domingo, 9 de diciembre de 2012

El milagro de los fósforos


Hace un poco más de un año, Leo Vaca y Fernando de la Orden comenzaron a dictar un curso de fotografía en el hogar Hay una esperanza, del Bajo Flores. No era un curso cualquiera. Sus alumnos eran chicos carenciados, en su enorme mayoría vecinos de la villa 1-11-14 y, en su totalidad, en plena batalla cotidiana contra las adicciones, por lo general el paco. Chicos de familias disfuncionales, en el mejor de los casos. De familias destrozadas, en casi todos. El desafío era grande: ¿cómo se les enseña un arte que tiende a sofisticarse a chicos que no tienen esperanza, que apenas calzan zapatillas? En ese ambiente de austeridad y pasado, a Fernando y a Leo se les ocurrió volver al siglo XIX: con cajitas de fósforos, un rollo y cinta aislante, armaron con los chicos cámaras estenopeicas, utilizando la metodología más primitiva para hacer fotografía.
El resultado fue -es- maravilloso. Cada miércoles, los alumnos (de 16 a 22 años, todos atravesados por el exceso, la paternidad adolescente, la violencia, el alcohol; todos con las huellas de ese pasado en sus rostros, en sus voces, en la mirada) llegaban al hogar, armaban la cámara manualmente y salían (salíamos) a recorrer el barrio para capturar imágenes. Era una aventura para los sentidos. Primero, la alegría de participar con ellos del armado de su propio Disney, su juguete. Y aún cuando es probable que nunca hayan llegado a entender del todo cómo cuernos con una cajita de fósforos se podía sacar fotos, la sensación de perseguir algo -encima, algo inesperado- en chicos habituados a conseguir muy poco, era maravillosa. Un milagro de la luz y los colores en alumnos no habituados a la fantasía.
La aventura continuaba en la recorrida por ese barrio agitado, cocido a disparos y a vendettas, a claudicación y llanto. Caminar esas cuadras era sumergirse en la incertidumbre, como ese miércoles que encontraron a un chico muerto adentro de un auto; o ese otro en el que se toparon con Leo, un alumno que había faltado y hacía 3 días que no dormía. Esa era la realidad que ellos empezaron a retratar. Su realidad. Ahí están sus imágenes: piezas mudas de un rompecabezas complicado de armar, que no encaja.
Cada miércoles, antes de salir, los chicos veían, reveladas y proyectadas, las fotos que ellos habían sacado una semana antes. Era magia. Recuerdo sus caras sonrientes, iluminadas por la sorpresa. Un recreo de luz entre una muchedumbre de sueños rotos.

(Ayer, Leo y algunos de los chicos presentaron las fotos en Proyecto Invisible, la muestra que el fotógrafo Eduardo Carrera realizó en la Galería Casa Florida)

lunes, 3 de diciembre de 2012

La gran bestia pop



Sé que juego en tiempo de descuento —dice Lanata—. ¿Vos te pensás que esto es una historia de amor? Si pasado mañana Clarín y el gobierno arreglan a mí me dan una patada en el culo. Lo mismo si mido tres puntos: me rajan. Estamos hablando de trabajo.

Big George, en el ojo de la tormenta. Sigue acá