Nunca sería Presidente
porque no me da el piné.
Pero supongamos que
sí, supongamos que puedo: tampoco lo sería.
No sería presidente
porque no podría tener a todo el mundo contento, y eso dañaría mi ánimo, o tal
vez mi ego.
No sería presidente
porque mis amigos –si es que a esa altura los conservo- me ayudarían al principio,
pero después huirían espantados.
No sería presidente
porque lentamente se iría formando alrededor mío un corrillo de alcahuetes que
me dirían todo el tiempo que mi gestión es la mejor del mundo.
No sería presidente
porque, pasado el tiempo, tendría tan nublada la autocrítica que cualquier
desavenencia la tomaría como un insulto.
No sería presidente
porque todos los días de mi vida debería rendir cuenta de lo que no hice y no
de lo que sí conseguí.
No sería presidente
porque para tolerar ese desgaste me convencería de que ellos son los
equivocados. Y eso es el principio del fin.
No sería presidente
porque soy adicto a los diarios, y para ser presidente hay que leer a
Sarmiento. Y a Roosvelt. Y a los
clásicos. Y a los labios de los pobres. Y no mucho más.
No sería presidente
porque soy más sensible de lo recomendable para bancar la injusticia de un país
con gente muy rica y pobres, pobrísimos.
No sería presidente
porque me desesperaría darme cuenta de que para conseguir el cambio van a pasar
tres, o tal vez más, generaciones.
No sería presidente
porque odio mentir. Y ocultar. Y el poder lleva el engaño en sus dobladillos.
No sería presidente
porque no quiero que mi alma se atrofie por una absurda ambición de eternidad.
No hay comentarios:
Publicar un comentario