viernes, 18 de enero de 2013

Mario Vargas Llosa: “Los fanáticos escriben mal”



(Publicado en Revista C en abril de 2008)
 “Quince minutos”. Parece una cargada pero no lo es: ese es el tiempo que, según la encargada de prensa, está dispuesto a darnos Mario Vargas Llosa (Arequipa, Perú, 1936) para esta entrevista. Como un Hollywood star, Vargas Llosa atiende a los periodistas con turnos de un cuarto de hora, lo mismo que tardamos en ir de Retiro a Constitución en subte. Se supone que ese período nos tiene que alcanzar para conversar en profundidad y generar que Mario, el mítico don Mario, se desajuste un poco la corbata, se arremangue la camisa y se anime a desovillar un rato su abigarrada biografía. Parece imposible, pero si Andy Warhol dijo que hay quince minutos de gloria reservados para todos, no es descabellado pensar que serán los que vienen ahora. Aquí vamos a la aventura entonces. “Mario está un poco engripado, por eso los 15 minutos”, se disculpa la chica de prensa. “Está bien. Igual, no hay mucho de qué hablar con él”. La ironía, claro, tiene que ver con el personaje, su obra y su vida: 18 novelas y libros de relatos –algunos de los mejores de los últimos 40 años en habla hispana–, 17 ensayos, siete obras de teatro, casi presidente del Perú, candidato al Nobel y, además, uno de los más emblemáticos intelectuales del pensamiento liberal de Occidente, tanto que por esa condición es que, por un cuarto de hora, lo tenemos sentado enfrente. El escritor peruano fue el invitado de honor de la Fundación Libertad, un think tank de derecha que festejó 20 años de existencia con un gran seminario enRosario a fines de marzo .
Atildado y sonriente, con un semblante sin rasgos de gripe y una figura que refuta el calendario (72 años que cumpliría al día siguiente del encuentro), don Mario estrecha la mano e invita a sentarse y preguntar.

Cinco días antes del encuentro, Vargas Llosa había publicado en el diario El País de Madrid, en su habitual espacio Piedra de toque –que escribe desde 1990–, una columna en la que se refería a Louis Ferdinand Céline (1894-1961) como uno de los grandes escritores franceses de la historia, capaz de producir “dos obras maestras, Viaje al fin de la noche (1932) y Muerte a crédito (1936), que significaron una verdadera revolución en la narrativa de su tiempo”. La referencia a Céline venía a cuento porque el peruano está trabajando en un ensayo sobre Juan Carlos Onetti, el autor uruguayo, muy influenciado por el francés. Es por eso que creemos atinado comenzar a hablar de su columna. Hay que apurarse: entre el saludo y otras cortesías de rigor, quedan 14 minutos.
–¿Por qué volver a Céline, un escritor tachado de nazi, cuya obra fue opacada por su conducta racista y xenófoba?
–En primer lugar, nunca lo había leído en su lenguaje original y la diferencia es notable. Las obras de Céline parecen destinadas a ser escuchadas más que leídas. La utilización que tiene del lenguaje oral es genial, pero eso sólo puede ser apreciado si se lo lee en francés. En segundo lugar era uno de los autores preferidos de Onetti –quien hizo un ensayo sobre Céline–, y como estoy preparando un trabajo sobre él, me dio curiosidad.
–¿Onetti tomó cosas de Céline?
–Bueno, releyendo a Céline me di cuenta de que sí, de que ese tratamiento del lenguaje oral, esa riqueza que sólo se obtiene cuando se conoce en profundidad y se consigue recrear el lenguaje de la calle, también está presente en los dos.
–Usted siempre tuvo una gran admiración por los escritores franceses, pero siempre reconoció una mayor influencia en Faulkner. ¿Esto sigue siendo así?
- Faulkner ha sido una gran influencia para mí, sin lugar a dudas. Tuve la suerte de leerlo muy temprano, lo que me hizo descubrir un mundo literario maravilloso que fue fundamental para mi formación. Lo leí por primera vez estando en la Universidad de San Marcos, en Lima. En aquellos días leía a Faulkner en español y en francés. Las traducciones al francés de Maurice Coindreau son maravillosas. Era un gran traductor. Leí su excelente versión de Santuario, con prefacio de André Malraux.
–¿Qué fue lo que lo impresionó de él?
–Su genio. Con él descubrí la importancia de la forma en la literatura. Fue el primer escritor a quien leí con una pluma en la mano y un papel al lado del libro. Una vez, hace más de 20 años, fui a visitar la casa de Faulkner en Mississippi. Estando en la cola, se me acercó una pareja de holandeses. Me dijeron que estaban ahí por mí, que habían leído varios artículos míos en los que mencionaba mi amor por Faulkner y que eso los había llevado a descubrirlo. “Me convertí en un especialista en Faulkner por usted”, me dijo el hombre. Fue uno de los episodios que más satisfacción me dieron en toda mi vida.
La entrevista con Vargas Llosa se realiza en una oficina con un ventanal enorme por el que entra un poco de sol y de río Paraná. En lo que parece ser el escritorio principal, un hombre sentado anota cosas. Van siete minutos de charla, pero ese hombre interrumpe la entrevista para decirnos que no queda mucho tiempo. “¡Pero si van siete minutos!”, respondemos. En seco, Vargas Llosa intercede: “No, si estamos trabajando. Además, una vez que podemos hablar de literatura no vamos a dejar de hacerlo”. Ese día Vargas Llosa ya había dado cuatro entrevistas. En todas ellas –de quince minutos–, el tema de conversación central había sido la política y su participación en el seminario sobre desafíos para el liberalismo.
Seguimos hablando, ahora que el hombre que anota dejó de escudriñar su reloj. Quedan ocho minutos.
–Usted siempre dijo que Conversación en La Catedral había sido su libro preferido...
–Bueno, fue el libro que más me costó. Estuve tres años escribiéndolo.
–¿Por qué cree que es una novela tan moderna, aun cuando fue escrita en los años 60?
–Porque nuestra sociedad sigue jodida, y es una novela que muestra eso: el envilecimiento y la corrupción de las sociedades  latinoamericanas.
–Después de su experiencia política, después de haber atravesado una campaña política y de haber vivido tanto tiempo en Europa, ¿cree que si tuviera que volver a escribir Conversación..., la escribiría igual?
–Sin duda que no escribiría la misma novela. Porque si bien no es una novela política, el tema de la novela sí lo es. Es una novela que habla de la putrefacción que experimenta una sociedad luego de vivir una dictadura (la de Odría en el Perú de los años 50), violenta y corrompida. Muestra los aspectos perniciosos que desató. Mi experiencia posterior me haría ver las cosas de otro modo, seguramente.
–¿Por qué le costó tanto escribirla?
–Porque tenía un montón de elementos y situaciones dispersos, pero me costaba encontrar el esqueleto de la obra. Finalmente, lo que consiguió aunar todos esos elementos fue un episodio que viví el día en que perdí a mi perro y lo fui a buscar a la perrera. Lo que vi allí fue la imagen que mejor definía al Perú de aquellos tiempos y fue la que me sirvió para comenzar la novela. Era un lugar fétido en el que mataban a los animales como si fueran moscas.
–¿Leyó a Roberto Bolaño?
–Sí, y me gusta mucho. Leí Los detectives salvajes y me encantó.
–Hay quienes dicen que no sería posible entender a Bolaño sin Conversación en La Catedral.
–Bueno, ojalá fuera cierto, porque Bolaño me parece un autor mayor.
Van 12 minutos y el hombre que anota no nos mira y ni siquiera mira su reloj. Escucha de fondo a dos tipos hablando de literatura. Vargas Llosa tampoco parece con ganas de interrumpir la charla.
–En su último libro de ensayos, un escritor argentino, Fabián Casas, menciona una frase que generó cierta irritación. Casas dice que los mejores escritores son de derecha. ¿Está de acuerdo?
–Ja, ja (Vargas Llosa se ríe como si fuera una ocurrencia pueril más que una posibilidad para analizar). Ojalá fuera cierto que los escritores de derecha somos los que mejor escribimos. Pero no lo sé.
–¿Pero qué opina de la frase?
–De lo que estoy seguro es que los fanáticos escriben mal. La visión estrecha te deshumaniza, por eso me parece imposible que un fanático escriba bien. Volviendo a Céline, por algo sus mejores obras son sus dos primeras novelas. ¿Cómo se explica que alguien capaz de hacer una obra maestra como Viaje al fin de la noche después sólo sea capaz de producir panfletos sin ningún talento? Fue un autor ganado por el odio.
–¿La ideología empeora las cosas?
–Es que tú escribes no sólo con tus ideas, sino con tu instinto, tu sensibilidad. Es
imposible escribir sólo con la inteligencia. En especial una novela, porque la novela, por definición, es imperfecta.
–¿Algo de eso tiene que ver con el hecho de que Borges no haya escrito ninguna?
–Pero claro, por eso mismo Borges odiaba la novela, porque no es perfecta, como lo puede ser el cuento o la poesía. El exceso de inteligencia es nocivo para la novela.
Van 20 minutos de charla. El hombre del escritorio abandonó el escritorio. Ya superamos el tiempo pactado: todo lo que viene es ganancia.
–Usted también es un gran admirador de Flaubert. ¿Qué es lo que más rescata de él?
–Lo más admirable de Flaubert es que inventó su talento.
–¿Flaubert no tenía talento?
–Lo inventó. Fue un escritor que construyó su talento con disciplina. Es la muestra cabal de que se puede conseguir una gran obra no sólo con el genio, sino con la obstinación. En un sentido, Flaubert le dio esperanza a un montón de escritores.
–¿Qué está leyendo ahora?
–Volví a Onetti, por supuesto. Y gracias a él descubrí a Roberto Arlt, a quien conocía de nombre por referencias de Borges, pero a quien los intelectuales argentinos parecía que despreciaban. Me parece un autor maravilloso, un autor que, al igual que Céline, tiene un manejo del lenguaje callejero excepcional. Los 7 locos me parece un libro extraordinario.
Antes de ser un apóstol del liberalismo, antes de sentarse en primera fila para convertirse en el elegante ventrílocuo de la democracia de mercado, Vargas Llosa, el mismo Vargas Llosa que llenó de elogios a Margaret Thatcher en la primera columna que escribió en El País (diciembrede 1990), fue un militante de izquierdas. Es famosa –y vieja– esa pirueta ideológica, tanto como la sorda inquina que mantiene con García Márquez. Vargas habla de aquellos días como si hubiera sido parte de un engaño colectivo.
“Cuando yo era joven creía que al poder se podía llegar con un fusil, que la revolución iba a cambiar la política. Ustedes vieron lo que pasó: lo único que generó fue una proliferación de dictaduras. Hoy sabemos que la modernidad y el desarrollo llega con el trabajo cotidiano, constante, abnegado. En 1958, cuando llegué a España, me encontré con un país subdesarrollado, atrasado, viejo, y, en poco tiempo, se transformó en un país moderno, donde surgió una clase media poderosísima. España es el ejemplo de que es posible”.
Es tiempo de descuento: la chica de prensa ya entró en la oficina y el hombre que anotaba ha dejado de anotar y nos mira de frente con los brazos cruzados. La señal es clara: hay que redondear. Como ocurre con las estrellas, el final de la entrevista no lo decreta el entrevistado sino su cohorte de asesores que velan por él y llevan su agenda. Vargas Llosa tiene tiempo para decirnos que “el director de tu periódico trabaja con mi hijo”. El hijo de Vargas Llosa, Álvaro, participa junto a Jorge Lanata en un programa radial que emite Cadena Ser en España. Del ciclo también participa, entre otros, el peruano Santiago Roncagliolo (33), escritor talentoso, acaso el heredero más firme para ocupar un lugar en el cielo literario de su país, en donde reina, solo y colosal, Vargas Llosa. Es el mismo Roncagliolo el que intenta definir, en términos argentinos, la intensidad de esa luz tan potente, ese tótem nacido en Arequipa: “Ustedes tienen a Borges, es cierto, pero también tienen una gran tradición literaria en la que brillan los Cortázar, los Puig, los Saer. Y, como si fuera poco, cuentan con Charlies y Diegos. Tienen tango, rock y fútbol. Nosotros sólo lo tenemos a él”.
Bonus track. Volvemos a ver a Vargas Llosa a la tarde-noche. Ya no hablará de literatura, sino de política, ideologías y populismos. Como parte del seminario que lo trajo a Rosario, participa en una mesa redonda con el título “Cultura y libertad”. El nombre de la charla no invita al entusiasmo. Sus compañeros menos: Marcos Aguinis y Juan José Sebreli.
Vargas Llosa está a la derecha de ellos. En el escenario, claro. El peruano cierra la onírica charla con un alegato contundente, un rayo verbal que logra sacudir la abulia de la sala: “A la democracia se la valora cuando no se la tiene”, sentencia. De inmediato relata una anécdota relacionada con uno de sus tantísimos viajes. Allí aparece el hombre de cultura universal encantado de sí mismo, el intelectual itinerante que comparte su experiencia vital como quien convida caramelos de optimismo.
“Una de las mayores impresiones políticas de mi vida la tuve en Nueva Zelanda. Recuerdo estar caminando por el centro de Auckland y ver largas colas de gente parada. Pregunté de qué se trataba y me respondieron que estaban esperando comprar el informe presupuestario nacional. Me pareció algo excepcional, porque significaba no sólo que el presupuesto era leído, sino que se cumplía. Eso garantiza la calidad de vida contra cualquier exceso. Nosotros, aquí, lamentablemente, estamos lejos de eso, porque despreciamos la vida política. La política aquí es una actividad que no atrae a los mejores, sino a los peores. Ese rechazo a la actividad política es un suicidio para una nación, porque nunca va a alcanzar los niveles de decencia que merece. Lo paradójico es que estoy convencido de que vivimos en una época extraordinaria. Hemos visto hechos que parecían inconcebibles hace 30 años. Vimos cómo se desmoronaban grandes regímenes totalitarios. Los ejemplos para no equivocarse están ahí. Es mentira que los enemigos están afuera. La solución sólo depende de nosotros”.

Pablo Perantuono

viernes, 4 de enero de 2013

Ricardo Darín: "Vivimos en un país niño"

(Publicado en Revista Brando, enero 2013)
A los 55 años y alejado de cualquier bandera política, el gran actor argentino repasa este momento social convulsionado y lanza algunas pistas de las que él considera que son las falencias del ser nacional. Amor, escepticismo y prudencia en la era del fanatismo ideológico.



Eran agitados esos días de diciembre del encuentro con Darín. El 7D, como una suerte de YDK -¿se acuerdan del colapso del mundo por el cambio de milenio?-, estaba a la vuelta de la esquina. Nadie sabía demasiado qué consecuencias traería para el hombre común ese día, esa ley, ese cambio, pero la presencia omnímoda de esa fecha le daba a aquellas horas frenéticas un hálito de inminencia inquietante. En ese panorama, posterior al cacerolazo del 8N, Darín se paraba como quien quiere observar, y opinar, sobre dos ejércitos gritones que van a estrellarse de frente.
Y no era muy optimista: 
Darín: Están pasando cosas rarísimas. No se no es permitido pensar fuera de lo establecido. Te dicen lo que tenés que pensar y en qué dirección, y si no estás de acuerdo, sos un hijo de puta.
Brando: El que disiente es enemigo.
Darín: ¡Están todos locos! La locura y el enojo no dejan ver con claridad. El comienzo del camino al fanatismo es éste. Creer que todo lo que no se alinea o no está en armonía con su pensamiento se construye casi como el enemigo a eliminar. No a vencer, a eliminar. Y eso me asusta.
A mediados de 2012, Darín fue como invitado al programa televisivo TVR. El espacio, alineado al Gobierno y cuya temática es la televisión misma, presentó un informe en el que el periodista Jorge Lanata era demonizado, caricaturizado y demás. Sereno y poco complaciente, cuando a Darín le tocó intervenir dejó bien en claro que lo que había en el aire era una suerte de batalla entre dos grupos de poder (Gobierno y Clarín) y que parecía que todos querían empujarnos a que nos alineáramos con algún sector. “En cuanto a Lanata, bueno… Yo creo que él debe estar muy dolido, debe estar enojado”.
Bastó esa frase, y esa equidistancia, para que Darín, el popular Darín, el gran actor, el presidente de jurados de festivales internacionales, el carismático, el benefactor, cayera en la consideración implacable y crítica de algunos comisarios de la verdad oficial, de alguna gente.
“La historia de nuestro país está dividida entre Bocas y Rivers-, dice Darín mientras hunde su cuchillo en una entraña a punto. En Buenos Aires se acaba de caer el cielo, y como suele ocurrir cuando las tormentas duran horas, Palermo se convierte por un rato en Venecia, no por su belleza precisamente. “Eso está estrechamente relacionado –sigue Darín, desatado- con ese pensamiento de que siempre va a haber alguien que nos va a salvar. Somos un país niño: necesitamos un papá. Necesitamos a alguien que nos diga cómo se tienen que hacer las cosas. Aparentemente no necesitamos que nos digan cómo se van a hacer las cosas. Sí el qué. Cuando vino la democracia en el 83, después de toda esa serie de frustraciones, la esperanza siempre fue, con cierta prudencia: ‘Bueno, tenemos que transitar el ejercicio de la democracia para saber cómo funciona, de qué manera, hasta qué punto somos capaces de ser tolerantes con el que no piensa igual’. Parece que no aprendimos un sorete, porque es tan loco plantear, como planteaban algunas minorías, ciertas actitudes intempestivas y anacrónicas, como, del otro lado, creer que, porque te votó el 54% te la mandé a guardar, báncatela, y te la tenés que fumar.
Brando: El que no te vota es enemigo.
Darín: Eso termina en quilombo. En las culturas más civilizadas cuando detectan a alguien que no te vota, lo primero que hacen es seducirlo. No eliminarlo, desacreditarlo, hacerlo mierda.
Brando: Y en el mejor de los casos, escucharlo…
Darín: Nooo, para eso falta mucho. Nosotros no nos escuchamos entre nosotros. Yo no sé si van a escuchar lo que pasó el otro día (por el cacerolazo), pero fue una cosa muy grosa. Fue mucha gente, mucha.

Sentado en un bodegón de la calle Humboldt –de esos pocos que sobreviven con mozos de 75 años, flan casero recargado y mantel de hule-, a punto de ponerse en la piel de un abogado (otro más) para una película que se estrenará recién a fin de año y con otro film recién estrenado en cartel (“Tesis sobre un homicidio, un thriller psicológico en el que también interpreta a un hombre de ley obsesionado con un alumno), Darín pertenece a una generación de la que no se siente muy orgulloso. Nacido en 1957, el actor no está conforme con el mundo que les deja a sus hijos.
Darín: Los chicos se llevan la peor parte. Yo no lo he dado un buen ejemplo a mis hijos. Mi generación no lo ha dado.
Brando: La anterior a la tuya sí lo dio.
Darín: Nuestros padres fueron heroicos.
Hijo de un actor que además de bohemio y austero también era poeta, Darín ya no abriga esperanzas en esta especie. Su padre, con una larga trayectoria en radio y teatro, lo trataba de usted y siempre le repetía una frase que muchas veces para él era inaprensible, tal vez inexplicable, pero que cuando murió, el enorme significado que tenía cayó con todo su peso sobre él: “No tenga nada, porque todo esto es mentira”. El día que falleció, Darín y sus hermanas fueron a retirar sus pertenencias de la pieza en la que vivía. Allí, atravesado por el dolor, en medio de ese cuarto sobrio con aroma a muerte, Darín se dio cuenta que su padre había tenido para sí esa frase como máxima: “No tenía nada, pero no tenía nada en serio. Dos pares de zapatos, dos sacos, dos camisas. Había sido íntegro hasta las últimas consecuencias. Me quedé sentado en su cama mirando todo. Fue una lección tremenda”.
¿Qué brecha es la que se abre, qué abismo aparece adelante cuando un padre da un ejemplo de vida –y de muerte- como ése y un mundo que no solo no le va en saga, sino que viaja a toda velocidad hacia las antípodas de esa heroicidad moral? En algún lugar, Darín cree que hay un agotamiento y un declive inapelables, y que si dentro de un tiempo nadie hace nada, no nos van a reconocer ni por la dentadura. Como si habitáramos un país que nunca pierde la oportunidad de perder una oportunidad.
Darín: ¿Cómo puede ser que nosotros que tenemos un país de la gran puta con gente fantástica, salvo algunos diseminados por ahí que son unos boludos o unos mierdas, cómo puede ser que estemos parados sobre este suelo cuando la gente que vino acá, los inmigrantes, se pensaron que estaban en el paraíso? ¿Cómo puede ser que nosotros no nos pongamos de acuerdo para administrar con corrección y respeto por todo. ¿Qué es esto de que yo te gané y me agarró los huevos y me cuelgo del alambrado? Es ridículo. Eso es como desconocer que la bocha siempre está girando: va y viene.
Brando: Como si el clima de rivalidad no pudiera dejarse de lado nunca.
Darín: Claro, está planteado con un infantilismo terrorífico. Porque solo los niños pueden ser tan crueles. A mí me preocupa esto de que tenés que ser de uno o de otro. No tener derecho a tener una posición. ¿Pero quién sos? ¿Qué te pasa?
Brando: En ambos lados son iluminados.
Darín: Esas cosas hay que ser muy claros y muy lúcidos para no dejarse engañar. Estamos viviendo un momento bisagra. Creo que este gobierno tiene la oportunidad histórica, porque creo que todavía la sigue teniendo, de decir bueno muchachos, tenemos este país, terminemos con los prejuicios heredados, saquémonos la careta y vamos para adelante. Un plan. Ideas. Tiene la oportunidad histórica de hacer un gobierno de convocatoria. De decir: “Vení”. Que en realidad, fue lo que hizo Néstor con la transversalidad. Así construyó el poder.
Brando: El tema es tolerar lo distinto, ¿no?
Darín: Mirá, ¿yo sabés por qué hice 12 años Art? Porque contrariamente a lo que todo el mundo creía que hablaba de la amistad, yo siempre fui un convencido de que ART hablaba de algo que nunca va a desaparecer que es la intolerancia. No admitir que el otro puede pensar distinto. Es una obra que tiene una vigencia que nunca va a perder.
Brando: Habla de la condición humana.
Darín: Como si hubiera gente que quiere una cosa distinta a la que quieren otros. Si todos queremos lo mismo. Vivir en paz, trabajo, educación. Todos hablan de Cristina, pero yo no sé si el tema es Cristina. Yo creo que ella tiene un grupo de asesores que están todo el día laburando, o haciendo que, y son los que le llevan la comida pre digerida, me parece que a esos hay que hablarles, pero no estoy seguro que ellos quieran escuchar a nadie. Yo creo que están jugados.
Brando: Hay mucho fanatismo ahí también.
Darín: Desde afuera se ve que estamos en el fondo del mar. Yo quiero que le vaya como los dioses. Yo quiero que timonee, que convoque, que baje la adrenalina, que llame a una reconciliación. ¿Cómo puede ser que, entre la gente común, haya amigos que no se dirigen la palabra? ¿Sabés hace cuanto que no pasaba eso?
Brando: Como en las familias, eso también está ocurriendo…
Darín: Claro, no se pueden juntar porque se agarran a trompadas.
Brando: La soberbia del hombre.
Darín: Diferencias siempre existen. Siempre. Pero lo que hay que preguntarse es cuáles son los otros objetivos. Hay que ponerse de acuerdo con eso, y ahí hay muchas divergencias, porque hay gente que le interesa todo un sorete y de verdad le chupa un huevo que haya pibes con los ojos hasta las rodillas a las 4 de la mañana en las esquinas. Creen que desatendiéndose de eso y atendiendo su casa están protegiendo su quinta. No entendieron que el axioma funciona exactamente al revés. Pero hablás de eso, del amor, y te ponen unas caras… Como que dicen: “Bueno, lo perdimos…”
Aún cuando no es muy afecto a promocionar esas iniciativas, Darín tiene una larga trayectoria de compromiso social y solidaridad. Desde hace ya varios años que estableció una amistad con Juan Car, líder de Red Solidaridad, con quien al menos una vez al año organizan festivales para recaudar fondos que sirvan para la ayuda humanitaria. Hilarantes pero no por eso menos efectivas, son ya históricas sus participaciones en el programa “Tenis por la vida” en las que empuñaba una raqueta junto a Emilio Disi, José Luis Clerc o Martín Jaite. Hasta no hace mucho, enfrente de su casa una pintada anunciaba: “Gracias Ricardo Darín por ayudar a los whichis”. Esa hospitalidad silenciosa es parte indisoluble en la vida de Darín. Todo el tiempo, a toda hora. Enterados de esa sensibilidad, pero sobre todo considerando los altísimos niveles de aceptación y de buena imagen que tiene el actor, no fueron pocos los políticos que se le han querido acercar, incluso bien encumbrados. El se sentó con algunos de ellos, pero la mayoría de las veces se levantó espantado.
Brando: ¿Qué te dicen tus amigos o allegados cuando les hablás de recuperar el amor?
Darín: Se me cagan de risa en la cara… ¡Obvio! Pero ojo, yo hablo del amor en el sentido más primitivo del término. No quiero odiar al tipo que piensa diferente, que se viste diferente, que hace todo diferente a lo que hago yo. Tengo que intentar de entenderlo, porque estoy seguro que tenemos algo en común, pero no nos lo permiten.
Brando: Hay un desprecio que estuvo macerándose en la gente, pero también parece que hay algo perverso en la condición humana. El escritor español Juan José Millás dice algo interesante: “Al ser humano no le alcanza con ser feliz, para que su dicha sea completa tiene que ver la desgracia del otro”.
Darín: Es lo mismo que el dicho ese: “Siéntate en la puerta de tu casa y verás pasar el cadáver de tu enemigo”… A mí me llama mucho la atención ese fanatismo ¿Qué pasó con las mentes abiertas?
Brando: En las redes sociales, eso se exacerba.
Darín: Hay una estigmatización, con un nivel de violencia increíble. Las redes tienen una condición de anonimato que protege. Una vez Pedro Almodóvar dijo en una marcha contra la Guerra en España: “Tenemos que tener mucho cuidado con el odio. Nosotros no podemos inspirar y fomentar el odio, porque el odio es la única cosa que nunca se olvida. El amor pasa, todo pasa, pero lo único que no pasa es el odio. Y nosotros enviando soldados a una guerra que no es nuestra estamos fomentando un odio a nuestro país que no nos pertenece”. Esto es un poco lo mismo.
Brando: El dolor es un sentimiento más profundo que la dicha que genera la felicidad.
Darín: Yo soy esa clase de boludos que, por mi generación, me la pasé esperando que llegue el tan famoso año 2000, porque todos imaginábamos que en ese año 2000 se iba a cumplir lo que decía Perón: “O unidos o dominados”. Yo esperaba en términos de especie humana, dándonos cuenta de todos los errores, que nos iba a ayudar a mirar para adentro, reflexionar y decir: “Che, esto no está tan bueno. ¿A quién le sirve?”. Yo, con mi espíritu un poco renacentista y un poco hippie,  esperaba que nos miráramos y decir basta. No solo no pasó, sino que a la vez al haberse desordenado el tablero con la caída del Muro, que en un punto aquel contrabalance era saludable, y el 2000 nos agarra más en bolas: no hubo una puta sana idea globalizadora en ninguna dirección. Los países más industrializados que son los que más aportan a la contaminación son los que deciden no formar parte de la discusión sobre… la contaminación. ¿Me estás jodiendo? Es ridículo. Ya no es Argentina. La bajada de línea es que la salvación es individual.
Brando: Sos un iluso…
Darín: Porque hablo del amor en términos institucionales. Yo, para querer a mi ciudad, tengo que sentir que la ciudad me quiere a mí.  Para sentir que yo pertenezco a ella tengo que estar en sintonía, y así con el país.
Brando: Pero hablar del amor es como predicar sobre Jesús en un cabaret.
Darín: Y sí, pero aun a riesgo de ser considerado un pelotudo, creo en serio que si no bajamos la adrenalina con eso de que soy el más vivo, el que se las sabe todas, y no nos empezamos a escuchar, especialmente a los que piensan distinto, no funciona. Escuchar solo a los que piensan como nosotros es como hacerte la paja. Yo quiero que alguien me diga: “Yo no quiero educación para todos” “¿Por qué?” “Por esto, por esto y por esto”. “Ok”. No es fácil, claro. Pero el ejemplo en este caso es siempre verticalista: vos tenés que tirar una onda desde arriba. No podés ofrecer confrontación. Un funcionario público que forma parte de un gobierno democrático no puede salir a cagarse en un ciudadano porque piensa distinto, tiene la obligación de coserse el culo con hilo de matambre, tratarlo como si fuera una señorita y dar un ejemplo de cómo se debe hablar en un medio de comunicación. Porque entonces para que yo aprenda, que soy una bestia, que a pesar de que existen tipos que opinan todo lo contrario, hay una manera de que la cosa funcione. Hay que hacer como dicen que van a hacer en España: cuando vos asumís como funcionario, automáticamente tu familia pasa a ser atendida por la salud pública y tienen que estudiar en la escuela pública. Parece un poco totalitario, pero es una buena propuesta. “Vení a vivir un poco de este lado”. Van a estar obligados a pensar en los demás.
Brando: ¿Qué cosas te irritan?
Darín: Yo quisiera que alguien me explique el tema del crecimiento patrimonial de los Kirchner. ¿Cómo no se les cae la cara de vergüenza? ¿Cómo puede ser? Que alguien me explique… Lo dicen con una soltura. “No, no: yo tengo 14 autos…”
Brando: Es violento.
Darín: Eso es violento. Y además le estamos pidiendo a los mismos de siempre, o sea,  a los pobres, que sigan soportando.
Brando: Por un lado un crecimiento patrimonial obsceno y por otro viajamos como sardinas en los trenes.
Darín: El otro día se dieron cuenta que las llaves que había que cambiar en los rieles eran de 1931. Con cables que están enfundados en tela…
Brando: Lo curioso es que señalar esto no significa desaprobar otras cosas positivas, pero la reacción a veces es tan virulenta que termina desalentando cualquier crítica hecha con buena leche.
Darín: Claro, lo raro es que probados intelectuales, con grandes archivos, que se han dedicado en el pasado a investigar en el crecimiento patrimonial de muchos funcionarios, hoy en día no estén para medir lo que pasa hoy. Es sospechoso. Igual, me alejo del facilismo de que es por guita.
Brando: Vos decís que no son solamente grupos de poder los que se pelean…
Darín: Es una guerra esta, entre poderes. Qué se yo: yo creo que está bien que haya una ley de medios, yo creo que está bien que no haya un pulpo que se quede con todo. Lo que no comparto tanto es que esté todo direccionado a combatir un aspecto nada más, y no se considere el resto del panorama. O que se esté beneficiando a otro sector para constituirse en el sustituto del monopolio que vos querés combatir. Lo que no me gusta es la demonización, la casa de brujas.
Brando: Pareciera que el microclima no permite mirar en perspectiva, sino todo lo contrario.
Darín: ¿Sabés qué pasa?  Vos te podés mandar una cagada, se aprende mucho de eso. Pero no te creas nunca el más vivo, nunca creas en los rankings. Yo me pregunto: ¿No hay nadie que vaya y le diga: ‘Oiga, no diga esto. Va a herir susceptibilidades, va a dañar a mucha gente. Es mejor decirlo de otra forma…’? Cobran sueldos monumentales. Tienen secretarios. Son gente que se dedica a asesorar.
 Brando: Bueno, vos pedís amor pero eso es precisamente lo que son incapaces de dar. El amor sólo aparece esporádicamente en situaciones de solidaridad.
Darín: Sí, y los primeros que salen a ayudar son los tipos que menos tienen. De ellos hay que aprender.