martes, 30 de septiembre de 2014

Estoy hablando de mi generación

Hay discos hermosos, discos imperdibles y discos que te cambian la vida. Eso debí pensar una tarde de mayo de 1987, cuando Nani, un amigo que por entonces hacía la colimba, me pasó a buscar con su jeep blanco y su campera de cuero marrón a lo Top Gun. No teníamos un plan preciso: la idea era perdernos por las calles y atemperar, juntos, la amenaza de un domingo de otoño. Me trepé al auto y ni bien me acomodé empecé a escuchar una música nueva que había traído Jorge, otro amigo que hoy vive en España. Lo primero que percibí fue un rasgueo de cuerdas delicioso y una voz, agónica y sensual, que me hechizaron de inmediato. Eran la guitarra de Johnny Marr y la garganta de Steven Patrick Morrissey; el disco, el inigualable The Queen is Dead, tercero de la carrera de The Smiths. Yo tenía 16 años y manejaba cierta información musical, pero esto era distinto a todo. Una sensación desconocida me atravesó el cuerpo. Aun sin entender bien de qué se trataba, creí, al igual que miles de adolescentes del planeta, que ese tipo, del que no tenía idea de nada –no existía MTV–, me hablaba a mí. Fue como si alguien hubiese podido atrapar la melancolía del mundo para devolvérmela con una vacuna luminosa. Eso es lo que, por lo general, provocan las obras maestras: sintetizan tus emociones. Eso y que tus amigos, sin que medien muchas palabras, sin siquiera tener la capacidad –ni vos ni ellos– de precisar qué es lo que se pulsa dentro de cada uno con cada acorde, compartan un momento glorioso, cantando, a bordo de ese jeep viejo pero invencible, “And if a double decker bus, crashes into us, to die by your side is such heavenly way to die ”.
Eran tiempos de mucha efervescencia: veníamos de la llegada tardía del estallido punk. Recuerdo lo decepcionante que fue enterarme de que los Sex Pistols se habían separado seis años antes, y darme cuenta de que vivíamos en un país periférico al que la cultura internacional llegaba en grageas vencidas.
Era, también, una época extraña, la del alfonsinismo crepuscular, preembarque del exilio del '89. No se sabía bien hacia dónde nos llevaba la democracia: una generación estaba por experimentar su primera estampida económica. La alegría era solo brasileña. Charly, justamente, había sido el primero que había alumbrado con su música el post Malvinas con Yendo de la cama al living, su disco del 82. Me había fascinado, pero también sentía que todavía me quedaba grande. Solo con el tiempo pude metabolizar aquellas letras. Para un chico de 11 años escuchar “Yo no quiero esta pena en mi corazón” puede ser desconcertante: la angustia es una provincia cercana, pero aun desconocida.  
El tiempo pasó, con sus héroes momentáneos –Dire Straits, Virus, Zas, incluso The Cure–, hasta la llegada de los Smiths y de los primeros bailes en YCO, un boliche en el puerto de Olivos. Recuerdo que el DJ –nunca supe su nombre pero pasaba unos temas increíbles– antes de abrir con “C'est la Ouate”, de Caroline Loeb, ponía un reggae alucinante cantado por alguien cuya voz me parecía conocida pero no lograba descubrir. Era un momento mágico: sonaba ese ritmo aletargado, la pista se poblaba de sobretodos negros, el humo surgía de los costados y alguien cantaba “Rainnnn, fall down on me”. “¿Quien será?”, me preguntaba. “¿Un jaimaquino? ¿Un inglés?” Era Luca, poco antes de que Sumo editara After chabon. El DJ había conseguido el simple de “La gota en el ojo” y lo pasaba en un segmento de reggae inolvidable. Sumo, claro, y sobre todo After chabon, tuvieron un influjo semejante al de los Smiths en mí y mi grupo de amigos. Fue un disparador hacia otras bandas, las que habían influenciado a Prodan: The Clash, Joy Division, Peter Tosh y hasta Lou Reed. Fue mi manera también de mejorar el inglés y la certeza inapelable de que acá –más allá de los próceres Spinetta y García–, se estaba haciendo una música distinta.
Eso lo ratifiqué al año siguiente, cuando fui a ver a los Redondos por primera vez. Debutaban en Obras y presentaban Bang bang… Estás liquidado! El que quedó liquidado fui yo, luego de escuchar una versión incendiaria de “Todo un palo”, una de las canciones con las que Solari nos cautivó con su alquimia inexplicable de misterio, paranoia y soledad.
Arrancaba el menemismo y su oferta, casi absurda, de shows internacionales. De pronto, bandas y músicos legendarios comenzaron a bajar hasta estas playas. Todos nos pusimos camisas leñadoras para escuchar Guns N’Roses, con su hard rock desesperado, y a un par de intérpretes de un movimiento musical urgente, primo hermano del punk, el grunge. Había llegado MTV, que tal vez hoy no significa mucho, pero por aquel entonces tenía una grilla musical maravillosa, en la que restallaban sus unplugged (cómo olvidar el de Nirvana, el de Charly) y su continua rotación de eso que se llamó rock alterlatino. Los Cadillacs habían editado un discazo (El león), poco tiempo después de que Soda Stereo volviera a colonizar todas las habitaciones adolescentes de Sudamérica con “De música ligera”. Al tiempo que Cobain se volaba los sesos, Inglaterra preparaba su reacción: el brit pop nos regalaría, tres décadas después de la Beatlemanía, nuestra propia invasión inglesa. La información ya no tardaba en llegar, por eso fenómenos contemporáneos como Oasis, Blur y Radiohead explotaron aquí casi al mismo tiempo que en Europa. Temas incombustibles como “Wanderwall”, “Girls and Boys”, “Creep” y “Bittersweet Symphony” (de The Verve) se convirtieron rápidamente en himnos.
Poco a poco fuimos envejeciendo y, como tal, llegados los 30 nos volvimos más conservadores: es más difícil que lo nuevo nos sacuda en exceso. Hacía rato que veníamos haciendo arqueología musical (de Dylan a Cohen, de los Beatles o los Rolling a un larguísimo etc), y parecía que nuestro disco rígido ya estaba completo. Sí, nos gustaron Is this it? de los Strokes, Seven Nation Army de White Stripes o hasta Whatever People Say I Am... de Artic Monkeys, pero nada nos quitó el aliento. De lo que sí disfrutamos es de la accesibilidad: aquello que antaño parecía imposible y hoy se consigue a golpe de click: escuchar lo que quieras en cualquier momento. El mundo se volvió más pragmático. Ya no hay jeeps blancos con pasacasetes inolvidables y sí pendrives que albergan todas nuestras emociones.

(Aparecido en la edición de octubre de 2014 de la revista Brando)