Las
tapas de El Gráfico configuraron parte del patrimonio emocional de
varias generaciones. El futuro llegó el día que un compañero del
colegio salió en sus páginas. Y después fue tapa.
(Una versión más breve de este texto aparece publicado en la edición de febrero de la revista Brando)
Mi
vieja dejó su casa del GBA de toda la vida y, con casi 70, se mudó
sola a un departamento en Palermo. Al margen del gesto de audacia, el
traslado y el hecho de abandonar un espacio tan simbólico implicó
una depuración que un poco se pareció a una purga y otro poco a una
rendición de cuentas con el siglo XX. “Vení a buscar los
Gráficos. O los tiro”, me pidió por whatsapp. Vegetaban debajo de
una escalera. Eran cientos. Fui a por ellos.
Hay
pocas cosas más tristes que tres filas altas -bien altas- de
revistas apiladas. Al verlas, tuve un instante de malhumor. Pensé en
agarrar bolsas de consorcio y, efectivamente, tirarlas. Pero
recapitulé y, porque estaban ahí, empecé a revisarlas. Pasé de
largo muchas tapas inocuas, que no me decían nada. Pero de pronto
empezaron a aparecer los ídolos. Vilas y su vincha -el héroe por
antonomasia: solo, conquistando torneos y mujeres por el mundo-,
Maradona y su genio todavía sin tragedia, Gatti y Fillol como ying y
yang del arco, Passarella y su ego de cowboy, Reutemann y... no sé,
supongo que algo. La conformación de mi patrimonio emocional
-comienzos de los 80- le debe mucho a esas tapas legendarias
absorbidas en meriendas sin gloria. Eran estrellas que la televisión
apenas mostraba (se transmitía muy poco), que construyeron su épica,
en parte, gracias a las fotos color de El Gráfico. Parecía que
vivíamos en el mejor país del mundo aunque, lo supimos después,
lejos estábamos de que así fuera. En Balcarce 50 se cocinaba un
tuco apestoso que era difícil olfatear desde una habitación púber
de la Zona Norte. Ahora, recién ahora, me doy cuenta de la exagerada
o tergiversada cobertura que hacía la revista de algunos hechos,
incluso puedo notar sus omisiones o su mitología floja de papeles.
De
pronto, del fondo de una pila apareció una tapa que no decía mucho:
el Checho Batista saludaba a la tribuna, solo. Era un Batista
crepuscular, desangelado, lejos de aquel Sandokán que había
colonizado el mundo con Argentina y Argentinos Juniors.
La tapa era
de su primer partido en River, contra Racing de Córdoba, una noche
perdida en los pasillos del tiempo y de mi memoria. ¿Por qué tenía
esa revista que no me decía mucho? ¿Por qué la había conservado
impecable? Sentado en el piso de la casa vacía de San Isidro, empecé
a hojearla y a descubrirlo. Esa noche, 1 de octubre de 1988, había
debutado en la Primera de River, con 17 años, Juan José Borrelli.
Puede que el nombre no les diga mucho a los no futboleros, pero
Juanjo la descosió en River a comienzos de los 90 en un equipazo en
el que jugaban Ortega, Da Silva y Medina Bello. Juanjo había sido
compañero mío del colegio, el Santa Isabel de San Isidro. Hicimos
el primario -en divisiones distintas- y parte del secundario juntos.
Borrelli
siempre fue el distinto de nuestro grado: aun siendo un chico,
desprendía una energía que nadie a esa edad era capaz de emitir. A
los 8 años ya brillaba en las inferiores de River y se decía -se
aseguraba- que llegaría a Primera. Como todo futbolista, su cuerpo
era una catedral de precocidades: su personalidad se maceraba sin
pausa en el darwinismo social de unas inferiores salvajes. Cuando
jugabas con o contra él, la cancha se llenaba de electricidad. Era
una experiencia transformadora: el fútbol, aunque tuvieras menos de
10 años, ingresaba en una categoría ulterior, cercana a la magia.
Por más bien que jugaras -y había chicos que lo hacían muy bien-,
cuando él agarraba la pelota todo se tornaba impredecible. A Juanjo,
al menos en mi recuerdo, los curas le dejaban usar su pelo rubio un
poquito más largo que al resto, lo que no hacía más que potenciar
su magnetismo. Era el Billy Idol del curso, el George de la selva, el
tipo señalado por el dedo de Dios al que los rugbiers del colegio
miraban con cierto desdén, pero que en el fondo también admiraban.
Era,
claro, un futbolista fascinante, capaz de conseguir cosas impensadas
como cuando, estando en primer año, metió 7 goles para que su
equipo le ganase 8 a 1 al campeón de tercer año. En la revancha le
pegaron tanto que su papá le prohibió seguir jugando en el colegio.
El riesgo era profundo. Sus piernas ya valían millones. No exagero:
cuando estábamos en segundo (1985), emisarios del Verona de Italia
vinieron a buscarlos a él, a Caniggia y a un par más de chicos de
las inferiores para llevárselos. Tenían todo arreglado -hasta le
hicieron la primera nota en El Gráfico-, pero a último momento la
operación se cayó. Lo de Juanjo no era una fantasía o una
esperanza barrial: era, desde siempre, una certeza que estaba escrita
en el viento. Yo seguía su carrera en silencio, como quien observa a
la banda de la esquina mucho antes de convertirse en los Arctic
Monkeys.
Aquella
noche del debut fui a la cancha con el Turco Guillermo Ainadyian. El
Turco, otro jugadorazo, aunque de cabotaje, lo conocía mejor que yo:
jugaba siempre con él. Estábamos en quinto, pero Juanjo hacía dos
años que se había ido del colegio para terminar el secundario en el
Instituto River. A los 2 minutos agarró la pelota por la derecha del
ataque, se sacó un tipo de encima, hizo un cambio de pierna y,
cuando estaba a punto de entrar al área, cuando la jugada estaba a
punto de convertirse en apilada, cuando el Turco y yo ya nos
estábamos parando y, como un rayo, me invadía la imagen de Borrelli
en la tapa de El Gráfico, un defensor de Racing de Córdoba -creo
que fue Lucio Del Mul-, lo levantó por el aire como si fuera una
cañita voladora y se quedó con la pelota. El árbitro no cobró
nada. Con el Turco lo puteamos casi colgados de la bandeja: estábamos
defendiendo a uno de los nuestros. River ganó 4 a 0, con goles de
Balbo y Da Silva. Daniel Arcucci, el periodista de El Gráfico que
cubrió ese partido, lo calificó -para nosotros injustamente- con un
5. Batista fue la figura, con 8.
Pasó
el tiempo. Borrelli se asentó en Primera, tuvo su tapa de El
Gráfico, salió campeón con River y se fue a Europa a cambio de una
fortuna; la rompió, se hizo millonario y llegó a la selección.
Cerca de los 30 volvió a River, aunque Ramón Díaz, ya de técnico,
tenía otros planes y lo relegó. Se retiró como se retira la
mayoría de los jugadores que fueron cracks pero no llegan a
estrellas: sin ruido, rumiando alguna suave frustración, negociando
con el destino, convenciéndolo de que no pierda por goleada con el
pasado.
Hace
dos años me lo encontré en un Carrefour. Estaba en la góndola de
los vinos, comprando. Lo recordaba más alto, aunque estaba intacto.
Nos saludamos. Le dije, sabiendo de antemano que me diría que no, si
quería venir a jugar el torneo de exalumnos del colegio. “Hay buen
nivel. Les dije al Turco Ainadyian, a Chopper, a Leo Scotta...”.
Tenía otros planes, claro, entre ellos jugar con Maradona al
showbol. Me despedí sabiendo que nunca compartiría una cancha con
él.
Dos
semanas después arrancó el torneo de exalumnos. En la tercera fecha
jugamos contra unos chicos que habían egresado el año anterior. La
diferencia generacional era enorme, pero menos notable que la física:
volaban, sobre todo uno de adelante que parecía Neymar, rápido e
intuitivo como él. Le decían Johny y algunas de sus jugadas me
recordaban a alguien. Me hizo pasar de largo varias veces. Cuando terminó el
partido fui a saludarlo. “Buen partido, crack”, le dije. Me miró
con indiferencia. Estaba enojado porque habían perdido. “¿Cómo
te llamás?”, le pregunté, a punto de molestarlo. “Johny
Borrelli”, balbuceó, casi de espaldas, dando por concluida la
charla. Me quedé parado, pensando. Era más bajo, pero tenía el
mismo arranque demoledor de su padre.
Pablito se me puso la piel de gallina desde que empezó la nota hasta que finalizó. Es muy lindo leer de nuestro pasado; y recordarlo de esta manera se me planta una lágrima.
ResponderEliminarCuando vas a escribir sobre nuestras tardes de puber conduciendo la manzana deportiva junto a Roberto Mena, actual co equiper de Chiche Gelblung? Abrazo Diego