domingo, 27 de septiembre de 2015

El último tiro de Agosti

El siguiente texto fue finalista del concurso "Crónicas interiores" y forma parte del libro que la editorial Recovecos acaba de publicar. 


Patricio Noto siente una estampida y suelta la escoba con la que barre la vereda de la agencia de autos en la que trabaja. El ruido es seco, escalofriante. Gira y lo ve, lo ve todo. Fernando Riveros escucha lo mismo, aunque no está en la calle, sino en el interior de su lavadero de autos. Sale disparado hacia la puerta. A Norberto Eres, que camina por la esquina de enfrente, la de Marcos Sastre y Lope de Vega, lo sacude el sonido y se da vuelta. Todos ven lo mismo. Ven a Ezequiel Ruiz de 13 años dar vueltas debajo de las ruedas de un colectivo, arrollado por la prisa de ese mamut de acero -un Mercedes Benz chapa WEH 576- que conduce Jorge Agosti, 59 años, chofer del interno 55 de la línea 181.
Agosti no frena. Agosti actúa como si nada hubiese pasado. Sentada en el tercer asiento del lado derecho, Nilda Rebollo escucha el golpe y le pregunta al chofer si no oyó el ruido. “¿Qué ruido?”, responde Agosti, “No, no escuché nada”, finge. Quiere seguir, pero tanto desde la calle -Noto, Riveros y otros- como desde el interior del colectivo hay gente que le exige que pare, que se detenga, “que agarraste a alguien, ¡animal!”.
Agosti frena y sale de su asiento. Mira por las ventanillas, está azorado. Se sienta -se hunde- en el pozo delantero, repite que no lo vio, que no vio nada. Riveros, Eres y Noto corren a ver el cuerpo. Es una bolsa de huesos rotos. Los pasajeros bajan, los dedos tapando la boca, las manos que se toman las cabezas. La escena es una imagen detenida del espanto. La ambulancia tarda muy poco. Cuando llegan, los médicos revisan el cuerpo. “¿Alguien lo conoce?”. Nadie. Ezequiel está vestido con jean y zapatillas. Su mochila queda tirada, con el delantal dentro. Venía de jugar unos fichines en los videojuegos, un rato después de salir del colegio: el Enet 35 de Monte Castro, en la Capital Federal, que queda a media cuadra. Era su primer día de clases. Es el 26 de marzo de 2004, son las 17.45, el cielo está despejado y Ezequiel muere en el acto, aplastado como un insecto, mucho antes de llegar al Hospital Vélez Sarsfield.
La policía se lleva demorado a Agosti. La zona se despeja. Pasadas las 18 logran ubicar a la madre de Ezequiel, María Julia (Julia, a secas) Cabrera. También al padre, Juan José Ruiz, separado de ella desde hace ocho años. Julia pide que llamen a su hermana, Susana. Le dicen Suni, son muy unidas. Van juntas al Vélez Sarsfield. Un amigo del hermano de Ezequiel reconoce el cuerpo. “Es Ezequiel, sí”. El shock es tremendo. Julia grita, llora: es el segundo hijo que se le muere. El primero fue hace años, de una enfermedad.
Julia necesita entender, saber cómo fue, pero en el hospital no lo saben. Al día siguiente se dirige con su hermana a la comisaría. Es la seccional 44 de Versalles, a 10 cuadras del hecho, siempre en Capital Federal. Antes de entrar ven salir a los abogados de la empresa de transportes propietaria de la línea de colectivos. Piden hablar con Agosti, todavía detenido, pero no las dejan. Piden que le devuelvan la mochila de su hijo. La ven -está ensangrentada-, pero tampoco se la dejan llevar. Preguntan cómo fue. “Ezequiel cruzó con su bicicleta la bocacalle y el colectivo no pudo hacer nada, no tuvo tiempo”. Es la palabra oficial, la de la policía. “Pero si Ezequiel no tiene bicicleta, ¡ni siquiera le gusta andar en bicicleta!”, responde Julia, conmocionada. “Tal vez era de un compañero”, insiste la policía. “No puede ser”. Se van, escépticas, apabulladas.
¿Cómo seguir?, se pregunta por primera vez Julia luego del entierro. “Vamos a dormir”, le dice Suni a su hermana. “Descansemos”. A la mañana siguiente Julia se despierta sobresaltada. “A Ezequiel lo mataron”, le dice a Suni, angustiada. “A Ezequiel lo mataron”, repite. “¿Qué?, ¿Cómo sabés?”, le responde su hermana. “Lo siento. Siento que a Ezequiel lo mataron... Ayudame. Ayudame a buscar la verdad”. Julia y Suni comienzan la búsqueda.
Se dan cuenta de que para saber bien qué pasó necesitan testigos. Hay que ir a encontrarlos. Ese domingo van hasta la esquina de Lope de Vega y Marcos Sastre. Ven las marcas en la calle. Ven sangre en el asfalto. Hablan con vecinos, pero pueden reconstruir muy poco. Los negocios están cerrados. Cavilan, intercambian ideas, esperan unos días. Mandan cartas a los medios, se suben al 181 pidiendo ayuda a los pasajeros frecuentes, solicitan un semáforo para esa esquina y confeccionan unos volantes con la cara de Ezequiel. Los pegan en todo Lope de Vega, apelando a la solidaridad de la gente del barrio. Ni bien se van, mientras Suni maneja su auto por la autopista, mientras mastican la pena pero ansían respuestas para atemperar el vacío, suena el celular de Julia. Su otro hijo recibió un llamado de un testigo. Es el primero. Aparecen ocho más. Contratan a un abogado, Alberto Peluso Nieto. Saben que tienen un caso: los testigos dicen, grosso modo, que el chofer iba rápido, que Ezequiel no llegó a cruzar, que el colectivo quería seguir, que ni siquiera se escucharon frenadas. También dicen que algunos de ellos se habían presentando espontáneamente en la comisaría para testificar y allí les dijeron que no hacía falta. Un vecino fue a la seccional 43 y le dijeron que fuera a la 44. Llamó a la 44 por teléfono y le dijeron que lo iban a contactar. Nunca lo hicieron.
Agosti ya había sido liberado, pero ellas presentan la denuncia por homicidio culposo agravado. Saben que es una carátula difícil: ningún chofer de transporte público ha sido sentenciado por un cargo semejante. Todo un gremio se les pondrá en contra, porque si Agosti es encontrado culpable el efecto cascada de la justicia puede ser impredecible. Se rompe un dique de contención legal para los choferes. La corporación golpea: una mañana un colectivo 53 le tira el colectivo encima a Julia, que queda pasmada, pero así y todo logra ver el número del interno. El chofer insulta y le grita que Agosti no mató a Ezequiel. Julia se lo dice a su hermana. Suni no se lo banca, tiene pocas pulgas: se manda a la terminal del 53 en La Boca y pide con el encargado. “Yo soy la tía del chico que atropellaron”, le espeta. “El chofer del interno 7 dijo a los gritos que Agosti no lo había matado. Si tiene algo que decir que lo vaya a decir a la justicia, porque si no yo voy a ser la que le pida a la fiscalía que lo llame a declarar”. Se va. Nunca más reciben intimidaciones o amenazas.
Comienza el proceso, el lento peregrinar de testigos, el testimonio -al fin- de Agosti, que dice que no vio a Ezequiel porque había muchos autos estacionados, que el chico cruzó sin mirar y en diagonal, fuera de la senda peatonal. “¿Cómo? ¿No era que no lo había visto?”, se pregunta Julia.
Pasa el tiempo. Pasan los meses. El caso prosigue. La querella -Julia y su abogado- pide 5 años y 10 meses de prisión. La jueza Mónica Berdión de Crudo, titular del Juzgado Criminal 47, a cargo de la causa, avanza en la dirección que la familia quiere. Llega el juicio oral. Julia y Susana se sientan a la izquierda de la sala. Agosti, a la derecha. No las mira, no hace ningún gesto. Comienzan los alegatos, hasta que llega la lectura de la sentencia. El lunes 24 de octubre de 2005, el Tribunal Oral en lo Criminal 28 de la Capital Federal dicta el fallo: “Jorge Carlos Agosti, libreta de enrolamiento 4.524.502, de nacionalidad argentina, con domicilio real en Sargento Cabral 1935 de la localidad de Haedo (…), por el delito de homicidio culposo agravado”. Culpable. Y prisión efectiva.
Julia y Suni se abrazan. El abogado también: consiguió una victoria histórica, un fallo que sienta jurisprudencia en la justicia argentina. Nunca antes un chofer había sido condenado de esa manera. Julia sabe todo lo que luchó, las cartas que escribió, las reuniones que armó -con “Madres del dolor” y otro tipo de organizaciones-, la energía volcada, el esfuerzo por no dejarse ganar por la ira. Escucha la sentencia y también escucha -en rigor, repasa- cómo fueron los hechos. Escucha que su hijo estaba parado, en la esquina, sobre la senda peatonal. Que no cruzó, que estaba ahí, que vino el 181 y lo golpeó con su pasamanos delantero derecho -las pericias encontraron allí manchas de sangre-, que ese impacto, además de dejarlo inconsciente, lo arrojó al pavimento para luego ser arrastrado por las ruedas, lo que provocó que el cuerpo obstaculizara la marcha del transporte. Que Agosti venía más rápido de lo permitido -en las adyacencias de una escuela no se debe ir a más de 20 Km/h-, que manejaba bruscamente, al punto que Carolina Morsetti, una pasajera de 14 años que iba a bordo, jugaba con una amiga a ver quien de las dos lograba no trastabillar sin sujetarse del pasamanos, que no tocó bocina -ningún testigo escuchó nada-, que no intentó frenar antes de embestirlo, que tenía visión clara porque ni es cierto que había autos estacionados -no se puede estacionar sobre Lope de Vega- ni estaba nublado: ese viernes 26 era un hermoso día de marzo, al menos hasta ese momento.
Como era de esperar, la defensa apela. El caso se traslada a la Cámara de Casación de la Capital Federal. Pasan las semanas, los meses. A Agosti lo jubilan y, por ahora, sigue fuera de prisión. Peluso Nieto, el abogado de Julia, la tranquiliza: intuye -tiene algo de información- que Casación va a dejar firme la sentencia. Mientras tanto Julia se organiza con otras madres cuyos hijos fueron víctimas de accidente de tránsito. Arma, junto a Peluso Nieto, la ONG “Recrear”. Se reúnen, viaja con su hermana, concientizan. Un día en Curuzú Cuatiá, otro día en Formosa. Una vez en Rosario, otra en Paraná. Le cuesta subirse a un micro -el trauma es demoledor-, entonces viajan en auto, o como pueden. Donde van, repiten lo mismo: que Argentina es uno de los países con mayor cantidad de víctimas fatales de tránsito del mundo. Y que solo en 2005 murieron más de 7 mil habitantes por esa causa. Un Cromañon cada 10 días. Una estadística demencial. Las banquinas del país están tapizadas con la vida de sus ciudadanos. Acuñan un slogan: “Si pudo haberse evitado, entonces no es un accidente”. Dejan huella. "Mi hijo murió en un asesinato de tránsito; no en un accidente de tránsito", les dice a las otras madres y también lo cuenta en una carta que le envía al diario Clarín. Consigue una victoria pírrica: el Estado coloca, al fin, un semáforo en la esquina en la que murió su hijo.
Pasa el tiempo. El viernes 27 de abril de 2007 Casación se expide y, en efecto, confirma la sentencia. La resolución es dividida -uno de los tres jueces pide una pena menor a 3 años-, pero alcanza para ratificar el fallo histórico por el cual Jorge Carlos Agosti es encontrado culpable de homicidio culposo agravado. Además de inhabilitarlo para manejar por diez años, el tribunal le ordena al chofer que entregue su carnet de conducir y le informa que si en el transcurso de 5 días no se presenta ante la justicia para cumplir con los cuatro años de prisión efectiva, será trasladado por la fuerza pública.
Julia llora y abraza a su hermana. Al fin Ezequiel descansa en paz. “Puedo ir ahora a su tumba y decirle que se hizo justicia”, dice ni bien sale de Tribunales, debajo del sol del mediodía, en las escalinatas que dan a la calle Comodoro Py. Se van a la casa de Julia, comen algo, brindan. Pasan unos días. A Julia la llama su abogado, Peluso Nieto. No tiene un buen tono de voz. “Julia, lo fueron a buscar a Agosti y no estaba en la casa”. “¿Cóoomo?”. “Sí, está prófugo. En Tribunales me dijeron que creen que se escapó ni bien escuchó que la policía le tocaba el timbre. Se fue por la terraza o el patio de su casa de Haedo”.
Otra vez la agonía para Julia, otra vez la angustia que le hunde el pecho y le congela la boca. Suni observa a su hermana, se da cuenta que no está bien. “Esto ya es mucho, no lo puedo creer”, comenta Julia. Hace rato que va a una terapeuta especialista en duelos y en situaciones traumáticas, que le dice que es lógico todo lo que siente, que sepa que de la muerte de un hijo y de las violaciones una mujer no se recupera jamás. Que lo puede procesar, metabolizar, vivir con ello, pero que en verdad la pérdida es irreparable. Empieza a sentirse mal, a tener dolores. Hace mucho que dormir bien de noche es una actividad del pasado, de otro tiempo que a su vez parece otra vida. Se hace unos estudios. El diagnóstico es devastador: a comienzos de julio, con Agosti prófugo y sin respuestas de la justicia sobre su ubicación, a María Julia Cabrera le diagnostican cáncer de páncreas y de hígado. Comienza un tratamiento de quimioterapia y rayos, pero los tumores son feroces, implacables. Apenas un mes más tarde, en agosto de 2007, fallece a los 51 años en la casa de su pareja, Osvaldo, en Parque Chas. “Fue fulminante”, recuerda Suni. La entierran en el cementerio de la Chacarita, al lado de la tumba de Ezequiel y de Nazareno, el otro hijo que había fallecido hacía mucho. Es difícil creerle al cura cuando dice que Julia “descansa en paz”.
Suni es la que necesita paz: le estalla la cabeza. Se separa de su pareja, se alquila un departamento y se va a vivir a Boedo. Su hermana, su sobrino y ahora su ex cuñado: se entera que Juan José, el padre de Ezequiel, también tiene cáncer, también muere. “¿Es posible tanto dolor? ¿Dónde entra tanta desgracia?”, se pregunta, maldice, putea, queda sola.

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La historia sigue con otras preguntas: ¿Dónde está Agosti? ¿Cómo puede ser que alguien que fue declarado culpable, cuya condena marca un precedente para la justicia argentina, haya desaparecido sin dejar rastro? ¿De quién es el error? ¿Dónde falló el sistema? Suni sigue a los tumbos. En ese devenir un poco impreciso en el que torna su vida decide consultar a una bruja. “Agosti está cerca del agua”, le dice. Suni es maestra, pero también una buscadora. Ya antes se había informado acerca del cáncer. Lee, se mete, inquiere. Encuentra que, de acuerdo a la medicina tradicional china, que relaciona a cada enfermedad del cuerpo con las emociones, el cáncer de hígado es producto de la ira acumulada y el de páncreas tiene que ver con la tristeza. No es ilógico, piensa.
Suni de a poco se rearma, hace terapia, vuelve a la carga. Confecciona, con gente amiga y parte de la familia, un video con imágenes de Agosti, explicando el caso. A cada persona que ella o sus amigos conocen que viaja hacia alguna ciudad del interior le entrega una copia del video en un CD con una misión bien precisa: entregarlo en algún canal de televisión local para ser difundido. Cada 15 días, domingo por medio, se junta con amigos, familiares y otras madres involucradas en casos similares. Le manda una, dos, diez cartas al ministro de Justicia, Aníbal Fernández. Al principio el Ministro no responde, pero después les promete ayuda. Una tarde, acompañada por un sobrino, se presenta en los Tribunales de la calle Paraguay y le dice -le exige- al Presidente del Tribunal Oral Correcional que tiene la obligación de encontrar a Agosti, que es un prófugo de la justicia en un caso que sentó precedente, y que en verdad lo que está sentando precedente es su fuga. Vuelve a ir a la semana siguiente. Y la otra. Y la posterior. En el octavo piso, en la fiscalía, ya la conocen, la dejan pasar, le dicen -le juran- que están investigando. Que Agosti tiene pedido de captura. Que lo persigue Interpol. Que los puestos de frontera ya saben de su fuga.
Con amigos y familiares -“Seríamos unos 25”-, un día Suni va hasta la calle Sargento Cabral al 1900, la cuadra de Agosti, donde todavía vive su familia. Saben que no está ahí, pero quieren escracharlo, que se sienta perseguido. Empapelan con volantes toda la cuadra: en postes de luz, en paredes, en donde sea. Cuando los ven actuar, los vecinos cierran sus puertas, entornan las ventanas, se meten adentro. Terminan y se van a la estación de Haedo. Pegan más volantes -”Hicimos como 1000”-, y recorren la zona. Antes de ir a comer una pizza y evaluar los pasos a seguir, un hombre que atiende una librería cercana les dice que Agosti cada tanto aparece por la casa. Algunos familiares no le creen, pero Suni sí.
Pero los meses pasan y el peligro acecha, porque si para octubre de 2009 Agosti no es detenido, su causa prescribe y él se salva. Así funciona la justicia. Así de simple.
Estamos a comienzos de 2009 y Suni vuelve a la carga con Aníbal Fernández. Desde Tribunales le aseguran que los esfuerzos existen, que están haciendo tareas de inteligencia pero que no es fácil encontrarlo. Agosti recibe ayuda, compra teléfonos celulares y los descarta, cambia de rumbo. Es un fantasma líquido que se escurre por los pliegues de la Argentina profunda.
Fernández recibe a Suni y a 5 familiares más. Hay caras de bronca en todos. Algunos se enojan con el Ministro. Fernández se muestra preocupado, y les promete que “este año vamos a agarrar a Agosti. Seguro”. Suni se contacta con agentes de la Policía. Le dicen que están haciendo tareas de inteligencia, que tienen algunas escuchas, que no creen estar lejos de apresarlo. Suni no aguanta más. Macera ideas. Tal vez salir en los medios, denunciando la impericia y la desidia judicial, la vergüenza que implica no haber podido detener a alguien que escuchó su sentencia en el banquillo y que de repente, “pluf”, se dio a la fuga. “Dénos 30 días. Si en 30 días no lo capturamos, usted salga a decir lo que quiera”, le piden. Suni acepta.
El 30 de agosto, después de salir de trabajar, Suni está en la puerta de su casa, buscando las llaves en la cartera, por ingresar. Suena su celular. Atiende. Es uno de los agentes de investigación con el que habla seguido. El que le pidió que les dé un mes más de paciencia. “Susana, ¿está sentada?”. “No”, responde, “Estoy abriendo la puerta de casa”. “Bueno, entre, la esperamos”. Suni entra. Acostumbrada a lo peor, decenas de pensamientos agoreros, como flechas, atraviesan los pasillos de su mente. “Se murió Agosti”, piensa. “No pudieron agarrarlo y no lo van a agarrar”, apuesta. Pasa la puerta, camina los mismos metros que camina a diario, pero todo le resulta ajeno, su cuerpo está en trance. “Hola, ya estoy adentro”. “Bueno, encontramos a Agosti. Está detenido, próximo a ser trasladado”. Suni se derrumba. Alcanza a balbucear algunas palabras. “Al fin la puta madre”, piensa, dice, llora. A apenas 48 días de quedar libre para siempre, a poco más de un mes de que su causa prescribiera, Agosti es apresado. “¿Cómo fue? ¿Dónde estaba?”.

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Agosti ni siquiera parece arrepentido. En su declaración final, el viernes que le dictan la sentencia definitiva, mirando al estrado con expresión ausente, dice: “Lamento los inconvenientes ocasionados”. Luego se va, junto a su abogado. Sabe que tiene cinco días para presentarse. En su casa de Haedo, lo espera Marta Di Paola, su esposa, madre de los dos hijos del matrimonio. Agosti ahora es un jubilado: la empresa de transporte Siglo Veintiuno, propietaria de la línea 181, adelanta su pase a retiro. Se queda todo el fin de semana allí encerrado, sin salir. Y el martes se profuga.
Se cree que Agosti se va de la casa por una puerta que da a un patio, y que de ahí se pasa a la casa de un vecino, en donde espera. Allí piensa qué hacer. Las opciones son miles pero cualquiera parece peligrosa. Marta le habla de sus amigos de Claromecó, al sur de la Provincia de Buenos Aires, pero Agosti se acuerda de Olga, su hermana, con quien no se habla hace rato. Vive en Centenario, una localidad del departamento de Confluencia, cercano a la ciudad de Neuquén. Le pide a uno de sus hijos que lo lleve a Retiro. Saca un boleto y se sube al micro, que arranca. Después de un rato, la inmensidad de la Pampa se le abre ante sus ojos. A la mañana siguiente ya está en la Patagonia.
La fiscalía y la policía, en tanto, empiezan a buscarlo. Saben que no es fácil: además de la vastedad de su territorio, Argentina es un país de fronteras porosas cuyas solapas están cosidas de recovecos. La justicia se pone en marcha. El fiscal José Chakass ordena la intervención de los teléfonos de Agosti. Primero el de la casa de la calle Sargento Cabral, en Haedo. Luego el de la casa de su hermana, en Centenario. Hay que moverse rápido, porque las intervenciones de los teléfonos duran 30 días. Si no se recoge información en ese lapso, la búsqueda se retrasa. Transcurre un mes y mucho no pasa. El fiscal ahora ordena que se vigile la casa de Haedo. Dos agentes encubiertos se acantonan en la puerta. Toman fotos y observan el movimiento. A la casa acuden seguido los dos hijos de Agosti, de 32 y 34 años. El fiscal se da cuenta que todos los meses Agosti cobra su jubilación a través de la red Banelco. Libra un oficio al Banco Nación para que bloquee la tarjeta y para que le informe a la justicia sobre cualquier movimiento de fondos en la cuenta que pertenece al ex chofer. Su mujer obtiene un poder, que se renueva cada 90 días con la firma de Agosti, con el que puede cobrar el sueldo en su nombre. Para cobrar, Marta debe acudir a la sucursal Morón del banco. Cuando va, personal encubierto la sigue con la expectativa de que tome contacto con Agosti. Pero no sucede. En el banco le preguntan por el paradero de su esposo y Marta dice que está radicado en Trelew, provincia de Chubut. Es probable que mienta: a través de las escuchas se dan cuenta que Marta sabe que la vigilan y que su teléfono está intervenido. “Me importa un carajo que me estén escuchando”, le dice a una amiga.
Mientras tanto, Agosti se mueve por el borde norte de la Patagonia argentina. El 1 de agosto de 2008 el Banco Nación le informa a la fiscalía que el condenado se presentó en la sucursal de la ciudad de Cipoletti -en la calle Roca-, en la provincia de Río Negro, a unos 100 kilómetros de Centenario. Intentó retirar dinero por el mostrador, pero no lo dejaron. De inmediato, dos inspectores de la Policía Federal viajan hasta allí. Cuando llegan, ya no hay rastros de él. Hay que profundizar y redireccionar la búsqueda. Al tiempo que se informa a Interpol, se libran dos órdenes para que la Dirección de Observaciones Judiciales dependiente de la SIDE comience a hacer escuchas telefónicas en los celulares de los hijos de Agosti. La estrategia, en parte, da resultados: Pablo, el menor, habla con Marta y le pregunta si está su padre. “Sí, está acá”. Agosti volvió a Haedo. El fiscal libra un pedido de allanamiento sobre el hogar familiar, pero cuando lo consigue ya es tarde: otra vez se escapó. En su casa no está. Pasan las semanas. El fiscal eleva un petitorio para que la empresa Microsoft intervenga la casilla de correos de Agosti, con el fin de saber si a través del e-mail logran ubicarlo. Por las escuchas, la unidad de investigación ratifica que Agosti está en contacto con sus hijos, porque el menor de estos, Pablo, llama al banco HSBC reclamando por un débito incorrecto en su tarjeta de crédito, cuyo titular es Agosti.
Hace tiempo que Julia falleció, hace tiempo que Suni no cesa de reclamar justicia. Pero Agosti es una sombra, una espalda yéndose, un dato confuso en la inmensidad abismal de la Patagonia perdida. Es junio de 2009 y una unidad de la División Investigación de la policía federal se traslada a Claromecó. Hasta allí va a pasar un fin de semana Marta, la mujer del chofer. Se hospeda en una casa de la calle 9 al 2300. La vigilan, pero no toma contacto con su esposo. Vuelve y la unidad lo hace detrás de ella. Suni se enoja, estalla, amenaza con hablar. Le piden un mes de clemencia. La policía está detrás de un rastro que considera factible. A través de las escuchas del celular de Marta, se dan cuenta que Agosti está en la Costa Atlántica, pasando Mar del Plata. Vuelven a viajar hasta allí cuatro investigadores de la división Búsquedas de personas. Les pasan un último dato: Agosti habló desde Necochea. Llegan hasta allí, se hacen pasar por turistas. Se instalan en un hotel céntrico, a 20 cuadras de donde se hospeda el perseguido: en una pensión de la calle 83, entre 20 y 22, a seis cuadras del mar. La cuadra es tranquila, como todas las del balneario en invierno. Casi nadie nota la presencia de Agosti, que se confunde con los vecinos y con los turistas ocasionales que se hospedan en el hotel El Quijote, a pocos metros de la hostería en la que para. Los detectives preguntan por él y les informan que Agosti se fue a pasar la tarde al Parque Miguel Lillo, a pocas cuadras de allí. Vestidos informalmente y armados, los cuatro agentes llegan hasta el parque, un enorme espacio verde de más de tres kilómetros de largo. A pocos metros de una de las entradas, hay una aglomeración de gente mayor. Son jubilados. Rodean una estructura rectangular abierta: es una cancha de bochas, el pasatiempo cotidiano para ese puñado de hombres retirados y rutinarios. Los investigadores se dividen en dos grupos y se acercan al alambrado perimetral. Nadie los mira: los espectadores están atentos al hombre de barba y de cabello algo largo y teñido de rubio que llegó hace poco al pueblo, pero que juega con decisión. Está agachado, a punto de lanzar la bocha. Los agentes se miran: sí, es él, cambió mucho su aspecto, pero es él. Se hacen una seña y proceden. La persecución concluye. Después de hacer su último tiro, Agosti es apresado, cerca del agua.
Faltaban 48 días para la prescripción de su condena.


(Jorge Agosti salió en libertad en 2013 luego de cumplir los 2/3 de su condena. Vive en Haedo, provincia de Buenos Aires. Esta crónica se confeccionó con entrevistas del autor a Susana “Suni” Cabrera Yrigoyen, tía de Ezequiel Ruiz, a Diego Rodríguez Montero, secretario Fiscalía de investigaciones, con artículos de la época -diarios Clarín y Página/12- y con declaraciones incluidas en “Causa 1813, Tribunal Oral Correccional 28. Juzgado Nacional en los Criminal de Instrucción 47”. Las estadísticas viales incluidas se pueden chequear en http://www.luchemos.org.ar/es/estadisticas/muertosanuales)




martes, 10 de marzo de 2015

El show del más fuerte

Las Vegas, MGM Grand Garden Arena, 31 de enero, 8 de la noche. Una muchedumbre ansiosa aguarda el que es, para los fans de las artes marciales mixtas, el acontecimiento del año: el regreso de su mesías, el brasileño Anderson Silva, leyenda viva de este deporte.
Con 39 años, mucho tuvo que fatigar Silva para retornar al octágono. Hace un año y medio, en una pelea en la que intentaba recuperar el título del mundo en manos de Chris Weidman, el paulista sufrió una fractura que lo alejó de las competencias. La acción fue escalofriante: Silva intentó asestar una de esas patadas -como disparos- con las que edificó su gloria personal, pero su pierna impactó con la rodilla rival, partiéndose en dos. Una estela de estupor recorrió el estadio. Tendido en el piso, el rey estaba quebrado. Muchos temieron que fuera el fin de una era.
Ahora el rey quiere volver. Ahora está aquí, a minutos de saltar de nuevo a la arena. La UFC (Ultimate Fight Championship), la empresa que organiza las peleas y nuclea a los mejores luchadores del mundo, preparó su retorno con la arrolladora convicción con la que apoya al deporte desde que se asoció a él, en 1993. Es el regreso de un mito y, por tanto, esperan audiencias millonarias a través del sistema per pey view con el que vienen sosteniendo -y agrandando- el negocio. Cientos de periodistas de Brasil, Estados Unidos, Canadá y América latina llegaron a esta ciudad para presenciar la vuelta. Solo por la pelea de esta noche, Silva ganará 800.000 dólares.
El show es, como se estila en este exuberante enclave artificial: ensordecedor, desmesurado y caótico. Para estar aquí, los niveles de tolerancia auditiva y visual deben estirarse al máximo. Los estímulos son cientos y se dispersan en el aire. Parece imposible gobernar los sentidos.
Por los parlantes suena a todo volumen Baba O'Riley, un clásico de The Who compuesto hace más de 40 años, cuyo comienzo -una trepidante marcha de sintetizadores- exacerba el clima épico de la noche. “I don't need to fight, to prove I'm right” (“No necesito pelear para probar que tengo razón”), dice la canción, que sirve como banda de sonido de un clip que la UFC pergeñó para ir fermentando a la audiencia. Se emite en cuatro pantallas Full HD cuya imagen es más bella que la vida. Son cinco minutos colosales en los que queda al descubierto la gracia de este deporte: es una actividad que imita a Hollywood. En realidad, es mejor que Hollywood, porque puede ser cierta. Compuestos con fragmentos de peleas anteriores, esos cinco minutos -cuyo director, quien quiera que sea, maneja con maestría el arte de la conmoción- son un compendio de acciones descollantes -patadas, trompadas, tomas- que emulan, a escala humana, la espectacularidad de Batman, X-Men, Ironman o cualquier superhéroe de película. Una tras otra, a velocidad de rayo, se suceden verdaderas hazañas corporales que sirven para retratar, de forma elocuente, la potencia de estos gladiadores contemporáneos. Para una audiencia conformada, mayoritariamente, por hombres de entre 30 y 50 años -una generación, o dos, que se crió con Hollywood alimentando sus vidas- nada más atractivo que dos peleadores semi desnudos desplegando piruetas musculares y un arsenal de recursos dignos del mejor cine de acción. Terminado el video, el público estalla en todas las esquinas.
Antes de la de Silva, hay un puñado de peleas que sirve de preludio del gran acto. Thiago Alvez, brasileño, enfrenta a Jordan Mein, canadiense. Una estadística señala que Alvez es el segundo que más cantidad de patadas conectó en la historia de la UFC. Un Bruce Lee nacido en Fortaleza. Tiene ambos brazos tatuados. El primer round parece de box. El canadiense lo domina con tres o cuatro mazazos. Alves los siente: lo salva la campana. El minuto de descanso le sirve para recuperarse. Comienza el segundo con otro aire. Bailotea alrededor del octágono. Pretende imitar a Mohamed Alí: flotar como una mariposa, picar como una abeja. De repente consigue asestarle una patada cuyo impacto se escucha desde la fila 30, en la que estamos. Parece inofensiva, pero no, lo voltea. De inmediato, lo arremete con la rapidez de una boa constrictor. Le pega un rodillazo en una zona indefinida entre la cabeza y el hombro y se le echa encima. Comienza a trepanarlo a golpes. El arbitro da por finalizada la pelea. El público, saciado, delira. La audiencia es ecléctica y multiétnica. El espectáculo es universal.
Es el turno de otro atleta brasileño. Hace su ingreso con Three litle birds, himno optimista de Bob Marley. Se llama Thales Leites. Está quinto entre los peleadores que más sumisiones provocó en la historia. En el argot de las artes marciales mixtas (MMA por sus siglas en inglés), un deporte en el que el escarceo corporal es abundante, la sumisión es el acto por el cual un peleador somete al otro hasta vencerlo. Leites tiene una daga tatuada en un costado de su dorso. ¿La tendrá también en el alma? Su rival es sajón, morrudo y rosado. Se llama Tim Boetsch, oriundo del extremo noreste de Estados Unidos, allí donde apenas llega el sol. Pelean, pero les cuesta tocarse. El round discurre con intentos de ataques; leves ventajas o potenciales posiciones dominantes que preceden a prontas recuperaciones. De repente, Leites queda sentido, pero cuando Boetsch intenta ultimarlo, el carioca logra hacerle una llave extraña y en dos segundos lo pone boca abajo. Se le monta. En esa inusual posición para dos hombres heterosexuales -a lo lejos, conforman una masa de carne informe- permanecen más de dos minutos. Apenas mueven sus torsos, con espasmos corporales como los que tiene un cetáceo balbuceante (estimado lector: sepa disculpar la recurrente metáfora animal, pero es a lo que nos conduce, de inmediato, la propia naturaleza de ciertos movimientos primitivos). De a poco, haciéndose paso entre el sudor de la espalda de su rival y las imprecaciones del público, Leites logra que Boetsch abdique. Gana por sumisión.
En este zapping continúo es el turno de Al Iaquinta contra Joe Lauzon, ambos norteamericanos. Pesan lo mismo (70 kilos) y miden parecido (1,76 y 1,78), y tal vez por eso no se saquen ventaja. Apenas se rozan y se limitan a dar vueltas alrededor de la lona, como si en vez de pelear improvisaran una coreografía sin matices. Es difícil discernir el arte de la técnica o algún saber específico en ambos. El público, acaso necesitado de sublimar su pasión, manifiesta su disconformidad con un aullido corto: “Guuuuuuuuu”. Es un sonido gutural que no hace más que reafirmar la premisa con la que se cimentó este deporte: es la audiencia, tanto televisiva como in situ, la que empina o eclipsa la reputación del show y de sus gladiadores. Así lo entendieron, de entrada, los directivos de la UFC, socios de la televisión paga ni bien decidieron invertir en la actividad. De repente, el abucheo deviene ovación: Iaquinta conecta una seguidilla de derechazos que conmueven a su rival. Gana. Se baja. El show sigue.
Se acerca la batalla capital, se acerca el regreso del gran Silva. Ahora las pantallas HD reproducen al atleta brasileño entrenando. La voz en off es suya: un sonido agudo y cadencioso que contrasta con la ferocidad con la que se mueve en el octágono. En el clip, Silva, a quien apodan la araña, relata el desasosiego vivido en los últimos meses. También transmite la convicción con la que volvió a los entrenamientos. Su familia se oponía al regreso. No querían verlo sufrir. Los riesgos de este deporte, en el que la sangre no determina el final de una pelea, están a a la vista. Abnegado, Silva asumió su vuelta como una cruzada individual. Es difícil resistirse a los sonidos del MGM, es difícil obviar el murmullo terapéutico de la multitud, los oropeles con los que la victoria suele acolchar a sus campeones. Aquí está Silva, para demostrar que el retiro será una elección y no una imposición del destino.
Silva, Silva, Silva”, grita el público brasileño que llegó a Las Vegas. Son miles. En Brasil, gracias a su ídolo, las artes marciales mixtas son un fenómeno masivo. El público allí se ha dejado colonizar por un deporte que tuvo, desde que la UFC rige sus destinos, dos objetivos muy precisos: la necesidad de una depuración para quitarse de encima la pátina de salvajismo con la que comenzó en los 90; y, por otro lado, la penetración masiva a través de la televisión paga, que no solo transmite las peleas, sino que emite el programa The Ultimate Fighter, un reality show que nutre de nuevos contendientes a la categoría profesional, a la vez que funciona como espectáculo autónomo. Los aspirantes conviven en una casa en Las Vegas, donde entrenan y pugnan por el Santo Grial: un contrato con UFC. La serie ya lleva diez años: debutó en enero de 2005 y continúa hasta hoy. La metodología (mezcla de semillero y experimento orwelliano) ya se implementó en el cono sur: la primera temporada de The Ultimate Fighter Latinoamérica se lanzó en agosto de 2014. La segunda comenzará a filmarse a mediados de marzo y se emitirá en el segundo semestre de 2015.
Aquí, cada detalle fue pensado. Hasta el hecho de que esta jornada se realice el día previo al Superbowl, un casillero que suele quedar en blanco en el nutrido calendario deportivo norteamericano. Así se lo explica a La Nación Revista Lorenzo Fertitta, Presidente y CEO de UFC, quien eligió esta noche de sábado a sabiendas de que no tendría competencia. En enero del 2001, Fertitta, junto a su hermano Frank y su ex compañero Dana White, adquirieron el patrimonio de la UFC. Pagaron dos millones de dólares. Fue una jugada arriesgada. Por aquel entonces, el deporte era denostado por buena parte de la opinión pública. Era señalado, con bastante razón, como una actividad vulgar y despiadada. Fertitta, lo explica ahora, siempre creyó en su potencial. Solo debía eliminar su costado más cruel, una crueldad que además de espantar seguidores resultaba pueril. Dueño de una mirada tenaz y una elegancia que subraya la claridad verbal con la que se expresa, Fertitta fue sofisticando su producto, dotándolo de una mística propia: ser el eslabón ulterior -tal vez definitivo- en la aventura del hombre por dirimir aquello que lo obsesiona desde siempre: la disputa por ser el más fuerte de su especie. Hoy, la empresa de Fertitta, según la revista Forbes, está valuada en 1.000 millones.
El rival de Silva es Nick Díaz, norteamericano de origen latino. La contienda se inicia con el típico round de estudio. Pasan los minutos, hasta que Díaz, sabiendo que es quien menos tiene para perder, en un movimiento que tiene más de clown que de atleta, se acuesta por completo en el piso y, apoyando su cabeza en la palma de su mano izquierda acodada a la lona, convoca a Silva a pegarle. El público se prende fuego.
La tensión y la expectativa es notable. A diferencia del box o de cualquiera arte marcial, aquí ambos tienen mas decisiones que tomar, porque cuentan con más opciones para atacar y defender. Esa cavilación se percibe en sus rostros, que denotan las numerosas acechanzas y posibilidades de cada uno. Todavía no ha nacido el hombre capaz de pegar una patada y una trompada en simultáneo, pero podría asegurarse que Anderson Silva no esta lejos de esa gesta. Su cuerpo es una proeza genética. Hay videos que lo muestran lanzando golpes con la rapidez y la ferocidad de una turbina sanguínea. Pero se nota su inactividad. Los últimos dos rounds se consumen con Díaz provocando y Anderson tratando de aplicar su maniobra más letal y famosa, parecida a la de Karate Kid: rodilla adelante en vuelo. No lo logra. No pasa mucho más. Termina la pelea. Díaz, ensangrentado, levanta los brazos. Su rostro tiene ondulaciones. Silva recorre el ring trotando. Quiere demostrarnos que está entero, que el tiempo pasa pero su talento vive. El fallo es unánime: gana el brasileño. Cuando escucha el resultado, se derrumba en la lona. Llora. Lo consiguió. Quieren que hable, pero casi no puede. Su voz, naturalmente suave, se desvanece en el aire. El show termina. Pero hay más.
Dos días más tarde, una noticia sacude al mundo de este deporte: ambos peleadores dieron positivo en el control antidoping al que fueron sometidos. A Silva le detectaron esteroides anabolizantes (drostanolona) y a Díaz, por tercera vez en su carrera, marihuana. Silva negó todo pero a los pocos días la Comisión Atlética de Nevada informó que la contraprueba también dio positivo. De inmediato, las autoridades de la UFC emitieron un comunicado en el que reafirmaban su compromiso de combatir con dureza el dopaje y anunciaron la puesta en marcha de un plan de controles exhaustivo para todos sus atletas, a partir de julio. Un momento de debilidad personal puede hundir para siempre una reputación colectiva. El riesgo -y el negocio- es demasiado grande, más grande que cualquier ídolo, se llame como se llame. Al igual que Las Vegas, la UFC no duerme.

(Nota publicada en la La Nación Revista del domingo 8 de marzo)



viernes, 6 de febrero de 2015

Una música que estoy tocando mañana

Las tapas de El Gráfico configuraron parte del patrimonio emocional de varias generaciones. El futuro llegó el día que un compañero del colegio salió en sus páginas. Y después fue tapa.
(Una versión más breve de este texto aparece publicado en la edición de febrero de la revista Brando)

Mi vieja dejó su casa del GBA de toda la vida y, con casi 70, se mudó sola a un departamento en Palermo. Al margen del gesto de audacia, el traslado y el hecho de abandonar un espacio tan simbólico implicó una depuración que un poco se pareció a una purga y otro poco a una rendición de cuentas con el siglo XX. “Vení a buscar los Gráficos. O los tiro”, me pidió por whatsapp. Vegetaban debajo de una escalera. Eran cientos. Fui a por ellos.
Hay pocas cosas más tristes que tres filas altas -bien altas- de revistas apiladas. Al verlas, tuve un instante de malhumor. Pensé en agarrar bolsas de consorcio y, efectivamente, tirarlas. Pero recapitulé y, porque estaban ahí, empecé a revisarlas. Pasé de largo muchas tapas inocuas, que no me decían nada. Pero de pronto empezaron a aparecer los ídolos. Vilas y su vincha -el héroe por antonomasia: solo, conquistando torneos y mujeres por el mundo-, Maradona y su genio todavía sin tragedia, Gatti y Fillol como ying y yang del arco, Passarella y su ego de cowboy, Reutemann y... no sé, supongo que algo. La conformación de mi patrimonio emocional -comienzos de los 80- le debe mucho a esas tapas legendarias absorbidas en meriendas sin gloria. Eran estrellas que la televisión apenas mostraba (se transmitía muy poco), que construyeron su épica, en parte, gracias a las fotos color de El Gráfico. Parecía que vivíamos en el mejor país del mundo aunque, lo supimos después, lejos estábamos de que así fuera. En Balcarce 50 se cocinaba un tuco apestoso que era difícil olfatear desde una habitación púber de la Zona Norte. Ahora, recién ahora, me doy cuenta de la exagerada o tergiversada cobertura que hacía la revista de algunos hechos, incluso puedo notar sus omisiones o su mitología floja de papeles. 
De pronto, del fondo de una pila apareció una tapa que no decía mucho: el Checho Batista saludaba a la tribuna, solo. Era un Batista crepuscular, desangelado, lejos de aquel Sandokán que había colonizado el mundo con Argentina y Argentinos Juniors.
La tapa era de su primer partido en River, contra Racing de Córdoba, una noche perdida en los pasillos del tiempo y de mi memoria. ¿Por qué tenía esa revista que no me decía mucho? ¿Por qué la había conservado impecable? Sentado en el piso de la casa vacía de San Isidro, empecé a hojearla y a descubrirlo. Esa noche, 1 de octubre de 1988, había debutado en la Primera de River, con 17 años, Juan José Borrelli. Puede que el nombre no les diga mucho a los no futboleros, pero Juanjo la descosió en River a comienzos de los 90 en un equipazo en el que jugaban Ortega, Da Silva y Medina Bello. Juanjo había sido compañero mío del colegio, el Santa Isabel de San Isidro. Hicimos el primario -en divisiones distintas- y parte del secundario juntos.
Borrelli siempre fue el distinto de nuestro grado: aun siendo un chico, desprendía una energía que nadie a esa edad era capaz de emitir. A los 8 años ya brillaba en las inferiores de River y se decía -se aseguraba- que llegaría a Primera. Como todo futbolista, su cuerpo era una catedral de precocidades: su personalidad se maceraba sin pausa en el darwinismo social de unas inferiores salvajes. Cuando jugabas con o contra él, la cancha se llenaba de electricidad. Era una experiencia transformadora: el fútbol, aunque tuvieras menos de 10 años, ingresaba en una categoría ulterior, cercana a la magia. Por más bien que jugaras -y había chicos que lo hacían muy bien-, cuando él agarraba la pelota todo se tornaba impredecible. A Juanjo, al menos en mi recuerdo, los curas le dejaban usar su pelo rubio un poquito más largo que al resto, lo que no hacía más que potenciar su magnetismo. Era el Billy Idol del curso, el George de la selva, el tipo señalado por el dedo de Dios al que los rugbiers del colegio miraban con cierto desdén, pero que en el fondo también admiraban.
Era, claro, un futbolista fascinante, capaz de conseguir cosas impensadas como cuando, estando en primer año, metió 7 goles para que su equipo le ganase 8 a 1 al campeón de tercer año. En la revancha le pegaron tanto que su papá le prohibió seguir jugando en el colegio. El riesgo era profundo. Sus piernas ya valían millones. No exagero: cuando estábamos en segundo (1985), emisarios del Verona de Italia vinieron a buscarlos a él, a Caniggia y a un par más de chicos de las inferiores para llevárselos. Tenían todo arreglado -hasta le hicieron la primera nota en El Gráfico-, pero a último momento la operación se cayó. Lo de Juanjo no era una fantasía o una esperanza barrial: era, desde siempre, una certeza que estaba escrita en el viento. Yo seguía su carrera en silencio, como quien observa a la banda de la esquina mucho antes de convertirse en los Arctic Monkeys.
Aquella noche del debut fui a la cancha con el Turco Guillermo Ainadyian. El Turco, otro jugadorazo, aunque de cabotaje, lo conocía mejor que yo: jugaba siempre con él. Estábamos en quinto, pero Juanjo hacía dos años que se había ido del colegio para terminar el secundario en el Instituto River. A los 2 minutos agarró la pelota por la derecha del ataque, se sacó un tipo de encima, hizo un cambio de pierna y, cuando estaba a punto de entrar al área, cuando la jugada estaba a punto de convertirse en apilada, cuando el Turco y yo ya nos estábamos parando y, como un rayo, me invadía la imagen de Borrelli en la tapa de El Gráfico, un defensor de Racing de Córdoba -creo que fue Lucio Del Mul-, lo levantó por el aire como si fuera una cañita voladora y se quedó con la pelota. El árbitro no cobró nada. Con el Turco lo puteamos casi colgados de la bandeja: estábamos defendiendo a uno de los nuestros. River ganó 4 a 0, con goles de Balbo y Da Silva. Daniel Arcucci, el periodista de El Gráfico que cubrió ese partido, lo calificó -para nosotros injustamente- con un 5. Batista fue la figura, con 8.
Pasó el tiempo. Borrelli se asentó en Primera, tuvo su tapa de El Gráfico, salió campeón con River y se fue a Europa a cambio de una fortuna; la rompió, se hizo millonario y llegó a la selección. Cerca de los 30 volvió a River, aunque Ramón Díaz, ya de técnico, tenía otros planes y lo relegó. Se retiró como se retira la mayoría de los jugadores que fueron cracks pero no llegan a estrellas: sin ruido, rumiando alguna suave frustración, negociando con el destino, convenciéndolo de que no pierda por goleada con el pasado.
Hace dos años me lo encontré en un Carrefour. Estaba en la góndola de los vinos, comprando. Lo recordaba más alto, aunque estaba intacto. Nos saludamos. Le dije, sabiendo de antemano que me diría que no, si quería venir a jugar el torneo de exalumnos del colegio. “Hay buen nivel. Les dije al Turco Ainadyian, a Chopper, a Leo Scotta...”. Tenía otros planes, claro, entre ellos jugar con Maradona al showbol. Me despedí sabiendo que nunca compartiría una cancha con él.
Dos semanas después arrancó el torneo de exalumnos. En la tercera fecha jugamos contra unos chicos que habían egresado el año anterior. La diferencia generacional era enorme, pero menos notable que la física: volaban, sobre todo uno de adelante que parecía Neymar, rápido e intuitivo como él. Le decían Johny y algunas de sus jugadas me recordaban a alguien. Me hizo pasar de largo varias veces. Cuando terminó el partido fui a saludarlo. “Buen partido, crack”, le dije. Me miró con indiferencia. Estaba enojado porque habían perdido. “¿Cómo te llamás?”, le pregunté, a punto de molestarlo. “Johny Borrelli”, balbuceó, casi de espaldas, dando por concluida la charla. Me quedé parado, pensando. Era más bajo, pero tenía el mismo arranque demoledor de su padre.