"Hay momentos en que no tenés ganas de ver gente. Querés estar solo. Estoy con mis hijos, en un parque, y me piden una foto... No es el momento. Pero, bueno, ahí es donde pensás que por ahí ese chico que te lo pide vivió cosas importantes viéndote jugar, ese contacto de 15 segundos con vos es todo lo que va a saber de vos en la vida. Cómo hayas interactuado en ese tiempo queda grabado en su memoria. Es injusto, pero hacés un esfuerzo.” (La Nación, 20/8/13)
Deportista colosal, competidor despiadado, si hubiera que reducir a Emanuel Ginóbili (Bahía Blanca, 1977) a una “filosofía” bien podría condensarse en esa declaración de ecos judeocristianos: palpita en él la tentación de privilegiar el provecho personal en detrimento del bien común, pero lo que prima, finalmente, es el beneficio del prójimo y el deber ser. De no suceder así, los dientes de la culpa se clavarían en su espalda. Un crack universal con espíritu de seminarista.
Dueño de un cerebro súperalerta –aunque no paranoico-, Ginóbili parece desarrollar un registro permanente del lugar ajeno, sopesando cada unos de sus actos de acuerdo con la estatura moral, o la conveniencia, de la acción. Ya lo dice él: “No necesito hacer un gran esfuerzo para no mandarme cagadas”.
Sosegado y provincial, el bahiense transita una ética de la sobriedad y de la calma, pero eso no le pesa. Convertido desde muy joven en deportista modelo, no pareciera haber tensiones irresueltas en él. Su cuerpo no reclama una reivindicación histórica, una deuda familiar. Como buena parte de los deportistas surgidos en la Pampa gringa, “Manu” emerge de un hogar de sólida clase media inserto en un territorio donde la movilidad social es un hecho tangible y donde el deporte, la corrección y el estudio, como el viento de la ciudad, son partes constitutivas.
En las conversaciones que tenemos con nuestros recuerdos, es probable que el bahiense no aparezca con la capa y el escudo del superhéroe. Su idolatría es más una veneración de tránsito lento –una admiración inclaudicable- que una irrupción gloriosa montada a la ola de un grito decisivo. Los ha tenido, claro, pero el fenómeno Ginóbili se fue macerando lentamente en nuestros corazones durante todo el kirchnerismo. Es un amor suave, inapelable, que no tiene mayores contradicciones o que no está habitado por el rumor de una trampa.
Es en ese aspecto en el que “Manu” más se diferencia del resto de los integrantes del Olimpo deportivo nativo. No sólo en su biografía no hay drama ni deuda social con su pasado, sino que ni siquiera hay lugar para la sospecha, la tensión o aquello que repele a la opinión pública bienpensante: algún pliegue turbio, el divismo o la vulgaridad.
Es lógico que un país agónico produzca ídolos agónicos, referentes que nos emocionan y nos decepcionan y que dibujan en sus trayectorias una elipsis paradójica o absurda, bendecida por la consagración pero también interrumpida por el ruido negro de alguna tragedia o por la intervención inesperada de una vacilación, un desliz.
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Deportista colosal, competidor despiadado, si hubiera que reducir a Emanuel Ginóbili (Bahía Blanca, 1977) a una “filosofía” bien podría condensarse en esa declaración de ecos judeocristianos: palpita en él la tentación de privilegiar el provecho personal en detrimento del bien común, pero lo que prima, finalmente, es el beneficio del prójimo y el deber ser. De no suceder así, los dientes de la culpa se clavarían en su espalda. Un crack universal con espíritu de seminarista.
Dueño de un cerebro súperalerta –aunque no paranoico-, Ginóbili parece desarrollar un registro permanente del lugar ajeno, sopesando cada unos de sus actos de acuerdo con la estatura moral, o la conveniencia, de la acción. Ya lo dice él: “No necesito hacer un gran esfuerzo para no mandarme cagadas”.
Sosegado y provincial, el bahiense transita una ética de la sobriedad y de la calma, pero eso no le pesa. Convertido desde muy joven en deportista modelo, no pareciera haber tensiones irresueltas en él. Su cuerpo no reclama una reivindicación histórica, una deuda familiar. Como buena parte de los deportistas surgidos en la Pampa gringa, “Manu” emerge de un hogar de sólida clase media inserto en un territorio donde la movilidad social es un hecho tangible y donde el deporte, la corrección y el estudio, como el viento de la ciudad, son partes constitutivas.
En las conversaciones que tenemos con nuestros recuerdos, es probable que el bahiense no aparezca con la capa y el escudo del superhéroe. Su idolatría es más una veneración de tránsito lento –una admiración inclaudicable- que una irrupción gloriosa montada a la ola de un grito decisivo. Los ha tenido, claro, pero el fenómeno Ginóbili se fue macerando lentamente en nuestros corazones durante todo el kirchnerismo. Es un amor suave, inapelable, que no tiene mayores contradicciones o que no está habitado por el rumor de una trampa.
Es en ese aspecto en el que “Manu” más se diferencia del resto de los integrantes del Olimpo deportivo nativo. No sólo en su biografía no hay drama ni deuda social con su pasado, sino que ni siquiera hay lugar para la sospecha, la tensión o aquello que repele a la opinión pública bienpensante: algún pliegue turbio, el divismo o la vulgaridad.
Es lógico que un país agónico produzca ídolos agónicos, referentes que nos emocionan y nos decepcionan y que dibujan en sus trayectorias una elipsis paradójica o absurda, bendecida por la consagración pero también interrumpida por el ruido negro de alguna tragedia o por la intervención inesperada de una vacilación, un desliz.
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