miércoles, 20 de noviembre de 2013

Ojos pardos


Hace dos años, Leo Vaca y Fernando de la Orden comenzaron a ir una vez por semana a un hogar para chicos adictos en Bajo Flores a enseñarles a armar sus propias cámaras (con cajitas de fósforos) y a hacer fotos. De aquellos encuentros surgieron un puñado de imágenes que acaban de ser publicadas por la revista Dulce Equis Negra. Acompañando las fotos, van algunas impresiones que me quedaron de aquella experiencia. 



Ojos como lápidas que sucumbieron al desdén y al arrebato.
Cocidos a disparos y a poxirrán, a televisión y zozobra. 
Cuerpos sin ternura, ni dentadura,
que ardieron años, que son siglos, en un caldo hostil.
Ojos pardos de negro futuro, de tersa tez que es estigma.
Lloran secos, sin postales
Ahogados en espeso alquitrán, veneno caliente que quemó sus lunas.
Los sueños truncos, disueltos cuando eran rumor.
Un dolor que es huella en pieles de piedra malogradas,
terreno arrasado por Atilas en Nike.
No conocen los ascensores o las amapolas. Ni la palabra amapola.
Y reptan por los zócalos buscando la revancha
Arrodillados, consagrados al daño en un ignoto rincón
Haciendo metástasis de su angustia.
Acechados por perros feroces
Anónimos y gigantes, marchitos.

 

Arco iris

De pronto, al zócalo de sus vidas
lo visitan unos reyes magos en jean.
En sus bolsas hay cajitas, hay rollos y un pequeño plan.
Los jóvenes fantasmas se atisban
Su niño interior, herido de muerte,
apenas se conmueve, desconfía.
Pero juegan, arman un barrilete para viajar por el barrio
A retratar sus costuras y sus desdichas.
Mamá, te saco una foto
Mamá, este es nuestro arco iris
Esta es tu casa, tu calle, tu sórdida cruz
Mirá mamá, no somos invisibles.
Esta foto es mía, esa sos vos, aquellos los chacales.
Los reyes magos se van
pero les dejan una idea:
“Durante el atardecer, cuando los perros feroces reaparezcan,
Aprieten la cámara contra sus pechos,
Hasta quedarse dormidos”.


martes, 12 de noviembre de 2013

Conservar la infancia



Desde hace cuatro años juego un torneo de ex alumnos del Santa Isabel, colegio al que fui. De una revista me preguntaron por qué todavía me empecino en perseguir una pelota. Salió esto, tal vez ilustrador para aquellos/as que se preguntan qué coño hay detrás de esa obsesión masculina.


"Hay un desafío en eso de demostrarme que todavía conservo la pulsión por jugar y por competir intactas, con el aditivo de saberme "veterano", lo cual lejos de vivirlo como una debilidad o desventaja lo vivo como un guiño de complicidad y de lealtad hacia aquello que nos determina y nos marca para siempre: la infancia, esa porción de la vida que debemos conservar y defender como un tesoro vivo y, en lo posible, no como un museo de fotos viejas.
Y no hay nada más estrechamente relacionado con eso que el hecho de seguir jugando en el lugar donde jugaste siempre. Aún sin ser un gran frecuentador de viejos compañeros, disfruto mucho el hecho de haber armado un buen grupo, con gente de mi generación que sigue conservando el deseo y el instinto de búsqueda. Tampoco hay que despreciar las virtudes colaterales: nos mantenemos en forma, nos sirve como un espacio catártico y, cada tanto, nos regala un mimo al ego, como alguna que otra gambeta o algún que otro gol que nos indica, al menos durante ese rato, que la pasión, la energía y el amor por el deporte no merman con el paso del tiempo sino que, por el contrario, se saborean con más calma, como los buenos vinos.
Es obvio que, al tiempo que asoman las primeras canas también se va diluyendo la velocidad o el poder de reacción, pero también es cierto que prevalece, o incluso aumenta, el oficio y la simpleza para jugar. En mi caso también lo tomo como un espacio para poner en juego el temple e incluso mi tolerancia a la derrota, un ejercicio que, aún a mi pesar, tengo que poner en práctica más de lo que me gustaría.
Si bien juego el torneo desde sus comienzos -hace unos cuatro años-, nunca tuve una percepción acabada de la diferencia generacional, quizás porque a la hora de jugar no es un factor que para mí resulte notable (tal vez sí para los rivales). Sin embargo,hace muy poco, hubo un episodio que sí me dio la pauta del salto temporal. Fue cuando después de un primer tiempo intenso y parejo, fui a tomar agua y se me acercó un viejo compañero -en rigor, más chico que yo- para saludarme. Cuando lo reconocí, le pregunté qué andaba haciendo. Su respuesta fue como un disparo de emociones: "Vine a ver a mi hijo, es el flaquito de pelo largo que te marcó todo el tiempo".