martes, 30 de octubre de 2012

La ilustradora de Harry Potter no vuela, pero corre maratones


Es marzo de 1994 y una anciana viaja en un tren que une Nueva York con Providence. Una chica argentina se sube y observa el vagón: solo queda un asiento libre, al lado de la abuela. La joven es ilustradora y vive en Estados Unidos, pero su visa está a punto de vencer y teme volver: sospecha que yéndose su pequeña porción de sueño americano puede desmantelarse. La chica, que lleva sus dibujos con ella, se sienta. No bien lo hace, comienza a sentir una necesidad urgente de entablar un diálogo con la mujer.
Es un sentimiento inexplicable, un mandato metafísico.
¿Por qué será?, se pregunta. ¿Por qué esta señora, por qué este tren, por qué ahora? ¿Será que esa señora que la ignora por completo, que mira por la ventanilla, hundida en alguna habitación de su galaxia, guarda una respuesta que la tranquilice? La chica le pregunta: –Discúlpeme, ¿le interesa ver mis dibujos? –No particularmente.
Hay un silencio que a Dolores Avendaño (Buenos Aires, 1968) le parece eterno, y que se corta cuando, sin demasiado énfasis, la anciana agrega: “Bueno, si te hace bien, mostrame”.
Se inicia entonces una conversación de 3 horas. Cuando termina, la vida de Dolores cambia para siempre. La mujer se llama Anna Grun y 50 años antes se había subido a otro tren: uno que iba a Auschwitz, del que se tiró andando y escapó con su hermana, de quien debió separarse. Tiempo después, todavía en guerra, se empleó en una fábrica cuyo propietario se llamaba Oskar Schindler. Anna fue uno de los más de 800 judíos que sobrevivieron al Holocausto gracias al empresario. En la lista aparece con el apellido de soltera.
Anna se casó, se fue a vivir a América, consiguió un trabajo. Le cuenta todo eso a Dolores: le cuenta que tiene hijos, nietos, una familia. Están en la estación, el viaje terminó, la charla sigue. Dolores, perpleja, duda: “¿Cómo le digo, con semejante historia detrás, que mi miedo es regresar a mi país? Pero se lo pregunta. Anna la mira fijo: son ojos que han visto pasar la Historia por delante. “No te preocupes, las cosas van a suceder, sólo animate”.
“Mi problema es que soy muy soñadora”, dice Dolores. Entonces Anna se pone seria por primera vez y responde seca: “Nunca dejes de soñar”.
Cualquier destino, decía Borges, por largo y complicado que sea, consta en realidad de un solo momento: el momento en el que un hombre sabe para siempre quién es. Para Dolores ese momento fue esa tarde de Providence de 1994. “Ese encuentro me marcó para siempre. Anna fue muy importante para mí”, dice Dolores delante de algunos de sus cuadros que se exhiben en Espacio Norton.
Dolores había ido a estudiar a la Rhode Island School of Design, un prestigioso instituto de arte. La carrera dura cuatro años pero ella la hizo en dos y medio. A los tres meses de llegar, dos profesores le sugirieron que abandonara, le dijeron que no tenía el talento necesario. Ella se quedó: tenía un sueño.
Se encerró a crear, a pintar de blanco su destino.
Aquella experiencia en la escuela fue transformadora. Más que a dibujar, le enseñaron a buscar su propia voz. Dolores la encontró.
Cuando terminó la facultad, con un año y medio de visa por delante, con la chance de seguir sumergida en ese ambiente inspirador, se enfocó en encontrar trabajo. Rastrilló contactos, agendas, batalló contra la desconfianza. Quería vivir de dibujar ahí, en la meca. Una ex profesora le deslizó un dato: una editorial de Manhattan buscaba ilustradora para un libro infantil. Se tomó un tren, caminó por la 5° Avenida y subió a un rascacielo. La tomaron: estaba en la cima del mundo.
Un año y medio después fue el encuentro con Anna. Se dejó llevar, o sea, regresó a su país. Tenía ya los contactos hechos y, uno de ellos, le comentó que Emecé estaba entrevistando dibujantes para un trabajo. Se trataba de ilustrar el viaje de dos hombres por América a caballo. Lo hizo. Al tiempo, esa misma editorial le encargó unos dibujos sobre un mago.
“Es un libro perfecto para mí”, pensó. Era Harry Potter. Fue su Mona Lisa. Desde entonces, es la ilustradora oficial de la saga.
Orillaba los 30 y, para entonces, comenzó a rumiar otra obsesión: correr. “Es ahora o nunca”, pensó. Y se largó a hacerlo.
Correr puede ser escapar, pero también perseguir: dependerá si atrás hay un dolor o adelante un sueño. En el caso de ella, adelante estaba la maratón de Nueva York. Viviendo allá, siempre le pareció excitante atravesar esa experiencia. Se entrenó, se tomó el avión, la corrió. La carrera colmó sus expectativas, pero la incentivó a ir por más. Mientras seguía dibujando, mientras Harry Potter I le daba paso al II y éste al III, su entrenador le habló de una maratón que cruzaba el Sahara.
Desde los tiempos en que leía El Principito, fantaseaba con recorrer horizontes abismales, esos lugares a los que no llega el progreso –no es necesario- y el hombre queda solo ante Dios.
Se anotó. Fueron 243 kilómetros en 7 días, a temperaturas que trepaban los 50°. Una amiga le dijo: “Hacete amiga del desierto, no corras contra él, sino con él”. Eso hizo y terminó 14° entre 70 mujeres. Es la única argentina que la corrió.
Tras aquella prueba, y mientras Harry Potter se convertía en un fenómeno de masas, Dolores se inscribió en otra maratón, la del Himalaya, al norte de India y cerca de Nepal, una aventura colosal a 4 mil metros, oscilando por pliegues ancestrales y llevando al extremo la capacidad de resistencia humana. Dolores la ganó: corrió 100 millas durante 5 días por las estribaciones de ese monstruo de roca. Ganar la impulsó a seguir y entonces se anotó en otra competencia extrema: los 100 kilómetros de Mongolia, al norte de ese país, donde la naturaleza dialoga con la creación, lejos del mundo, cerca de algún siglo. En carrera, tuvo momentos de zozobra y casi abandona, pero de solo imaginarlo (el rescate lo hace un mongol a caballo) juntó fuerzas para seguir. La carrera duraba un solo día, desde el amanecer hasta el atardecer sobre un parque nacional. También la ganó.
“Correr me complementa, en un trabajo tan solitario como el mío, correr me acerca a la gente”.
Ahora, en Buenos Aires, enfatiza lo que dice abriendo bien los ojos y levantando las cejas: destila un entusiasmo compulsivo.
¿Qué cosas te inspiran? Anna, la señora del tren, fue una gran inspiración para mí. También mi madre. Recuerdo que en nuestras vacaciones en el Sur, cuando las copas de los árboles se movían y hacían ruido, nos decía que era un hada que estaba abriendo una ventana.

miércoles, 24 de octubre de 2012

Fiesta Orsai

Este viernes el bar Orsai, que a partir de este mes pasó a ser administrado culturalmente por el dueño de este blog, cumple 1 año y lo festeja a lo grande: con una fiesta. Es a partir de las 23 en Humberto Primo 471. Para anotarse hacer click acá: http://editorialorsai.com/
Con música de DJ Gabo, bailaremos hasta quedar exhaustos y que las reservas de alcohol queden agotadas. Nos vemos.



martes, 23 de octubre de 2012

El gran simulador

Nacido en Texas, Lance Armstrong era un héroe nacional. Superó un cáncer de testículo con metástasis en el cerebro, ganó 7 Tour de France (el mundial de los ciclistas) y, entre otras cosas, se casó con la cantante Sheryl Crow, conformando una par
eja digna de sueño americano. Todos los querían. Gracias a sus hazañas, Armstrong se hizo millonario y comenzó a ser considerado el mejor ciclista de la historia.
Bueno, engañó a todos. Es un embustero que tomó falopa para mejorar el rendimiento. Le acaban de quitar todos sus premios. Sin que se le cayera un anillo, un tribunal de su país sentó en el banquillo a este héroe de vida ejemplar. Fue juzgado y condenado, en un fallo que pone de manifiesto la hipocresía de ciertos deportes de alto rendimiento y que, seguramente, antes de ser dictaminado debió sortear un enorme número de obstáculos y un gigantesco poder de lobby, teniendo en cuenta que detrás de Armstrong estaban algunos gigantes económicos mundiales como Nike y la industria farmaceútica.
A veces, cuando a un deportista local le detectan una droga social, solemos tener una mirada impiadosa, inmisericorde sobre él, cuando en realidad estamos frente a alguien con problemas no resueltos. En el caso de Armstrong es todo lo contrario: es un tremendo chanta que, amparado en el establishment, quiso engañar a todos. El rey quedó desnudo. 

lunes, 8 de octubre de 2012

El representante de Dios


Hace unos cuatro años, entrevisté a Guillermo Cóppola para la revista C. Por momentos, la nota se convirtió en un experimento delirante. En el segundo encuentro, fuimos a comer y él cayó con cinco amigos. La cuenta tenía que pagarla yo y ellos empezaron a escabiar como cosacos. Mientras yo sacaba cuentas mentales y escuchaba confesiones y frases increíbles, apareció un ángel de la guarda para salvarme el pellejo y hacer todavía más apasionante el relato.
Perdí el rastro de la nota, porque en su momento no fue subida a Internet y porque no conservé ningún ejemplar de la revista. Ahora pude recuperarla. 



Guillermo Cóppola, ex representante de Maradona

“A Diego lo extraño, cómo no”

A los 60 años, va a ser padre de su cuarta hija, todas con mujeres distintas. Dice que nunca estuvo con una chica de más de 40 años y que le dolió que el flamante DT de la selección dudara de él. Sus negocios en Dubai y el rincón del amor propio en la cárcel.


Caiga quien caiga, lunes, horario central, sección "CQ test".
–Guillote, a una ex novia, ¿se le hace un service cada tanto?
–Depende del año... Si ya no paga patente no.

La cita con Guillermo Cóppola es en el gimnasio del Paseo Alcorta, 11 de la mañana de un jueves. Cuando llegamos, está sentado debajo de su pelo de siempre: aros de algodón que acompañan la sonrisa de costumbre. Habla por celular con un amigo, a quien invita a su cumpleaños número 60 que celebrará a los pocos días. “Algo tranquilo, por el tema de las bolsas, 110 personas en la Parolaccia, venite, no me falles, quiero que estés", le dice. Alrededor de él hay electricidad: el lugar es una romería, polo muscular del establishment en la era K.
La elite argentina cultiva su físico con el mismo cuidado con el que teje sus relaciones sociales. Y en este lugar, en el que se exalta el fetichismo y la vista, Guillote cumple un rol medular. No está claro cuál es exactamente, pero podríamos definirlo como el capitán simpatía, el ingeniero psíquico de la estructura emocional del lugar. "Me lo dice la gente: cuando yo no estoy, esto no es lo mismo". Cóppola saluda a todos. Los conoce, le gusta saber qué hacen, quiénes son, dónde viven. Todos allí tienen las necesidades de la opulencia básica satisfechas, pero pareciera que sus corazones necesitan un poco de alegría. ¿Y quién sino Guillote para alegrar a ese círculo? Cóppola, está claro, sabe dónde moverse.
"Mirá, mirá: ese es abogado, vas a ver que cuando pasa por al lado de ese rubio que está ahí que es empresario ni se miran... Es que tienen cuestiones pendientes...". En efecto, cuando el hombre de ley pasa por al lado lo hace mandando un mensaje por su blackberry.
"Hola, ¿cómo estás? ¿Bien?" Ahora la sonrisa de Guillote es la de un guasón blanco. Saluda a Jazmín de Gracia, una de las tantas modelitos que enriquecen su talento en este lugar. Jazmín se va y Guillote cambia el objetivo de su mira: pelo castaño, 39, separada. "Qué bien que estás, sos la más linda del gimnasio". Se va. "Nunca hay que dejar de tirar…", nos dice. Es John Wayne con rayo láser.
"Siempre fui así. Y Corina, mi mujer, me conoce y me acepta", comenta. Corina tiene 36 y está embarazada de una nena que nacerá en enero. Cóppola ya tiene tres hijas: "No sé hacer otra cosa", se ríe. Natalia, la más grande, se casó con un amigo suyo
y vive en Miami; Bárbara, de 21, hija de Yuyito González; y Camila, la menor, que fue reconocida por Cóppola tras un ADN. "Soy así, mentiría si dijera que no voy a seguir seduciendo".
–¿Cómo hacías en la cárcel?
–Fueron momentos duros. Mirá, te cuento una...
Entonces el hombre de las mil mujeres, el ex representante de Maradona, el depredador sexual que se ufana de nunca haberse acostado con una chica de más de 40, comienza un relato que bien podría formar parte de una antología definitiva del onanismo carcelario.
"Resulta que en la cárcel había un poronga que era el único –¡el único!– más obsesivo de la limpieza que yo. Era un morocho alto y grandote que tenía, solo para él, un sector del baño. Lo mantenía impecable y todo decorado con pósters de chicas, todas chicas del ambiente, ¿no? Como yo soy muy limpio también, el tipo, a cambio de dos tarjetas telefónicas, me prestaba todos los días su rincón un rato para mí solo.
–Era un lugar con mucho amor propio, ¿no?
–Claro (risas). Bueno, la cuestión es que yo ahí me quedaba un tiempito ¿no?... Amor propio, ja, ja, está bueno. Bueno, la cuestión es que me prestaba quince minutos el lugar y yo iba. Un día miraba un póster, otro día apuntaba a otro. Después, eso
sí, dejaba todo impecable.
–La higiene ante todo.
–Por supuesto. Bueno, ¿qué hice cuando salí de la cárcel?
–¿Seguiste yendo al rinconcito ese?
–No, boludo. Busqué una por una a todas las de los pósters y me las fui bajando. Un loco…
–¿En serio? Como Kill Bill, pero del sexo.
–Claro.

El atorrantismo, la noche, la gira eterna con el Diego, la sonrisa, el eco de la merca retumbando, los bucles de algodón: Cóppola avanza por la vida convertido en mitología. Podría decirse que con él sucede lo mismo que con Chiche Gelblung o con el Bambino Veira: personajes polémicos pero simpáticos, que completan pocos casilleros del formulario de la ética (Veira, por razones obvias, es la máxima expresión de ese olvido), pero que el pos–menemismo ha convertido en casi ídolos. Un tipo de personajes con poco octanaje moral, que no poseen un saber trascendental, pero que encarnan, en algún sentido, un estereotipo social de la época. "No sabés lo que me pasa... voy caminando por la calle y los chicos se paran y me abrazan. Me gritan 'capo'. Es tremendo... yo no lo puedo entender. Me dicen que tengo cuatro mil entradas por día en el Google, es increíble".
Cóppola no termina de entender las razones que construyeron su leyenda. No ha tenido, qué duda cabe, una vida sosegada: no hay forma de tenerla si durante más de 20 años se vive al lado del personaje más famoso del mundo. Cada día era una aventura en la montaña rusa, en un palacio dionisíaco, en la cima del planeta.
Pero la fiesta se suspendió de golpe. La noche le pasó un par de facturas. Reality show, Viale, Samantha, Diego retirado, caravana, Diego desbocado, todos desbocados.
A los sultanes del ritmo se les acabó la joda. De pasear por Montecarlo en un convertible a Dolores, preso. Un estilo de vida se desmoronaba. Los días en la cárcel fueron los más aciagos para el representante. Y las secuelas todavía se hacen sentir. "De vivir en 300 metros cuadrados pasé a 60", grafica. Y así con todo. Perdió
autos, amigos, plata, prestigio, poder. "Tuve Lamborghini, Rolls Royce, Ferraris... hoy, no tengo nada". Cóppola se mueve en taxi, dice que es mejor, que así no tiene problemas para tomarse una copa de más cuando sale a la noche. Igual, lo más doloroso dice que no fueron las pérdidas materiales. "Lo peor, lo que más me molestó fue perder el tiempo". El reloj no corre cuando alguien está encerrado. La vida se transforma en una trampa kafkiana.
Cóppola recuerda que después de un tiempo consiguió que le asignaran una habitación para él solo. Todos los días la limpiaba con obsesión de orfebre y la dejaba impecable, como si fuera a recibir visitas. Lo hacía mientras escuchaba música: eran dos horas en las que su mente se escurría por entre las rejas. Cada día también, entraba Frazia, el zumbo que lo controlaba, gigante como el jefe policial de El Expreso de Medianoche, con las botas llenas de barro y le manchaba a propósito el piso. Lo hacía siempre, como si fuera parte de una broma macabra, inapelable. Cóppola no decía nada y volvía a limpiar su pieza. Lo hizo hasta el último día que estuvo allí. Un día, sin razón aparente, a Cóppola lo engomaron, que en la jerga carcelaria significa que lo encerraron sin dejarlo salir ni a mirar las estrellas. En la celda no tenía baño, y el guiso de la cena comenzó a hacer su trabajo intestinal. Cóppola golpeaba la puerta, pedía ir al baño, pero Frazia no le abría. "No tuve más remedio que garcar en una
bolsa y dormir con eso al lado toda la noche". Al día siguiente, Cóppola se levantó, limpió todo, tiró la bolsa y enceró su pieza como todos los días. Cuando Frazia entró y manchó con barro el piso, Cóppola se le tiró al cuello. La pelea duró menos de un round: en un pestañeo, Frazia lo aplastó como a un insecto. Pasaron los días y nadie dijo nada. Hasta que lo trasladaron a Caseros. Antes de dejar Dolores, Frazia lo llamó para hablarle.
"¿No te das cuenta, otario –dijo, acentuando la "ta"–, que cada vez que te ensuciaba el piso lo que lograba era que durante dos horas, las dos horas que vos volvías a limpiar, te fueras con tu mente de este lugar?” Frazia, el vigilante existencial, le dio una lección inolvidable. Al tiempo, Cóppola, ya en libertad, regresó al lugar acompañado por María Fernanda Callejón y le hizo un regalo.
Pero la cárcel también es un castigo metafísico. En el enrosque mental en el que se puede caer tras un drama como ese, Cóppola comenzó a pensar que estaba pagando por algún pecado. "Me preguntaba: '¿Por qué me pasa esto? ¿Por algo de mi vida anterior? ¿Porque había tocado a la mujer equivocada?' No entendía. Pero lo superé por suerte. La prensa que me había condenado luego se resarció. Se armó el primer reality show de la televisión... Mauro Viale se fue a vivir a Le Parc, con eso te digo todo".
–¿Sufriste más ahí o cuando te peleaste con Diego y él puso en duda tu honestidad?
–La duda de Diego fue algo fuerte. Interiormente lo sentí. Me dolió. Pero tengo toda la tranquilidad interior. Hoy por hoy, cada uno está haciendo su vida. Lo veo bárbaro, lo veo en peso. Tiene una capacidad para revertir las situaciones increíbles. Extrañar, extraño, cómo no. Lo que más me preocupaba era la diferencia que él creía que existía; eso se solucionó. No cometí ninguna equivocación mayúscula.

Seductor serial
La charla, de repente, se interrumpe. Cóppola deja de prestar atención, como si hubiese ingresado un fax en su cerebro. La comunicación se corta. El representante desvía la mirada y la clava en un objetivo móvil: dos botas negras y un jean inolvidable que avanzan.
Tac, tac, tac: las botas le dan contundencia a las mujeres. Está entrando a un local de cama solar en el Paseo Alcorta. Cóppola la había divisado cuando ella bajó de su cuatro
por cuatro y la fue siguiendo con la mirada: sus ojos eran el teleobjetivo de un rifle. La dama (la presa) avanza y Guillote (el cazador) la desnuda con la mirada. "Ahí vengo", dice y sale disparado, el cuello adelantado, las fauces preparadas. Irrumpe en el solarium. Se presenta ante la dama, que sonríe y asiente, halagada por la locuacidad de Guillermo, campeón mundial del chamuyo porteño. Durante el diálogo, Cóppola la mira con una sonrisa estampada en la cara, con los ojos jugueteando por sus labios y la imaginación recorriendo el escote. Esos minutos que anteceden al zarpazo, ese instante en el que la presa comienza a enredarse en la telaraña de la seducción coppoliana y en el que él se da cuenta de que ya es suya, de que una mancha más está por pintarse en su lomo de tigre, es un momento apasionante: la celebración del ego del macho, el orgasmo que antecede al orgasmo. Cóppola es el rey de la selva, su pelo se eriza más, el pecho le explota de narcisismo.
"¿En qué estábamos?", pregunta Cóppola cuando vuelve.
–¿Qué pasó con la mujer?
–No, nada, cuatro–dos.
–¿...?
–Cuatro–dos, cuarenta y dos... yo nunca más de 40... ¡Amor propio! ¡Amor propio! Me gustó esa, la voy a usar.
Excitado, Cóppola grita esas dos palabras disfrutando de su alarido. Cuando las enuncia, lo hace con rapidez: un latiguillo convertido en latigazo. Hay silencio. Más silencio. Y de repente:
"¡Amor propio! ¡Amor propio!"
La gente lo mira. Nos reímos, un poco por la vergüenza, otro poco por las reminiscencias onanistas de su referencia. Por suerte suena el celular. Cóppola se pone a ajustar los detalles de su viaje a los Emiratos Árabes. Tiene grandes proyectos en ese territorio, virgen en varios sentidos. Más que vender, Cóppola quiere traer el dinero del petróleo. Tiene ideas megalómanas, como construir un estadio ("Los tipos le hicieron la cancha al Arsenal en Londres") o remodelar el Luna Park. "Dubai es el máximo desarrollo del mundo. Mirá que yo viajé y nada me sorprende, pero lo que pasa ahí es tremendo. Hay hoteles nueve estrellas".
Ahora el celular le suena, pero por un asunto más festivo: su cumpleaños 60. "Algo tranquilo –repite–. 110 personas, nada más. A fin de año, cuando la cosa se calme, la hacemos más grande". En el universo coppoliano la comida es un elemento omnisciente. "Nunca fui de mesas chicas, siempre fui de mesas grandes", explica, deslizando los motivos por los cuales para alguien como él un festejo íntimo de un cumpleaños es como la fiesta de egresados de alguien normal. La razón de esa capacidad desbordante para trabar amistad con la gente se palpa en el espacio, en su carisma demoledor. "Seduzco tanto a hombres como a mujeres. Tengo un arte, soy un encantador en el buen sentido. A mis amigos les gusta estar conmigo. Te pongo en clima. Integro, integro, me encanta… lo aprendí en Europa, en Nápoles. Respeto mucho a la gente. Nunca una mujer te va a hablar mal de mí. Yo, además, sigo haciendo las cosas que a las mujeres les gustan. A cualquier mujer le gusta que le abras la puerta del auto o que le prendas el faso. Tenga 18 años o 40.
–Pero en algún momento hiciste ostentación...
–Yo estuve al lado del más grande y tal vez me confundí un poco. En algún momento pensé en el reloj, en la mina, en el auto... ¡Era un pelotudo! Eso de estar impecable para llegar en enero a la playa para mostrarte... ¡Mostrar qué!... ¡Mostrá la pija!.... ¡Amor propio! ¡Amor propio!
–Bueno, estamos en un gimnasio, venís a cuidarte acá.
–Sí, pero hay una fantasía conmigo, con la noche, con la droga, y la verdad es que yo siempre me cuidé, siempre jugué al fútbol. Además, al gimnasio tengo que venir porque hace un mes y medio tuve una arritmia. Pierna derecha inmóvil. Brazo derecho
inmóvil. Un susto, nada más.
–¿Quiénes se borraron durante la cárcel?
–Varios, pero te voy a nombrar a dos que sí estuvieron: Bianchi y Basile. Y también mis socios de ahora.
–¿Sos amigo de Basile?
–Cóomo.
A continuación, Cóppola disca el celular de Basile. Llama pero no contesta. No eran días fáciles para el entrenador: estaba a punto de ser deglutido por el monstruoso peso de la selección y de ser reemplazado, paradojas de este mundo, por el gran 10.
Cóppola le deja un mensaje a Basile a velocidad fast forward:
"Hola Coquito acá Guillote, quería ver cómo estabas, cómo andaba todo, la familia, los asuntos, todo eso, acordate de que te espero el sábado en la Parolaccia, algo tranquilo, los íntimos, no me falles, te quiero mucho".

El gran Gatsby
Al día siguiente quedamos en almorzar en la Recoleta. La consigna era "Invita C, pero no lleves al plantel entero de Vélez". A partir de ahora, la charla, la nota y hasta el lenguaje cambian por completo.
Todo lo que pasa de aquí en más es estrictamente cierto. Cóppola llega. "Hola querido, en un rato vienen un par de amigos, ¿no hay problema, ¿no?" "No, todo bien". Seguimos la nota. A los 10 minutos llega Carlos Randazzo, delantero de Boca en los años 80, ex presidiario. "Carlitos, un grande". Cóppola empieza a hablar de Carlitos como si Carlitos no estuviera. "Un loco, un loco, un tipo con códigos, un gran jugador. Se comió un año en Caseros por algo que no cometió. Y no delató a nadie, eh... muy respetado". A los 15 minutos llegan tres amigos más, tres personajes con la misma sonrisa fácil de Guillermo, claro que sin su ángel (o diablo), aunque también elegantes y lenguaraces. "Pidamos", dice Cóppola, mientras le sonaba el celular marca Ferrari de cinco mil euros. El ringtone es el sonido del motor del F1. "Igual al que tiene Raúl, el del Real", informa. "Pero es feo, parece una armónica", le dicen. A los 15 minutos estaban todos comiendo como búfalos, lanzados sobre sus platos, intensos, encendidos. A cada uno le sonaba el celular cada cinco minutos. Cóppola comenzó a hablar de nuevo de su cumpleaños.
No sabemos muy bien cómo, pero en un momento nos vimos todos hablando de la dotación varonil de Guillote. Sí, de eso. Se hablaba con seriedad, con tono doctoral. "No, no, momento, hay cuatro fotos mías: una con el Diego, otra en Nápoles, otra de cuando me operé –sí, se me achicó– y otra en Punta del Este". Uno de los tres amigos
–el más grande, un aire a Tony Soprano– era el que había traído a colación el tema. "Estuve en una cena con amigos y se habló mucho de tu pija, Guillermo –dijo, mientras intentaba pinchar con su tenedor un pedazo de pulpo a la parrilla–. Ellos decían que la tenías chica". La situación era desopilante, pero Cóppola contestaba como si estuviera hablando con el cardiólogo. "No, no, se me achicó, es cierto, pero siempre la tuve bien. ‘Ta bien, no como la de Carlitos, es cierto, pero igual siempre estuve bien". Carlitos es Randazzo, que escuchaba sin pestañear y asentía, como si en lugar de hablar de su anatomía se estuviera hablando de su auto.
"Carlitos, cuando estuviste en la cárcel, ¿te quisieron empomar?", preguntó uno de los socios. "No –contestó serio–, nadie se hizo el vivo conmigo". "¡Qué grande Carlitos! Un loco... un loco... ¡Amor propio! ¡Amor propio! Les conté a ellos lo del amor propio... pidamos otro vino, paga C". A Cóppola le hervía la sangre. Se movía como un sonajero. Estaba feliz con la reunión. Este cronista, en cambio, transpiraba. La cuenta, seguramente, superaba una buena parte de su sueldo. 
En ese momento, llegó al restaurante un hombre corpulento, algo molesto, bien vestido. Cruzó miradas con este cronista y saludó. Saludó también a Cóppola. "¿Quién es?", preguntó Guillote. 
El cronista cree recordarlo y se le acerca. "¿Sos Capi, no? "Sí, querido, ¿cómo andás?" 
Capi es Capi Innocentini, 60 años, mítico lobista porteño, socio de políticos importantes, amigo del representante Gustavo Mascardi, un personaje que ya vio todo, que ya no se conmueve con nada. El coronel Kurtz de Apocalypse Now
“¿Querés venir a la mesa?" Capi acepta y viene con su botella de Rutini de $200 y se sienta. Nos sirve a todos y empieza a hablar. "Yo era el dueño de todo el mediocampo de Boca en el año 84", le dice a Randazzo. Randazzo lo miró en silencio, como un lagarto. No dijo nada. Capi siguió. Pasó el tiempo, pasó el postre, llegó el Baron B, luego el café, después la cuenta. La de Capi era de $300. La de C, $680. Cóppola hablaba por celular, los amigos también. Este cronista metió su mano en el bolsillo con la parsimonia de un caracol. En dos segundos, Capi abrió su billetera. "Dame todo", dijo y tiró once gambas ($1.100) arriba de la mesa. "Me deben un almuerzo", soltó, antes de levantarse e irse por Posadas.
Lleno de cabernet y de alivio, este cronista también se despidió. La ciudad comenzaba a tragarse al sol. Al llegar a la calle Corrientes, el cronista se metió en una librería de usados. Por 10 pesos consiguió un ejemplar de El gran Gatsby. 

domingo, 7 de octubre de 2012

Aracnofobia

En los últimos días, con una homogeneidad que asusta, toda la crítica especializada, integrada por gente que conozco, respeto y valoro, elogió la película "La araña vampiro" de Gabriel Medina. Tal unanimidad me produjo, después de verla, una sensación de inquietante confusión, casi de malestar, porque la película me parece francamente muy pobre, desde su guión hasta su concepción estética. Se la puede poblar de metáforas y metamensajes, pero lo que me quedó flotando cuando me fui de la sala fue una sensación de vacío y defraudación que no tenía con el cine desde hacía bastante.
Lo curioso es que el film ganó el premio a mejor película argentina en el último BAFICI, lo cual no hace más que potenciar mi confusión. Al cine fui con un grupo de amigos y a todos nos desalentó por igual. No así a la gente de la sala (sábado a la noche, Abasto, lleno total), que no acompañó -y condenó, de manera lógica- algunas de las reprobaciones que, instintivamente, lanzamos al aire como corolario de algún diálogo imposible o de alguna resolución que se caía a pedazos de obvia. Estaba claro que les gustaba.
¿Qué se puede decir cuando toda la "inteliguensia" del cine -esos tipos que leemos desde hace mucho- se ponen de acuerdo en bendecir una obra que nos parece deplorable? Que la próxima vez seguiremos nuestros impulsos y escaparemos de allí después del primer diálogo (que no son muchos, claro).

viernes, 5 de octubre de 2012

Nunca sería presidente


Nunca sería Presidente porque no me da el piné.
Pero supongamos que sí, supongamos que puedo: tampoco lo sería.
No sería presidente porque no podría tener a todo el mundo contento, y eso dañaría mi ánimo, o tal vez mi ego.
No sería presidente porque mis amigos –si es que a esa altura los conservo- me ayudarían al principio, pero después huirían espantados.
No sería presidente porque lentamente se iría formando alrededor mío un corrillo de alcahuetes que me dirían todo el tiempo que mi gestión es la mejor del mundo.
No sería presidente porque, pasado el tiempo, tendría tan nublada la autocrítica que cualquier desavenencia la tomaría como un insulto.
No sería presidente porque todos los días de mi vida debería rendir cuenta de lo que no hice y no de lo que sí conseguí.  
No sería presidente porque para tolerar ese desgaste me convencería de que ellos son los equivocados. Y eso es el principio del fin.
No sería presidente porque soy adicto a los diarios, y para ser presidente hay que leer a Sarmiento.  Y a Roosvelt. Y a los clásicos. Y a los labios de los pobres. Y no mucho más.
No sería presidente porque soy más sensible de lo recomendable para bancar la injusticia de un país con gente muy rica y pobres, pobrísimos.
No sería presidente porque me desesperaría darme cuenta de que para conseguir el cambio van a pasar tres, o tal vez más, generaciones.
No sería presidente porque odio mentir. Y ocultar. Y el poder lleva el engaño en sus dobladillos.
No sería presidente porque no quiero que mi alma se atrofie por una absurda ambición de eternidad. 

martes, 2 de octubre de 2012

Yo fui famoso una semana


Algo pasó si un día cualquiera te levantás a la misma hora de siempre y abrís tu casilla de mail y hay 51 correos sin leer,  te metés en Facebook y 12 personas que no conocés te piden amistad y en twitter tenés 125 seguidores nuevos. Algo pasó, pensás, mientras calentás el café, leés los diarios y, cuando suena el celular, Abel, un amigo, por mensaje de texto asegura: “¿Viste lo que dijo el Indio? Un boludo…”
“Uh”, decís para dentro y ya te imaginás lo que viene.
Lo que viene es que tu nombre aparece en todos los diarios, en todos los sitios de Internet de Noticias, en las radios, en los blogs. Lo que viene es que te escriba gente que hace mucho que no ves o hablás, y te saluda con misericordia, apiadándose de vos. Lo que viene es que te llame una tía lejana, un amigo que vive en Miami y el del puesto de revistas que le llevaba el diario a tu viejo para preguntarte: “La gente me pide la revista, pero a mí no me llegó ninguna, ¿me la mandás?”.
En mayo de este año entrevisté al Indio Solari para la revista Orsai en Nueva York. Cuando llegué, tanto él como su manager me informaron que sería la última entrevista que daría a un medio gráfico en su vida. El reportaje fue largo, a temario abierto. El Indio, que me atendió tirado en la cama de un hotel 5 estrellas, se soltó, contó mucho.  Habló de Nueva York, de sus gustos, de sus tragos. Se mostró como es: un artista enorme que, simultáneamente, también es un hedonista consumado. Me fui sabiendo que tenía una gran nota entre manos.  La nota salió en los primeros días de agosto.
Ese jueves, la tía Guillerma me despertó a las 10. “Nene, acaban de nombrarte en la radio. Dicen que inventaste la entrevista con Solari”. “Ya te llamo”, le dije y le corté. En mis interacciones de twitter tenía más de 36 mensajes o menciones. Uno de ellos era lacónico y lo firmaba el grupo militante para-ricotero “Pasión redonda”. “Tomá, todo un palo”, y me dejaban un link en el que podía leerse el comunicado de Solari. Decía: “Una vez más el reordenamiento de mis dichos a través de la edición y la descripción de mi personalidad como la de un sibarita por la sola voluntad del entrevistador, hacen que no me reconozca en la entrevista que publica éste mes la revista Orsai. No siento que mi pensamiento y mis maneras al exponerlo estén representados en ella”.
Empezó a sonar mi celular. Eran números que no conocía. No atendí y el primer mensaje era de una productora de una FM conocida. Ahí me di cuenta de que me estaba convirtiendo en “el sabor del mes”. Fue entonces cuando empecé a tener la sensación, exagerada pero inapelable, de que esa mañana cada vez que se abría una canilla en la ciudad, cada vez que se cerraba la puerta de un taxi, paraba un ascensor de un edificio, se trababa el tráfico o alguien tiraba un paquete vacío en un tacho, mi apellido era lanzado al aire, por lo general acompañado de una duda o de un insulto.
Que uno de los mayores ídolos populares del país salga de su madriguera para desmerecerte en público no podía ser gratuito. Opinólogos sin talento–esos lenguaraces cuyo arte reside en leer el diario por radio y entrometerse en las alcobas de la gente- comenzaron a difamarme con la impunidad de quien no será rebatido. “Pablo, todo esto ya va a pasar”, me aseguraba por mail, con cariño, una experimentada editora de  cultura. “Pablo, estoy con vos”, me decía Marisol, una excompañera. En Twitter “Indio” era trending topping. Y yo estaba cerca de serlo. “Me deben estar nombrando hasta en misa”, pensaba, mientras mi celular se plagaba de mensajes de productores de programas de radio que querían que saliera al aire.
Al rato me escribió Hernán Casciari, el director de la revista Orsai, guionista de la obra “Más respeto que soy tu madre”. Hernán no es muy dado a los mensajes largos: “Pablo, te bancamos”. Yo estaba solo en casa, con mi gato Cassius. Lo miraba fijo y él me miraba fijo a mí. Lo hicimos un buen rato, en silencio. Fue un gesto inútil, lo sé, pero necesitaba hacer contacto visual con alguien. De a poco, comenzaron a llegarme mensajes de aliento, pero no eran tanto de apoyo por el ataque mediático, sino porque la nota había gustado. Eran saludos de gente que yo no conocía, de manera que no estaban condicionados por el compromiso que puede haber en el mensaje de un colega  o, menos aún, de un amigo.
A todo esto, alguien había escaneado la entrevista y la había colgado en Taringa. A las 2 de la tarde de ese día me parecía que todo el país estaba leyéndola. Era obvio que no ocurría, pero a mí me daba esa impresión. “Indio, ¿de qué te quejás, si en la entrevista parecés Heidegger?”, decía un tal @carpintero en twitter. “Pablo, ¿qué sentís que le hiciste la última entrevista a ese mito viviente?”, quería saber @carito95. “Pablo, me parecés un pelotudo”, decía @perfumedetempestad.
Para las 4 de la tarde había superado los 1100 seguidores en twitter. A las 6 me habían escrito 3 músicos de rock amigos (2 de ellos bastante famosos), un exjugador de fútbol, un amigo mío al que le debo plata y tres exnovias. Todos me apoyaban. Me sentía el testigo protegido de un caso de corrupción. O alguien a quien le detectaron una enfermedad. Seguía solo en casa, terminando de ver la primera temporada de Boss. Mi gato dormía. Yo lo seguí.
Después de la siesta, la pesadilla continuó. El affaire Solari siguió consolidándose. Los blogs ardían y los comments no tenían desperdicio. La puerta de un baño público tenía menos procacidad y más romanticismo que algunos de ellos. Otro foco de maoísmo ricotero llevó su lucha armada a Facebook: armaron una página con un título poético, casi tan críptico como las letras del Indio: “Pablo Perantuonno, periodista de mierda”. Todo en mayúscula. No hay nada más desagradable que las mayúsculas. A esa altura recibí el primer llamado del laburo (soy editor del diario Clarín). Pensé que era algún jefe que se conmovía por la situación. Que se solidarizaba. Pensé que tal vez estaban molestos porque una nota mía había rebotado en todos lados pero la nota, paradójicamente, no había salido en el diario, que es el que me paga (o pagaba) el sueldo cada mes. Pero no. Me llamaban para recoger mis declaraciones porque querían hacer un pequeño artículo con la disputa. ¡Me llamaba un compañero, que se sienta a 15 metros mío, para hacerme un reportaje! ¡A mi casa! Y yo, diciéndole, “Hola Edu, cómo va. No, boludo, no quiero hablar (yo mismo me escuchaba y no podía creerlo). Posta.” Pero sabía que lo estaba cagando. Y que tampoco podía forzar tanto la situación. Le mandé un mail con una frase contemporizadora. Al día siguiente, en la sección Telones y Pantallas de Espectáculos de Clarín salió una foto del Indio con un textual, y una foto mía con otro textual. “Simplemente describí lo que vi y nada de eso me pareció inoportuno ni mucho menos vergonzante. Nos encontramos en Manhattan, y charlamos. Eso fue todo. Suele ocurrir que un retrato no guste a quien es allí descrito”. Cualquiera.
Ese día, a la mañana, rompí el silencio mediático autoimpuesto -temía caer en el mismo divismo monacal que el Indio- y salí por radio. Escuchando el audio, una hora después, además de detestar el timbre de mi voz, concluí que hubiese sido mejor seguir haciendo silencio. A nadie le importaba mucho mi mutismo por el tema, claro, pero ahora todos, estoy seguro, lo alentaban. En tanto, la página de Facebook dedicada a despreciarme seguía sumando adeptos y comments con una fruición sólo reservada a la que los hinchas de River tienen por Schiavi o tenían por el mellizo Guillermo. Traidor, genuflexo, basura existencial o directamente puto del orto eran los apelativos más usados. Esa tarde recibí otro mail de Casciari: “Pablo, me parece que tenemos que colgar los audios de la entrevista”. Yo no estaba de acuerdo. No porque no supiera que eso iba a zanjar la discusión -a partir de entonces se demostraba que yo no había inventado y ni siquiera editado la conversación, sino que había sido publicada tal como se había producido- sino porque no quería darle entidad a una discusión que, sabía, en dos días se acabaría. Claro que también lo que estaba acabándose, según me dijo Casciari, era mi reputación. Decidí hacer mi primera intervención en twitter: “A los militantes ricoteros que armaron una página de Facebook para putearme: ¿no podían haber escrito bien mi apellido?” Tuve 32 retweets.  Y un par de respuestas contundentes, algunas de ellas francamente consoladoras: “Jodete pelotudo”.
Me puse a buscar el audio y me topé con la primera dificultad: no lo encontraba. Era un archivo digital que tenía descargado en mi PC, pero como la entrevista había sido 3 meses antes no recordaba dónde coño lo había guardado. Comencé a transpirar. Mi superyo no paraba de meterme fichas: “Ahora sí cagaste Pablo: si no tenés el audio ¿cómo vas a demostrar que la entrevista no fue adulterada? Es más, ¿cómo vas a demostrar siquiera que existió? ¿Mirá si a alguien se le ocurre lanzar en Internet que todo esto es una mentira? ¿Que vos no fuiste a Nueva York, que no lo viste a Solari, que inventaste todo?”. Cuando estaba a punto de llamar a Luis, mi terapeuta, en una carpeta perdida en el pozo negro de mis archivos, encontré el audio. Pesaba 164 megas, casi tanto como la saga entera de El señor de los anillos. Otra dificultad añadida para un analfabeto digital como yo: ¿cómo se las paso? Me explicaron. La mandé.
Colgamos el audio entero. Casi tres horas de charla interrumpidas, en la mitad, por un episodio fisiológico: me dieron ganas de ir al baño y, como el audio iba a ser solo de consumo interno, no puse stop y se escucha todo. Casciari tuvo el buen tino de dividir en dos toda la entrevista: “Antes de que Pablo tire la cadena” y “Después de que Pablo tiró la cadena”. En la página de Orsai y en twitter, como no podía ser de otra manera,  fui el hazmerreir de un montón de tipos a los que la burla les sale más fácil que la sonrisa (Como dice Juan José Millás, “Al ser humano no le basta con ser feliz. Para que su dicha sea completa es preciso que los demás sean desgraciados”). Fue en ese momento cuando se produjo mi segunda aparición en twitter: “Es lo último que diré y luego me retiraré a la montaña: al baño fui a pegarme un polaco”. Cataratas de insultos volvieron a desatarse sobre mí. El humor –en especial el de mala calidad, es cierto- y el sinsentido no son apreciados por cierta gente, sobre todo cuando se trata de temas tan delicados como este. Me había metido con dios, y con dios no se jode.
Ese día a la noche, mientras cenaba con mi exnovia –una chica bella y sensible que se apiadó de mi linchamiento mediático-, recibí un SMS de Fero, un amigo, con solo tres letras: “TVR”. Era obvio que estaba saliendo en el programa. Nos habíamos tomado una botella de cabernet, así que mucho no me importó, pero mientras charlaba, cada tanto se me cruzaban flashes como rayos: me deben estar liquidando, pensaba. Van a mezclar las cosas, van a decir que como trabajo en Clarín soy un hijo de Satán, que soy un embustero. Empezaron a llegarme más mensajes. Era amigos que estaban viendo mi foto en televisión, que me escuchaban.  
Al día siguiente me despertó un llamado. Otra vez era la tía Guillerma, de San Isidro. Estaba inquieta por dos motivos: no le había llegado La Nación (hubo paro de canillitas y ella no sabía) y su sobrino nieto, o sea yo, había aparecido en la tele. “Nene, te felicito, yo sabía que te iba a ir bien”, me dijo. “Ahora… Pusieron una foto tuya con anteojos. Decime, ¿no podías habértelos sacado cuando te filmaban?”.



No tan distintos (homenaje a mis amigos)


No sé bien cuándo la idea dejó de ser deseo y se convirtió en plan, pero supongo que la quinta vez que todos -los cinco amigos- dijimos, convencidos y sin vino de por medio, que sí, que nos íbamos a Miami a festejar el cumple de Gio, el avión, sin saberlo, nos puso en lista de espera, el cielo nos hizo un guiño y las esposas de todos sintieron un pinchazo seco en el cuello. ¡Ay! 
Un viaje de egresados a los 40 a Miami: un cross a la mandíbula de la rutina matrimonial y un vendaval de fantasías, desproporcionadas y algo procaces, emanando sin esfuerzo de nuestras aburguesadas cabezas. Los cinco -Chopper, Tato, Morán, Cola y yo- viajábamos a la playa en junio, de caravana, a buscar la gloria perdida, a repetir Bariloche '88 y repatriar la adolescencia.
Gio, el inefable Gio, fotógrafo, self made man, un cruce entre Isidoro Cañones y el gerente de ventas de una multinacional, organizaba un cumpleaños dionisíaco en la capital de latinoamérica. Un DJ con un set list ochentoso (“Los temas que pasaban en Rainbow”), una barra de alcohol de la que se enorgullecería Don Draper, 200 invitados incluidos Gloria y Emilio Estefan (A Gio le fue bien en Miami), un detalle algo bizarro (“Va a haber un Maradona, con la 10 en la espalda, haciendo jueguito en un costado”) y unas entrañas asándose como si La Florida fuera San Justo. No podía fallar.
Como de todas las tragedias del hombre, la única de la que no se salva nadie, decía Tolstoi, es la de la alcoba, cada uno arrancó el operativo clamor en su casa bien temprano. Para algunos fue sencillo. Cola le dijo que era el viaje o separarse. Hoy sigue casado. Chopper le prometió que, si regresaba, la llevaría a España a visitar el pueblo de su padre. Nunca más volvió a salir del país. Tato la tuvo difícil. Su mujer no quería y él se dejó crecer la barba en señal de protesta. Cuando estaba a punto de parecerse a Tom Hanks en Naúfrago, su esposa dio el brazo a torcer. Morán fue el más complicado. Deslizó la idea mientras comía, con la boca ocupada, balbuceando algo informe que, encima, no venía a cuento de nada: “¿Viste que en el trabajo me dan un bonus con el aguinaldo? Bueno, pensaba que podía irme a Miami con los chicos”. Su mujer estaba de espaldas, sosteniendo una fuente con fideos. Se le cayó al piso. No sé cómo hizo, pero vino. ¿Yo? Me había separado hacía unas semanas. Tampoco tengo hijos y siempre soy, tal vez por esa condición, o por cierta melancolía sin resolver que me atraviesa, el que más alienta las salidas en grupo. También suponía -iluso- que el viaje podía rescatarme del default emocional. Cuando volví redoblé las sesiones de terapia.
El viaje estaba en marcha, pero algo pasó en el medio.
El primer signo de que algo estaba roto fueron las cenizas. Cinco días antes del gran viaje, un viaje que a medida que se acercaba comenzaba a adquirir ribetes mitológicos, un ignoto y perdido volcán del sur chileno comenzó a escupir ceniza por primera vez en 51 años. Fue el 4 de junio de 2011: cómo olvidar ese sábado fatídico. Tengo la teoría de que al menos dos mujeres de mis amigos se reunieron una tarde y, de tanta fuerza mental que emplearon para evitar el viaje, consiguieron que las placas tectónicas de la Tierra se movieran. Ezeiza quedó fuera de funcionamiento.
El cumpleaños era el sábado siguiente y teníamos pasaje para el jueves a la noche. Pero todos los vuelos se fueron suspendiendo. “Estamos meados por el perro de La Historia sin fin”, me dijo por e-mail Gio, el cumpleañero, abatido por nuestra posible ausencia.
El cumpleaños se hizo. Sobraron mollejas y chorizos, Maradona hizo jueguito 10 minutos y después se embriagó, Gloria Estefan mandó saludos y nosotros nos quedamos viendo películas viejas en Buenos Aires. Esa noche, antes de despedirnos, dijimos de ir igual. En el primer vuelo habilitado nos subiríamos. Así lo hicimos.
Llegamos a Miami, un enclave fatal acolchado con siliconas, hedonismo y martinis. Esa misma noche salimos en busca del placer perdido. Estábamos ansiosos. Apenado porque no habíamos podido asistir a su banquete, Gio nos tenía preparado algo especial. Comimos en un restaurante cerca del Downtown cuyo dueño era un colombiano de ropa brillosa y sonrisa sostenida. El lugar era una romería atestada de ritmos latinos y gestos vanidosos. Contamos anécdotas y nos entregamos al placer gastronómico con la desesperación de una manada de búfalos. Arrancamos la cena brindando por nuestra amistad y nuestra historia y terminamos, como no podía ser de otra manera, brindando por asuntos pueriles o gente desconocida, como el mozo (se parecía a Riquelme) o el dueño colombiano (se parecía al Gordo Valor). Como corolario de semejante bacanal, con Gio les propusimos a todos tomar una pastillita celeste (algo de eso habíamos hablado en Buenos Aires). Tenía un mono dibujado en ambas caras. “Media cada uno. Pasa rápido y no sabés después cómo te levanta”. Hubo algunas miradas inciertas, pero duraron poco. Truc: adentro.  
Salimos y nos fuimos a un bar-boliche en South Beach, sobre la avenida Washington. Era un bar que había perdido la batalla contra el glamour. Sonaba una música electrónica clase B que no lograba atemperar la excitación colectiva. Algo estaba pasando, porque cuando me quise dar cuenta estaba bailando. Bailaba como el orto, claro, pero no podía dejar de hacerlo. Lo miré a Tato, estaba igual, con una sonrisa en la cara grande como una luna, feliz como hacía mucho no lo veía. Ya no nos importaba la decadencia del lugar. Lo miré a Chopper: también se reía. Cola y Morán permanecían quietos. Sentado sobre una tarima, Gio, en cambio, estaba derrumbado. Apenas podía levantar la cabeza, no conseguía hablar y sus ojos eran los de un perro asustado. Con Tato seguimos bailando, con una sensación de libertad inédita. Recuerdo que Morán me vino a decir algo. Y que enseguida Cola hizo lo mismo. Me decían algo de Gio. Al rato me di cuenta de que todos estaban sentados. Algo no andaba bien.
Intenté acercarme a ellos pero no pude. No me salió. Alguien estaba haciendo zapping con mis sentidos. Me quedé atrapado en una telaraña alucinógena de cuerpos y de sonrisas palpitantes. La música, ahora, me parecía la mejor del mundo. El lugar me resultaba hermoso. Cuando lo logré llevar a la práctica, me acerqué a mis amigos. No los encontré, se habían ido.
Cuando salí, la calle me pegó una trompada. Se había frenado la velocidad de la vida. “Los chicos se sienten mal, quisieron salir porque se estaban ahogando”, me dijo Tato. Gio, Morán y Cola no podían hablar: estaban intervenidos por una presencia anómala.
Empecé a temer por mis amigos: lo más peligroso que habían hecho en los últimos años era ir a 140 por la Panamericana. Prendidos fuego, comenzamos a caminar por South Beach. Caminamos y caminamos, dando vueltas alrededor de las mismas manzanas varias veces. Hablábamos en voz alta, pero ninguno lograba hacerse entender del todo. Eramos una pandilla alborotada que intentaba sofocar el incendio interior errando por las calles de esa ciudad sin alma. Eramos, también, una postal sin tiempo, porque lo mismo habíamos hecho infinidad de veces 15 o 20 años atrás por las calles de la zona norte, cuando nos sentíamos eternos e invencibles, cuando la adultez era una provincia lejana.
Tras un tiempo largo de caminata, imposible de cuantificar, y con la certeza de que éramos esclavos de un desvarío emocional irreductible, dejamos el auto, tomamos un taxi y nos fuimos al departamento. Ir en taxi fue como ir en ambulancia. El depto quedaba en un piso 19 y tenía un balcón enorme que daba a una bahía. Después de pasar un rato largo en el hall del edificio –tomarnos el ascensor era como escalar el Everest-, subimos y nos instalamos en el balcón. Desde esa altura el paisaje era encantador, porque a la belleza desbordante del lugar se añadía el hecho de que nuestra vista no era interrumpida por nada. Nada mediaba entre la luna, colosal y amarilla, y nosotros. A lo lejos se veían mansiones, gaviotas y veleros. Para mayor satisfacción, estaba amaneciendo: parecía que en el cielo alguien estaba pintando el techo de la capilla Sixtina. Mientras Morán se iba a bañar, con Chopper y Tato nos quedamos mirando cómo bajaban los aviones (uno por minuto), imaginando quiénes o de qué país serían sus tripulantes. A veces sentía que el balcón se balanceaba para abajo, pero no decía nada. No los quería asustar. Debimos estar dos horas así, sentados en la misma posición, suspendidos en un estadío sin tiempo. Hacía unos 20 grados y corría un viento caribeño que nos contagiaba optimismo. Transitábamos un estado de bienestar general permanente, mechado con raptos de desasosiego, un malestar parecido a la gripe.
En el balcón, con el murmullo terapéutico del mar como fondo, se dieron entre nosotros algunos diálogos antológicos, de esos que el hombre tiene cuando, gracias a alguna sustancia, el superyó se va a dormir antes que el cuerpo.
Yo: -Tato, te quiero amigo… Cuando no te veo te extraño.
Tato (mirando la nada y tocándose los flotadores de su cintura): - Cuando vuelvo a Buenos Aires dejo el cigarrillo y empiezo el gimnasio.
Chopper: - Me parece que mi psicóloga me tira onda. Está más buena que un feriado puente.
Morán terminó de bañarse y, cuando salió, se puso a preparar mate. A los cinco minutos abandonó la pava y se volvió a pegar otra ducha. Gio, recuperado, se preparó unos tallarines. Con Chopper y Tato seguíamos contando aviones. Cola se miraba en un espejo y, mientras escrutaba sus ojos a dos centímetros del vidrio, repetía: “Tengo que amigarme con mi autoestima”.
Pasó otra hora. El estado de suspensión temporal continuaba, como si estuviéramos atrapados en un limbo pegajoso que, de no ser porque sabíamos que era transitorio, nos habría llevado a la locura. De pronto me sorprendí a mí mismo acariciándome los brazos. Los miré a Gio y a Cola y estaban haciendo lo mismo.
Nadie podía concentrarse demasiado en nada. Nuestras mentes vagaban por los pasillos del inconsciente, aunque tampoco podíamos verbalizar lo que allí veíamos o escuchábamos. Mirando el vacío que se abría delante nuestro -19 pisos-, Tato rompió el silencio con una frase nietzcheana : “¿Sabían que uno no le tiene miedo a la altura, sino a sentirse atraído a tirarse?”.
Se hizo un silencio de nuevo.
La frase quedó flotando. Después supe que la sacó de una película, pero en ese momento y en ese lugar, con la ola de sensibilidad lisérgica que nos envolvía, me pareció de una profundidad formidable. Era existencialismo puro. Hablaba del temor a sentirse atraído pero no solo por el vacío, sino por todo aquello que pone en estado de pregunta la normalidad: el deseo, el amor nuevo, las rupturas, la paternidad, los abandonos, lo prohibido. Todo aquello que nos coloca en riesgo y nos saca de lo establecido. No sé por qué, pero me recordó al final de la película Blade Runner, cuando el replicante le dice a Harrison Ford: “Es toda una experiencia vivir con miedo, ¿no? En eso consiste ser esclavo”. 
Cuando tenía 18 siempre me preguntaba por el destino de cada uno de nosotros en 20 o 25 años. Me generaba una clase de curiosidad inquietante. Intuía que nuestra amistad se relativizaría, que sería difícil sostener el nivel de intensidad de entonces, cuando formábamos una hermandad inquebrantable que serpenteaba por las noches de la ciudad en busca de experiencias transformadoras. Me intrigaba saber con quién nos casaríamos, cuáles serían nuestras pasiones y profesiones, quién se separaría primero, quién tendría una vida heroica, quién sucumbiría ante algún fracaso, cómo serían nuestros hijos. Más importante, quién tendría el coraje de traer uno a este mundo. Y entre todos esos temores, entre esa enorme cantidad de deberes y obligaciones, de abdicaciones y debilidades, me preguntaba también dónde irían a parar nuestra amistad y nuestros sueños.
Mirándolos a todos en esa mañana sin tiempo, mientras Morán se bañaba de nuevo, Chopper y Tato contaban aviones, Gio se reía y Cola buscaba videos en YouTube, yo descubrí que aquello que nos unía seguía siendo tan fuerte como lo era entonces. Sólo que ahora había menos preguntas. Sólo que ahora, al menos de parte de ellos, había mucho menos miedos.