viernes, 31 de octubre de 2014

“Yo hago música porque tengo hambre”

Adrián Dárgelos



Colocando sus botas doradas en los escalones de hierro amurados a una pared ajada, Adrián Dárgelos, 45 años, cantante de Babasónicos (11 discos editados), estrella de rock, escritor de canciones, insospechado y magnético objeto de adoración de miles de adolescentes y no tanto, trepa su diminuta humanidad al techo del edificio en el que estamos. Dárgelos, que completa su vestuario con unos pantalones blancos ajustados, una remera lila, gafas y una barba grisácea que parece emboscar su rostro hasta borronearlo, lo hace con determinación y cierta osadía: las elevaciones no parecen amedrentarlo. Quiere hacerse unas fotos allí arriba. Las alturas, o los vacíos, son espacios conocidos para él, no porque pertenezca a un grupo encumbrado, que lo es, sino porque, según cree, el éxito de su banda está sustentado en el morboso placer del público por disfrutar de las caídas. Babasónicos, en la explicación de Dárgelos, era -es- un puñado de inadaptados cuya peripecia estaba destinada al colapso, pero que a último momento una maniobra salvó del desastre. Como la mayoría de sus reflexiones, la observación está humedecida por la subjetividad y la jactancia dargeliana: esa manera tan particular, compleja, aguda y abigarrada, de auscultar y diagnosticar su circunstancia.
- ¿A qué te referís concretamente con eso del gusto de la gente?
- Nosotros éramos un grupo de amigos que no servía para nada. Que no encajaba en los sistemas laborales. Y la gente elige eso: elige desastres que gritan y que están a punto de estrellarse, solo que hacen una pirueta a último momento. En mi colegio había tipos que eran más virtuosos que yo, pero la gente venía a verme a mí. La gente tiene vocación por ver el abismo, y en ese saltar, aprecia el colapso. Pero la verdad es que no puedo negar mi máxima miseria: yo hago música porque tengo hambre. Me he esforzado, entre la espada y la pared, a hacerlo.
- ¿En algún momento te dejaste ganar por el desaliento?
- El desaliento es una respiración que siempre está. No soy realmente un titán. Los titanes, o los héroes, no reparan en el temor o el desaliento.
- Hay una definición de héroe que da Roberto Gómez Bolaño que es muy interesante. Dice que el heroísmo no consiste en carecer de miedo, sino en superarlo. El héroe se muere de miedo, pero consciente de eso, se enfrenta al problema y casi siempre pierde. Por eso, dice, Superman no es un héroe, porque no tiene miedo.
- Bolaño entendió todo, por eso pudo escribir. Entendió que en la cultura moderna, el héroe es quien se presenta a la batalla mañana. No el que la ganó. El que tiene miedo y sin embargo se presenta. Fue derrotado horrendamente, pero al presentarse igual, el relato de la necedad es lo que lo convierte en héroe. En mi caso, siento que vine hasta aquí para enmendar mis errores. Componer discos nuevos es encarnar personajes nuevos que le den a la realidad con un hacha. Eso me encanta.
- Te encanta pero también te cuesta...
- Claro. Soy ése que se sienta ahí y le da cara al fracaso permanente, le pone el cuerpo al fracaso. Pero no me amedrenta la frustración. Me río de mí mismo. Obvio, me agota, siento el tedio y me duele, porque escribir no viene de la felicidad. Tampoco viene de una infancia tortuosa, sino de una incomprensión estructural y garrafal del mundo, algo que te dice que no vas a poder congeniar con el mundo así le pongas todo tu empeño.
- Visto así, no hay nada más alejado a esa imagen romántica y teñida de gloria del músico de rock...
- Yo escribo desde la incomodidad. Y siento que me dictan eso que escribo. Por eso puedo decir cualquier cosa. Por eso mis canciones se contradicen. Yo en el escenario materialicé una forma única de interpretación. Porque en 25 años nadie me dijo que me parecía a alguien. En un porcentaje mínimo me han dicho que me parezco a gente increíble (como Jagger o Morrison), que obviamente no me creo. De manera que si no me dijeron masivamente que me parezco a alguien, debo haber creado una forma de performance propia. ¿En qué se basa? En hacer todo lo que me da vergüenza.
- Que consiste en...
- Yo soy una persona tímida. Además, siempre me esquivo. No me miro. Nunca vi un video mío. Y sin embargo, canto: “Soy hermoso”. Eso es lo peor... ¡Pero nadie lo cantó! Sí, hay uno que canta “You're beautiful”, (James Blunt), pero es un lindo que le dice “lindo” a otro lindo. Yo no. Yo no soy lindo y digo “soy hermoso”.
- Un caradura...
- Estoy diciendo una barbaridad porque me creo tal cosa. He encontrado que la escritura es buen lugar para decir cualquier cosa.
- Tuviste buenos secuaces...
- Sí, encontré un grupo humano de calidad y, más que nada, de mucha competitividad intelectual, que no quiere decir que sea un grupo inteligente, sino que ninguno se queda en el crecimiento. Porque la inquietud es todo. Hasta de la pavada, como es Internet: un mundo donde todo se consigue. Yo tenía inquietud cuando no había forma de resolverlo. No material o de información, sino de posibilidades de vida o de resquicios de cómo estaba formada mi mente y podía resolver los embistes de la imposición cultural, porque yo no me como esa de que el mundo es como me lo dijeron. Entiendo que quieren que más o menos sea así, pero no me lo creo.
- ¿Cuánto tiempo le dedicás a la lectura?
- Leo un montón por día, entre tres y cuatro horas. La verdad es que más no puedo, y no conozco a nadie que pueda leer más que eso. Solo leo ficción. La mayoría de la literatura no me gusta, pero la que me gusta, me fascina. Yo leo a aquellos que encontraron para qué es la literatura, aquellos que manipulan el tiempo del otro, los que desestructuran la mente del otro, los que hacen un mundo dentro de tu cerebro que no existe en otro lado y van sorprendiendo a tu manera de pensar. Lo genial es que uno dice “Ah, pero yo no pensaba esto antes”. Esa clase de manipulación a distancia del cerebro de otro, eso es la literatura.
- Hay una frase en “El guardián en el centeno” (JD Salinger) en el que el protagonista dice que los libros que le gustan son esos que cuando uno los termina piensa: “Ojalá fuera amigo del autor para poder llamarlo por teléfono”.
- Es buena la frase, pero yo prefiero la obra y no la persona. Porque puede pasar que el tipo no tenga un buen ser social. La música también es una fantasía, pero lo interesante de la vida no es la vida de la gente, sino la obra. A veces la gente me pregunta: “¿Te pasa lo que decís en las letras?” Si me pasase todo lo que dicen las letras tendría multiplicidad de personalidades. Yo te hago creer que me pasa. Por eso creo que a la literatura nunca le tenés que poner la cara. La literatura flota en el anonimato. Algunos escritores ponen la cara porque necesitan recopilar el prestigio de lo que han hecho, que es el punto más bajo de la miserabilidad humana. No solo los escritores, sino cualquiera, en general. Los escritores encima buscan prestigio en un sistema que ya no existe, porque la sociedad ya no admira a nadie, y menos admira al genio que con un poquito de luz prefigura entre las sombras un camino. Ni siquiera es recompensado con el prestigio que eso emana. La literatura ya no le importa a nadie.
- Es un oficio dantesco: se hace sufriendo y no le importa a nadie....
- Y sí. El compositor escribe en soledad, silencio y displacer total.
- La recompensa es posterior. Algo así como “Odio escribir, amo haber escrito”.
- Sí. Cuando escribo, lo único que me permito es un vaso de agua. No me doy nada, ni siquiera un porro. Hubo alguien que dijo que a veces escribir canciones es todos los días ir a la cueva del dragón para ver si sale. Y no sale casi nunca. Hasta que un día sale, y lo ves, y ves esa maravilla, pero para eso estuviste que estar sentado ahí todos los días. Si vos estas mirando para otro lado lo perdés. Yo me siento miles de horas. Tengo un ejercicio tan grande de escribir que solo el 20 por ciento me resulta útil. Pero no me duele la resignación del 80 por ciento del tiempo. Yo voy a ir ahí, y seguramente me frustre, porque no voy a poder plasmar lo que me configuro previamente. Pero para mí todo está dentro de la imaginación. Después sí, tenés un filtro de depuración muy grande. Son miles de horas hombre.
- Otra vez el rock como la consagración de un malentendido: no es pura inspiración y purpurina.
- Los rockeros tenemos que trabajar, que cagar, que sacar la basura. La inspiración te encuentra trabajando. Hay segundos de genialidad, pero es una microoración que no tiene sentido. Esa microoración te lleva días y días de 8 horas por día para terminarla. Sí, hay pequeños raptos de ideas, y supongo que todo el mundo los tiene, solo que los que escribimos estamos más atentos. Quizás algunos escriben en la máxima de las felicidades, pero para mí siempre lo hacés rodeado de frustración. Yo en un momento lo detestaba.
- También está la autoexigencia...
- La exigencia bloquea, es cierto. El tercer disco (Dopádromo) me costó muchísimo. A gatas escribí esas letras. No podía escribir en ningún lado. Yo no puedo escribir mirando la televisión, por ejemplo. Creo que nadie puede.
- Hablando de la televisión. Son pocas las veces que vas y seguramente no son pocas las veces que te invitan...
- Nunca fue a Mirtha Legrand, por ejemplo, y me han invitado a todos los programas que te puedas imaginar. Pero no fui a ninguno. Voy a los canales de música porque tienen que ver con lo que hago. Yo amo que la música conlleve un discurso. Y a veces voy a esos canales a defender lo que hago, sobre todo porque Babasónicos cree que cada disco es un perfil de discusión distinto. En principio no considero que la vida de nadie sea interesante para ser expuesta, porque nadie es un descubridor de mundos insospechados. Ninguna vida esta sostenida por epifanías permanentes.
- Pero convengamos que hoy la aspiración social pasa por ahí, por ser interpretado, o sea, mirado y analizado. Lo digo en referencia al auge de las redes sociales.
- Puede ser. Quizás fueron muchos años de exposición, a modo de panacea cultural, al supuesto éxito de la vida en los medios, y apenas se abrió la posibilidad de un “hágalo usted mismo”, como si fuera una gran distopía, apareció eso. Tantos años de forjación de un deseo a partir de la massmedia determinó que tras la mínima grieta sucediera. A la mayoría de la gente no le da pudor ser interpretado. Yo no tengo ni Facebook ni Twitter. Hay como 50 apócrifos, pero no los miro: ni siquiera sé como llegar a leer a mis farsantes.
- Hablamos ya del desaliento. Hablemos ahora de cómo es querer dedicarse a escribir canciones siendo un adolescente que vive en un hogar de clase trabajadora con un padre que seguramente no consideraba viable esa vocación.
- En primer lugar en mi casa me decían: “Che, mirá que lo que hacés vos -escribir cuentitos- lo hacen todos los chicos, eh”. Me decían eso para desalentarme y para que responda al patrón de incorporación a la clase media: ser médico, ser abogado, etc. Tuve el mismo patrón educativo que el resto, sin embargo no lo seguí, lo que me llevó a preguntarme: ¿por qué uno escribe y otro no? Además, me resultaba raro, porque no hay escuela de composición, ni siquiera tahúres que te puedan decir cómo es. Yo recién a los 20 años me crucé con otro tipo que escribía canciones. Para mí escribir es jugar a que podés. Hasta que después vas refinando y puliendo. Y el mismo oficio se eleva a la poción de arte cuando atravesás la vicisitud. Después tenés que traer algo que decir, o traer una visión sesgada de la realidad o un perfil desde donde vos puedas tener una voz única.
- Eso de “tener algo que decir” incluye, se supone, aquella frase que dice que “la música no tiene mensaje ni moral”, algo así como una contradicción hecho estrofa...
- No es que no tiene mensaje, sino que algunos no se entienden. Era una crítica hacia la música de los 90 cuando se decía que solo había que hacer música de barrio, lo que para mí no era más que marketing de la rebeldía, porque en realidad no hacían nada rebelde: tenían una multinacional atrás, y de lo que hacían, esos grupos se llevaban apenas un porcentaje mínimo. ¿Cuál era la rebeldía ahí?
- Donde sí marcás una diferencia es en el escenario: ahí sí interpretás un personaje.
- La canción está sostenida por la representación. El que está arriba del escenario por más que actúe de no ser querido, está buscando un reconocimiento, sino, no lo hace. Desde el Indio (Solari) hasta yo, que no saludo. Cada uno tiene su estilo. Todo es pop, porque es cultura popular, sino, ni grabás un disco. Lo divertido de la canción es que se escribe para ser representada, y al ser representada lleva un punto de actuación. Ahí uno tiene que encontrar momentos únicos, que estén en vos, que desplieguen luz, que estén más jugados que tu pequeña persona, miserable y vulnerable en medio de la multitud. Miserable porque nadie es un superhéroe. En esa posesión uno pueda sentir vergüenza y sin embargo decirlo. Ser algo que no es y sostenerlo con la mirada. Eso puede parecer actuación. Y creo que el que canta está más expuesto que el que actúa.
- ¿La actuación no te atrae tampoco?
- No me gusta trabajar en algo que no domino. Me han ofrecido, por ejemplo, hacer columnas en diarios. (El escritor) Quique Fogwill me decía que él me las corregía. Quique fue un amigo, y con su familia mantengo una relación. De hecho, mi hijo va al colegio con su nieto.
- ¿Y por qué no te animaste a escribir en un medio?
- Es que no leo diarios y no sabría cómo hacerlo. Yo leo literatura dura, aburrida. Yo no sé nada, no soy un intelectual. Me han ofrecido en muchas universidades dar conferencias. Universidades de distintas partes del mundo, incluso. Y hasta me pagan por ir. Pero no acepto porque no me gusta hablar con autoridad de nada. De lo único que hablo con autoridad es de la imaginación, que es de todos y de la que puede hablar cualquiera. Yo te digo cómo es la imaginación, pero tengo la misma autoridad que cualquiera para describirla.
- ¿Cómo te imaginás dentro de un año?

- Enfrentándome a la bestia desconocida del silencio, que es volver a hacer un disco.

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