(Publicado en Revista C en abril de 2008)
Atildado y sonriente,
con un semblante sin rasgos de gripe y una figura que refuta el calendario (72
años que cumpliría al día siguiente del encuentro), don Mario estrecha la mano
e invita a sentarse y preguntar.
Cinco días antes del
encuentro, Vargas Llosa había publicado en el diario El País de Madrid, en su
habitual espacio Piedra de toque –que escribe desde 1990–, una columna en la
que se refería a Louis Ferdinand Céline (1894-1961) como uno de los grandes escritores
franceses de la historia, capaz de producir “dos obras maestras, Viaje al fin de
la noche (1932) y Muerte a crédito (1936), que significaron una verdadera
revolución en la narrativa de su tiempo”. La referencia a Céline venía a cuento
porque el peruano está trabajando en un ensayo sobre Juan Carlos Onetti, el
autor uruguayo, muy influenciado por el francés. Es por eso que creemos atinado
comenzar a hablar de su columna. Hay que apurarse: entre el saludo y otras
cortesías de rigor, quedan 14 minutos.
–¿Por qué volver a
Céline, un escritor tachado de nazi, cuya obra fue opacada por su conducta racista
y xenófoba?
–En primer lugar,
nunca lo había leído en su lenguaje original y la diferencia es notable. Las obras
de Céline parecen destinadas a ser escuchadas más que leídas. La utilización
que tiene del lenguaje oral es genial, pero eso sólo puede ser apreciado si se
lo lee en francés. En segundo lugar era uno de los autores preferidos de Onetti
–quien hizo un ensayo sobre Céline–, y como estoy preparando un trabajo sobre
él, me dio curiosidad.
–¿Onetti tomó cosas
de Céline?
–Bueno, releyendo a
Céline me di cuenta de que sí, de que ese tratamiento del lenguaje oral, esa
riqueza que sólo se obtiene cuando se conoce en profundidad y se consigue
recrear el lenguaje de la calle, también está presente en los dos.
–Usted siempre tuvo
una gran admiración por los escritores franceses, pero siempre reconoció una
mayor influencia en Faulkner. ¿Esto sigue siendo así?
- Faulkner ha sido
una gran influencia para mí, sin lugar a dudas. Tuve la suerte de leerlo muy
temprano, lo que me hizo descubrir un mundo literario maravilloso que fue
fundamental para mi formación. Lo leí por primera vez estando en la Universidad
de San Marcos, en Lima. En aquellos días leía a Faulkner en español y en
francés. Las traducciones al francés de Maurice Coindreau son maravillosas. Era
un gran traductor. Leí su excelente versión de Santuario, con prefacio de André
Malraux.
–¿Qué fue lo que lo
impresionó de él?
–Su genio. Con él
descubrí la importancia de la forma en la literatura. Fue el primer escritor a
quien leí con una pluma en la mano y un papel al lado del libro. Una vez, hace
más de 20 años, fui a visitar la casa de Faulkner en Mississippi. Estando en la
cola, se me acercó una pareja de holandeses. Me dijeron que estaban ahí por mí,
que habían leído varios artículos míos en los que mencionaba mi amor por
Faulkner y que eso los había llevado a descubrirlo. “Me convertí en un
especialista en Faulkner por usted”, me dijo el hombre. Fue uno de los
episodios que más satisfacción me dieron en toda mi vida.
La entrevista con
Vargas Llosa se realiza en una oficina con un ventanal enorme por el que entra
un poco de sol y de río Paraná. En lo que parece ser el escritorio principal,
un hombre sentado anota cosas. Van siete minutos de charla, pero ese hombre
interrumpe la entrevista para decirnos que no queda mucho tiempo. “¡Pero si van
siete minutos!”, respondemos. En seco, Vargas Llosa intercede: “No, si estamos
trabajando. Además, una vez que podemos hablar de literatura no vamos a dejar
de hacerlo”. Ese día Vargas Llosa ya había dado cuatro entrevistas. En todas
ellas –de quince minutos–, el tema de conversación central había sido la
política y su participación en el seminario sobre desafíos para el liberalismo.
Seguimos hablando,
ahora que el hombre que anota dejó de escudriñar su reloj. Quedan ocho minutos.
–Usted siempre dijo
que Conversación en La Catedral había sido su libro preferido...
–Bueno, fue el libro
que más me costó. Estuve tres años escribiéndolo.
–¿Por qué cree que es
una novela tan moderna, aun cuando fue escrita en los años 60?
–Porque nuestra
sociedad sigue jodida, y es una novela que muestra eso: el envilecimiento y la
corrupción de las sociedades latinoamericanas.
–Después de su
experiencia política, después de haber atravesado una campaña política y de
haber vivido tanto tiempo en Europa, ¿cree que si tuviera que volver a escribir
Conversación..., la escribiría igual?
–Sin duda que no
escribiría la misma novela. Porque si bien no es una novela política, el tema
de la novela sí lo es. Es una novela que habla de la putrefacción que
experimenta una sociedad luego de vivir una dictadura (la de Odría en el Perú
de los años 50), violenta y corrompida. Muestra los aspectos perniciosos que
desató. Mi experiencia posterior me haría ver las cosas de otro modo,
seguramente.
–¿Por qué le costó
tanto escribirla?
–Porque tenía un
montón de elementos y situaciones dispersos, pero me costaba encontrar el esqueleto
de la obra. Finalmente, lo que consiguió aunar todos esos elementos fue un
episodio que viví el día en que perdí a mi perro y lo fui a buscar a la perrera.
Lo que vi allí fue la imagen que mejor definía al Perú de aquellos tiempos y
fue la que me sirvió para comenzar la novela. Era un lugar fétido en el que
mataban a los animales como si fueran moscas.
–¿Leyó a Roberto
Bolaño?
–Sí, y me gusta
mucho. Leí Los detectives salvajes y me encantó.
–Hay quienes dicen
que no sería posible entender a Bolaño sin Conversación en La Catedral.
–Bueno, ojalá fuera
cierto, porque Bolaño me parece un autor mayor.
Van 12 minutos y el
hombre que anota no nos mira y ni siquiera mira su reloj. Escucha de fondo a
dos tipos hablando de literatura. Vargas Llosa tampoco parece con ganas de
interrumpir la charla.
–En su último libro
de ensayos, un escritor argentino, Fabián Casas, menciona una frase que generó
cierta irritación. Casas dice que los mejores escritores son de derecha. ¿Está
de acuerdo?
–Ja, ja (Vargas Llosa
se ríe como si fuera una ocurrencia pueril más que una posibilidad para
analizar). Ojalá fuera cierto que los escritores de derecha somos los que mejor
escribimos. Pero no lo sé.
–¿Pero qué opina de
la frase?
–De lo que estoy
seguro es que los fanáticos escriben mal. La visión estrecha te deshumaniza, por
eso me parece imposible que un fanático escriba bien. Volviendo a Céline, por
algo sus mejores obras son sus dos primeras novelas. ¿Cómo se explica que
alguien capaz de hacer una obra maestra como Viaje al fin de la noche después
sólo sea capaz de producir panfletos sin ningún talento? Fue un autor ganado
por el odio.
–¿La ideología
empeora las cosas?
–Es que tú escribes
no sólo con tus ideas, sino con tu instinto, tu sensibilidad. Es
imposible escribir
sólo con la inteligencia. En especial una novela, porque la novela, por
definición, es imperfecta.
–¿Algo de eso tiene
que ver con el hecho de que Borges no haya escrito ninguna?
–Pero claro, por eso
mismo Borges odiaba la novela, porque no es perfecta, como lo puede ser el cuento
o la poesía. El exceso de inteligencia es nocivo para la novela.
Van 20 minutos de
charla. El hombre del escritorio abandonó el escritorio. Ya superamos el tiempo
pactado: todo lo que viene es ganancia.
–Usted también es un
gran admirador de Flaubert. ¿Qué es lo que más rescata de él?
–Lo más admirable de
Flaubert es que inventó su talento.
–¿Flaubert no tenía
talento?
–Lo inventó. Fue un
escritor que construyó su talento con disciplina. Es la muestra cabal de que se
puede conseguir una gran obra no sólo con el genio, sino con la obstinación. En
un sentido, Flaubert le dio esperanza a un montón de escritores.
–¿Qué está leyendo
ahora?
–Volví a Onetti, por
supuesto. Y gracias a él descubrí a Roberto Arlt, a quien conocía de nombre por
referencias de Borges, pero a quien los intelectuales argentinos parecía que
despreciaban. Me parece un autor maravilloso, un autor que, al igual que
Céline, tiene un manejo del lenguaje callejero excepcional. Los 7 locos me parece
un libro extraordinario.
Antes de ser un
apóstol del liberalismo, antes de sentarse en primera fila para convertirse en
el elegante ventrílocuo de la democracia de mercado, Vargas Llosa, el mismo
Vargas Llosa que llenó de elogios a Margaret Thatcher en la primera columna que
escribió en El País (diciembrede 1990), fue un militante de izquierdas. Es
famosa –y vieja– esa pirueta ideológica, tanto como la sorda inquina que
mantiene con García Márquez. Vargas habla de aquellos días como si hubiera sido
parte de un engaño colectivo.
“Cuando yo era joven
creía que al poder se podía llegar con un fusil, que la revolución iba a
cambiar la política. Ustedes vieron lo que pasó: lo único que generó fue una
proliferación de dictaduras. Hoy sabemos que la modernidad y el desarrollo
llega con el trabajo cotidiano, constante, abnegado. En 1958, cuando llegué a
España, me encontré con un país subdesarrollado, atrasado, viejo, y, en poco
tiempo, se transformó en un país moderno, donde surgió una clase media poderosísima.
España es el ejemplo de que es posible”.
Es tiempo de
descuento: la chica de prensa ya entró en la oficina y el hombre que anotaba ha
dejado de anotar y nos mira de frente con los brazos cruzados. La señal es
clara: hay que redondear. Como ocurre con las estrellas, el final de la entrevista
no lo decreta el entrevistado sino su cohorte de asesores que velan por él y
llevan su agenda. Vargas Llosa tiene tiempo para decirnos que “el director de
tu periódico trabaja con mi hijo”. El hijo de Vargas Llosa, Álvaro, participa
junto a Jorge Lanata en un programa radial que emite Cadena Ser en España. Del
ciclo también participa, entre otros, el peruano Santiago Roncagliolo (33),
escritor talentoso, acaso el heredero más firme para ocupar un lugar en el
cielo literario de su país, en donde reina, solo y colosal, Vargas Llosa. Es el
mismo Roncagliolo el que intenta definir, en términos argentinos, la intensidad
de esa luz tan potente, ese tótem nacido en Arequipa: “Ustedes tienen a Borges,
es cierto, pero también tienen una gran tradición literaria en la que brillan
los Cortázar, los Puig, los Saer. Y, como si fuera poco, cuentan con Charlies y
Diegos. Tienen tango, rock y fútbol. Nosotros sólo lo tenemos a él”.
Bonus track. Volvemos
a ver a Vargas Llosa a la tarde-noche. Ya no hablará de literatura, sino de
política, ideologías y populismos. Como parte del seminario que lo trajo a
Rosario, participa en una mesa redonda con el título “Cultura y libertad”. El
nombre de la charla no invita al entusiasmo. Sus compañeros menos: Marcos Aguinis
y Juan José Sebreli.
Vargas Llosa está a
la derecha de ellos. En el escenario, claro. El peruano cierra la onírica
charla con un alegato contundente, un rayo verbal que logra sacudir la abulia
de la sala: “A la democracia se la valora cuando no se la tiene”, sentencia. De
inmediato relata una anécdota relacionada con uno de sus tantísimos viajes.
Allí aparece el hombre de cultura universal encantado de sí mismo, el intelectual
itinerante que comparte su experiencia vital como quien convida caramelos de
optimismo.
“Una de las mayores impresiones
políticas de mi vida la tuve en Nueva Zelanda. Recuerdo estar caminando por el centro
de Auckland y ver largas colas de gente parada. Pregunté de qué se trataba y me
respondieron que estaban esperando comprar el informe presupuestario nacional.
Me pareció algo excepcional, porque significaba no sólo que el presupuesto era leído,
sino que se cumplía. Eso garantiza la calidad de vida contra cualquier exceso.
Nosotros, aquí, lamentablemente, estamos lejos de eso, porque despreciamos la
vida política. La política aquí es una actividad que no atrae a los mejores,
sino a los peores. Ese rechazo a la actividad política es un suicidio para una
nación, porque nunca va a alcanzar los niveles de decencia que merece. Lo
paradójico es que estoy convencido de que vivimos en una época extraordinaria.
Hemos visto hechos que parecían inconcebibles hace 30 años. Vimos cómo se
desmoronaban grandes regímenes totalitarios. Los ejemplos para no equivocarse
están ahí. Es mentira que los enemigos están afuera. La solución sólo depende
de nosotros”.
