viernes, 31 de octubre de 2014

“Yo hago música porque tengo hambre”

Adrián Dárgelos



Colocando sus botas doradas en los escalones de hierro amurados a una pared ajada, Adrián Dárgelos, 45 años, cantante de Babasónicos (11 discos editados), estrella de rock, escritor de canciones, insospechado y magnético objeto de adoración de miles de adolescentes y no tanto, trepa su diminuta humanidad al techo del edificio en el que estamos. Dárgelos, que completa su vestuario con unos pantalones blancos ajustados, una remera lila, gafas y una barba grisácea que parece emboscar su rostro hasta borronearlo, lo hace con determinación y cierta osadía: las elevaciones no parecen amedrentarlo. Quiere hacerse unas fotos allí arriba. Las alturas, o los vacíos, son espacios conocidos para él, no porque pertenezca a un grupo encumbrado, que lo es, sino porque, según cree, el éxito de su banda está sustentado en el morboso placer del público por disfrutar de las caídas. Babasónicos, en la explicación de Dárgelos, era -es- un puñado de inadaptados cuya peripecia estaba destinada al colapso, pero que a último momento una maniobra salvó del desastre. Como la mayoría de sus reflexiones, la observación está humedecida por la subjetividad y la jactancia dargeliana: esa manera tan particular, compleja, aguda y abigarrada, de auscultar y diagnosticar su circunstancia.
- ¿A qué te referís concretamente con eso del gusto de la gente?
- Nosotros éramos un grupo de amigos que no servía para nada. Que no encajaba en los sistemas laborales. Y la gente elige eso: elige desastres que gritan y que están a punto de estrellarse, solo que hacen una pirueta a último momento. En mi colegio había tipos que eran más virtuosos que yo, pero la gente venía a verme a mí. La gente tiene vocación por ver el abismo, y en ese saltar, aprecia el colapso. Pero la verdad es que no puedo negar mi máxima miseria: yo hago música porque tengo hambre. Me he esforzado, entre la espada y la pared, a hacerlo.
- ¿En algún momento te dejaste ganar por el desaliento?
- El desaliento es una respiración que siempre está. No soy realmente un titán. Los titanes, o los héroes, no reparan en el temor o el desaliento.
- Hay una definición de héroe que da Roberto Gómez Bolaño que es muy interesante. Dice que el heroísmo no consiste en carecer de miedo, sino en superarlo. El héroe se muere de miedo, pero consciente de eso, se enfrenta al problema y casi siempre pierde. Por eso, dice, Superman no es un héroe, porque no tiene miedo.
- Bolaño entendió todo, por eso pudo escribir. Entendió que en la cultura moderna, el héroe es quien se presenta a la batalla mañana. No el que la ganó. El que tiene miedo y sin embargo se presenta. Fue derrotado horrendamente, pero al presentarse igual, el relato de la necedad es lo que lo convierte en héroe. En mi caso, siento que vine hasta aquí para enmendar mis errores. Componer discos nuevos es encarnar personajes nuevos que le den a la realidad con un hacha. Eso me encanta.
- Te encanta pero también te cuesta...
- Claro. Soy ése que se sienta ahí y le da cara al fracaso permanente, le pone el cuerpo al fracaso. Pero no me amedrenta la frustración. Me río de mí mismo. Obvio, me agota, siento el tedio y me duele, porque escribir no viene de la felicidad. Tampoco viene de una infancia tortuosa, sino de una incomprensión estructural y garrafal del mundo, algo que te dice que no vas a poder congeniar con el mundo así le pongas todo tu empeño.
- Visto así, no hay nada más alejado a esa imagen romántica y teñida de gloria del músico de rock...
- Yo escribo desde la incomodidad. Y siento que me dictan eso que escribo. Por eso puedo decir cualquier cosa. Por eso mis canciones se contradicen. Yo en el escenario materialicé una forma única de interpretación. Porque en 25 años nadie me dijo que me parecía a alguien. En un porcentaje mínimo me han dicho que me parezco a gente increíble (como Jagger o Morrison), que obviamente no me creo. De manera que si no me dijeron masivamente que me parezco a alguien, debo haber creado una forma de performance propia. ¿En qué se basa? En hacer todo lo que me da vergüenza.
- Que consiste en...
- Yo soy una persona tímida. Además, siempre me esquivo. No me miro. Nunca vi un video mío. Y sin embargo, canto: “Soy hermoso”. Eso es lo peor... ¡Pero nadie lo cantó! Sí, hay uno que canta “You're beautiful”, (James Blunt), pero es un lindo que le dice “lindo” a otro lindo. Yo no. Yo no soy lindo y digo “soy hermoso”.
- Un caradura...
- Estoy diciendo una barbaridad porque me creo tal cosa. He encontrado que la escritura es buen lugar para decir cualquier cosa.
- Tuviste buenos secuaces...
- Sí, encontré un grupo humano de calidad y, más que nada, de mucha competitividad intelectual, que no quiere decir que sea un grupo inteligente, sino que ninguno se queda en el crecimiento. Porque la inquietud es todo. Hasta de la pavada, como es Internet: un mundo donde todo se consigue. Yo tenía inquietud cuando no había forma de resolverlo. No material o de información, sino de posibilidades de vida o de resquicios de cómo estaba formada mi mente y podía resolver los embistes de la imposición cultural, porque yo no me como esa de que el mundo es como me lo dijeron. Entiendo que quieren que más o menos sea así, pero no me lo creo.
- ¿Cuánto tiempo le dedicás a la lectura?
- Leo un montón por día, entre tres y cuatro horas. La verdad es que más no puedo, y no conozco a nadie que pueda leer más que eso. Solo leo ficción. La mayoría de la literatura no me gusta, pero la que me gusta, me fascina. Yo leo a aquellos que encontraron para qué es la literatura, aquellos que manipulan el tiempo del otro, los que desestructuran la mente del otro, los que hacen un mundo dentro de tu cerebro que no existe en otro lado y van sorprendiendo a tu manera de pensar. Lo genial es que uno dice “Ah, pero yo no pensaba esto antes”. Esa clase de manipulación a distancia del cerebro de otro, eso es la literatura.
- Hay una frase en “El guardián en el centeno” (JD Salinger) en el que el protagonista dice que los libros que le gustan son esos que cuando uno los termina piensa: “Ojalá fuera amigo del autor para poder llamarlo por teléfono”.
- Es buena la frase, pero yo prefiero la obra y no la persona. Porque puede pasar que el tipo no tenga un buen ser social. La música también es una fantasía, pero lo interesante de la vida no es la vida de la gente, sino la obra. A veces la gente me pregunta: “¿Te pasa lo que decís en las letras?” Si me pasase todo lo que dicen las letras tendría multiplicidad de personalidades. Yo te hago creer que me pasa. Por eso creo que a la literatura nunca le tenés que poner la cara. La literatura flota en el anonimato. Algunos escritores ponen la cara porque necesitan recopilar el prestigio de lo que han hecho, que es el punto más bajo de la miserabilidad humana. No solo los escritores, sino cualquiera, en general. Los escritores encima buscan prestigio en un sistema que ya no existe, porque la sociedad ya no admira a nadie, y menos admira al genio que con un poquito de luz prefigura entre las sombras un camino. Ni siquiera es recompensado con el prestigio que eso emana. La literatura ya no le importa a nadie.
- Es un oficio dantesco: se hace sufriendo y no le importa a nadie....
- Y sí. El compositor escribe en soledad, silencio y displacer total.
- La recompensa es posterior. Algo así como “Odio escribir, amo haber escrito”.
- Sí. Cuando escribo, lo único que me permito es un vaso de agua. No me doy nada, ni siquiera un porro. Hubo alguien que dijo que a veces escribir canciones es todos los días ir a la cueva del dragón para ver si sale. Y no sale casi nunca. Hasta que un día sale, y lo ves, y ves esa maravilla, pero para eso estuviste que estar sentado ahí todos los días. Si vos estas mirando para otro lado lo perdés. Yo me siento miles de horas. Tengo un ejercicio tan grande de escribir que solo el 20 por ciento me resulta útil. Pero no me duele la resignación del 80 por ciento del tiempo. Yo voy a ir ahí, y seguramente me frustre, porque no voy a poder plasmar lo que me configuro previamente. Pero para mí todo está dentro de la imaginación. Después sí, tenés un filtro de depuración muy grande. Son miles de horas hombre.
- Otra vez el rock como la consagración de un malentendido: no es pura inspiración y purpurina.
- Los rockeros tenemos que trabajar, que cagar, que sacar la basura. La inspiración te encuentra trabajando. Hay segundos de genialidad, pero es una microoración que no tiene sentido. Esa microoración te lleva días y días de 8 horas por día para terminarla. Sí, hay pequeños raptos de ideas, y supongo que todo el mundo los tiene, solo que los que escribimos estamos más atentos. Quizás algunos escriben en la máxima de las felicidades, pero para mí siempre lo hacés rodeado de frustración. Yo en un momento lo detestaba.
- También está la autoexigencia...
- La exigencia bloquea, es cierto. El tercer disco (Dopádromo) me costó muchísimo. A gatas escribí esas letras. No podía escribir en ningún lado. Yo no puedo escribir mirando la televisión, por ejemplo. Creo que nadie puede.
- Hablando de la televisión. Son pocas las veces que vas y seguramente no son pocas las veces que te invitan...
- Nunca fue a Mirtha Legrand, por ejemplo, y me han invitado a todos los programas que te puedas imaginar. Pero no fui a ninguno. Voy a los canales de música porque tienen que ver con lo que hago. Yo amo que la música conlleve un discurso. Y a veces voy a esos canales a defender lo que hago, sobre todo porque Babasónicos cree que cada disco es un perfil de discusión distinto. En principio no considero que la vida de nadie sea interesante para ser expuesta, porque nadie es un descubridor de mundos insospechados. Ninguna vida esta sostenida por epifanías permanentes.
- Pero convengamos que hoy la aspiración social pasa por ahí, por ser interpretado, o sea, mirado y analizado. Lo digo en referencia al auge de las redes sociales.
- Puede ser. Quizás fueron muchos años de exposición, a modo de panacea cultural, al supuesto éxito de la vida en los medios, y apenas se abrió la posibilidad de un “hágalo usted mismo”, como si fuera una gran distopía, apareció eso. Tantos años de forjación de un deseo a partir de la massmedia determinó que tras la mínima grieta sucediera. A la mayoría de la gente no le da pudor ser interpretado. Yo no tengo ni Facebook ni Twitter. Hay como 50 apócrifos, pero no los miro: ni siquiera sé como llegar a leer a mis farsantes.
- Hablamos ya del desaliento. Hablemos ahora de cómo es querer dedicarse a escribir canciones siendo un adolescente que vive en un hogar de clase trabajadora con un padre que seguramente no consideraba viable esa vocación.
- En primer lugar en mi casa me decían: “Che, mirá que lo que hacés vos -escribir cuentitos- lo hacen todos los chicos, eh”. Me decían eso para desalentarme y para que responda al patrón de incorporación a la clase media: ser médico, ser abogado, etc. Tuve el mismo patrón educativo que el resto, sin embargo no lo seguí, lo que me llevó a preguntarme: ¿por qué uno escribe y otro no? Además, me resultaba raro, porque no hay escuela de composición, ni siquiera tahúres que te puedan decir cómo es. Yo recién a los 20 años me crucé con otro tipo que escribía canciones. Para mí escribir es jugar a que podés. Hasta que después vas refinando y puliendo. Y el mismo oficio se eleva a la poción de arte cuando atravesás la vicisitud. Después tenés que traer algo que decir, o traer una visión sesgada de la realidad o un perfil desde donde vos puedas tener una voz única.
- Eso de “tener algo que decir” incluye, se supone, aquella frase que dice que “la música no tiene mensaje ni moral”, algo así como una contradicción hecho estrofa...
- No es que no tiene mensaje, sino que algunos no se entienden. Era una crítica hacia la música de los 90 cuando se decía que solo había que hacer música de barrio, lo que para mí no era más que marketing de la rebeldía, porque en realidad no hacían nada rebelde: tenían una multinacional atrás, y de lo que hacían, esos grupos se llevaban apenas un porcentaje mínimo. ¿Cuál era la rebeldía ahí?
- Donde sí marcás una diferencia es en el escenario: ahí sí interpretás un personaje.
- La canción está sostenida por la representación. El que está arriba del escenario por más que actúe de no ser querido, está buscando un reconocimiento, sino, no lo hace. Desde el Indio (Solari) hasta yo, que no saludo. Cada uno tiene su estilo. Todo es pop, porque es cultura popular, sino, ni grabás un disco. Lo divertido de la canción es que se escribe para ser representada, y al ser representada lleva un punto de actuación. Ahí uno tiene que encontrar momentos únicos, que estén en vos, que desplieguen luz, que estén más jugados que tu pequeña persona, miserable y vulnerable en medio de la multitud. Miserable porque nadie es un superhéroe. En esa posesión uno pueda sentir vergüenza y sin embargo decirlo. Ser algo que no es y sostenerlo con la mirada. Eso puede parecer actuación. Y creo que el que canta está más expuesto que el que actúa.
- ¿La actuación no te atrae tampoco?
- No me gusta trabajar en algo que no domino. Me han ofrecido, por ejemplo, hacer columnas en diarios. (El escritor) Quique Fogwill me decía que él me las corregía. Quique fue un amigo, y con su familia mantengo una relación. De hecho, mi hijo va al colegio con su nieto.
- ¿Y por qué no te animaste a escribir en un medio?
- Es que no leo diarios y no sabría cómo hacerlo. Yo leo literatura dura, aburrida. Yo no sé nada, no soy un intelectual. Me han ofrecido en muchas universidades dar conferencias. Universidades de distintas partes del mundo, incluso. Y hasta me pagan por ir. Pero no acepto porque no me gusta hablar con autoridad de nada. De lo único que hablo con autoridad es de la imaginación, que es de todos y de la que puede hablar cualquiera. Yo te digo cómo es la imaginación, pero tengo la misma autoridad que cualquiera para describirla.
- ¿Cómo te imaginás dentro de un año?

- Enfrentándome a la bestia desconocida del silencio, que es volver a hacer un disco.

martes, 30 de septiembre de 2014

Estoy hablando de mi generación

Hay discos hermosos, discos imperdibles y discos que te cambian la vida. Eso debí pensar una tarde de mayo de 1987, cuando Nani, un amigo que por entonces hacía la colimba, me pasó a buscar con su jeep blanco y su campera de cuero marrón a lo Top Gun. No teníamos un plan preciso: la idea era perdernos por las calles y atemperar, juntos, la amenaza de un domingo de otoño. Me trepé al auto y ni bien me acomodé empecé a escuchar una música nueva que había traído Jorge, otro amigo que hoy vive en España. Lo primero que percibí fue un rasgueo de cuerdas delicioso y una voz, agónica y sensual, que me hechizaron de inmediato. Eran la guitarra de Johnny Marr y la garganta de Steven Patrick Morrissey; el disco, el inigualable The Queen is Dead, tercero de la carrera de The Smiths. Yo tenía 16 años y manejaba cierta información musical, pero esto era distinto a todo. Una sensación desconocida me atravesó el cuerpo. Aun sin entender bien de qué se trataba, creí, al igual que miles de adolescentes del planeta, que ese tipo, del que no tenía idea de nada –no existía MTV–, me hablaba a mí. Fue como si alguien hubiese podido atrapar la melancolía del mundo para devolvérmela con una vacuna luminosa. Eso es lo que, por lo general, provocan las obras maestras: sintetizan tus emociones. Eso y que tus amigos, sin que medien muchas palabras, sin siquiera tener la capacidad –ni vos ni ellos– de precisar qué es lo que se pulsa dentro de cada uno con cada acorde, compartan un momento glorioso, cantando, a bordo de ese jeep viejo pero invencible, “And if a double decker bus, crashes into us, to die by your side is such heavenly way to die ”.
Eran tiempos de mucha efervescencia: veníamos de la llegada tardía del estallido punk. Recuerdo lo decepcionante que fue enterarme de que los Sex Pistols se habían separado seis años antes, y darme cuenta de que vivíamos en un país periférico al que la cultura internacional llegaba en grageas vencidas.
Era, también, una época extraña, la del alfonsinismo crepuscular, preembarque del exilio del '89. No se sabía bien hacia dónde nos llevaba la democracia: una generación estaba por experimentar su primera estampida económica. La alegría era solo brasileña. Charly, justamente, había sido el primero que había alumbrado con su música el post Malvinas con Yendo de la cama al living, su disco del 82. Me había fascinado, pero también sentía que todavía me quedaba grande. Solo con el tiempo pude metabolizar aquellas letras. Para un chico de 11 años escuchar “Yo no quiero esta pena en mi corazón” puede ser desconcertante: la angustia es una provincia cercana, pero aun desconocida.  
El tiempo pasó, con sus héroes momentáneos –Dire Straits, Virus, Zas, incluso The Cure–, hasta la llegada de los Smiths y de los primeros bailes en YCO, un boliche en el puerto de Olivos. Recuerdo que el DJ –nunca supe su nombre pero pasaba unos temas increíbles– antes de abrir con “C'est la Ouate”, de Caroline Loeb, ponía un reggae alucinante cantado por alguien cuya voz me parecía conocida pero no lograba descubrir. Era un momento mágico: sonaba ese ritmo aletargado, la pista se poblaba de sobretodos negros, el humo surgía de los costados y alguien cantaba “Rainnnn, fall down on me”. “¿Quien será?”, me preguntaba. “¿Un jaimaquino? ¿Un inglés?” Era Luca, poco antes de que Sumo editara After chabon. El DJ había conseguido el simple de “La gota en el ojo” y lo pasaba en un segmento de reggae inolvidable. Sumo, claro, y sobre todo After chabon, tuvieron un influjo semejante al de los Smiths en mí y mi grupo de amigos. Fue un disparador hacia otras bandas, las que habían influenciado a Prodan: The Clash, Joy Division, Peter Tosh y hasta Lou Reed. Fue mi manera también de mejorar el inglés y la certeza inapelable de que acá –más allá de los próceres Spinetta y García–, se estaba haciendo una música distinta.
Eso lo ratifiqué al año siguiente, cuando fui a ver a los Redondos por primera vez. Debutaban en Obras y presentaban Bang bang… Estás liquidado! El que quedó liquidado fui yo, luego de escuchar una versión incendiaria de “Todo un palo”, una de las canciones con las que Solari nos cautivó con su alquimia inexplicable de misterio, paranoia y soledad.
Arrancaba el menemismo y su oferta, casi absurda, de shows internacionales. De pronto, bandas y músicos legendarios comenzaron a bajar hasta estas playas. Todos nos pusimos camisas leñadoras para escuchar Guns N’Roses, con su hard rock desesperado, y a un par de intérpretes de un movimiento musical urgente, primo hermano del punk, el grunge. Había llegado MTV, que tal vez hoy no significa mucho, pero por aquel entonces tenía una grilla musical maravillosa, en la que restallaban sus unplugged (cómo olvidar el de Nirvana, el de Charly) y su continua rotación de eso que se llamó rock alterlatino. Los Cadillacs habían editado un discazo (El león), poco tiempo después de que Soda Stereo volviera a colonizar todas las habitaciones adolescentes de Sudamérica con “De música ligera”. Al tiempo que Cobain se volaba los sesos, Inglaterra preparaba su reacción: el brit pop nos regalaría, tres décadas después de la Beatlemanía, nuestra propia invasión inglesa. La información ya no tardaba en llegar, por eso fenómenos contemporáneos como Oasis, Blur y Radiohead explotaron aquí casi al mismo tiempo que en Europa. Temas incombustibles como “Wanderwall”, “Girls and Boys”, “Creep” y “Bittersweet Symphony” (de The Verve) se convirtieron rápidamente en himnos.
Poco a poco fuimos envejeciendo y, como tal, llegados los 30 nos volvimos más conservadores: es más difícil que lo nuevo nos sacuda en exceso. Hacía rato que veníamos haciendo arqueología musical (de Dylan a Cohen, de los Beatles o los Rolling a un larguísimo etc), y parecía que nuestro disco rígido ya estaba completo. Sí, nos gustaron Is this it? de los Strokes, Seven Nation Army de White Stripes o hasta Whatever People Say I Am... de Artic Monkeys, pero nada nos quitó el aliento. De lo que sí disfrutamos es de la accesibilidad: aquello que antaño parecía imposible y hoy se consigue a golpe de click: escuchar lo que quieras en cualquier momento. El mundo se volvió más pragmático. Ya no hay jeeps blancos con pasacasetes inolvidables y sí pendrives que albergan todas nuestras emociones.

(Aparecido en la edición de octubre de 2014 de la revista Brando)

miércoles, 26 de marzo de 2014

Darín, primera toma

(Entrevista a Ricardo Darín para la revista Brando, publicado en septiembre de 2007)

Escena uno. Ricardo hace chistes entre foto y foto. Toma el megáfono y hace el gesto de orinarlo dentro. Se lo lleva a la boca y anuncia: "El señor Iván de Pineda es un flor de guanacooo". Todos reímos. Luego remata el pequeño número con un chiste desbordante de porteñidad: "¿Sabés la diferencia entre un vampiro y un abogado? Que cuando se acaba la sangre el vampiro deja de chupar".

Bienvenidos a tres horas –o 20 mil caracteres– de la vida y la palabra de Ricardo Darín (50), el mejor actor de su generación, el hombre que caminó por la alfombra roja del Oscar y por las veredas de Cannes y que dice, asegura, te convence, que por poco le dio asco. El tipo que no estudió actuación, pero que llegó más lejos que nadie. El hombre sensible que se alarma por el deterioro casi irreversible del tejido social del país. El hombre al que, por más que parezca una frase que se le escapó a una tía gorda en un té canasta, quiere todo el mundo.

Darín acaba de terminar de filmar La señal, un proyecto que heredó del fallecido Eduardo Mignogna. Empezamos hablando de sus sueños, entonces, ahora que un film lleva su rúbrica.
Brando ¿Nos vamos al Oscar con esta película?
Darín No, ni a palos.
Brando ¿Por qué? ¿No te imaginás yendo ahí?
Darín No, ya pasé por eso.
Brando ¿Pero no fantaseás nada?
Darín No, no me mueve un pelo. No me divierte en lo más mínimo. Es lo menos. Lo que pasa es que yo tuve una experiencia de mierda. Nosotros fuimos al toque del 11 de septiembre. Fuimos con El hijo de la novia en marzo y todos tenían un tremendo nivel de paranoia encima. No sabés lo que era: no había quién te mirara a los ojos. Nadie de la organización te miraba. Eran todos gurkas esperando a ver en qué momento explotaba la bomba, y nosotros pisando la alfombra roja… Lo del Oscar está muy claro: es un mercado. No estoy negando su importancia, pero últimamente para mí no es una señal de calidad.
Brando ¿Cuáles son tus estándares de calidad?
Darín Los Festivales de Berlín y Venecia, donde me parece que están mirando otra cosa, una mirada que puede estar más enfocada a lo artístico. Salvo contadas excepciones, me parece que ahí se cocina otra cosa. En Cannes te caés de culo y te quedás shockeado porque el auto más berreta que se ve en la calle es un BMW. Y vos te preguntás: "¿Desde qué parámetro esta gente analiza las cosas para dar un premio?". De lo que te das cuenta es que todo se cocina en los cafés, que están todos de acá [Darín hace el típico gesto de un "saque" de cocaína], que están en otra. Yo veía a la gente pasar en Ferrari, en Rolls, y después iban y premiaban a Las tortugas también vuelan. ¿Y entonces? ¿Estos qué saben? ¿Habrán pasado hambre alguna vez? ¿Habrán pasado frío? Es un contraste tan guaso que te desconcierta.
Brando Sin embargo premian películas de temática social y sensible.
Darín Es que la temática los mata. Y es algo de lo que adolece el cine mundial. Entonces aparece una película como la de Lucía Puenzo (XXY) y los tipos se caen de culo. Después deben pensar: "¿Cómo no se me ocurrió a mí?". Hoy todo es un reciclaje, remakes, etcétera. Cuando aparece alguien original, con un tema potente tratado con delicadeza, los mata, que es lo que pasó.
Brando ¿Y qué lugar o festival te gusta a vos?
Darín El festival que más me gusta de todos es el de La Habana, porque lo que pasa ahí es todo lo contrario a lo que pasa en Cannes o en los Oscar, pero no lo digo por una cuestión política o ideológica, sino por una cuestión de sensibilidad humana. Es tal el ataque de locura de cine que le agarra a la gente que te volvés loco. Es el festival más grande del mundo: van 700 mil personas a ver cine. No podés no contagiarte.
Brando Pura efervescencia cinéfila.
Darín Claro, vas de una sala a otra, y la gente habla, comenta, corre de un lado a otro. Me tocó ver el estreno de El hijo de la novia en La Habana. En una escena de la película, mi personaje está con su hija en un McDonald’s a punto de comer una hamburguesa doble. En el momento en que mi personaje se lleva la comida a la boca, el plano de la película muestra entera la hamburguesa doble. En ese instante las 2.500 personas que estaban en el cine hicieron: "Guauuuuuu".
Brando Por la hamburguesa…
Darín Sí, claro. Esos son los cachetazos que te pegás en lugares así. Para nosotros había pasado desapercibido, y había 2.500 personas diciendo "qué pedazo de hamburguesa".
Brando Un choque cultural. Darín Claro, por eso digo que todo depende del lugar desde dónde mirás las cosas.
Brando Ahora que dirigiste, ¿descubriste cosas nuevas del cine?
Darín Y, por lo pronto, estoy en un lugar que nunca pisé: el de la edición y la posproducción. En cuanto a si me di cuenta de cosas nuevas, me pasó de reafirmar cosas que ya creía, como la interdependencia que hay dentro de un equipo en el cine. El cine tiene una metodología de laburo muy complicada, muy parcializada, muy episódica, donde necesitás que la gente esté atenta. No hay posibilidades de desconcentración. El sistema de trabajo es muy perverso; de golpe estás en el medio del campo a las 5 de la mañana y tenés setenta personas a cargo que están cagadas de frío, y si no están subidos a la misma balsa que vos es muy difícil que salgan bien las cosas.
Brando Sos el capitán de un barco que navega acompañado por setenta locos que tienen que creer en vos y seguirte.
Darín Exactamente. Además, yo no tenía un background que me respaldase, ya que nunca había filmado. Tenés que aprender a pedir las cosas.
Brando ¿Te sentiste presionado por tu trayectoria como actor?
Darín No, por distintos motivos. Yo había hablado mucho con Mignogna sobre esta historia. El tuvo la amabilidad de invitarme a formar parte del proyecto. O sea: me dio a leer su novela y a partir de ahí empezamos a hablar sobre una posible película. En realidad eso fue lo que me llevó a aceptar, porque si no, nunca me hubiera atrevido a meterme en un cuento de otro. Como empecé tan temprano, eso me abrió el camino y fue lo que me empujó a que, a pesar de todo, aceptase seguirlo. Además, no siento que esto sea mi ópera prima, porque ópera prima es cuando vos te mandás solo con algo que escribiste vos.
Brando ¿Qué directores con los que trabajaste te influenciaron?
Darín (Juan José) Campanella y (Fabián) Bielinsky. Por otro lado son con quienes establecí casi una relación de amistad, y ambos me invitaron a participar de la cocina del asunto.
Brando E hicieron papeles pensados para vos.
Darín Campanella sí: los tres papeles que hice para él fueron pensados especialmente para mí. Con Bielinsky, El aura fue pensado para mí. Nueve reinas, no. Iba a ser hecha por otros dos actores, que no aceptaron el papel.
Brando No fueron muy perspicaces.
Darín Bueno, te puede pasar.
Brando Nueve reinas fue un fenómeno único en España, ¿no?
Darín La tienen como película de culto. Un día estando allá me encontré con un pibe en la calle que venía de comprar seis.
Brando ¿Seis?
Darín Sí, cuando se encontró conmigo se quedó duro, porque las tenía en una bolsa. Me contó que tenía una cena con amigos y que les iba a regalar a cada uno de ellos una. Me dijo [Darín imposta el acento español]: "Me parece un regalo de puta madre".
Brando Es increíble que la gente se haya identificado con ese personaje tan nefasto, ¿no?
Darín Es una cosa muy curiosa, porque lo esperable es que todos queramos que a los cagadores les vaya mal. Sin embargo, la gente se lamentó cuando al final lo cagan. En realidad yo no tengo nada que ver con ese personaje, salvo lo que puse de mi costado callejero.
Brando Eso de algún modo es lo que te acerca a la gente.
Darín Sí, bueno, yo con la gente siento identificación. Incluso con tipos con los que yo no me identifico, con quienes, si los escarbo, me doy cuenta de que no me llevaría nada bien. Una cosa que me pasa es que a mí la gente nunca me molestó. Nunca. Aun cuando estoy apurado y voy caminando y alguien me detiene, paro. Son 25 segundos, que seguro que los tengo. Me hago cargo de lo que se genera, porque si después lo que vuelve te molesta y sos una diva que decís "ay, no", bueno, jodete.
Brando ¿A qué te referís concretamente cuando decís "callejeando"?
Darín Desde pendejo fui muy callejero. Muy callejero. Lo disfruto. Ahora lamento que la calle esté tan densa. Los chicos están encapsulados. Yo recuerdo que antes la calle era una gloria. A las 5 de la mañana era un gloria, porque hablabas con todo el mundo. Hoy los chicos y los ancianos corren peligro.
Brando ¿En esa época eras ganador?
Darín No, nunca fui galán. Galán se nace, no se hace [risas]. Me tocó mucho hacer de canchero, me tocaba el rol de galancito.
Brando ¿Y a dónde ibas a bailar?
Darín No puedo declarar. Si no tengo un abogado acá no puedo declarar [más risas]. Tampoco me gustan esos giles que dicen: "No sabés lo que levantaba". Además, siempre depende de con quién se hacen las comparaciones.

Primer alto de la charla. Darín no se siente cómodo cuando es interpelado por su pasado donjuanesco. Sabemos que lo fue, claro. Y sabemos que papeles como el que interpretaba en Mi chanta favorito (y otros de ese estilo en los años 80) conformaron la mitología del tipo advenedizo y canchero que con un guiño consigue un cheque volador, maneja un descapotable y se va acompañado por una rubia venenosa y vanidosa, sea Susana u otra. Ese Darín, que por poco cae en la caricatura, era un Darín estereotipado que, de persistir en la comodidad de ese rol, luego de ser exprimido hasta el tuétano, hubiera sido deglutido y arrojado al costado del camino por la máquina procesadora del entretenimiento. Hay ejemplos de actores de su generación que han quedado sepultados bajo el asfalto de ese camino o que han sufrido más de un tropiezo importante tras quedarse sin frenos. Darín, en algún momento, pegó un volantazo, bajó un cambio y apuntó su norte hacia otro lado. Nació el Darín actor, el que, con el paso del tiempo, se convirtió en el mejor de la escena local, ese que, aseguran, hasta despertó la admiración de Robert De Niro.

Brando ¿Qué papel creés que funcionó como un quiebre en tu carrera?
Darín Más que un papel en el cine fue un ciclo de televisión: Nosotros y los miedos, con protagónicos rotativos. Ese fue el primer papel con el que yo sentí que empezaban a tratarme de otro modo. Eran programas muy vistos, que generaban polémica. Me empecé a sentir reconocido.
Brando ¿Sos un obsesivo con la actuación?
Darín No estoy todo el día pensando en la actuación. En una época, por los 20, sí, porque como yo no tengo formación académica, no me quedaba otra que mirar y tratar de anotar; entonces estaba todo el tiempo viendo de dónde sacaba información.
Brando ¿Te condicionó eso de no tener formación académica?
Darín Es más difícil hacerte respetar, por eso creo que la educación, en el amplio sentido del término, es lo único que puede ser realmente tuyo. El resto es efímero. La educación no: es lo que te forma, es lo que no te puede robar nadie. La casa, el auto, la guita pueden desaparecer, pero la formación no. Por eso creo que el caldo de cultivo de todo lo malo que nos pasa tiene que ver con la involución de la educación. Que un pibe no respete la vida de otro pibe de su edad tiene que ver con eso, y que por un par de zapatillas le pegue dos cohetazos por la espalda no es un problema económico, es problema de la degradación que se produce a través de la falta de educación y de perspectiva, de alguien que no puede mirar para adelante. Nadie respeta la vida, no tiene valor.
Brando La educación como valor universal.
Darín En todo el sentido de la palabra, porque la degradación tiene que ver con todo. Un pibe que no ve trabajar ni a su padre, ni a su madre no mama la cultura del esfuerzo, sino que mama otra cosa, mama resentimiento. Y si encima no va al colegio, no tiene un contrapeso. Entonces tiene un horizonte negro.
Brando En ese cuadro social, qué responsabilidad tiene la televisión hoy.
Darín Muchísima, si todo es una competencia para ganarte una luca. Es la cultura de "vení y ganate una luca en quince minutos". No hay un elemento más masivo de penetración que la televisión. Es una bajada de línea permanente, que dice que lo importa es cuánto podés acortar el camino para llegar al éxito, porque de acuerdo a eso sos más vivo.
Brando Es como una cultura de competencia deportiva, donde sólo importa el ranking.
Darín Claro. No importa si ganás con un gol con la mano, importa si ganás. A lo mejor alimentado por mi falta de fanatismo, disfruto de lo bello, no del éxito. Prefiero perder jugando bien que ganar jugando mal.
Brando Estás para hacerte amigo de Bilardo…
Darín Sí, justo.
Brando Encima esos tipos se convirtieron en gurúes de la vida. Ellos y los economistas.
Darín Son gurúes. [Darín imita la voz de Bilardo.] "Esto es muy fácil, se hace así y listo." No, así estamos en el horno, porque los modelos de opinión son los equivocados. Encima ahora estamos todos absolutamente narcotizados mirando a través del ojo de la cerradura la vida de otros, con lo cual le hemos restado una inmensa cantidad de horas por semana a mirarnos a nosotros mismos.
Brando Incluso el último Gran Hermano tuvo más adherentes que los anteriores.
Darín Yo creía que se iba a reabsorber como un grano, pero cuando volvió lo hizo con más fuerza. Porque perfeccionaron el sistema.
Brando Lo hicieron más perverso.
Darín Claro, mucho más perverso. Ahora está focalizado. Ellos dicen: "Hay gente a la que no le interesa, ¿qué hacemos? Y, hagamos la de los gordos". Y van y lo hacen. Esto se parece mucho a la Alemania nazi: son procesos de experimentación con seres humanos.
Brando Igual, es un fenómeno universal.
Darín Sí, pero lo que pasa es que los socios locales conocen mejor los resortes de la sociedad en la que viven, entonces dicen: "¿A ver qué podemos poner? Y... pongamos a alguien violento, cosa de que en cualquier momento haya un quilombo y no quede nadie". Se va perfeccionando la maquinaria. Son tipos que, como no tienen un carajo que hacer en todo el día más que contar billetes, la perfeccionan.
Brando Es la industria del entretenimiento animalizando gente.
Darín El tema es: ¿qué es lo que te entretiene? Porque si vos estás haciendo zapping y te detenés un segundo en un canal donde la cámara fija enfoca a cuatro tipos que están durmiendo, bueno, si te detenés ahí, necesitás ayuda. Ojo, yo me he detenido, eh.
Brando ¿Estás yendo al psiquiatra?
Darín No, bueno, yo me habilito para hablar de esto porque no es algo que le pasa a otros. Me he descubierto preguntando: "¿Che, salió Diego de la casa?". O sea, te descubrís adentro de la telaraña, porque es tan perfecta que en algún momento te atrapa. Para donde vayas hay alguien hablando de eso, porque encima todos los programas hablan de eso.
Brando El problema no es quedarte diez segundos o diez minutos, el problema es cuando eso es lo único que llena tu día, ¿no?
Darín Y, sí... Estamos viviendo una suerte de hipnosis colectiva.
Brando ¿Hoy no volverías a la televisión, no?
Darín No, hasta que se haga una casa de Gran Hermano de famosos de verdad, no vuelvo [risas]. No... bueno, no veo el panorama.
Brando Sin embargo hubo buena ficción…
Darín No, sí, hay gente que está preocupada por hacer bien las cosas, por sentirse orgullosa de hacer algo bueno.

Personajes como los que interpreto Darín en El hijo de la novia o en Luna de Avellaneda llamaron la atención de la crítica internacional, que comenzó a ubicarlo en el olimpo de la actuación hispanoparlante. Esos personajes provocaron, además, la inmediata identificación con una parte del público, que estableció con esos sujetos de clase media –fatigados y a punto de claudicar– una corriente de identificación de índole afectiva. Los personajes de Darín eran tipos vulnerables y urgidos, a quienes la década del 90 no había tratado demasiado bien. "Nuevo costumbrismo" llamaron a ese cine. Una gran parte del ambiente lo aplaudió de pie.

Brando ¿Cuál de todos esos papeles los terminaste y dijiste: "Me salió bárbaro"?
Darín Es raro, porque me ha pasado de no sentirme del todo conforme con algún papel, pero la opinión de la gente me fue conformando una impresión más acabada. Me sentí muy bien con el personaje que hice en El hijo de la novia, me parece que me metí a hacerlo. Nueve reinas también. El aura, a full, estaba hasta el cuello.
Brando ¿La construcción de esos personajes fue placentera o traumática?
Darín Siempre es un poco traumática. Yo debo tener un método, pero no lo puedo definir. En Nueve reinas no hice ningún esfuerzo, al contrario, lo que hice ahí fue tener la rienda corta, muy corta. Lo que no quería Bielinsky era causar gracia. De hecho, a nosotros nos sorprendió mucho que la gente se riera en algunos momentos. No lo esperábamos. No queríamos que el personaje fuera querible. Fue muy curioso observar cómo construimos un personaje que era definitivamente una lacra humana –porque un tipo que entrega a su hermana es una lacra humana– y sin embargo, precisamente por mostrar sus vísceras a cara descubierta, logró, sólo por eso, una corriente de identificación con la audiencia. Es raro, es algo para que lo analice un sociólogo.
Brando A pesar de todo fue querible.
Darín Bielinsky me había dicho que no quería que el personaje tuviera una sola sonrisa en toda la película. No hice ninguna fuerza, me salió muy fácil, porque a ese personaje lo había visto un montón de veces en la calle. No subrayan nada, son como linces que están en la calle y que no te muestran nada. Me sentí cómodo.
Brando ¿El de El aura fue difícil, no?
Darín Sí, ni hablar. Imagínense que hacer un personaje que tiene un corte eléctrico cerebral sin preanuncios –de hecho el preanuncio es el aura–, o sea que cuando viene lo único que puede hacer es dejarse ir y dejarse ir, y no sabe dónde va a despertar... Fue muy complicado. Hay que convivir con eso, eh. La gran pregunta que nos hacíamos fue: este tipo, ¿qué hace cuándo le viene esto? ¿Se sienta? ¿se queda parado? Si se queda parado, se rompe el mate. Ahí empezamos la investigación. A mí lo que me ayudó un poco es que soy de presión muy baja y soy bradicárdico, o sea, tengo pocas pulsaciones, entonces cuando me bajan las pulsaciones, me baja la presión en forma abrupta, y generalmente me voltea. De hecho me desmayé muchas veces. Entonces yo trasladé eso a este personaje (me ha pasado de caerme y romperme la cabeza). Entonces ahora, cuando sé que me va a pasar, me acomodo y me dejo ir sin ponerle resistencia. A veces estoy charlando y te digo: "Me voy, eh, me voy". Y me fui nomás.

Y se va Ricardo. Tres horas después y muchos chascarrillos más tarde, el tipo se sube a su Audi, ofrece el último guiño y se hunde en el fondo de la jungla. En el aire queda flotando una imprecisa sensación de vacío, ese duelo que se produce cuando todos terminamos una pequeña aventura.


lunes, 17 de marzo de 2014

Ampliación del campo de batalla

En uno de los tantos perfiles que hizo para la revista El Hogar en la década del 30, Jorge Luis Borges describió de este modo al historiador Lytton Strachey, héroe académico de la Inglaterra victoriana. “Era alto, demacrado, casi abstracto, con el fino rostro emboscado detrás de los atentos anteojos y de la rojiza barba rabínica. Para mayor recato, era afónico.”
Aun a riesgo de que parezca un despropósito o incluso irrespetuoso, si nos atreviéramos a robar descaradamente a Borges para retratar a El Soldado (Rodolfo Luis González), podríamos decir que es alto, trigueño, muy preciso, con el fino rostro emboscado detrás de unos sempiternos rizos largos. Como único recato, es casi inaudible.
¿Por qué Borges –y ese Borges– para semblantear a un músico nacido en Mataderos hace 47 años, que fue plomo de una banda mítica, que editó tres discos pero que hace más de seis años que no saca uno?


jueves, 6 de marzo de 2014

Vuelven los talleres

Amigos, amigas, vecinos, argentinos, ciudadanos del mundo: arrancamos el taller de entrevistas y perfiles. 

Mirar, preguntar, esperar, seguir mirando, hundirse en el otro: abordar un personaje es una aventura, un viaje hacia la mente y el universo de la persona que se describe, valiéndose de herramientas provenientes de la literatura y con la convicción de que detrás de cada personaje hay una manera de mirar el mundo y una historia que conmueve.
El taller está destinado a egresados y estudiantes de periodismo y de carreras afines que deseen incorporar y profundizar en las técnicas del reportaje narrativo, o perfil, consistente en un retrato pormenorizado de un personaje.
El curso consta de doce clases grupales en las que los alumnos, luego de tomar contacto con la bibliografía perteneciente a los mayores exponentes del género (Gay Talese, Truman Capote, Joseph Mitchel, Juan Villoro, Leila Guerriero, Santiago Roncagliolo y otros autores latinoamericanos), ponen en práctica las técnicas incorporadas en el taller.

Docente: Pablo Perantuono.
Horario: martes de 11 a 13:30
Inicio: 1 de abril
Lugar: Paraguay 4519 PB "B", Palermo.
Duración: 12 clases
Costo: 500 por mes
Info: perantuonopablo@gmail.com


domingo, 9 de febrero de 2014

Tálata Rodríguez: sacudiendo a la audiencia con disparos de poesía

 Noche de verano en Barracas, áspero rincón en donde el empedrado confunde al progreso. En la calle hay peligro, olor y mosquitos pero debajo del asfalto palpita una promesa. Cincuenta personas abordan un sótano en penumbras, aguardan. Un costado se ilumina, no solo por una luz que se prende sino por una aparición que inquieta. Es Tálata Rodríguez (Bogotá, 1978), que irrumpe en escena y a golpes de poesía –su poesía- transforma los sentidos de la gente. Ocupa un lugar, luego otro, y uno más. Recita sus versos, son largos. En media hora despliega su arte. Rapea, actúa, nos hechiza, se va. Ya nada es igual. La experiencia poética adquiere otra trascendencia: no se reduce a la interacción de un lector con un soporte específico sino que se enriquece con una performance que es como un rayo sensible. Así es la poesía cuando la atraviesa su actuación: puro agite, pura seducción.
Nacida en Colombia, adonde llegaron sus padres exiliados, su peripecia vital está trufada por las despedidas, los cambios abruptos, la lejanía y un soplo dramático humedeciendo calendarios y estados de ánimo. De crecer en una ciudad violenta –Bogotá en los tiempos del narcoterrorismo- con padres revolucionarios que asumían cualquier manifestación de la vida burguesa como un signo de debilidad –“No festejábamos navidades”- a vivir en lo de un abuelo materno estricto, un hogar porteño cuyo pulso estaba marcado por el orden, la disciplina y la Iglesia. 
Esa vida de notables contrastes se acentuó en la calle, cuando una Tálata preadolescente puso un pie en el estribo de un arrabal –Parque Avellaneda, casi Mataderos- que en aquel tiempo, comienzos de los 90, le sacaba filo a sus colmillos. Enseguida llegó el punk, un secundario ominoso, un puesto en una multinacional, la carrera de letras, un ascenso, el inconformismo, un autoexilio en San Luis con la idea de escribir, algunos amores, pocos párrafos, el regreso a Buenos Aires, más lecturas, más soledad, la convicción de ser artista, la maternidad,  el hoy.  
¿Y qué es el hoy? Aquellas huellas que se maceran, se metabolizan, se convierten en literatura. Y un paso más: la certeza de que sus versos pueden llegar a la gente de otra forma, porque al tiempo que Tálata le daba forma a su libro Primera línea de fuego (Editorial Tenemos las máquinas), alumbraba la idea de llevar sus poemas al formato audiovisual. Y luego presentarlos también en vivo. Así, con solo poner su nombre en Youtube aparecen una serie de clips en los que ella actúa interviniendo lugares desacostumbrados para la literatura y para la mujer: un taller mecánico, la cancha de Boca o un subte, escenarios en los que TR despliega sus bellas postales rociadas por el dolor, el rock y la quimera del amor. “Yo ardía por la inercia de la aventura/pisaba a fondo el acelerador de la juventud./Algo chocó contra el parabrisas un chirrido quebró la noche/dimos vueltas, rebotamos, se rompió su nariz, mi inocencia./Al costado de la ruta, el milky se prendió fuego/y no había dejado de sonar AC/DC en el stereo”. (Autopista al infierno)


“Primera línea de fuego –postula Tálata sentada en un bar de Barrio Norte- tiene que ver con las memorias biográficas y colectivas. Son como mitologías. Son recuerdos articulados de forma heroica. Es como todo una obra sobre la memoria contemporánea”.
- ¿Qué buscás con esas presentaciones en vivo?
- Me interesa el libro y su forma derivada de conservación, de interpretación. Lo que busco con las presentaciones es mantener la emoción de la interpretación. Que la performance de la poesía sea vibrante. Cuando empecé a hacer los poemas en vivo me di cuenta que hay una especificidad en eso.
- ¿Cómo surge la idea de actuar?
- Fue un proceso. Tuve muchos acercamientos. Siendo pareja de Pablo Dacal, que es además el padre de mi hija, escribí letras de canciones, nos presentábamos juntos. En un momento me di cuenta, cuando perdí el soporte de la guitarra, que tenía los textos en mí. Empecé a ensayar y a tomar mis rutinas de trabajo personal. Lo primero que hice fue recitarlos. En un festival que se llama “Más poesía menos policía” pregunté cuándo podía presentarme. “Hoy”, me dijeron. Y arranqué.
- ¿Por qué elegiste lugares no tradicionales (la cancha de Boca, un taller mecánico) para representar tus poemas?
- Hay una cantidad de intereses que tiene que ver con una especie de lucha por el capitalismo simbólico, por la ocupación de espacios, la intervención visual. Me pasa de preguntarme qué pasa con los espacios que no son poéticos, como por ejemplo un taller mecánico, que siempre está asociado a la venta de lubricantes. Me interesaba correr el símbolo. La idea y producción son mías.
- Hay una vieja frase de Alberto Girri que dice que “a la poesía no se la define sino que se la reconoce”. ¿Te identificás con esa reflexión”
- Creo que, en sí, el  mundo es un lugar muy hostil, pero que hay mucha poesía muy viva. Hay una vanguardia poética que tiene que adueñarse de todo. Mi acción poética está puesta en eso: salir del libro, salir a la calle.
- En tu poesía hay una suerte de épica personal, de aventura chiquita…
- Mi forma de escribir tiene que ver con eso, con rescatar lo heroico de lo cotidiano. El mundo está lleno de belleza, pero, repito, es un lugar muy hostil. Mi poesía tiene eso, cosas que te explotan en la cara.
Así (des)escribe Tálata, en su poema “Como un rolinga” : “Tenía esa boca rolinga tatuada atrás, pero muy viva adelante/Y el H, el X, y el V se puso tan pero tan contento que le convidó un vaso de cerveza y un cigarrillo/y sacó un encendedor y una llama iluminó las miradas iluminándose/una directo a la otra y Laura, las escoltas  y yo, supimos que estábamos salvados (…) y la noche nos iluminó con su maravilloso desconcierto.”
- Los versos son como micro relatos que se desarrollan en una atmósfera alarmante. Como que algo va a suceder.
- Sí. Yo creo que mi poesía tiene que ver con la salsa, con esas narraciones largas tan típicas de la salsa en Colombia. Colombia es un país desaforado, un país que nadie va a poner en regla.  Y también en mi poesía hay un rescate de lo femenino, del detalle. Como te decía antes, en toda esta cosa de admitir un mundo caótico e imperfecto, tiene que haber mucho de la ternura con nosotros mismos. Me parece interesante mantener la inocencia, pero tenés que ser muy punk para mantener eso. O sea, errar, y que no pase nada.
- Lo interesante es fracasar mejor…
- El otro día el pediatra de mi hija me decía ‘La gente se comunica por la herida’. Es bastante molesto eso. Te sale más fácil contar algo malo. Yo quiero romper eso, y por eso me gusta el fútbol: tiene algo en contra de eso. Nos juntamos para algo que es festivo. Ni siquiera el rock tampoco tiene eso ahora.

(Publicado en diario Río Negro, 9 de enero 2014)