martes, 2 de octubre de 2012

No tan distintos (homenaje a mis amigos)


No sé bien cuándo la idea dejó de ser deseo y se convirtió en plan, pero supongo que la quinta vez que todos -los cinco amigos- dijimos, convencidos y sin vino de por medio, que sí, que nos íbamos a Miami a festejar el cumple de Gio, el avión, sin saberlo, nos puso en lista de espera, el cielo nos hizo un guiño y las esposas de todos sintieron un pinchazo seco en el cuello. ¡Ay! 
Un viaje de egresados a los 40 a Miami: un cross a la mandíbula de la rutina matrimonial y un vendaval de fantasías, desproporcionadas y algo procaces, emanando sin esfuerzo de nuestras aburguesadas cabezas. Los cinco -Chopper, Tato, Morán, Cola y yo- viajábamos a la playa en junio, de caravana, a buscar la gloria perdida, a repetir Bariloche '88 y repatriar la adolescencia.
Gio, el inefable Gio, fotógrafo, self made man, un cruce entre Isidoro Cañones y el gerente de ventas de una multinacional, organizaba un cumpleaños dionisíaco en la capital de latinoamérica. Un DJ con un set list ochentoso (“Los temas que pasaban en Rainbow”), una barra de alcohol de la que se enorgullecería Don Draper, 200 invitados incluidos Gloria y Emilio Estefan (A Gio le fue bien en Miami), un detalle algo bizarro (“Va a haber un Maradona, con la 10 en la espalda, haciendo jueguito en un costado”) y unas entrañas asándose como si La Florida fuera San Justo. No podía fallar.
Como de todas las tragedias del hombre, la única de la que no se salva nadie, decía Tolstoi, es la de la alcoba, cada uno arrancó el operativo clamor en su casa bien temprano. Para algunos fue sencillo. Cola le dijo que era el viaje o separarse. Hoy sigue casado. Chopper le prometió que, si regresaba, la llevaría a España a visitar el pueblo de su padre. Nunca más volvió a salir del país. Tato la tuvo difícil. Su mujer no quería y él se dejó crecer la barba en señal de protesta. Cuando estaba a punto de parecerse a Tom Hanks en Naúfrago, su esposa dio el brazo a torcer. Morán fue el más complicado. Deslizó la idea mientras comía, con la boca ocupada, balbuceando algo informe que, encima, no venía a cuento de nada: “¿Viste que en el trabajo me dan un bonus con el aguinaldo? Bueno, pensaba que podía irme a Miami con los chicos”. Su mujer estaba de espaldas, sosteniendo una fuente con fideos. Se le cayó al piso. No sé cómo hizo, pero vino. ¿Yo? Me había separado hacía unas semanas. Tampoco tengo hijos y siempre soy, tal vez por esa condición, o por cierta melancolía sin resolver que me atraviesa, el que más alienta las salidas en grupo. También suponía -iluso- que el viaje podía rescatarme del default emocional. Cuando volví redoblé las sesiones de terapia.
El viaje estaba en marcha, pero algo pasó en el medio.
El primer signo de que algo estaba roto fueron las cenizas. Cinco días antes del gran viaje, un viaje que a medida que se acercaba comenzaba a adquirir ribetes mitológicos, un ignoto y perdido volcán del sur chileno comenzó a escupir ceniza por primera vez en 51 años. Fue el 4 de junio de 2011: cómo olvidar ese sábado fatídico. Tengo la teoría de que al menos dos mujeres de mis amigos se reunieron una tarde y, de tanta fuerza mental que emplearon para evitar el viaje, consiguieron que las placas tectónicas de la Tierra se movieran. Ezeiza quedó fuera de funcionamiento.
El cumpleaños era el sábado siguiente y teníamos pasaje para el jueves a la noche. Pero todos los vuelos se fueron suspendiendo. “Estamos meados por el perro de La Historia sin fin”, me dijo por e-mail Gio, el cumpleañero, abatido por nuestra posible ausencia.
El cumpleaños se hizo. Sobraron mollejas y chorizos, Maradona hizo jueguito 10 minutos y después se embriagó, Gloria Estefan mandó saludos y nosotros nos quedamos viendo películas viejas en Buenos Aires. Esa noche, antes de despedirnos, dijimos de ir igual. En el primer vuelo habilitado nos subiríamos. Así lo hicimos.
Llegamos a Miami, un enclave fatal acolchado con siliconas, hedonismo y martinis. Esa misma noche salimos en busca del placer perdido. Estábamos ansiosos. Apenado porque no habíamos podido asistir a su banquete, Gio nos tenía preparado algo especial. Comimos en un restaurante cerca del Downtown cuyo dueño era un colombiano de ropa brillosa y sonrisa sostenida. El lugar era una romería atestada de ritmos latinos y gestos vanidosos. Contamos anécdotas y nos entregamos al placer gastronómico con la desesperación de una manada de búfalos. Arrancamos la cena brindando por nuestra amistad y nuestra historia y terminamos, como no podía ser de otra manera, brindando por asuntos pueriles o gente desconocida, como el mozo (se parecía a Riquelme) o el dueño colombiano (se parecía al Gordo Valor). Como corolario de semejante bacanal, con Gio les propusimos a todos tomar una pastillita celeste (algo de eso habíamos hablado en Buenos Aires). Tenía un mono dibujado en ambas caras. “Media cada uno. Pasa rápido y no sabés después cómo te levanta”. Hubo algunas miradas inciertas, pero duraron poco. Truc: adentro.  
Salimos y nos fuimos a un bar-boliche en South Beach, sobre la avenida Washington. Era un bar que había perdido la batalla contra el glamour. Sonaba una música electrónica clase B que no lograba atemperar la excitación colectiva. Algo estaba pasando, porque cuando me quise dar cuenta estaba bailando. Bailaba como el orto, claro, pero no podía dejar de hacerlo. Lo miré a Tato, estaba igual, con una sonrisa en la cara grande como una luna, feliz como hacía mucho no lo veía. Ya no nos importaba la decadencia del lugar. Lo miré a Chopper: también se reía. Cola y Morán permanecían quietos. Sentado sobre una tarima, Gio, en cambio, estaba derrumbado. Apenas podía levantar la cabeza, no conseguía hablar y sus ojos eran los de un perro asustado. Con Tato seguimos bailando, con una sensación de libertad inédita. Recuerdo que Morán me vino a decir algo. Y que enseguida Cola hizo lo mismo. Me decían algo de Gio. Al rato me di cuenta de que todos estaban sentados. Algo no andaba bien.
Intenté acercarme a ellos pero no pude. No me salió. Alguien estaba haciendo zapping con mis sentidos. Me quedé atrapado en una telaraña alucinógena de cuerpos y de sonrisas palpitantes. La música, ahora, me parecía la mejor del mundo. El lugar me resultaba hermoso. Cuando lo logré llevar a la práctica, me acerqué a mis amigos. No los encontré, se habían ido.
Cuando salí, la calle me pegó una trompada. Se había frenado la velocidad de la vida. “Los chicos se sienten mal, quisieron salir porque se estaban ahogando”, me dijo Tato. Gio, Morán y Cola no podían hablar: estaban intervenidos por una presencia anómala.
Empecé a temer por mis amigos: lo más peligroso que habían hecho en los últimos años era ir a 140 por la Panamericana. Prendidos fuego, comenzamos a caminar por South Beach. Caminamos y caminamos, dando vueltas alrededor de las mismas manzanas varias veces. Hablábamos en voz alta, pero ninguno lograba hacerse entender del todo. Eramos una pandilla alborotada que intentaba sofocar el incendio interior errando por las calles de esa ciudad sin alma. Eramos, también, una postal sin tiempo, porque lo mismo habíamos hecho infinidad de veces 15 o 20 años atrás por las calles de la zona norte, cuando nos sentíamos eternos e invencibles, cuando la adultez era una provincia lejana.
Tras un tiempo largo de caminata, imposible de cuantificar, y con la certeza de que éramos esclavos de un desvarío emocional irreductible, dejamos el auto, tomamos un taxi y nos fuimos al departamento. Ir en taxi fue como ir en ambulancia. El depto quedaba en un piso 19 y tenía un balcón enorme que daba a una bahía. Después de pasar un rato largo en el hall del edificio –tomarnos el ascensor era como escalar el Everest-, subimos y nos instalamos en el balcón. Desde esa altura el paisaje era encantador, porque a la belleza desbordante del lugar se añadía el hecho de que nuestra vista no era interrumpida por nada. Nada mediaba entre la luna, colosal y amarilla, y nosotros. A lo lejos se veían mansiones, gaviotas y veleros. Para mayor satisfacción, estaba amaneciendo: parecía que en el cielo alguien estaba pintando el techo de la capilla Sixtina. Mientras Morán se iba a bañar, con Chopper y Tato nos quedamos mirando cómo bajaban los aviones (uno por minuto), imaginando quiénes o de qué país serían sus tripulantes. A veces sentía que el balcón se balanceaba para abajo, pero no decía nada. No los quería asustar. Debimos estar dos horas así, sentados en la misma posición, suspendidos en un estadío sin tiempo. Hacía unos 20 grados y corría un viento caribeño que nos contagiaba optimismo. Transitábamos un estado de bienestar general permanente, mechado con raptos de desasosiego, un malestar parecido a la gripe.
En el balcón, con el murmullo terapéutico del mar como fondo, se dieron entre nosotros algunos diálogos antológicos, de esos que el hombre tiene cuando, gracias a alguna sustancia, el superyó se va a dormir antes que el cuerpo.
Yo: -Tato, te quiero amigo… Cuando no te veo te extraño.
Tato (mirando la nada y tocándose los flotadores de su cintura): - Cuando vuelvo a Buenos Aires dejo el cigarrillo y empiezo el gimnasio.
Chopper: - Me parece que mi psicóloga me tira onda. Está más buena que un feriado puente.
Morán terminó de bañarse y, cuando salió, se puso a preparar mate. A los cinco minutos abandonó la pava y se volvió a pegar otra ducha. Gio, recuperado, se preparó unos tallarines. Con Chopper y Tato seguíamos contando aviones. Cola se miraba en un espejo y, mientras escrutaba sus ojos a dos centímetros del vidrio, repetía: “Tengo que amigarme con mi autoestima”.
Pasó otra hora. El estado de suspensión temporal continuaba, como si estuviéramos atrapados en un limbo pegajoso que, de no ser porque sabíamos que era transitorio, nos habría llevado a la locura. De pronto me sorprendí a mí mismo acariciándome los brazos. Los miré a Gio y a Cola y estaban haciendo lo mismo.
Nadie podía concentrarse demasiado en nada. Nuestras mentes vagaban por los pasillos del inconsciente, aunque tampoco podíamos verbalizar lo que allí veíamos o escuchábamos. Mirando el vacío que se abría delante nuestro -19 pisos-, Tato rompió el silencio con una frase nietzcheana : “¿Sabían que uno no le tiene miedo a la altura, sino a sentirse atraído a tirarse?”.
Se hizo un silencio de nuevo.
La frase quedó flotando. Después supe que la sacó de una película, pero en ese momento y en ese lugar, con la ola de sensibilidad lisérgica que nos envolvía, me pareció de una profundidad formidable. Era existencialismo puro. Hablaba del temor a sentirse atraído pero no solo por el vacío, sino por todo aquello que pone en estado de pregunta la normalidad: el deseo, el amor nuevo, las rupturas, la paternidad, los abandonos, lo prohibido. Todo aquello que nos coloca en riesgo y nos saca de lo establecido. No sé por qué, pero me recordó al final de la película Blade Runner, cuando el replicante le dice a Harrison Ford: “Es toda una experiencia vivir con miedo, ¿no? En eso consiste ser esclavo”. 
Cuando tenía 18 siempre me preguntaba por el destino de cada uno de nosotros en 20 o 25 años. Me generaba una clase de curiosidad inquietante. Intuía que nuestra amistad se relativizaría, que sería difícil sostener el nivel de intensidad de entonces, cuando formábamos una hermandad inquebrantable que serpenteaba por las noches de la ciudad en busca de experiencias transformadoras. Me intrigaba saber con quién nos casaríamos, cuáles serían nuestras pasiones y profesiones, quién se separaría primero, quién tendría una vida heroica, quién sucumbiría ante algún fracaso, cómo serían nuestros hijos. Más importante, quién tendría el coraje de traer uno a este mundo. Y entre todos esos temores, entre esa enorme cantidad de deberes y obligaciones, de abdicaciones y debilidades, me preguntaba también dónde irían a parar nuestra amistad y nuestros sueños.
Mirándolos a todos en esa mañana sin tiempo, mientras Morán se bañaba de nuevo, Chopper y Tato contaban aviones, Gio se reía y Cola buscaba videos en YouTube, yo descubrí que aquello que nos unía seguía siendo tan fuerte como lo era entonces. Sólo que ahora había menos preguntas. Sólo que ahora, al menos de parte de ellos, había mucho menos miedos. 

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