El siguiente texto fue finalista del concurso "Crónicas interiores" y forma parte del libro que la editorial Recovecos acaba de publicar.
Patricio
Noto siente una estampida y suelta la escoba con la que barre la
vereda de la agencia de autos en la que trabaja. El ruido es seco,
escalofriante. Gira y lo ve, lo ve todo. Fernando Riveros escucha lo
mismo, aunque no está en la calle, sino en el interior de su
lavadero de autos. Sale disparado hacia la puerta. A Norberto Eres,
que camina por la esquina de enfrente, la de Marcos Sastre y Lope de
Vega, lo sacude el sonido y se da vuelta. Todos ven lo mismo. Ven a
Ezequiel Ruiz de 13 años dar vueltas debajo de las ruedas de un
colectivo, arrollado por la prisa de ese mamut de acero -un Mercedes
Benz chapa WEH 576- que conduce Jorge Agosti, 59 años, chofer del
interno 55 de la línea 181.
Agosti
no frena. Agosti actúa como si nada hubiese pasado. Sentada en el
tercer asiento del lado derecho, Nilda Rebollo escucha el golpe y le
pregunta al chofer si no oyó el ruido. “¿Qué ruido?”, responde
Agosti, “No, no escuché nada”, finge. Quiere seguir, pero tanto
desde la calle -Noto, Riveros y otros- como desde el interior del
colectivo hay gente que le exige que pare, que se detenga, “que
agarraste a alguien, ¡animal!”.
Agosti
frena y sale de su asiento. Mira por las ventanillas, está azorado.
Se sienta -se hunde- en el pozo delantero, repite que no lo vio, que
no vio nada. Riveros, Eres y Noto corren a ver el cuerpo. Es una
bolsa de huesos rotos. Los pasajeros bajan, los dedos tapando la
boca, las manos que se toman las cabezas. La escena es una imagen
detenida del espanto. La ambulancia tarda muy poco. Cuando llegan,
los médicos revisan el cuerpo. “¿Alguien lo conoce?”. Nadie.
Ezequiel está vestido con jean y zapatillas. Su mochila queda
tirada, con el delantal dentro. Venía de jugar unos fichines en los
videojuegos, un rato después de salir del colegio: el Enet 35 de
Monte Castro, en la Capital Federal, que queda a media cuadra. Era su
primer día de clases. Es el 26 de marzo de 2004, son las 17.45, el
cielo está despejado y Ezequiel muere en el acto, aplastado como un
insecto, mucho antes de llegar al Hospital Vélez Sarsfield.
La
policía se lleva demorado a Agosti. La zona se despeja. Pasadas las
18 logran ubicar a la madre de Ezequiel, María Julia (Julia, a
secas) Cabrera. También al padre, Juan José Ruiz, separado de ella
desde hace ocho años. Julia pide que llamen a su hermana, Susana. Le
dicen Suni, son muy unidas. Van juntas al Vélez Sarsfield. Un amigo
del hermano de Ezequiel reconoce el cuerpo. “Es Ezequiel, sí”.
El shock es tremendo. Julia grita, llora: es el segundo hijo que se
le muere. El primero fue hace años, de una enfermedad.
Julia
necesita entender, saber cómo fue, pero en el hospital no lo saben.
Al día siguiente se dirige con su hermana a la comisaría. Es la
seccional 44 de Versalles, a 10 cuadras del hecho, siempre en Capital
Federal. Antes de entrar ven salir a los abogados de la empresa de
transportes propietaria de la línea de colectivos. Piden hablar con
Agosti, todavía detenido, pero no las dejan. Piden que le devuelvan
la mochila de su hijo. La ven -está ensangrentada-, pero tampoco se
la dejan llevar. Preguntan cómo fue. “Ezequiel cruzó con su
bicicleta la bocacalle y el colectivo no pudo hacer nada, no tuvo
tiempo”. Es la palabra oficial, la de la policía. “Pero si
Ezequiel no tiene bicicleta, ¡ni siquiera le gusta andar en
bicicleta!”, responde Julia, conmocionada. “Tal vez era de un
compañero”, insiste la policía. “No puede ser”. Se van,
escépticas, apabulladas.
¿Cómo
seguir?, se pregunta por primera vez Julia luego del entierro. “Vamos
a dormir”, le dice Suni a su hermana. “Descansemos”. A la
mañana siguiente Julia se despierta sobresaltada. “A Ezequiel lo
mataron”, le dice a Suni, angustiada. “A Ezequiel lo mataron”,
repite. “¿Qué?, ¿Cómo sabés?”, le responde su hermana. “Lo
siento. Siento que a Ezequiel lo mataron... Ayudame. Ayudame a buscar
la verdad”. Julia y Suni comienzan la búsqueda.
Se
dan cuenta de que para saber bien qué pasó necesitan testigos. Hay
que ir a encontrarlos. Ese domingo van hasta la esquina de Lope de
Vega y Marcos Sastre. Ven las marcas en la calle. Ven sangre en el
asfalto. Hablan con vecinos, pero pueden reconstruir muy poco. Los
negocios están cerrados. Cavilan, intercambian ideas, esperan unos
días. Mandan cartas a los medios, se suben al 181 pidiendo ayuda a
los pasajeros frecuentes, solicitan un semáforo para esa esquina y
confeccionan unos volantes con la cara de Ezequiel. Los pegan en todo
Lope de Vega, apelando a la solidaridad de la gente del barrio. Ni
bien se van, mientras Suni maneja su auto por la autopista, mientras
mastican la pena pero ansían respuestas para atemperar el vacío,
suena el celular de Julia. Su otro hijo recibió un llamado de un
testigo. Es el primero. Aparecen ocho más. Contratan a un abogado,
Alberto Peluso Nieto. Saben que tienen un caso: los testigos dicen,
grosso
modo, que el chofer iba rápido, que Ezequiel no llegó a cruzar, que
el colectivo quería seguir, que ni siquiera se escucharon frenadas.
También dicen que algunos de ellos se habían presentando
espontáneamente en la comisaría para testificar y allí les dijeron
que no hacía falta. Un vecino fue a la seccional 43 y le dijeron que
fuera a la 44. Llamó a la 44 por teléfono y le dijeron que lo iban
a contactar. Nunca lo hicieron.
Agosti
ya había sido
liberado, pero ellas presentan la denuncia por homicidio culposo
agravado. Saben que es una carátula difícil: ningún chofer de
transporte público ha sido sentenciado por un cargo semejante. Todo
un gremio se les pondrá en contra, porque si Agosti es encontrado
culpable el efecto cascada de la justicia puede ser impredecible. Se
rompe un dique de contención legal para los choferes. La corporación
golpea: una mañana un colectivo 53 le tira el colectivo encima a
Julia, que queda pasmada, pero así y todo logra ver el número del
interno. El chofer insulta y le grita que Agosti no mató a Ezequiel.
Julia se lo dice a su hermana. Suni no se lo banca, tiene pocas
pulgas: se manda a la terminal del 53 en La Boca y pide con el
encargado. “Yo soy la tía del chico que atropellaron”, le
espeta. “El chofer del interno 7 dijo a los gritos que Agosti no lo
había matado. Si tiene algo que decir que lo vaya a decir a la
justicia, porque si no yo voy a ser la que le pida a la fiscalía que
lo llame a declarar”. Se va. Nunca más reciben intimidaciones o
amenazas.
Comienza
el proceso, el lento peregrinar de testigos, el testimonio -al fin-
de Agosti, que dice que no vio a Ezequiel porque había muchos autos
estacionados, que el chico cruzó sin mirar y en diagonal, fuera de
la senda peatonal. “¿Cómo? ¿No era que no lo había visto?”,
se pregunta Julia.
Pasa
el tiempo. Pasan los meses. El caso prosigue. La querella -Julia y su
abogado- pide 5 años y 10 meses de prisión. La jueza Mónica
Berdión de Crudo, titular del Juzgado Criminal 47, a cargo de la
causa, avanza en la dirección que la familia quiere. Llega el juicio
oral. Julia y Susana se sientan a la izquierda de la sala. Agosti, a
la derecha. No las mira, no hace ningún gesto. Comienzan los
alegatos, hasta que llega la lectura de la sentencia. El lunes 24 de
octubre de 2005, el Tribunal Oral en lo Criminal 28 de la Capital
Federal dicta el fallo: “Jorge Carlos Agosti, libreta de
enrolamiento 4.524.502, de nacionalidad argentina, con domicilio real
en Sargento Cabral 1935 de la localidad de Haedo (…), por el delito
de homicidio culposo agravado”. Culpable. Y prisión efectiva.
Julia
y Suni se abrazan. El abogado también: consiguió una victoria
histórica, un fallo que sienta jurisprudencia en la justicia
argentina. Nunca antes un chofer había sido condenado de esa manera.
Julia sabe todo lo que luchó, las cartas que escribió, las
reuniones que armó -con “Madres del dolor” y otro tipo de
organizaciones-, la energía volcada, el esfuerzo por no dejarse
ganar por la ira. Escucha la sentencia y también escucha -en rigor,
repasa- cómo fueron los hechos. Escucha que su hijo estaba parado,
en la esquina, sobre la senda peatonal. Que no cruzó, que estaba
ahí, que vino el 181 y lo golpeó con su pasamanos delantero derecho
-las pericias encontraron allí manchas de sangre-, que ese impacto,
además de dejarlo inconsciente, lo arrojó al pavimento para luego
ser arrastrado por las ruedas, lo que provocó que el cuerpo
obstaculizara la marcha del transporte. Que Agosti venía más rápido
de lo permitido -en las adyacencias de una escuela no se debe ir a
más de 20 Km/h-, que manejaba bruscamente, al punto que Carolina
Morsetti, una pasajera de 14 años que iba a bordo, jugaba con una
amiga a ver quien de las dos lograba no trastabillar sin sujetarse
del pasamanos, que no tocó bocina -ningún testigo escuchó nada-,
que no intentó frenar antes de embestirlo, que tenía visión clara
porque ni es cierto que había autos estacionados -no se puede
estacionar sobre Lope de Vega- ni estaba nublado: ese viernes 26 era
un hermoso día de marzo, al menos hasta ese momento.
Como
era de esperar, la defensa apela. El caso se traslada a la Cámara de
Casación de la Capital Federal. Pasan las semanas, los meses. A
Agosti lo jubilan y, por ahora, sigue fuera de prisión. Peluso
Nieto, el abogado de Julia, la tranquiliza: intuye -tiene algo de
información- que Casación va a dejar firme la sentencia. Mientras
tanto Julia se organiza con otras madres cuyos hijos fueron víctimas
de accidente de tránsito. Arma, junto a Peluso Nieto, la ONG
“Recrear”. Se reúnen, viaja con su hermana, concientizan. Un día
en Curuzú Cuatiá, otro día en Formosa. Una vez en Rosario, otra en
Paraná. Le cuesta subirse a un micro -el trauma es demoledor-,
entonces viajan en auto, o como pueden. Donde van, repiten lo mismo:
que Argentina es uno de los países con mayor cantidad de víctimas
fatales de tránsito del mundo. Y que solo en 2005 murieron más de 7
mil habitantes por esa causa. Un Cromañon cada 10 días. Una
estadística demencial. Las banquinas del país están tapizadas con
la vida de sus ciudadanos. Acuñan un slogan: “Si pudo haberse
evitado, entonces no es un accidente”. Dejan huella.
"Mi
hijo murió en un asesinato de tránsito; no en un accidente de
tránsito", les dice a las otras madres y también lo cuenta en
una carta que le envía al diario Clarín. Consigue una victoria
pírrica: el Estado coloca, al fin, un semáforo en la esquina en la
que murió su hijo.
Pasa
el tiempo. El viernes 27 de abril de 2007 Casación se expide y, en
efecto, confirma la sentencia. La resolución es dividida -uno de los
tres jueces pide una pena menor a 3 años-, pero alcanza
para ratificar el fallo histórico por el cual Jorge Carlos Agosti es
encontrado culpable de homicidio culposo agravado. Además de
inhabilitarlo para manejar por diez años, el tribunal le ordena al
chofer que entregue su carnet de conducir y le informa que si en el
transcurso de 5 días no se presenta ante la justicia para cumplir
con los cuatro años de prisión efectiva, será trasladado por la
fuerza pública.
Julia
llora y abraza a su hermana. Al fin Ezequiel descansa en paz. “Puedo
ir ahora a su tumba y decirle que se hizo justicia”, dice ni bien
sale de Tribunales, debajo del sol del mediodía, en las escalinatas
que dan a la calle Comodoro Py. Se van a la casa de Julia, comen
algo, brindan. Pasan unos días. A Julia la llama su abogado, Peluso
Nieto. No tiene un buen tono de voz. “Julia, lo fueron a buscar a
Agosti y no estaba en la casa”. “¿Cóoomo?”. “Sí, está
prófugo. En Tribunales me dijeron que creen que se escapó ni bien
escuchó que la policía le tocaba el timbre. Se fue por la terraza o
el patio de su casa de Haedo”.
Otra
vez la agonía para Julia, otra vez la angustia que le hunde el pecho
y le congela la boca. Suni observa a su hermana, se da cuenta que no
está bien. “Esto ya es mucho, no lo puedo creer”, comenta Julia.
Hace rato que va a una terapeuta especialista en duelos y en
situaciones traumáticas, que le dice que es lógico todo lo que
siente, que sepa que de la muerte de un hijo y de las violaciones una
mujer no se recupera jamás. Que lo puede procesar, metabolizar,
vivir con ello, pero que en verdad la pérdida es irreparable.
Empieza a sentirse mal, a tener dolores. Hace mucho que dormir bien
de noche es una actividad del pasado, de otro tiempo que a su vez
parece otra vida. Se hace unos estudios. El diagnóstico es
devastador: a comienzos de julio, con Agosti prófugo y sin
respuestas de la justicia sobre su ubicación, a María Julia Cabrera
le diagnostican cáncer de páncreas y de hígado. Comienza un
tratamiento de quimioterapia y rayos, pero los tumores son feroces,
implacables. Apenas un mes más tarde, en agosto de 2007, fallece a
los 51 años en la casa de su pareja, Osvaldo, en Parque Chas. “Fue
fulminante”, recuerda Suni. La entierran en el cementerio de la
Chacarita, al lado de la tumba de Ezequiel y de Nazareno, el otro
hijo que había fallecido hacía mucho. Es difícil creerle al cura
cuando dice que Julia “descansa en paz”.
Suni
es la que necesita paz: le estalla la cabeza. Se separa de su pareja,
se alquila un departamento y se va a vivir a Boedo. Su hermana, su
sobrino y ahora su ex cuñado: se entera que Juan José, el padre de
Ezequiel, también tiene cáncer, también muere. “¿Es posible
tanto dolor? ¿Dónde entra tanta desgracia?”, se pregunta,
maldice, putea, queda sola.
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La
historia sigue con otras preguntas: ¿Dónde está Agosti? ¿Cómo
puede ser que alguien que fue declarado culpable, cuya condena marca
un precedente para la justicia argentina, haya desaparecido sin dejar
rastro? ¿De quién es el error? ¿Dónde falló el sistema? Suni
sigue a los tumbos. En ese devenir un poco impreciso en el que torna
su vida decide consultar a una bruja. “Agosti está cerca del
agua”, le dice. Suni es maestra, pero también una buscadora. Ya
antes se había informado acerca del cáncer. Lee, se mete, inquiere.
Encuentra que, de acuerdo a la medicina tradicional china, que
relaciona a cada enfermedad del cuerpo con las emociones, el cáncer
de hígado es producto de la ira acumulada y el de páncreas tiene
que ver con la tristeza. No es ilógico, piensa.
Suni
de a poco se rearma, hace terapia, vuelve a la carga. Confecciona,
con gente amiga y parte de la familia, un video con imágenes de
Agosti, explicando el caso. A cada persona que ella o sus amigos
conocen que viaja hacia alguna ciudad del interior le entrega una
copia del video en un CD con una misión bien precisa: entregarlo en
algún canal de televisión local para ser difundido. Cada 15 días,
domingo por medio, se junta con amigos, familiares y otras madres
involucradas en casos similares. Le manda una, dos, diez cartas al
ministro de Justicia, Aníbal Fernández. Al principio el Ministro no
responde, pero después les promete ayuda. Una tarde, acompañada por
un sobrino, se presenta en los Tribunales de la calle Paraguay y le
dice -le exige- al Presidente del Tribunal Oral Correcional que tiene
la obligación de encontrar a Agosti, que es un prófugo de la
justicia en un caso que sentó precedente, y que en verdad lo que
está sentando precedente es su fuga. Vuelve a ir a la semana
siguiente. Y la otra. Y la posterior. En el octavo piso, en la
fiscalía, ya la conocen, la dejan pasar, le dicen -le juran- que
están investigando. Que Agosti tiene pedido de captura. Que lo
persigue Interpol. Que los puestos de frontera ya saben de su fuga.
Con
amigos y familiares -“Seríamos unos 25”-, un día Suni va hasta
la calle Sargento Cabral al 1900, la cuadra de Agosti, donde todavía
vive su familia. Saben que no está ahí, pero quieren escracharlo,
que se sienta perseguido. Empapelan con volantes toda la cuadra: en
postes de luz, en paredes, en donde sea. Cuando los ven actuar, los
vecinos cierran sus puertas, entornan las ventanas, se meten adentro.
Terminan y se van a la estación de Haedo. Pegan más volantes
-”Hicimos como 1000”-, y recorren la zona. Antes de ir a comer
una pizza y evaluar los pasos a seguir, un hombre que atiende una
librería cercana les dice que Agosti cada tanto aparece por la casa.
Algunos familiares no le creen, pero Suni sí.
Pero
los meses pasan y el peligro acecha, porque si para octubre de 2009
Agosti no es detenido, su causa prescribe y él se salva. Así
funciona la justicia. Así de simple.
Estamos
a comienzos de 2009 y Suni vuelve a la carga con Aníbal Fernández.
Desde Tribunales le aseguran que los esfuerzos existen, que están
haciendo tareas de inteligencia pero que no es fácil encontrarlo.
Agosti recibe ayuda, compra teléfonos celulares y los descarta,
cambia de rumbo. Es un fantasma líquido que se escurre por los
pliegues de la Argentina profunda.
Fernández
recibe a Suni y a 5 familiares más. Hay caras de bronca en todos.
Algunos se enojan con el Ministro. Fernández se muestra preocupado,
y les promete que “este año vamos a agarrar a Agosti. Seguro”.
Suni se contacta con agentes de la Policía. Le dicen que están
haciendo tareas de inteligencia, que tienen algunas escuchas, que no
creen estar lejos de apresarlo. Suni no aguanta más. Macera ideas.
Tal vez salir en los medios, denunciando la impericia y la desidia
judicial, la vergüenza que implica no haber podido detener a alguien
que escuchó su sentencia en el banquillo y que de repente, “pluf”,
se dio a la fuga. “Dénos 30 días. Si en 30 días no lo
capturamos, usted salga a decir lo que quiera”, le piden. Suni
acepta.
El
30 de agosto, después de salir de trabajar, Suni está en la puerta
de su casa, buscando las llaves en la cartera, por ingresar. Suena su
celular. Atiende. Es uno de los agentes de investigación con el que
habla seguido. El que le pidió que les dé un mes más de paciencia.
“Susana, ¿está sentada?”. “No”, responde, “Estoy abriendo
la puerta de casa”. “Bueno, entre, la esperamos”. Suni entra.
Acostumbrada a lo peor, decenas de pensamientos agoreros, como
flechas, atraviesan los pasillos de su mente. “Se murió Agosti”,
piensa. “No pudieron agarrarlo y no lo van a agarrar”, apuesta.
Pasa la puerta, camina los mismos metros que camina a diario, pero
todo le resulta ajeno, su cuerpo está en trance. “Hola, ya estoy
adentro”. “Bueno, encontramos a Agosti. Está detenido, próximo
a ser trasladado”. Suni se derrumba. Alcanza a balbucear algunas
palabras. “Al fin la puta madre”, piensa, dice, llora. A apenas
48 días de quedar libre para siempre, a poco más de un mes de que
su causa prescribiera, Agosti es apresado. “¿Cómo fue? ¿Dónde
estaba?”.
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Agosti
ni siquiera parece arrepentido. En su declaración final, el viernes
que le dictan la sentencia definitiva, mirando al estrado con
expresión ausente, dice: “Lamento los inconvenientes ocasionados”.
Luego se va, junto a su abogado. Sabe que tiene cinco días para
presentarse. En su casa de Haedo, lo espera Marta Di Paola, su
esposa, madre de los dos hijos del matrimonio. Agosti ahora es un
jubilado: la empresa de transporte Siglo Veintiuno, propietaria de la
línea 181, adelanta su pase a retiro. Se queda todo el fin de semana
allí encerrado, sin salir. Y el martes se profuga.
Se
cree que Agosti se va de la casa por una puerta que da a un patio, y
que de ahí se pasa a la casa de un vecino, en donde espera. Allí
piensa qué hacer. Las opciones son miles pero cualquiera parece
peligrosa. Marta le habla de sus amigos de Claromecó, al sur de la
Provincia de Buenos Aires, pero Agosti se acuerda de Olga, su
hermana, con quien no se habla hace rato. Vive en Centenario, una
localidad del departamento de Confluencia, cercano a la ciudad de
Neuquén. Le pide a uno de sus hijos que lo lleve a Retiro. Saca un
boleto y se sube al micro, que arranca. Después de un rato, la
inmensidad de la Pampa se le abre ante sus ojos. A la mañana
siguiente ya está en la Patagonia.
La
fiscalía y la policía, en tanto, empiezan a buscarlo. Saben que no
es fácil: además de la vastedad de su territorio, Argentina es un
país de fronteras porosas cuyas solapas están cosidas de recovecos.
La justicia se pone en marcha. El fiscal José Chakass ordena la
intervención de los teléfonos de Agosti. Primero el de la casa de
la calle Sargento Cabral, en Haedo. Luego el de la casa de su
hermana, en Centenario. Hay que moverse rápido, porque las
intervenciones de los teléfonos duran 30 días. Si no se recoge
información en ese lapso, la búsqueda se retrasa. Transcurre un mes
y mucho no pasa. El fiscal ahora ordena que se vigile la casa de
Haedo. Dos agentes encubiertos se acantonan en la puerta. Toman fotos
y observan el movimiento. A la casa acuden seguido los dos hijos de
Agosti, de 32 y 34 años. El fiscal se da cuenta que todos los meses
Agosti cobra su jubilación a través de la red Banelco. Libra un
oficio al Banco Nación para que bloquee la tarjeta y para que le
informe a la justicia sobre cualquier movimiento de fondos en la
cuenta que pertenece al ex chofer. Su mujer obtiene un poder, que se
renueva cada 90 días con la firma de Agosti, con el que puede cobrar
el sueldo en su nombre. Para cobrar, Marta debe acudir a la sucursal
Morón del banco. Cuando va, personal encubierto la sigue con la
expectativa de que tome contacto con Agosti. Pero no sucede. En el
banco le preguntan por el paradero de su esposo y Marta dice que está
radicado en Trelew, provincia de Chubut. Es probable que mienta: a
través de las escuchas se dan cuenta que Marta sabe que la vigilan y
que su teléfono está intervenido. “Me importa un carajo que me
estén escuchando”, le dice a una amiga.
Mientras
tanto, Agosti se mueve por el borde norte de la Patagonia argentina.
El 1 de agosto de 2008 el Banco Nación le informa a la fiscalía que
el condenado se presentó en la sucursal de la ciudad de Cipoletti
-en la calle Roca-, en la provincia de Río Negro, a unos 100
kilómetros de Centenario. Intentó retirar dinero por el mostrador,
pero no lo dejaron. De inmediato, dos inspectores de la Policía
Federal viajan hasta allí. Cuando llegan, ya no hay rastros de él.
Hay que profundizar y redireccionar la búsqueda. Al tiempo que se
informa a Interpol, se libran dos órdenes para que la Dirección de
Observaciones Judiciales dependiente de la SIDE comience a hacer
escuchas telefónicas en los celulares de los hijos de Agosti. La
estrategia, en parte, da resultados: Pablo, el menor, habla con Marta
y le pregunta si está su padre. “Sí, está acá”. Agosti volvió
a Haedo. El fiscal libra un pedido de allanamiento sobre el hogar
familiar, pero cuando lo consigue ya es tarde: otra vez se escapó.
En su casa no está. Pasan las semanas. El fiscal eleva un petitorio
para que la empresa Microsoft intervenga la casilla de correos de
Agosti, con el fin de saber si a través del e-mail logran ubicarlo.
Por las escuchas, la unidad de investigación ratifica que Agosti
está en contacto con sus hijos, porque el menor de estos, Pablo,
llama al banco HSBC reclamando por un débito incorrecto en su
tarjeta de crédito, cuyo titular es Agosti.
Hace
tiempo que Julia falleció, hace tiempo que Suni no cesa de reclamar
justicia. Pero Agosti es una sombra, una espalda yéndose, un dato
confuso en la inmensidad abismal de la Patagonia perdida. Es junio de
2009 y una unidad de la División Investigación de la policía
federal se traslada a Claromecó. Hasta allí va a pasar un fin de
semana Marta, la mujer del chofer. Se hospeda en una casa de la calle
9 al 2300. La vigilan, pero no toma contacto con su esposo. Vuelve y
la unidad lo hace detrás de ella. Suni se enoja, estalla, amenaza
con hablar. Le piden un mes de clemencia. La policía está detrás
de un rastro que considera factible. A través de las escuchas del
celular de Marta, se dan cuenta que Agosti está en la Costa
Atlántica, pasando Mar del Plata. Vuelven a viajar hasta allí
cuatro investigadores de la división Búsquedas de personas. Les
pasan un último dato: Agosti habló desde Necochea. Llegan hasta
allí, se hacen pasar por turistas. Se instalan en un hotel céntrico,
a 20 cuadras de donde se hospeda el perseguido: en una pensión de la
calle 83, entre 20 y 22, a seis cuadras del mar. La cuadra es
tranquila, como todas las del balneario en invierno. Casi nadie nota
la presencia de Agosti, que se confunde con los vecinos y con los
turistas ocasionales que se hospedan en el hotel El Quijote, a pocos
metros de la hostería en la que para. Los detectives preguntan por
él y les informan que Agosti se fue a pasar la tarde al Parque
Miguel Lillo, a pocas cuadras de allí. Vestidos informalmente y
armados, los cuatro agentes llegan hasta el parque, un enorme espacio
verde de más de tres kilómetros de largo. A pocos metros de una de
las entradas, hay una aglomeración de gente mayor. Son jubilados.
Rodean una estructura rectangular abierta: es una cancha de bochas,
el pasatiempo cotidiano para ese puñado de hombres retirados y
rutinarios. Los investigadores se dividen en dos grupos y se acercan
al alambrado perimetral. Nadie los mira: los espectadores están
atentos al hombre de barba y de cabello algo largo y teñido de rubio
que llegó hace poco al pueblo, pero que juega con decisión. Está
agachado, a punto de lanzar la bocha. Los agentes se miran: sí, es
él, cambió mucho su aspecto, pero es él. Se hacen una seña y
proceden. La persecución concluye. Después de hacer su último
tiro, Agosti es apresado, cerca del agua.
Faltaban
48 días para la prescripción de su condena.
(Jorge
Agosti salió en libertad en 2013 luego de cumplir los 2/3 de su
condena. Vive en Haedo, provincia de Buenos Aires. Esta crónica se
confeccionó con entrevistas del autor a Susana “Suni” Cabrera
Yrigoyen, tía de Ezequiel Ruiz, a Diego Rodríguez Montero,
secretario Fiscalía de investigaciones, con artículos de la época
-diarios Clarín y Página/12- y con declaraciones incluidas en
“Causa 1813, Tribunal Oral Correccional 28. Juzgado Nacional en los
Criminal de Instrucción 47”. Las estadísticas viales incluidas se
pueden chequear en
http://www.luchemos.org.ar/es/estadisticas/muertosanuales)
