Hay
discos hermosos, discos imperdibles y discos que te cambian la vida.
Eso debí pensar una tarde de mayo de 1987, cuando Nani, un amigo que
por entonces hacía la colimba, me pasó a buscar con su jeep blanco
y su campera de cuero marrón a lo Top
Gun. No teníamos un plan preciso:
la idea era perdernos por las calles y atemperar, juntos, la amenaza
de un domingo de otoño. Me trepé al auto y ni bien me acomodé
empecé a escuchar una música nueva que había traído Jorge, otro
amigo que hoy vive en España. Lo primero que percibí fue un rasgueo
de cuerdas delicioso y una voz, agónica y sensual, que me hechizaron
de inmediato. Eran la guitarra de Johnny Marr y la garganta de Steven
Patrick Morrissey; el disco, el inigualable The
Queen is Dead, tercero de la carrera
de The Smiths. Yo tenía 16 años y manejaba cierta información
musical, pero esto era distinto a todo. Una sensación desconocida me
atravesó el cuerpo. Aun sin entender bien de qué se trataba, creí,
al igual que miles de adolescentes del planeta, que ese tipo, del que
no tenía idea de nada –no existía MTV–, me hablaba a mí. Fue
como si alguien hubiese podido atrapar la melancolía del mundo para
devolvérmela con una vacuna luminosa. Eso es lo que, por lo general,
provocan las obras maestras: sintetizan tus emociones. Eso y que tus
amigos, sin que medien muchas palabras, sin siquiera tener la
capacidad –ni vos ni ellos– de precisar qué es lo que se pulsa
dentro de cada uno con cada acorde, compartan un momento glorioso,
cantando, a bordo de ese jeep viejo pero invencible, “And if a
double decker bus, crashes into us, to die by your side is such
heavenly way to die ”.
Eran
tiempos de mucha efervescencia: veníamos de la llegada tardía del
estallido punk. Recuerdo lo decepcionante que fue enterarme de que
los Sex Pistols se habían separado seis años antes, y darme cuenta
de que vivíamos en un país periférico al que la cultura
internacional llegaba en grageas vencidas.
Era,
también, una época extraña, la del alfonsinismo crepuscular,
preembarque del exilio del '89. No se sabía bien hacia dónde nos
llevaba la democracia: una generación estaba por experimentar su
primera estampida económica. La alegría era solo brasileña.
Charly, justamente, había sido el primero que había alumbrado con
su música el post Malvinas con Yendo
de la cama al living, su disco del
82. Me había fascinado, pero también sentía que todavía me
quedaba grande. Solo con el tiempo pude metabolizar aquellas letras.
Para un chico de 11 años escuchar “Yo no quiero esta pena en mi
corazón” puede ser desconcertante: la angustia es una provincia
cercana, pero aun desconocida.
El
tiempo pasó, con sus héroes momentáneos –Dire Straits, Virus,
Zas, incluso The Cure–, hasta la llegada de los Smiths y de los
primeros bailes en YCO, un boliche en el puerto de Olivos. Recuerdo
que el DJ –nunca supe su nombre pero pasaba unos temas increíbles–
antes de abrir con “C'est la Ouate”, de Caroline Loeb, ponía un
reggae alucinante cantado por alguien cuya voz me parecía conocida
pero no lograba descubrir. Era un momento mágico: sonaba ese ritmo
aletargado, la pista se poblaba de sobretodos negros, el humo surgía
de los costados y alguien cantaba “Rainnnn, fall down on me”.
“¿Quien será?”, me preguntaba. “¿Un jaimaquino? ¿Un inglés?”
Era Luca, poco antes de que Sumo editara After
chabon. El DJ había conseguido el
simple de “La gota en el ojo” y lo pasaba en un segmento de
reggae inolvidable. Sumo, claro, y sobre todo After
chabon, tuvieron un influjo
semejante al de los Smiths en mí y mi grupo de amigos. Fue un
disparador hacia otras bandas, las que habían influenciado a Prodan:
The Clash, Joy Division, Peter Tosh y hasta Lou Reed. Fue mi manera
también de mejorar el inglés y la certeza inapelable de que acá
–más allá de los próceres Spinetta y García–, se estaba
haciendo una música distinta.
Eso
lo ratifiqué al año siguiente, cuando fui a ver a los Redondos por
primera vez. Debutaban en Obras y presentaban Bang
bang… Estás liquidado! El que
quedó liquidado fui yo, luego de escuchar una versión incendiaria
de “Todo un palo”, una de las canciones con las que Solari nos
cautivó con su alquimia inexplicable de misterio, paranoia y
soledad.
Arrancaba
el menemismo y su oferta, casi absurda, de shows internacionales. De
pronto, bandas y músicos legendarios comenzaron a bajar hasta estas
playas. Todos nos pusimos camisas leñadoras para escuchar Guns
N’Roses, con su hard rock desesperado, y a un par de intérpretes
de un movimiento musical urgente, primo hermano del punk, el grunge.
Había llegado MTV, que tal vez hoy no significa mucho, pero por
aquel entonces tenía una grilla musical maravillosa, en la que
restallaban sus unplugged (cómo olvidar el de Nirvana, el de Charly)
y su continua rotación de eso que se llamó rock alterlatino. Los
Cadillacs habían editado un discazo (El
león), poco tiempo después de que
Soda Stereo volviera a colonizar todas las habitaciones adolescentes
de Sudamérica con “De música ligera”. Al tiempo que Cobain se
volaba los sesos, Inglaterra preparaba su reacción: el brit pop nos
regalaría, tres décadas después de la Beatlemanía, nuestra propia invasión
inglesa. La información ya no tardaba en llegar, por eso fenómenos
contemporáneos como Oasis, Blur y Radiohead explotaron aquí casi al
mismo tiempo que en Europa. Temas incombustibles como “Wanderwall”,
“Girls and Boys”, “Creep” y “Bittersweet Symphony” (de
The Verve) se convirtieron rápidamente en himnos.
Poco
a poco fuimos envejeciendo y, como tal, llegados los 30 nos volvimos
más conservadores: es más difícil que lo nuevo nos sacuda en
exceso. Hacía rato que veníamos haciendo arqueología musical (de
Dylan a Cohen, de los Beatles o los Rolling a un larguísimo etc), y
parecía que nuestro disco rígido ya estaba completo. Sí, nos
gustaron Is this it?
de los Strokes, Seven Nation Army
de White Stripes o hasta Whatever
People Say I Am... de Artic
Monkeys, pero nada nos quitó el aliento. De lo que sí disfrutamos
es de la accesibilidad: aquello que antaño parecía imposible y hoy
se consigue a golpe de click: escuchar lo que quieras en cualquier
momento. El mundo se volvió más pragmático. Ya no hay jeeps
blancos con pasacasetes inolvidables y sí pendrives que albergan
todas nuestras emociones.
(Aparecido en la edición de octubre de 2014 de la revista Brando)

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