viernes, 6 de febrero de 2015

Una música que estoy tocando mañana

Las tapas de El Gráfico configuraron parte del patrimonio emocional de varias generaciones. El futuro llegó el día que un compañero del colegio salió en sus páginas. Y después fue tapa.
(Una versión más breve de este texto aparece publicado en la edición de febrero de la revista Brando)

Mi vieja dejó su casa del GBA de toda la vida y, con casi 70, se mudó sola a un departamento en Palermo. Al margen del gesto de audacia, el traslado y el hecho de abandonar un espacio tan simbólico implicó una depuración que un poco se pareció a una purga y otro poco a una rendición de cuentas con el siglo XX. “Vení a buscar los Gráficos. O los tiro”, me pidió por whatsapp. Vegetaban debajo de una escalera. Eran cientos. Fui a por ellos.
Hay pocas cosas más tristes que tres filas altas -bien altas- de revistas apiladas. Al verlas, tuve un instante de malhumor. Pensé en agarrar bolsas de consorcio y, efectivamente, tirarlas. Pero recapitulé y, porque estaban ahí, empecé a revisarlas. Pasé de largo muchas tapas inocuas, que no me decían nada. Pero de pronto empezaron a aparecer los ídolos. Vilas y su vincha -el héroe por antonomasia: solo, conquistando torneos y mujeres por el mundo-, Maradona y su genio todavía sin tragedia, Gatti y Fillol como ying y yang del arco, Passarella y su ego de cowboy, Reutemann y... no sé, supongo que algo. La conformación de mi patrimonio emocional -comienzos de los 80- le debe mucho a esas tapas legendarias absorbidas en meriendas sin gloria. Eran estrellas que la televisión apenas mostraba (se transmitía muy poco), que construyeron su épica, en parte, gracias a las fotos color de El Gráfico. Parecía que vivíamos en el mejor país del mundo aunque, lo supimos después, lejos estábamos de que así fuera. En Balcarce 50 se cocinaba un tuco apestoso que era difícil olfatear desde una habitación púber de la Zona Norte. Ahora, recién ahora, me doy cuenta de la exagerada o tergiversada cobertura que hacía la revista de algunos hechos, incluso puedo notar sus omisiones o su mitología floja de papeles. 
De pronto, del fondo de una pila apareció una tapa que no decía mucho: el Checho Batista saludaba a la tribuna, solo. Era un Batista crepuscular, desangelado, lejos de aquel Sandokán que había colonizado el mundo con Argentina y Argentinos Juniors.
La tapa era de su primer partido en River, contra Racing de Córdoba, una noche perdida en los pasillos del tiempo y de mi memoria. ¿Por qué tenía esa revista que no me decía mucho? ¿Por qué la había conservado impecable? Sentado en el piso de la casa vacía de San Isidro, empecé a hojearla y a descubrirlo. Esa noche, 1 de octubre de 1988, había debutado en la Primera de River, con 17 años, Juan José Borrelli. Puede que el nombre no les diga mucho a los no futboleros, pero Juanjo la descosió en River a comienzos de los 90 en un equipazo en el que jugaban Ortega, Da Silva y Medina Bello. Juanjo había sido compañero mío del colegio, el Santa Isabel de San Isidro. Hicimos el primario -en divisiones distintas- y parte del secundario juntos.
Borrelli siempre fue el distinto de nuestro grado: aun siendo un chico, desprendía una energía que nadie a esa edad era capaz de emitir. A los 8 años ya brillaba en las inferiores de River y se decía -se aseguraba- que llegaría a Primera. Como todo futbolista, su cuerpo era una catedral de precocidades: su personalidad se maceraba sin pausa en el darwinismo social de unas inferiores salvajes. Cuando jugabas con o contra él, la cancha se llenaba de electricidad. Era una experiencia transformadora: el fútbol, aunque tuvieras menos de 10 años, ingresaba en una categoría ulterior, cercana a la magia. Por más bien que jugaras -y había chicos que lo hacían muy bien-, cuando él agarraba la pelota todo se tornaba impredecible. A Juanjo, al menos en mi recuerdo, los curas le dejaban usar su pelo rubio un poquito más largo que al resto, lo que no hacía más que potenciar su magnetismo. Era el Billy Idol del curso, el George de la selva, el tipo señalado por el dedo de Dios al que los rugbiers del colegio miraban con cierto desdén, pero que en el fondo también admiraban.
Era, claro, un futbolista fascinante, capaz de conseguir cosas impensadas como cuando, estando en primer año, metió 7 goles para que su equipo le ganase 8 a 1 al campeón de tercer año. En la revancha le pegaron tanto que su papá le prohibió seguir jugando en el colegio. El riesgo era profundo. Sus piernas ya valían millones. No exagero: cuando estábamos en segundo (1985), emisarios del Verona de Italia vinieron a buscarlos a él, a Caniggia y a un par más de chicos de las inferiores para llevárselos. Tenían todo arreglado -hasta le hicieron la primera nota en El Gráfico-, pero a último momento la operación se cayó. Lo de Juanjo no era una fantasía o una esperanza barrial: era, desde siempre, una certeza que estaba escrita en el viento. Yo seguía su carrera en silencio, como quien observa a la banda de la esquina mucho antes de convertirse en los Arctic Monkeys.
Aquella noche del debut fui a la cancha con el Turco Guillermo Ainadyian. El Turco, otro jugadorazo, aunque de cabotaje, lo conocía mejor que yo: jugaba siempre con él. Estábamos en quinto, pero Juanjo hacía dos años que se había ido del colegio para terminar el secundario en el Instituto River. A los 2 minutos agarró la pelota por la derecha del ataque, se sacó un tipo de encima, hizo un cambio de pierna y, cuando estaba a punto de entrar al área, cuando la jugada estaba a punto de convertirse en apilada, cuando el Turco y yo ya nos estábamos parando y, como un rayo, me invadía la imagen de Borrelli en la tapa de El Gráfico, un defensor de Racing de Córdoba -creo que fue Lucio Del Mul-, lo levantó por el aire como si fuera una cañita voladora y se quedó con la pelota. El árbitro no cobró nada. Con el Turco lo puteamos casi colgados de la bandeja: estábamos defendiendo a uno de los nuestros. River ganó 4 a 0, con goles de Balbo y Da Silva. Daniel Arcucci, el periodista de El Gráfico que cubrió ese partido, lo calificó -para nosotros injustamente- con un 5. Batista fue la figura, con 8.
Pasó el tiempo. Borrelli se asentó en Primera, tuvo su tapa de El Gráfico, salió campeón con River y se fue a Europa a cambio de una fortuna; la rompió, se hizo millonario y llegó a la selección. Cerca de los 30 volvió a River, aunque Ramón Díaz, ya de técnico, tenía otros planes y lo relegó. Se retiró como se retira la mayoría de los jugadores que fueron cracks pero no llegan a estrellas: sin ruido, rumiando alguna suave frustración, negociando con el destino, convenciéndolo de que no pierda por goleada con el pasado.
Hace dos años me lo encontré en un Carrefour. Estaba en la góndola de los vinos, comprando. Lo recordaba más alto, aunque estaba intacto. Nos saludamos. Le dije, sabiendo de antemano que me diría que no, si quería venir a jugar el torneo de exalumnos del colegio. “Hay buen nivel. Les dije al Turco Ainadyian, a Chopper, a Leo Scotta...”. Tenía otros planes, claro, entre ellos jugar con Maradona al showbol. Me despedí sabiendo que nunca compartiría una cancha con él.
Dos semanas después arrancó el torneo de exalumnos. En la tercera fecha jugamos contra unos chicos que habían egresado el año anterior. La diferencia generacional era enorme, pero menos notable que la física: volaban, sobre todo uno de adelante que parecía Neymar, rápido e intuitivo como él. Le decían Johny y algunas de sus jugadas me recordaban a alguien. Me hizo pasar de largo varias veces. Cuando terminó el partido fui a saludarlo. “Buen partido, crack”, le dije. Me miró con indiferencia. Estaba enojado porque habían perdido. “¿Cómo te llamás?”, le pregunté, a punto de molestarlo. “Johny Borrelli”, balbuceó, casi de espaldas, dando por concluida la charla. Me quedé parado, pensando. Era más bajo, pero tenía el mismo arranque demoledor de su padre.