoliano la comida es un elemento omnisciente. "Nunca fui
de mesas chicas, siempre fui de mesas grandes", explica, deslizando los
motivos por los cuales para alguien como él un festejo íntimo de un cumpleaños
es como la fiesta de egresados de alguien normal. La razón de esa capacidad desbordante
para trabar amistad con la gente se palpa en el espacio, en su carisma
demoledor. "Seduzco tanto a hombres como a mujeres. Tengo un arte, soy un
encantador en el buen sentido. A mis amigos les gusta estar conmigo. Te pongo
en clima. Integro, integro, me encanta… lo
aprendí en Europa, en Nápoles. Respeto mucho a la gente. Nunca una mujer te va
a hablar mal de mí. Yo, además, sigo haciendo las cosas que a las mujeres les
gustan. A cualquier mujer le gusta que le abras la puerta del auto o que le
prendas el faso. Tenga 18 años o 40.
–Pero en algún momento
hiciste ostentación...
–Yo estuve al lado del más grande y tal
vez me confundí un poco. En algún momento pensé en el reloj, en la mina, en el auto...
¡Era un pelotudo! Eso de estar impecable para llegar en enero a la playa para
mostrarte... ¡Mostrar qué!... ¡Mostrá la pija!.... ¡Amor propio! ¡Amor propio!
–Bueno, estamos en un
gimnasio, venís a cuidarte acá.
–Sí, pero hay una fantasía conmigo, con la
noche, con la droga, y la verdad es que yo siempre me cuidé, siempre jugué al
fútbol. Además, al gimnasio tengo que venir porque hace un mes y medio tuve una
arritmia. Pierna derecha inmóvil. Brazo derecho
inmóvil. Un susto, nada más.
–¿Quiénes se borraron
durante la cárcel?
–Varios, pero te voy a nombrar a dos que
sí estuvieron: Bianchi y Basile. Y también mis socios de ahora.
–¿Sos amigo de Basile?
–Cóomo.
A continuación, Cóppola disca el celular
de Basile. Llama pero no contesta. No eran días fáciles para el entrenador:
estaba a punto de ser deglutido por el monstruoso peso de la selección y de ser
reemplazado, paradojas de este mundo, por el gran 10.
Cóppola le deja un mensaje a Basile a
velocidad fast
forward:
"Hola Coquito acá Guillote, quería
ver cómo estabas, cómo andaba todo, la familia, los asuntos, todo eso, acordate
de que te espero el sábado en la Parolaccia, algo tranquilo, los íntimos, no me
falles, te quiero mucho".
El gran Gatsby
Al día siguiente quedamos en almorzar en
la Recoleta. La consigna era "Invita C, pero no lleves al plantel entero de
Vélez". A partir de ahora, la charla, la nota y hasta el lenguaje cambian
por completo.
Todo lo que pasa de aquí en más es
estrictamente cierto. Cóppola llega. "Hola querido, en un rato vienen un
par de amigos, ¿no hay problema, ¿no?" "No, todo bien". Seguimos
la nota. A los 10 minutos llega Carlos Randazzo, delantero de Boca en los años 80,
ex presidiario. "Carlitos, un grande". Cóppola empieza a hablar de
Carlitos como si Carlitos no estuviera. "Un loco, un loco, un tipo con
códigos, un gran jugador. Se comió un año en Caseros por algo que no cometió. Y
no delató a nadie, eh... muy respetado". A los 15 minutos llegan tres
amigos más, tres personajes con la misma sonrisa fácil de Guillermo, claro que
sin su ángel (o diablo), aunque también elegantes y lenguaraces.
"Pidamos", dice Cóppola, mientras le sonaba el celular marca Ferrari
de cinco mil euros. El ringtone es el sonido del motor del F1. "Igual al
que tiene Raúl, el del Real", informa. "Pero es feo, parece una
armónica", le dicen. A los 15 minutos estaban todos comiendo como búfalos,
lanzados sobre sus platos, intensos, encendidos. A cada uno le sonaba el
celular cada cinco minutos. Cóppola comenzó a hablar de nuevo de su cumpleaños.
No sabemos muy bien cómo, pero en un momento
nos vimos todos hablando de la dotación varonil de Guillote. Sí, de eso. Se
hablaba con seriedad, con tono doctoral. "No, no, momento, hay cuatro
fotos mías: una con el Diego, otra en Nápoles, otra de cuando me operé –sí, se
me achicó– y otra en Punta del Este". Uno de los tres amigos
–el más grande, un aire a Tony Soprano–
era el que había traído a colación el tema. "Estuve en una cena con amigos
y se habló mucho de tu pija, Guillermo –dijo, mientras intentaba pinchar con su
tenedor un pedazo de pulpo a la parrilla–. Ellos decían que la tenías
chica". La situación era desopilante, pero Cóppola contestaba como si
estuviera hablando con el cardiólogo. "No, no,
se me achicó, es cierto, pero siempre la tuve bien. ‘Ta bien, no como la de Carlitos,
es cierto, pero igual siempre estuve bien". Carlitos es Randazzo, que
escuchaba sin pestañear y asentía, como si en lugar de hablar de su anatomía se
estuviera hablando de su auto.
"Carlitos, cuando estuviste en la
cárcel, ¿te quisieron empomar?", preguntó uno de los socios. "No
–contestó serio–, nadie se hizo el vivo conmigo". "¡Qué grande
Carlitos! Un loco... un loco... ¡Amor propio! ¡Amor propio! Les conté a ellos
lo del amor propio... pidamos otro vino, paga C". A Cóppola le hervía la sangre. Se
movía como un sonajero. Estaba feliz con la reunión. Este cronista, en cambio,
transpiraba. La cuenta, seguramente, superaba una buena parte de su sueldo.
En ese momento, llegó al restaurante un hombre corpulento, algo molesto, bien vestido. Cruzó miradas con este cronista y saludó. Saludó también a Cóppola. "¿Quién es?", preguntó Guillote.
En ese momento, llegó al restaurante un hombre corpulento, algo molesto, bien vestido. Cruzó miradas con este cronista y saludó. Saludó también a Cóppola. "¿Quién es?", preguntó Guillote.
El cronista cree recordarlo y se le acerca. "¿Sos Capi, no?
"Sí, querido, ¿cómo andás?"
Capi es Capi Innocentini, 60 años, mítico lobista porteño, socio de políticos importantes, amigo del representante Gustavo Mascardi, un personaje que ya vio todo, que ya no se conmueve con nada. El coronel Kurtz de Apocalypse Now.
“¿Querés venir a la mesa?" Capi acepta y viene con su botella de Rutini de $200 y se sienta. Nos sirve a todos y empieza a hablar. "Yo era el dueño de todo el mediocampo de Boca en el año 84", le dice a Randazzo. Randazzo lo miró en silencio, como un lagarto. No dijo nada. Capi siguió. Pasó el tiempo, pasó el postre, llegó el Baron B, luego el café, después la cuenta. La de Capi era de $300. La de C, $680. Cóppola hablaba por celular, los amigos también. Este cronista metió su mano en el bolsillo con la parsimonia de un caracol. En dos segundos, Capi abrió su billetera. "Dame todo", dijo y tiró once gambas ($1.100) arriba de la mesa. "Me deben un almuerzo", soltó, antes de levantarse e irse por Posadas.
Capi es Capi Innocentini, 60 años, mítico lobista porteño, socio de políticos importantes, amigo del representante Gustavo Mascardi, un personaje que ya vio todo, que ya no se conmueve con nada. El coronel Kurtz de Apocalypse Now.
“¿Querés venir a la mesa?" Capi acepta y viene con su botella de Rutini de $200 y se sienta. Nos sirve a todos y empieza a hablar. "Yo era el dueño de todo el mediocampo de Boca en el año 84", le dice a Randazzo. Randazzo lo miró en silencio, como un lagarto. No dijo nada. Capi siguió. Pasó el tiempo, pasó el postre, llegó el Baron B, luego el café, después la cuenta. La de Capi era de $300. La de C, $680. Cóppola hablaba por celular, los amigos también. Este cronista metió su mano en el bolsillo con la parsimonia de un caracol. En dos segundos, Capi abrió su billetera. "Dame todo", dijo y tiró once gambas ($1.100) arriba de la mesa. "Me deben un almuerzo", soltó, antes de levantarse e irse por Posadas.
Lleno de cabernet y de alivio, este
cronista también se despidió. La ciudad comenzaba a tragarse al sol. Al llegar
a la calle Corrientes, el cronista se metió en una librería de usados. Por 10
pesos consiguió un ejemplar de El gran Gatsby.
grande peran
ResponderEliminarBrillante Pablito
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