Algo pasó si un día
cualquiera te levantás a la misma hora de siempre y abrís tu casilla de mail y
hay 51 correos sin leer, te metés en
Facebook y 12 personas que no conocés te piden amistad y en twitter tenés 125
seguidores nuevos. Algo pasó, pensás, mientras calentás el café, leés los
diarios y, cuando suena el celular, Abel, un amigo, por mensaje de texto asegura:
“¿Viste lo que dijo el Indio? Un boludo…”
“Uh”, decís para dentro
y ya te imaginás lo que viene.
Lo que viene es que tu
nombre aparece en todos los diarios, en todos los sitios de Internet de
Noticias, en las radios, en los blogs. Lo que viene es que te escriba gente que
hace mucho que no ves o hablás, y te saluda con misericordia, apiadándose de
vos. Lo que viene es que te llame una tía lejana, un amigo que vive en Miami y
el del puesto de revistas que le llevaba el diario a tu viejo para preguntarte:
“La gente me pide la revista, pero a mí no me llegó ninguna, ¿me la mandás?”.
En mayo de este año
entrevisté al Indio Solari para la revista Orsai en Nueva York. Cuando llegué,
tanto él como su manager me informaron que sería la última entrevista que daría
a un medio gráfico en su vida. El reportaje fue largo, a temario abierto. El
Indio, que me atendió tirado en la cama de un hotel 5 estrellas, se soltó,
contó mucho. Habló de Nueva York, de sus
gustos, de sus tragos. Se mostró como es: un artista enorme que,
simultáneamente, también es un hedonista consumado. Me fui sabiendo que tenía
una gran nota entre manos. La nota salió
en los primeros días de agosto.
Ese jueves, la tía
Guillerma me despertó a las 10. “Nene, acaban de nombrarte en la radio. Dicen
que inventaste la entrevista con Solari”. “Ya te llamo”, le dije y le corté. En
mis interacciones de twitter tenía más de 36 mensajes o menciones. Uno de ellos
era lacónico y lo firmaba el grupo militante para-ricotero “Pasión redonda”.
“Tomá, todo un palo”, y me dejaban un link en el que podía leerse el comunicado
de Solari. Decía: “Una vez más el reordenamiento de mis dichos a través de la
edición y la descripción de mi personalidad como la de un sibarita por la sola
voluntad del entrevistador, hacen que no me reconozca en la entrevista que
publica éste mes la revista Orsai. No siento que mi pensamiento y mis maneras
al exponerlo estén representados en ella”.
Empezó a sonar mi
celular. Eran números que no conocía. No atendí y el primer mensaje era de una
productora de una FM conocida. Ahí me di cuenta de que me estaba convirtiendo
en “el sabor del mes”. Fue entonces cuando empecé a tener la sensación,
exagerada pero inapelable, de que esa mañana cada vez que se abría una canilla
en la ciudad, cada vez que se cerraba la puerta de un taxi, paraba un ascensor
de un edificio, se trababa el tráfico o alguien tiraba un paquete vacío en un
tacho, mi apellido era lanzado al aire, por lo general acompañado de una duda o
de un insulto.
Que uno de los mayores
ídolos populares del país salga de su madriguera para desmerecerte en público
no podía ser gratuito. Opinólogos sin talento–esos lenguaraces cuyo arte reside
en leer el diario por radio y entrometerse en las alcobas de la gente-
comenzaron a difamarme con la impunidad de quien no será rebatido. “Pablo, todo
esto ya va a pasar”, me aseguraba por mail, con cariño, una experimentada editora
de cultura. “Pablo, estoy con vos”, me decía
Marisol, una excompañera. En Twitter “Indio” era trending topping. Y yo estaba
cerca de serlo. “Me deben estar nombrando hasta en misa”, pensaba, mientras mi
celular se plagaba de mensajes de productores de programas de radio que querían
que saliera al aire.
Al rato me escribió
Hernán Casciari, el director de la revista Orsai, guionista de la obra “Más
respeto que soy tu madre”. Hernán no es muy dado a los mensajes largos: “Pablo,
te bancamos”. Yo estaba solo en casa, con mi gato Cassius. Lo miraba fijo y él
me miraba fijo a mí. Lo hicimos un buen rato, en silencio. Fue un gesto inútil,
lo sé, pero necesitaba hacer contacto visual con alguien. De a poco, comenzaron
a llegarme mensajes de aliento, pero no eran tanto de apoyo por el ataque
mediático, sino porque la nota había gustado. Eran saludos de gente que yo no
conocía, de manera que no estaban condicionados por el compromiso que puede
haber en el mensaje de un colega o,
menos aún, de un amigo.
A todo esto, alguien
había escaneado la entrevista y la había colgado en Taringa. A las 2 de la
tarde de ese día me parecía que todo el país estaba leyéndola. Era obvio que no
ocurría, pero a mí me daba esa impresión. “Indio, ¿de qué te quejás, si en la
entrevista parecés Heidegger?”, decía un tal @carpintero en twitter. “Pablo,
¿qué sentís que le hiciste la última entrevista a ese mito viviente?”, quería
saber @carito95. “Pablo, me parecés un pelotudo”, decía @perfumedetempestad.
Para las 4 de la tarde
había superado los 1100 seguidores en twitter. A las 6 me habían escrito 3
músicos de rock amigos (2 de ellos bastante famosos), un exjugador de fútbol,
un amigo mío al que le debo plata y tres exnovias. Todos me apoyaban. Me sentía
el testigo protegido de un caso de corrupción. O alguien a quien le detectaron
una enfermedad. Seguía solo en casa, terminando de ver la primera temporada de
Boss. Mi gato dormía. Yo lo seguí.
Después de la siesta, la
pesadilla continuó. El affaire Solari siguió consolidándose. Los blogs ardían y
los comments no tenían desperdicio. La puerta de un baño público tenía menos
procacidad y más romanticismo que algunos de ellos. Otro foco de maoísmo
ricotero llevó su lucha armada a Facebook: armaron una página con un título
poético, casi tan críptico como las letras del Indio: “Pablo Perantuonno,
periodista de mierda”. Todo en mayúscula. No hay nada más desagradable que las
mayúsculas. A esa altura recibí el primer llamado del laburo (soy editor del
diario Clarín). Pensé que era algún jefe que se conmovía por la situación. Que
se solidarizaba. Pensé que tal vez estaban molestos porque una nota mía había
rebotado en todos lados pero la nota, paradójicamente, no había salido en el
diario, que es el que me paga (o pagaba) el sueldo cada mes. Pero no. Me
llamaban para recoger mis declaraciones porque querían hacer un pequeño
artículo con la disputa. ¡Me llamaba un compañero, que se sienta a 15 metros
mío, para hacerme un reportaje! ¡A mi casa! Y yo, diciéndole, “Hola Edu, cómo
va. No, boludo, no quiero hablar (yo mismo me escuchaba y no podía creerlo).
Posta.” Pero sabía que lo estaba cagando. Y que tampoco podía forzar tanto la
situación. Le mandé un mail con una frase contemporizadora. Al día siguiente,
en la sección Telones y Pantallas de Espectáculos de Clarín salió una foto del
Indio con un textual, y una foto mía con otro textual. “Simplemente describí lo que vi y nada de eso me pareció inoportuno ni
mucho menos vergonzante. Nos encontramos en Manhattan, y charlamos. Eso fue
todo. Suele ocurrir que un retrato no guste a quien es allí descrito”.
Cualquiera.
Ese día, a la mañana,
rompí el silencio mediático autoimpuesto -temía caer en el mismo divismo
monacal que el Indio- y salí por radio. Escuchando el audio, una hora después,
además de detestar el timbre de mi voz, concluí que hubiese sido mejor seguir
haciendo silencio. A nadie le importaba mucho mi mutismo por el tema, claro,
pero ahora todos, estoy seguro, lo alentaban. En tanto, la página de Facebook dedicada
a despreciarme seguía sumando adeptos y comments con una fruición sólo
reservada a la que los hinchas de River tienen por Schiavi o tenían por el
mellizo Guillermo. Traidor, genuflexo, basura existencial o directamente puto
del orto eran los apelativos más usados. Esa tarde recibí otro mail de
Casciari: “Pablo, me parece que tenemos que colgar los audios de la
entrevista”. Yo no estaba de acuerdo. No porque no supiera que eso iba a zanjar
la discusión -a partir de entonces se demostraba que yo no había inventado y ni
siquiera editado la conversación, sino que había sido publicada tal como se
había producido- sino porque no quería darle entidad a una discusión que,
sabía, en dos días se acabaría. Claro que también lo que estaba acabándose,
según me dijo Casciari, era mi reputación. Decidí hacer mi primera intervención
en twitter: “A los militantes ricoteros que armaron una página de Facebook para
putearme: ¿no podían haber escrito bien mi apellido?” Tuve 32 retweets. Y un par de respuestas contundentes, algunas
de ellas francamente consoladoras: “Jodete pelotudo”.
Me puse a buscar el
audio y me topé con la primera dificultad: no lo encontraba. Era un archivo
digital que tenía descargado en mi PC, pero como la entrevista había sido 3
meses antes no recordaba dónde coño lo había guardado. Comencé a transpirar. Mi
superyo no paraba de meterme fichas: “Ahora sí cagaste Pablo: si no tenés el
audio ¿cómo vas a demostrar que la entrevista no fue adulterada? Es más, ¿cómo
vas a demostrar siquiera que existió? ¿Mirá si a alguien se le ocurre lanzar en
Internet que todo esto es una mentira? ¿Que vos no fuiste a Nueva York, que no
lo viste a Solari, que inventaste todo?”. Cuando estaba a punto de llamar a
Luis, mi terapeuta, en una carpeta perdida en el pozo negro de mis archivos,
encontré el audio. Pesaba 164 megas, casi tanto como la saga entera de El señor
de los anillos. Otra dificultad añadida para un analfabeto digital como yo:
¿cómo se las paso? Me explicaron. La mandé.
Colgamos el audio
entero. Casi tres horas de charla interrumpidas, en la mitad, por un episodio
fisiológico: me dieron ganas de ir al baño y, como el audio iba a ser solo de
consumo interno, no puse stop y se escucha todo. Casciari tuvo el buen tino de
dividir en dos toda la entrevista: “Antes de que Pablo tire la cadena” y
“Después de que Pablo tiró la cadena”. En la página de Orsai y en twitter, como
no podía ser de otra manera, fui el
hazmerreir de un montón de tipos a los que la burla les sale más fácil que la sonrisa
(Como dice Juan José Millás, “Al ser humano no le basta con ser feliz. Para que
su dicha sea completa es preciso que los demás sean desgraciados”). Fue en ese
momento cuando se produjo mi segunda aparición en twitter: “Es lo último que
diré y luego me retiraré a la montaña: al baño fui a pegarme un polaco”.
Cataratas de insultos volvieron a desatarse sobre mí. El humor –en especial el
de mala calidad, es cierto- y el sinsentido no son apreciados por cierta gente,
sobre todo cuando se trata de temas tan delicados como este. Me había metido
con dios, y con dios no se jode.
Ese día a la noche,
mientras cenaba con mi exnovia –una chica bella y sensible que se apiadó de mi linchamiento
mediático-, recibí un SMS de Fero, un amigo, con solo tres letras: “TVR”. Era obvio
que estaba saliendo en el programa. Nos habíamos tomado una botella de
cabernet, así que mucho no me importó, pero mientras charlaba, cada tanto se me
cruzaban flashes como rayos: me deben estar liquidando, pensaba. Van a mezclar
las cosas, van a decir que como trabajo en Clarín soy un hijo de Satán, que soy
un embustero. Empezaron a llegarme más mensajes. Era amigos que estaban viendo
mi foto en televisión, que me escuchaban.
Al día siguiente me
despertó un llamado. Otra vez era la tía Guillerma, de San Isidro. Estaba
inquieta por dos motivos: no le había llegado La Nación (hubo paro de
canillitas y ella no sabía) y su sobrino nieto, o sea yo, había aparecido en la
tele. “Nene, te felicito, yo sabía que te iba a ir bien”, me dijo. “Ahora… Pusieron
una foto tuya con anteojos. Decime, ¿no podías habértelos sacado cuando te
filmaban?”.
A la final... ¿es un sibarita o no el chabón?
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