Las
Vegas, MGM Grand Garden Arena, 31 de enero, 8 de la noche. Una
muchedumbre ansiosa aguarda el que es, para los fans de las artes
marciales mixtas, el acontecimiento del año: el regreso de su
mesías, el brasileño Anderson Silva, leyenda viva de este deporte.
Con
39 años, mucho tuvo que fatigar Silva para retornar al octágono.
Hace un año y medio, en una pelea en la que intentaba recuperar el
título del mundo en manos de Chris Weidman, el paulista sufrió una
fractura que lo alejó de las competencias. La acción fue
escalofriante: Silva intentó asestar una de esas patadas -como
disparos- con las que edificó su gloria personal, pero su pierna
impactó con la rodilla rival, partiéndose en dos. Una estela de
estupor recorrió el estadio. Tendido en el piso, el rey estaba
quebrado. Muchos temieron que fuera el fin de una era.
Ahora
el rey quiere volver. Ahora está aquí, a minutos de saltar de nuevo
a la arena. La UFC (Ultimate Fight Championship), la empresa que
organiza las peleas y nuclea a los mejores luchadores del mundo,
preparó su retorno con la arrolladora convicción con la que apoya
al deporte desde que se asoció a él, en 1993. Es el regreso de un
mito y, por tanto, esperan audiencias millonarias a través del
sistema per pey view con el que vienen sosteniendo -y agrandando- el
negocio. Cientos de periodistas de Brasil, Estados Unidos, Canadá y
América latina llegaron a esta ciudad para presenciar la vuelta.
Solo por la pelea de esta noche, Silva ganará 800.000 dólares.
El
show es, como se estila en este exuberante enclave artificial: ensordecedor, desmesurado y caótico. Para estar aquí, los niveles
de tolerancia auditiva y visual deben estirarse al máximo. Los
estímulos son cientos y se dispersan en el aire. Parece imposible
gobernar los sentidos.
Por
los parlantes suena a todo volumen Baba O'Riley, un clásico de The
Who compuesto hace más de 40 años, cuyo comienzo -una trepidante
marcha de sintetizadores- exacerba el clima épico de la noche. “I
don't need to fight, to prove I'm right” (“No necesito pelear
para probar que tengo razón”), dice la canción, que sirve como
banda de sonido de un clip que la UFC pergeñó para ir fermentando a
la audiencia. Se emite en cuatro pantallas Full HD cuya imagen es más
bella que la vida. Son cinco minutos colosales en los que queda al
descubierto la gracia de este deporte: es una actividad que imita a
Hollywood. En realidad, es mejor que Hollywood, porque puede ser
cierta. Compuestos con fragmentos de peleas anteriores, esos cinco
minutos -cuyo director, quien quiera que sea, maneja con maestría el
arte de la conmoción- son un compendio de acciones descollantes
-patadas, trompadas, tomas- que emulan, a escala humana, la
espectacularidad de Batman, X-Men, Ironman o cualquier superhéroe de
película. Una tras otra, a velocidad de rayo, se suceden verdaderas
hazañas corporales que sirven para retratar, de forma elocuente, la
potencia de estos gladiadores contemporáneos. Para una audiencia
conformada, mayoritariamente, por hombres de entre 30 y 50 años -una
generación, o dos, que se crió con Hollywood alimentando sus vidas-
nada más atractivo que dos peleadores semi desnudos desplegando
piruetas musculares y un arsenal de recursos dignos del mejor cine de
acción. Terminado el video, el público estalla en todas las
esquinas.
Antes
de la de Silva, hay un puñado de peleas que sirve de preludio del
gran acto. Thiago Alvez, brasileño, enfrenta a Jordan Mein,
canadiense. Una estadística señala que Alvez es el segundo que más
cantidad de patadas conectó en la historia de la UFC. Un Bruce Lee
nacido en Fortaleza. Tiene ambos brazos tatuados. El primer round
parece de box. El canadiense lo domina con tres o cuatro mazazos.
Alves los siente: lo salva la campana. El minuto de descanso le sirve
para recuperarse. Comienza el segundo con otro aire. Bailotea
alrededor del octágono. Pretende imitar a Mohamed Alí: flotar como
una mariposa, picar como una abeja. De repente consigue asestarle una
patada cuyo impacto se escucha desde la fila 30, en la que estamos.
Parece inofensiva, pero no, lo voltea. De inmediato, lo arremete con
la rapidez de una boa constrictor. Le pega un rodillazo en una zona
indefinida entre la cabeza y el hombro y se le echa encima. Comienza
a trepanarlo a golpes. El arbitro da por finalizada la pelea. El
público, saciado, delira. La audiencia es ecléctica y multiétnica.
El espectáculo es universal.
Es
el turno de otro atleta brasileño. Hace su ingreso con Three litle
birds, himno optimista de Bob Marley. Se llama Thales Leites. Está
quinto entre los peleadores que más sumisiones provocó en la
historia. En el argot de las artes marciales mixtas (MMA por sus
siglas en inglés), un deporte en el que el escarceo corporal es
abundante, la sumisión es el acto por el cual un peleador somete al
otro hasta vencerlo. Leites tiene una daga tatuada en un costado de
su dorso. ¿La tendrá también en el alma? Su rival es sajón,
morrudo y rosado. Se llama Tim Boetsch, oriundo del extremo noreste
de Estados Unidos, allí donde apenas llega el sol. Pelean, pero les
cuesta tocarse. El round discurre con intentos de ataques; leves
ventajas o potenciales posiciones dominantes que preceden a prontas
recuperaciones. De repente, Leites queda sentido, pero cuando Boetsch
intenta ultimarlo, el carioca logra hacerle una llave extraña y en
dos segundos lo pone boca abajo. Se le monta. En esa inusual posición
para dos hombres heterosexuales -a lo lejos, conforman una masa de
carne informe- permanecen más de dos minutos. Apenas mueven sus
torsos, con espasmos corporales como los que tiene un cetáceo
balbuceante (estimado lector: sepa disculpar la recurrente metáfora
animal, pero es a lo que nos conduce, de inmediato, la propia
naturaleza de ciertos movimientos primitivos). De a poco, haciéndose
paso entre el sudor de la espalda de su rival y las imprecaciones del
público, Leites logra que Boetsch abdique. Gana por sumisión.
En
este zapping continúo es el turno de Al Iaquinta contra Joe Lauzon,
ambos norteamericanos. Pesan lo mismo (70 kilos) y miden parecido
(1,76 y 1,78), y tal vez por eso no se saquen ventaja. Apenas se
rozan y se limitan a dar vueltas alrededor de la lona, como si en vez
de pelear improvisaran una coreografía sin matices. Es difícil
discernir el arte de la técnica o algún saber específico en ambos.
El público, acaso necesitado de sublimar su pasión, manifiesta su
disconformidad con un aullido corto: “Guuuuuuuuu”. Es un sonido
gutural que no hace más que reafirmar la premisa con la que se
cimentó este deporte: es la audiencia, tanto televisiva como in
situ, la que empina o eclipsa la reputación del show y de sus
gladiadores. Así lo entendieron, de entrada, los directivos de la
UFC, socios de la televisión paga ni bien decidieron invertir en la
actividad. De repente, el abucheo deviene ovación: Iaquinta conecta
una seguidilla de derechazos que conmueven a su rival. Gana. Se baja.
El show sigue.
Se
acerca la batalla capital, se acerca el regreso del gran Silva. Ahora
las pantallas HD reproducen al atleta brasileño entrenando. La voz
en off es suya: un sonido agudo y cadencioso que contrasta con la
ferocidad con la que se mueve en el octágono. En el clip, Silva, a
quien apodan la araña, relata el desasosiego vivido en los últimos
meses. También transmite la convicción con la que volvió a los
entrenamientos. Su familia se oponía al regreso. No querían verlo
sufrir. Los riesgos de este deporte, en el que la sangre no determina
el final de una pelea, están a a la vista. Abnegado, Silva asumió
su vuelta como una cruzada individual. Es difícil resistirse a los
sonidos del MGM, es difícil obviar el murmullo terapéutico de la
multitud, los oropeles con los que la victoria suele acolchar a sus
campeones. Aquí está Silva, para demostrar que el retiro será una
elección y no una imposición del destino.
“Silva,
Silva, Silva”, grita el público brasileño que llegó a Las Vegas.
Son miles. En Brasil, gracias a su ídolo, las artes marciales mixtas
son un fenómeno masivo. El público allí se ha dejado colonizar por
un deporte que tuvo, desde que la UFC rige sus destinos, dos
objetivos muy precisos: la necesidad de una depuración para quitarse
de encima la pátina de salvajismo con la que comenzó en los 90; y,
por otro lado, la penetración masiva a través de la televisión
paga, que no solo transmite las peleas, sino que emite el programa
The Ultimate Fighter, un reality show que nutre de nuevos
contendientes a la categoría profesional, a la vez que funciona como
espectáculo autónomo. Los aspirantes conviven en una casa en Las
Vegas, donde entrenan y pugnan por el Santo Grial: un contrato con
UFC. La serie ya lleva diez años: debutó en enero de 2005 y
continúa hasta hoy. La metodología (mezcla de semillero y
experimento orwelliano) ya se implementó en el cono sur: la primera
temporada de The Ultimate Fighter Latinoamérica se lanzó en agosto
de 2014. La segunda comenzará a filmarse a mediados de marzo y se
emitirá en el segundo semestre de 2015.
Aquí,
cada detalle fue pensado. Hasta el hecho de que esta jornada se
realice el día previo al Superbowl, un casillero que suele quedar en
blanco en el nutrido calendario deportivo norteamericano. Así se lo
explica a La Nación Revista Lorenzo Fertitta, Presidente y CEO de
UFC, quien eligió esta noche de sábado a sabiendas de que no
tendría competencia. En enero del 2001, Fertitta, junto a su hermano
Frank y su ex compañero Dana White, adquirieron el patrimonio de la
UFC. Pagaron dos millones de dólares. Fue una jugada arriesgada. Por
aquel entonces, el deporte era denostado por buena parte de la
opinión pública. Era señalado, con bastante razón, como una
actividad vulgar y despiadada. Fertitta, lo explica ahora, siempre
creyó en su potencial. Solo debía eliminar su costado más cruel,
una crueldad que además de espantar seguidores resultaba pueril.
Dueño de una mirada tenaz y una elegancia que subraya la claridad
verbal con la que se expresa, Fertitta fue sofisticando su producto,
dotándolo de una mística propia: ser el eslabón ulterior -tal vez
definitivo- en la aventura del hombre por dirimir aquello que lo
obsesiona desde siempre: la disputa por ser el más fuerte de su
especie. Hoy, la empresa de Fertitta, según la revista Forbes, está
valuada en 1.000 millones.
El
rival de Silva es Nick Díaz, norteamericano de origen latino. La
contienda se inicia con el típico round de estudio. Pasan los
minutos, hasta que Díaz, sabiendo que es quien menos tiene para
perder, en un movimiento que tiene más de clown que de atleta, se
acuesta por completo en el piso y, apoyando su cabeza en la palma de
su mano izquierda acodada a la lona, convoca a Silva a pegarle. El
público se prende fuego.
La
tensión y la expectativa es notable. A diferencia del box o de
cualquiera arte marcial, aquí ambos tienen mas decisiones que tomar,
porque cuentan con más opciones para atacar y defender. Esa
cavilación se percibe en sus rostros, que denotan las numerosas
acechanzas y posibilidades de cada uno. Todavía no ha nacido el
hombre capaz de pegar una patada y una trompada en simultáneo, pero
podría asegurarse que Anderson Silva no esta lejos de esa gesta. Su
cuerpo es una proeza genética. Hay videos que lo muestran lanzando
golpes con la rapidez y la ferocidad de una turbina sanguínea. Pero
se nota su inactividad. Los últimos dos rounds se consumen con Díaz
provocando y Anderson tratando de aplicar su maniobra más letal y
famosa, parecida a la de Karate Kid: rodilla adelante en vuelo. No lo
logra. No pasa mucho más. Termina la pelea. Díaz, ensangrentado,
levanta los brazos. Su rostro tiene ondulaciones. Silva recorre el
ring trotando. Quiere demostrarnos que está entero, que el tiempo
pasa pero su talento vive. El fallo es unánime: gana el brasileño.
Cuando escucha el resultado, se derrumba en la lona. Llora. Lo
consiguió. Quieren que hable, pero casi no puede. Su voz,
naturalmente suave, se desvanece en el aire. El show termina. Pero
hay más.
Dos
días más tarde, una noticia sacude al mundo de este deporte: ambos
peleadores dieron positivo en el control antidoping al que fueron
sometidos. A Silva le detectaron esteroides anabolizantes
(drostanolona) y a Díaz, por tercera vez en su carrera, marihuana.
Silva negó todo pero a los pocos días la Comisión Atlética de
Nevada informó que la contraprueba también dio positivo. De
inmediato, las autoridades de la UFC emitieron un comunicado en el
que reafirmaban su compromiso de combatir con dureza el dopaje y
anunciaron la puesta en marcha de un plan de controles exhaustivo
para todos sus atletas, a partir de julio. Un momento de debilidad
personal puede hundir para siempre una reputación colectiva. El
riesgo -y el negocio- es demasiado grande, más grande que cualquier
ídolo, se llame como se llame. Al igual que Las Vegas, la UFC no
duerme.
(Nota publicada en la La Nación Revista del domingo 8 de marzo)
