Noche de
verano en Barracas, áspero rincón en donde el empedrado confunde al progreso. En
la calle hay peligro, olor y mosquitos pero debajo del asfalto palpita una
promesa. Cincuenta personas abordan un sótano en penumbras, aguardan. Un
costado se ilumina, no solo por una luz que se prende sino por una aparición
que inquieta. Es Tálata Rodríguez (Bogotá, 1978), que irrumpe en escena y a
golpes de poesía –su poesía- transforma los sentidos de la gente. Ocupa un
lugar, luego otro, y uno más. Recita sus versos, son largos. En media hora
despliega su arte. Rapea, actúa, nos hechiza, se va. Ya nada es igual. La
experiencia poética adquiere otra trascendencia: no se reduce a la interacción
de un lector con un soporte específico sino que se enriquece con una
performance que es como un rayo sensible. Así es la poesía cuando la atraviesa su
actuación: puro agite, pura seducción.
Nacida en
Colombia, adonde llegaron sus padres exiliados, su peripecia vital está trufada
por las despedidas, los cambios abruptos, la lejanía y un soplo dramático
humedeciendo calendarios y estados de ánimo. De crecer en una ciudad violenta
–Bogotá en los tiempos del narcoterrorismo- con padres revolucionarios que
asumían cualquier manifestación de la vida burguesa como un signo de debilidad
–“No festejábamos navidades”- a vivir en lo de un abuelo materno estricto, un
hogar porteño cuyo pulso estaba marcado por el orden, la disciplina y la
Iglesia.
Esa vida
de notables contrastes se acentuó en la calle, cuando una Tálata preadolescente
puso un pie en el estribo de un arrabal –Parque Avellaneda, casi Mataderos- que
en aquel tiempo, comienzos de los 90, le sacaba filo a sus colmillos. Enseguida
llegó el punk, un secundario ominoso, un puesto en una multinacional, la
carrera de letras, un ascenso, el inconformismo, un autoexilio en San Luis con
la idea de escribir, algunos amores, pocos párrafos, el regreso a Buenos Aires,
más lecturas, más soledad, la convicción de ser artista, la maternidad, el hoy.
¿Y qué es
el hoy? Aquellas huellas que se maceran, se metabolizan, se convierten en literatura.
Y un paso más: la certeza de que sus versos pueden llegar a la gente de otra
forma, porque al tiempo que Tálata le daba forma a su libro Primera línea de
fuego (Editorial Tenemos las máquinas), alumbraba la idea de llevar sus poemas
al formato audiovisual. Y luego presentarlos también en vivo. Así, con solo
poner su nombre en Youtube aparecen una serie de clips en los que ella actúa
interviniendo lugares desacostumbrados para la literatura y para la mujer: un
taller mecánico, la cancha de Boca o un subte, escenarios en los que TR
despliega sus bellas postales rociadas por el dolor, el rock y la quimera del
amor. “Yo ardía por la inercia de la aventura/pisaba a fondo el acelerador de
la juventud./Algo chocó contra el parabrisas un chirrido quebró la noche/dimos
vueltas, rebotamos, se rompió su nariz, mi inocencia./Al costado de la ruta, el
milky se prendió fuego/y no había dejado de sonar AC/DC en el stereo”. (Autopista
al infierno)
“Primera
línea de fuego –postula Tálata sentada en un bar de Barrio Norte- tiene que ver
con las memorias biográficas y colectivas. Son como mitologías. Son recuerdos
articulados de forma heroica. Es como todo una obra sobre la memoria
contemporánea”.
- ¿Qué
buscás con esas presentaciones en vivo?
- Me
interesa el libro y su forma derivada de conservación, de interpretación. Lo
que busco con las presentaciones es mantener la emoción de la interpretación.
Que la performance de la poesía sea vibrante. Cuando empecé a hacer los poemas
en vivo me di cuenta que hay una especificidad en eso.
- ¿Cómo
surge la idea de actuar?
- Fue un
proceso. Tuve muchos acercamientos. Siendo pareja de Pablo Dacal, que es además
el padre de mi hija, escribí letras de canciones, nos presentábamos juntos. En
un momento me di cuenta, cuando perdí el soporte de la guitarra, que tenía los
textos en mí. Empecé a ensayar y a tomar mis rutinas de trabajo personal. Lo
primero que hice fue recitarlos. En un festival que se llama “Más poesía menos
policía” pregunté cuándo podía presentarme. “Hoy”, me dijeron. Y arranqué.
- ¿Por qué
elegiste lugares no tradicionales (la cancha de Boca, un taller mecánico) para representar
tus poemas?
- Hay una
cantidad de intereses que tiene que ver con una especie de lucha por el
capitalismo simbólico, por la ocupación de espacios, la intervención visual. Me
pasa de preguntarme qué pasa con los espacios que no son poéticos, como por
ejemplo un taller mecánico, que siempre está asociado a la venta de
lubricantes. Me interesaba correr el símbolo. La idea y producción son mías.
- Hay una
vieja frase de Alberto Girri que dice que “a la poesía no se la define sino que
se la reconoce”. ¿Te identificás con esa reflexión”
- Creo que,
en sí, el mundo es un lugar muy hostil,
pero que hay mucha poesía muy viva. Hay una vanguardia poética que tiene que
adueñarse de todo. Mi acción poética está puesta en eso: salir del libro, salir
a la calle.
- En tu
poesía hay una suerte de épica personal, de aventura chiquita…
- Mi forma
de escribir tiene que ver con eso, con rescatar lo heroico de lo cotidiano. El
mundo está lleno de belleza, pero, repito, es un lugar muy hostil. Mi poesía
tiene eso, cosas que te explotan en la cara.
Así (des)escribe
Tálata, en su poema “Como un rolinga” : “Tenía esa boca rolinga tatuada atrás,
pero muy viva adelante/Y el H, el X, y el V se puso tan pero tan contento que
le convidó un vaso de cerveza y un cigarrillo/y sacó un encendedor y una llama
iluminó las miradas iluminándose/una directo a la otra y Laura, las escoltas y yo, supimos que estábamos salvados (…) y la
noche nos iluminó con su maravilloso desconcierto.”
- Los
versos son como micro relatos que se desarrollan en una atmósfera alarmante. Como
que algo va a suceder.
- Sí. Yo
creo que mi poesía tiene que ver con la salsa, con esas narraciones largas tan
típicas de la salsa en Colombia. Colombia es un país desaforado, un país que
nadie va a poner en regla. Y también en
mi poesía hay un rescate de lo femenino, del detalle. Como te decía antes, en
toda esta cosa de admitir un mundo caótico e imperfecto, tiene que haber mucho
de la ternura con nosotros mismos. Me parece interesante mantener la inocencia,
pero tenés que ser muy punk para mantener eso. O sea, errar, y que no pase
nada.
- Lo
interesante es fracasar mejor…
- El otro
día el pediatra de mi hija me decía ‘La gente se comunica por la herida’. Es
bastante molesto eso. Te sale más fácil contar algo malo. Yo quiero romper eso,
y por eso me gusta el fútbol: tiene algo en contra de eso. Nos juntamos para
algo que es festivo. Ni siquiera el rock tampoco tiene eso ahora.
(Publicado en diario Río Negro, 9 de enero 2014)