Adrián
Dárgelos
Colocando
sus botas doradas en los escalones de hierro amurados a una pared
ajada, Adrián Dárgelos, 45 años, cantante de Babasónicos (11
discos editados), estrella de rock, escritor de canciones,
insospechado y magnético objeto de adoración de miles de
adolescentes y no tanto, trepa su diminuta humanidad al techo del
edificio en el que estamos. Dárgelos, que completa su vestuario con
unos pantalones blancos ajustados, una remera lila, gafas y una barba
grisácea que parece emboscar su rostro hasta borronearlo, lo hace
con determinación y cierta osadía: las elevaciones no parecen
amedrentarlo. Quiere hacerse unas fotos allí arriba. Las alturas, o
los vacíos, son espacios conocidos para él, no porque pertenezca a
un grupo encumbrado, que lo es, sino porque, según cree, el éxito
de su banda está sustentado en el morboso placer del público por
disfrutar de las caídas. Babasónicos, en la explicación de
Dárgelos, era -es- un puñado de inadaptados cuya peripecia estaba
destinada al colapso, pero que a último momento una maniobra salvó
del desastre. Como la mayoría de sus reflexiones, la observación
está humedecida por la subjetividad y la jactancia dargeliana: esa
manera tan particular, compleja, aguda y abigarrada, de auscultar y
diagnosticar su circunstancia.
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¿A qué te referís concretamente con eso del gusto de la gente?
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Nosotros éramos un grupo de amigos que no servía para nada. Que no
encajaba en los sistemas laborales. Y la gente elige eso: elige
desastres que gritan y que están a punto de estrellarse, solo que
hacen una pirueta a último momento. En mi colegio había tipos que
eran más virtuosos que yo, pero la gente venía a verme a mí. La
gente tiene vocación por ver el abismo, y en ese saltar, aprecia el
colapso. Pero la verdad es que no puedo negar mi máxima miseria: yo
hago música porque tengo hambre. Me he esforzado, entre la espada y
la pared, a hacerlo.
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¿En algún momento te dejaste ganar por el desaliento?
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El desaliento es una respiración que siempre está. No soy realmente
un titán. Los titanes, o los héroes, no reparan en el temor o el
desaliento.
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Hay una definición de héroe que da Roberto Gómez Bolaño que es
muy interesante. Dice que el heroísmo no consiste en carecer de
miedo, sino en superarlo. El héroe se muere de miedo, pero
consciente de eso, se enfrenta al problema y casi siempre pierde. Por
eso, dice, Superman no es un héroe, porque no tiene miedo.
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Bolaño entendió todo, por eso pudo escribir. Entendió que en la
cultura moderna, el héroe es quien se presenta a la batalla mañana.
No el que la ganó. El que tiene miedo y sin embargo se presenta. Fue
derrotado horrendamente, pero al presentarse igual, el relato de la
necedad es lo que lo convierte en héroe. En mi caso, siento que vine
hasta aquí para enmendar mis errores. Componer discos nuevos es
encarnar personajes nuevos que le den a la realidad con un hacha. Eso
me encanta.
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Te encanta pero también te cuesta...
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Claro. Soy ése que se sienta ahí y le da cara al fracaso
permanente, le pone el cuerpo al fracaso. Pero no me amedrenta la
frustración. Me río de mí mismo. Obvio, me agota, siento el tedio
y me duele, porque escribir no viene de la felicidad. Tampoco viene
de una infancia tortuosa, sino de una incomprensión estructural y
garrafal del mundo, algo que te dice que no vas a poder congeniar con
el mundo así le pongas todo tu empeño.
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Visto así, no hay nada más alejado a esa imagen romántica y teñida
de gloria del músico de rock...
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Yo escribo desde la incomodidad. Y siento que me dictan eso que
escribo. Por eso puedo decir cualquier cosa. Por eso mis canciones se
contradicen. Yo en el escenario materialicé una forma única de
interpretación. Porque en 25 años nadie me dijo que me parecía a
alguien. En un porcentaje mínimo me han dicho que me parezco a gente
increíble (como Jagger o Morrison), que obviamente no me creo. De
manera que si no me dijeron masivamente que me parezco a alguien,
debo haber creado una forma de performance
propia. ¿En qué se basa? En hacer todo lo que me da vergüenza.
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Que consiste en...
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Yo soy una persona tímida. Además, siempre me esquivo. No me miro.
Nunca vi un video mío. Y sin embargo, canto: “Soy hermoso”. Eso
es lo peor... ¡Pero nadie lo cantó! Sí, hay uno que canta “You're
beautiful”, (James Blunt), pero es un lindo que le dice “lindo”
a otro lindo. Yo no. Yo no soy lindo y digo “soy hermoso”.
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Un caradura...
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Estoy diciendo una barbaridad porque me creo tal cosa. He encontrado
que la escritura es buen lugar para decir cualquier cosa.
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Tuviste buenos secuaces...
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Sí, encontré un grupo humano de calidad y, más que nada, de mucha
competitividad intelectual, que no quiere decir que sea un grupo
inteligente, sino que ninguno se queda en el crecimiento. Porque la
inquietud es todo. Hasta de la pavada, como es Internet: un mundo
donde todo se consigue. Yo tenía inquietud cuando no había forma de
resolverlo. No material o de información, sino de posibilidades de
vida o de resquicios de cómo estaba formada mi mente y podía
resolver los embistes de la imposición cultural, porque yo no me
como esa de que el mundo es como me lo dijeron. Entiendo que quieren
que más o menos sea así, pero no me lo creo.
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¿Cuánto tiempo le dedicás a la lectura?
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Leo un montón por día, entre tres y cuatro horas. La verdad es que
más no puedo, y no conozco a nadie que pueda leer más que eso. Solo
leo ficción. La mayoría de la literatura no me gusta, pero la que
me gusta, me fascina. Yo leo a aquellos que encontraron para qué es
la literatura, aquellos que manipulan el tiempo del otro, los que
desestructuran la mente del otro, los que hacen un mundo dentro de tu
cerebro que no existe en otro lado y van sorprendiendo a tu manera de
pensar. Lo genial es que uno dice “Ah, pero yo no pensaba esto
antes”. Esa clase de manipulación a distancia del cerebro de otro,
eso es la literatura.
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Hay una frase en “El guardián en el centeno” (JD Salinger) en el
que el protagonista dice que los
libros que le gustan son esos que cuando uno los termina piensa:
“Ojalá fuera amigo del autor para poder llamarlo por teléfono”.
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Es buena la frase, pero yo prefiero la obra y no la persona. Porque
puede pasar que el tipo no tenga un buen ser social. La música
también es una fantasía, pero lo interesante de la vida no es la
vida de la gente, sino la obra. A veces la gente me pregunta: “¿Te
pasa lo que decís en las letras?” Si me pasase todo lo que dicen
las letras tendría multiplicidad de personalidades. Yo te hago creer
que me pasa. Por eso creo que a la literatura nunca le tenés que
poner la cara. La literatura flota en el anonimato. Algunos
escritores ponen la cara porque necesitan recopilar el prestigio de
lo que han hecho, que es el punto más bajo de la miserabilidad
humana. No solo los escritores, sino cualquiera, en general. Los
escritores encima buscan prestigio en un sistema que ya no existe,
porque la sociedad ya no admira a nadie, y menos admira al genio que
con un poquito de luz prefigura entre las sombras un camino. Ni
siquiera es recompensado con el prestigio que eso emana. La
literatura ya no le importa a nadie.
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Es un oficio dantesco: se hace sufriendo y no le importa a nadie....
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Y sí. El compositor escribe en soledad, silencio y displacer total.
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La recompensa es posterior. Algo así como “Odio escribir, amo
haber escrito”.
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Sí. Cuando escribo, lo único que me permito es un vaso de agua. No
me doy nada, ni siquiera un porro. Hubo alguien que dijo que a veces
escribir canciones es todos los días ir a la cueva del dragón para
ver si sale. Y no sale casi nunca. Hasta que un día sale, y lo ves,
y ves esa maravilla, pero para eso estuviste que estar sentado ahí
todos los días. Si vos estas mirando para otro lado lo perdés. Yo
me siento miles de horas. Tengo un ejercicio tan grande de escribir
que solo el 20 por ciento me resulta útil. Pero no me duele la
resignación del 80 por ciento del tiempo. Yo voy a ir ahí, y
seguramente me frustre, porque no voy a poder plasmar lo que me
configuro previamente. Pero para mí todo está dentro de la
imaginación. Después sí, tenés un filtro de depuración muy
grande. Son miles de horas hombre.
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Otra vez el rock como la consagración de un malentendido: no es pura
inspiración y purpurina.
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Los rockeros tenemos que trabajar, que cagar, que sacar la basura. La
inspiración te encuentra trabajando. Hay segundos de genialidad,
pero es una microoración
que no tiene sentido. Esa microoración
te lleva días y días de 8 horas por día para terminarla. Sí, hay
pequeños raptos de ideas, y supongo que todo el mundo los tiene,
solo que los que escribimos estamos más atentos. Quizás algunos
escriben en la máxima de las felicidades, pero para mí siempre lo
hacés rodeado de frustración. Yo en un momento lo detestaba.
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También está la autoexigencia...
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La exigencia bloquea, es cierto. El tercer disco (Dopádromo) me
costó muchísimo. A gatas escribí esas letras. No podía escribir
en ningún lado. Yo no puedo escribir mirando la televisión, por
ejemplo. Creo que nadie puede.
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Hablando de la televisión. Son pocas las veces que vas y seguramente
no son pocas las veces que te invitan...
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Nunca fue a Mirtha Legrand, por ejemplo, y me han invitado a todos
los programas que te puedas imaginar. Pero no fui a ninguno. Voy a
los canales de música porque tienen que ver con lo que hago. Yo amo
que la música conlleve un discurso. Y a veces voy a esos canales a
defender lo que hago, sobre todo porque Babasónicos cree que cada
disco es un perfil de discusión distinto. En principio no considero
que la vida de nadie sea interesante para ser expuesta, porque nadie
es un descubridor de mundos insospechados. Ninguna vida esta
sostenida por epifanías permanentes.
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Pero convengamos que hoy la aspiración social pasa por ahí, por ser
interpretado, o sea, mirado y analizado. Lo digo en referencia al
auge de las redes sociales.
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Puede ser. Quizás fueron muchos años de exposición, a modo de
panacea cultural, al supuesto éxito de la vida en los medios, y
apenas se abrió la posibilidad de un “hágalo usted mismo”, como
si fuera una gran distopía, apareció eso. Tantos años de forjación
de un deseo a partir de la massmedia determinó que tras la mínima
grieta sucediera. A la mayoría de la gente no le da pudor ser
interpretado. Yo no tengo ni Facebook ni Twitter. Hay como 50
apócrifos, pero no los miro: ni siquiera sé como llegar a leer a
mis farsantes.
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Hablamos ya del desaliento. Hablemos ahora de cómo es querer
dedicarse a escribir canciones siendo un adolescente que vive en un
hogar de clase trabajadora con un padre que seguramente no
consideraba viable esa vocación.
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En primer lugar en mi casa me decían: “Che, mirá que lo que hacés
vos -escribir cuentitos- lo hacen todos los chicos, eh”. Me decían
eso para desalentarme y para que responda al patrón de incorporación
a la clase media: ser médico, ser abogado, etc. Tuve el mismo patrón
educativo que el resto, sin embargo no lo seguí, lo que me llevó a
preguntarme: ¿por qué uno escribe y otro no? Además, me resultaba
raro, porque no hay escuela de composición, ni siquiera tahúres que
te puedan decir cómo es. Yo recién a los 20 años me crucé con
otro tipo que escribía canciones. Para mí escribir es jugar a que
podés. Hasta que después vas refinando y puliendo. Y el mismo
oficio se eleva a la poción de arte cuando atravesás la vicisitud.
Después tenés que traer algo que decir, o traer una visión sesgada
de la realidad o un perfil desde donde vos puedas tener una voz
única.
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Eso de “tener algo que decir” incluye, se supone, aquella frase
que dice que “la música no tiene mensaje ni moral”, algo así
como una contradicción hecho estrofa...
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No es que no tiene mensaje, sino que algunos no se entienden. Era una
crítica hacia la música de los 90 cuando se decía que solo había
que hacer música de barrio, lo que para mí no era más que
marketing de la rebeldía, porque en realidad no hacían nada
rebelde: tenían una multinacional atrás, y de lo que hacían, esos
grupos se llevaban apenas un porcentaje mínimo. ¿Cuál era la
rebeldía ahí?
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Donde sí marcás una diferencia es en el escenario: ahí sí
interpretás un personaje.
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La canción está sostenida por la representación. El que está
arriba del escenario por más que actúe de no ser querido, está
buscando un reconocimiento, sino, no lo hace. Desde el Indio (Solari)
hasta yo, que no saludo. Cada uno tiene su estilo. Todo es pop,
porque es cultura popular, sino, ni grabás un disco. Lo divertido de
la canción es que se escribe para ser representada, y al ser
representada lleva un punto de actuación. Ahí uno tiene que
encontrar momentos únicos, que estén en vos, que desplieguen luz,
que estén más jugados que tu pequeña persona, miserable y
vulnerable en medio de la multitud. Miserable porque nadie es un
superhéroe. En esa posesión uno pueda sentir vergüenza y sin
embargo decirlo. Ser algo que no es y sostenerlo con la mirada. Eso
puede parecer actuación. Y creo que el que canta está más expuesto
que el que actúa.
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¿La actuación no te atrae tampoco?
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No me gusta trabajar en algo que no domino. Me han ofrecido, por
ejemplo, hacer columnas en diarios. (El escritor) Quique Fogwill me
decía que él me las corregía. Quique fue un amigo, y con su
familia mantengo una relación. De hecho, mi hijo va al colegio con
su nieto.
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¿Y por qué no te animaste a escribir en un medio?
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Es que no leo diarios y no sabría cómo hacerlo. Yo leo literatura
dura, aburrida. Yo no sé nada, no soy un intelectual. Me han
ofrecido en muchas universidades dar conferencias. Universidades de
distintas partes del mundo, incluso. Y hasta me pagan por ir. Pero no
acepto porque no me gusta hablar con autoridad de nada. De lo único
que hablo con autoridad es de la imaginación, que es de todos y de
la que puede hablar cualquiera. Yo te digo cómo es la imaginación,
pero tengo la misma autoridad que cualquiera para describirla.
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¿Cómo te imaginás dentro de un año?
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Enfrentándome a la bestia desconocida del silencio, que es volver a
hacer un disco.