viernes, 5 de octubre de 2012

Nunca sería presidente


Nunca sería Presidente porque no me da el piné.
Pero supongamos que sí, supongamos que puedo: tampoco lo sería.
No sería presidente porque no podría tener a todo el mundo contento, y eso dañaría mi ánimo, o tal vez mi ego.
No sería presidente porque mis amigos –si es que a esa altura los conservo- me ayudarían al principio, pero después huirían espantados.
No sería presidente porque lentamente se iría formando alrededor mío un corrillo de alcahuetes que me dirían todo el tiempo que mi gestión es la mejor del mundo.
No sería presidente porque, pasado el tiempo, tendría tan nublada la autocrítica que cualquier desavenencia la tomaría como un insulto.
No sería presidente porque todos los días de mi vida debería rendir cuenta de lo que no hice y no de lo que sí conseguí.  
No sería presidente porque para tolerar ese desgaste me convencería de que ellos son los equivocados. Y eso es el principio del fin.
No sería presidente porque soy adicto a los diarios, y para ser presidente hay que leer a Sarmiento.  Y a Roosvelt. Y a los clásicos. Y a los labios de los pobres. Y no mucho más.
No sería presidente porque soy más sensible de lo recomendable para bancar la injusticia de un país con gente muy rica y pobres, pobrísimos.
No sería presidente porque me desesperaría darme cuenta de que para conseguir el cambio van a pasar tres, o tal vez más, generaciones.
No sería presidente porque odio mentir. Y ocultar. Y el poder lleva el engaño en sus dobladillos.
No sería presidente porque no quiero que mi alma se atrofie por una absurda ambición de eternidad. 

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